March 6, 2022
De parte de Grup Antimilitarista Tortuga
234 puntos de vista

Guerras, destrucci贸n a causa de las guerras, v铆ctimas de las guerras, personas desplazadas por las guerras, desgraciadamente, las hay todos los d铆as del calendario y en diferentes puntos del planeta. Sin embargo, cuando una de dichas guerras, por la raz贸n que sea y, obviamente, con ayuda de los medios de comunicaci贸n, traspasa las fronteras que separan los sucesos lejanos intrascendentes, de los acontecimientos que precisan nuestra atenci贸n preferencial y deben preocuparnos, es cuando se alzan las voces del “No a la guerra”. Y es bueno que sea as铆, siempre que ese “No a la guerra” constituya realmente un alegato en pro del cese del conflicto en cuesti贸n. Porque estamos demasiado acostumbrados, tambi茅n por desgracia, a contemplar c贸mo, en dichos contextos, muchas de esas expresiones de supuesta solidaridad pacifista, en realidad, m谩s que paz, piden m谩s guerra.

Estos d铆as hemos escuchado c贸mo el presidente de Espa帽a, Pedro S谩nchez, afirmaba que entregar armamento b茅lico a las fuerzas armadas de Ucrania es una forma de compromiso por la paz. Todav铆a m谩s contundente, Josep Borrell, otro hist贸rico del PSOE, quien, desde su alto cargo europeo, justificaba la participaci贸n b茅lica de la UE en el conflicto de Ucrania porque “nadie puede invocar la resoluci贸n pac铆fica de los conflictos; … Las fuerzas del mal … siguen vivas”. Brutal. Desgraciadamente hay much铆sima gente que piensa as铆; que es imperioso intervenir militarmente en una guerra m谩s o menos lejana y ajena para desequilibrar la relaci贸n de fuerzas y otorgar la victoria en el campo de batalla a las v铆ctimas, que vienen a ser “los buenos”, y parar los pies, as铆 como castigar, a la parte agresora, esto es, “los malos”. Quiero suponer que no es necesario ahondar en lo mucho que los diversos medios de comunicaci贸n tienen que ver con la generaci贸n de estos estados de opini贸n simplistas, duales y maniqueos. Vistas as铆 las cosas, la postura pacifista, que reniega de cualquier tipo de soluci贸n militar y quiere apostar por medios exclusivamente pac铆ficos para abordar ese tipo de escenarios, es vista, en el mejor de los casos, como una suerte de in煤til brindis al sol y, en el peor, como una forma de colaborar con los agresores y, por lo tanto, de contraer responsabilidad con todo lo que pueda sucederle a la parte agredida.

Esta forma de aproximarse a la realidad, hay que reconocerlo, puede tener su parte de l贸gica y no todo el mundo que la suscribe es necesariamente un halc贸n belicista; un Von Bismark o un Clausewitz. No obstante, conviene hacer un repaso hist贸rico y de hemeroteca y recordar que esa misma argumentaci贸n, sin irnos demasiado atr谩s en el tiempo, se esgrimi贸 en su d铆a, por ejemplo, para justificar terribles bombardeos sobre la poblaci贸n civil de Serbia: hab铆a que socorrer a los separatistas de Kosovo. O para desencadenar una apocal铆ptica guerra en Iraq que a d铆a de hoy perdura: era preciso defender a la poblaci贸n civil de los arbitrios de Sadam Hussein, as铆 como prevenir un hipot茅tico uso de sus no menos hipot茅ticas armas de destrucci贸n masiva. O para suprimir la ventaja militar del gobierno de Gadafi sobre la oposici贸n insurgente que le disputaba el poder. Sin, entre m谩s conflictos que pudi茅ramos citar, olvidar una guerra de varias d茅cadas de duraci贸n en Afganist谩n que ten铆a como raz贸n o pretexto fundamental acabar con la opresi贸n de las mujeres por el r茅gimen talib谩n y con el “terrorismo internacional”. En todos los casos aquellas cruentas operaciones b茅licas, sobre cuyas causas mucho podr铆a hablarse, y que se legitimaron ante la opini贸n p煤blica con argumentos similares a los que hoy se emplean para defender diferentes tipos de implicaci贸n militar en la crisis de Ucrania, nunca fueron definidas como agresiones b茅licas o guerra: fueron “intervenciones humanitarias” o “de mantenimiento de la paz”. Hoy, iron铆as de la vida, Vlad铆mir Putin utiliza el mismo lenguaje. S贸lo que 茅l est谩 al otro lado del espejo.

Causas y consecuencias de las guerras

En cambio, poco se habla de lo que sucede a medio y largo plazo tras esas intervenciones militares “humanitarias” y “pacifistas”. Suele ocurrir que los estados atacantes, en reparto m谩s o menos ajustado a la implicaci贸n b茅lica de cada uno, reciben jugosas contraprestaciones. El independiente Kosovo hoy, por citar un ejemplo, m谩s que un estado, es una gigantesca base militar norteamericana, una especie de Guant谩namo en el centro de Europa, que permite a la gran potencia el control militar de todo el 谩rea. Compa帽铆as norteamericanas y brit谩nicas gestionan la parte del le贸n de la producci贸n de hidrocarburos de Iraq, rusas y estadounidenses las de Siria, etc. Por no hablar de los jugosos negocios para el sector empresarial de infraestructuras de dichos pa铆ses en la fase de “reconstrucci贸n”.

Menos eco se hacen los medios a煤n, si cabe, de c贸mo quedan las cosas en los lugares referidos tras la intervenci贸n “humanitaria” o “de paz” en cuesti贸n. Iraq y Libia, por poner un ejemplo, de ser en su d铆a, con todos los peros que se les quiera poner, estados m谩s o menos funcionales y homologables a sus vecinos, son a d铆a de hoy lugares del mundo ca贸ticos en los que impera la criminalidad, la pobreza extrema y la guerra de m谩s o menos baja intensidad. En su d铆a alert谩bamos las organizaciones antimilitaristas de que ese pudiera ser un previsible resultado de la acci贸n de inundar dichos pa铆ses de tropas, armas y financiaci贸n a unos y otros actores b茅licos. Quien siembra vientos, recoge tempestades. Nuestra voz, entonces, como ahora, se juzg贸 improcedente, y quienes aplicaron sus decisiones militaristas con las consecuencias que despu茅s han podido constatarse, hoy, lejos de asumir sus responsabilidades, no solo se ponen de perfil, sino que pretenden convencernos de la necesidad de repetir la misma estrategia armament铆stica en nuevos escenarios.

Otro tema en el que se prefiere no ahondar es en la causalidad de dichos conflictos. Toda guerra, adem谩s de su durante y su despu茅s, tiene tambi茅n un antes; una conjunci贸n de hechos y circunstancias que han operado en el tiempo y que la han hecho posible. Las guerras no suceden porque s铆, por la pura y simple maldad de alguno de sus protagonistas, como tanto gusta simplificar a muchos, Borrell inlcuido, o por alguna suerte de atraso civilizatorio de determinadas sociedades, argumento 茅ste de corte racista. Sin pretender exculpar los actos de ninguna parte y menos los del gobierno ruso 鈥攃ada palo que aguante su vela鈥 mucho ha tenido que ver el expansionismo militarista (y nuclear) de la OTAN hacia el Este de Europa con lo que hoy sucede en Ucrania. De hecho, no suele ser dif铆cil encontrar en el origen y activaci贸n de las guerras la huella de los estados occidentales que luego acuden autoerigidos en pacificadores. En la mayor铆a de los casos basta con averiguar qu茅 gobiernos y qu茅 entidades empresariales han financiado a las diversas facciones que se oponen en la g茅nesis de cada conflicto. Qui茅n les ha armado durante a帽os. Resulta incre铆ble que haya que esforzarse en argumentar algo tan obvio como que la fabricaci贸n y el comercio de armamento b茅lico, una industria copada por los “civilizados” pa铆ses occidentales, Espa帽a inclu铆da, es el principal combustible que alimenta el motor cada guerra. Se hace necesario el negacionismo de esa clara relaci贸n causa-efecto para poder proponer el env铆o de todav铆a m谩s armamento como soluci贸n para detener un conflicto armado en curso. Imaginemos cual ser铆a la posible evoluci贸n de nuestro planeta si aplic谩semos la misma receta a cada guerra: decididos a armar la resistencia ucraniana, enviemos tambi茅n armamento suficiente 鈥斅縫or qu茅 no nuclear, ya puestos?鈥 a la insurgencia palestina, kurda, saharaui, siria, yemen铆, birmana. A las facciones que podamos determinar como “los buenos” en los conflictos de Somalia, Mal铆, Etiop铆a… Vistas as铆 las cosas, las enormes manifestaciones contra la guerra de Iraq en 2003, m谩s que al “no a la guerra” deber铆an haberse enfocado a la petici贸n de suministro de armas al r茅gimen iraqu铆, a fin de que 茅ste pudiese defenderse convenientemente de sus invasores. Es obvio, o deber铆a serlo, que esta l贸gica macabra, m谩s all谩 de los intereses econ贸micos del complejo militar-armament铆stico, es insostenible.

Una cultura y una opini贸n p煤blica tendente al belicismo

Sin embargo, podemos constatar c贸mo, lejos de considerar ese amplio conjunto de factores que se dan en relaci贸n a un conflicto determinado, el an谩lisis hoy ampliamente predominante es de un atroz simplismo y, como no puede ser de otra manera, las soluciones que se proponen solo contemplan escenarios cortoplacistas que prescinden casi por completo de una proyecci贸n de futuro. Adem谩s constituyen visiones y propuestas que adolecen, por lo general, de un profundo eurocentrismo, cuando no de un descarado cinismo: Se solicita solidaridad b茅lica (o sanciones econ贸micas y ostracismo) cuando el agresor es Rusia, pero no cuando lo son los pa铆ses de la OTAN o sus aliados. Recordemos lo que dec铆amos en el p谩rrafo de arriba sobre Palestina, Yemen, Sahara, Kurdist谩n, etc. Incluso en la cuesti贸n de las personas refugiadas sucede lo mismo: Europa recibe con los brazos abiertos a quienes huyen de la guerra de Ucrania, al tiempo que mantiene indefinidamente retenidos ante sus fronteras a quienes lo hacen escapando de los conflictos de Pr贸ximo Oriente o apalea bajo sus muros fronterizos a quienes tratan de acceder a la seguridad europea desde el Norte de 脕frica.

En tal contexto el discurso pacifista, antimilitarista y noviolento, por desgracia, recibe una escasa acogida. Como nos recuerda el compa帽ero Josemi Lorenzo Arribas, “son decenios de pel铆culas de guerra, de juguetes b茅licos, y siglos de literatura y arte, y esa 茅pica nos ha colonizado”. No parece que la ciudadan铆a de Occidente, por otra parte, haya aprovechado las contundentes lecciones que la Historia ha proporcionado acerca de los efectos siempre destructivos, devastadores, del militarismo. En una secuencia que tiende a ser infinita, el complejo militar-industrial mundial, una y otra vez, como un d茅j脿 vu, alimenta los distintos conflictos planetarios mediante la producci贸n y el comercio de armas y, cuando estalla cada conflagraci贸n, con todas su consecuencias funestas, aprovecha la coyuntura b茅lica y la emocionalidad de los estados de opini贸n p煤blica, para redoblar sus mort铆feras ventas. Tristemente, nuestras sociedades se han acostumbrado a esta l贸gica armament铆stica que apela a una falacia de utilidad y que se esfuerza en negar, denostar, ridiculizar cualquier tipo de alternativa que se le opone. De tal forma, podr铆a decirse que se ha desandado y casi ha ca铆do en el olvido la memoria de los potentes movimientos pacifistas, de desarme, antinucleares de d茅cadas atr谩s que tanto hab铆an aprendido de los horrores de las grandes guerras.

La propuesta antimilitarista

Por todo ello se hace necesario, m谩s que nunca, decir que no tenemos porqu茅 plegarnos a esa forma de comprender las relaciones entre seres humanos, resignarnos a que las cosas tengan que ser as铆 y s贸lo puedan ser as铆. Los ej茅rcitos, las armas y las guerras, afirm茅moslo alto y claro, no deben ni pueden ser la soluci贸n a los conflictos de nuestras sociedades. Aunque la noviolencia activa propone para ello herramientas concretas 鈥攖ambi茅n aplicables a la situaci贸n de Ucrania鈥-que renuncian a la defensa armada, bien es cierto que ante una guerra en curso, m谩s all谩 de la no colaboraci贸n con su desarrollo y la solidaridad con los damnificados y las organizaciones pacifistas locales, suele ser dif铆cil (no imposible) la acci贸n desde el exterior y resulta muy recomendable la prudencia y el respeto a la hora de prescribir recetas a las poblaciones afectadas. As铆, lo m谩s importante que est谩 en nuestras manos y lo que m谩s debe implicar a quienes no estamos inmersos en conflictos armados de forma directa es la prevenci贸n. Recordemos que el argumento de la urgencia cortoplacista suele emplearse en forma de chantaje discursivo para satisfacer las necesidades del militarismo y mantener permanentemente encendida la antorcha de la guerra. Para que ello no ocurra hay que dejar claro, asimismo, que es posible y necesario apostar por nuevas formas de relaci贸n 鈥攅ntre personas, entre pueblos鈥 lejos de la espiral de la violencia. La Paz, en lugar de una utop铆a, ha de ser un camino a recorrer. Por tal motivo, lejos de apostar por instalaciones, cuerpos militares y dotaciones de armamento, hay que iniciar verdaderos procesos de desarme y transarme. Recordemos que Espa帽a ni siquiera ha firmado el Tratado de Prohibici贸n de Armas Nucleares (TPAN). Desmilitarizar, desarmar; no hablamos de imposibles. A d铆a de hoy existen estados en el planeta que han renunciado a tener fuerzas armadas. El caso de Costa Rica es el que, a pesar de sus imperfecciones, nos parece m谩s interesante. Apostar por la neutralidad b茅lica, por la no participaci贸n en bloques o alianzas militares. Tambi茅n hay muchos pa铆ses que se ubican de esa forma en la esfera internacional. 驴Por qu茅 no el nuestro? Por el respeto a las convenciones internacionales de car谩cter antib茅lico, por el apoyo y acogida a las personas que desertan de cada ej茅rcito y que huyen de cada guerra, procedan de Ucrania o lo hagan de Mali, por la acci贸n diplom谩tica y el boicot comercial hacia los estados belicistas. Dado que las relaciones econ贸micas injustas son tambi茅n un factor causal de primer orden, es preciso desarrollar verdaderos mecanismos de solidaridad y cooperaci贸n internacional con las naciones empobrecidas. Esta es la verdadera forma de responder ante las guerras, las injusticias y de solidarizarse con sus v铆ctimas, contribuyendo as铆 a la construcci贸n de un mundo mejor; no enviando bombas, no echando m谩s le帽a al fuego.

Acci贸n en Burgos contra la fabricaci贸n y comercio de armas.



Fuente: Grupotortuga.com