June 1, 2022
De parte de ANRed
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“Un conservacionista apasionado que también cazaba animales”. Así define el sitio especializado IMDb a Theodore Roosevelt a propósito de la docuserie de dos episodios que History estrena este lunes. “Fue el primer presidente de Estados Unidos en hacer de la conservación una prioridad nacional”, aseguró Leonardo DiCaprio, productor de la serie, al difundir el tráiler en Instagram. En marzo pasado, Netflix promocionó la serie documental de Barack Obama, Nuestros grandiosos parques nacionales, destacando que “protegió más tierras y aguas públicas que cualquier presidente de EE.UU.”. Pero, tras un siglo y medio de predominio mundial, ¿qué hay detrás del modelo norteamericano de conservación? Sus raíces son racistas. El “primer parque nacional del mundo”, Yellowstone, se creó en 1872 con la expulsión de nativos americanos. Sierra Club, una de las organizaciones ambientalistas más antiguas, fue fundada por el racista John Muir en 1892. El “cazador ambientalista” Roosevelt dejó en 1909 un legado de parques nacionales y conservación… de animales disecados. Por Valeria Foglia (Emergencia en la Tierra).


Hay un hilo conductor que llega hasta nuestros días: con un packaging renovado, las ONG siguen orientadas por una lógica que aísla a los pueblos indígenas de los territorios que ocuparon por generaciones. La supremacía blanca y descendiente de europeos que Roosevelt y Muir pregonaban está en el núcleo más profundo de una concepción de la naturaleza fraccionada en Ã¡reas prístinas para el turismo.

En nuestras latitudes, el costo de trasladar mecánicamente este modelo fue muy alto. Aquella “naturaleza salvaje” y hasta “virgen” que se buscaba preservar en beneficio de toda la humanidad había sido protegida por pueblos y naciones ancestrales durante siglos y hasta milenios. La complejidad y exuberancia de la biodiversidad en América Latina no había sido producto de la magia.

En tiempos de crisis ecológica y pérdida acelerada de biodiversidad, es más que probable que esta concepción aumente e intente justificarse, dice Emilio Spataro, licenciado en gestión ambiental y doctorando en geografía, consultado para esta edición de Emergencia en la Tierra. Pasado y presente del conservacionismo mainstream.

El cazador

Tres cargas de los poderosos rifles Holland fueron necesarias para tumbar al rinoceronte negro que segundos antes reposaba al sol. El animal se había puesto en guardia apenas divisó movimientos tras un matorral, pero cayó ultimado a traición por Theodore Roosevelt y el capitán Arthur Slatter durante la expedición africana que el primero lideró junto al Instituto Smithsoniano entre 1909 y 1910. “La gran bestia se erguía como una estatua tosca, con el pellejo negro a la luz del sol; parecía lo que era, un monstruo sobreviviente del pasado del mundo, de los días en que las bestias se desbocaban en su fuerza, antes de que el hombre se volviera tan astuto de cerebro y mano como para dominarlas”, escribiría en su libro African Game Trails.

En 1909, el 26° presidente norteamericano declinó postularse a un segundo mandato para encarar este safari por Kenia, el Congo y Sudán, en África oriental, todavía bajo dominio colonial. Su objetivo era “científico”: recolectar un conjunto “lo más representativo posible” de especímenes de caza mayor y menor para exhibirlos en el Museo Nacional de Historia Natural, que su padre había ayudado a fundar. En los hechos se trató de una legión de cazadores que mató más de once mil animales, entre elefantes, hipopótamos y rinocerontes. Roosevelt y su hijo Kermit, fotógrafo oficial de la expedición, liquidaron más de quinientos, incluidos diecisiete leones, once elefantes y veinte rinocerontes, como detalla en su libro.

Roosevelt, sin embargo, pasó a la historia como “el primer presidente ambientalista”. Durante su mandato puso bajo protección federal más de noventa y tres millones de hectáreas, incluyendo la creación de cinco parques nacionales, veinte proyectos de riego, trece bosques nacionales y dieciséis refugios para aves. Pero su naturalismo estaba impregnado de prejuicios racistas. Además de hacer buenas migas con Muir –que llamaba “sucios, vagos e incivilizados” a nativos americanos y negros–, Roosevelt no tuvo empacho en decir: “No creo que los únicos indios buenos sean los muertos, pero eso es cierto de nueve de cada diez, sin contar el décimo, que no quiero considerar”.

Pero Teddy no era solo un hombre de palabras. El sistema de conservación que estableció se montó sobre la expulsión de miles de nativos americanos, al incorporar unas 35 millones de hectáreas de sus territorios ancestrales. Roosevelt también propició la asimilación de los indígenas a la sociedad estadounidense, lo que contribuyó a destruir la cultura y las comunidades nativas.

“Las raíces racistas del ambientalismo estadounidense han influido en las prácticas mundiales de conservación. Esta narrativa dominante presta poca atención a los indígenas y otras personas pobres que dependen de estas tierras, incluso cuando son sus administradores más efectivos”, reflexionó el investigador y profesor en Ciencia Política indio Prakash Kashwan a propósito de las disculpas del Sierra Club por las ideas de su fundador.

Roosevelt y Muir en 1906 en el glaciar Point en el Parque Nacional Yosemite.

Obama y la WCS

Que el republicano Roosevelt figure entre los fundadores de la Wildlife Conservation Society (WCS) en 1895 no es sorprendente. Pero tampoco lo es la alianza de Obama con esta organización, con la que lanzó la campaña Wild for All simultáneamente con el estreno de Nuestros grandiosos parques nacionales.

Salvo contadas y brevísimas excepciones, no hay mención a las comunidades dentro o alrededor de los territorios escogidos para la primera temporada de la docuserie que Obama narra y produce a través de Higher Grounds Productions. Casi nadie desde California y la Patagonia chilena a Kenia –la tierra de su padre– e Indonesia.

Con un tono que se pretende intimista, el exmandatario habla de preservar áreas “para las próximas generaciones”. Aunque muchos podrían pensar que es una suerte de contrapeso al cortoplacismo que contabiliza “recursos”, su enfoque tiene un tufillo a parque de atracciones de Disney: se los puede visitar, pero no habitar. Los “grandiosos parques” son refugio de especies amenazadas, semillero para la investigación, fuente de nutrientes para la mayor biodiversidad del mundo, reguladores del clima y purificadores del agua, pero no el hogar ni el territorio de las comunidades.

No es casual que la WCS esté “a bordo”: es una de las principales responsables de la exportación del “modelo Yellowstone”. Para muestra basta un botón: en 1991, en alianza con el Gobierno de la República del Congo, instigó la creación del Parque Nacional Nouabalé-Ndoki (NNNP en inglés) a costa de la expulsión de miles de indígenas ba’aka.

En la actualidad no solo sigue gestionando el parque: sus ecoguardias atacan a los pobladores, les prohíben cazar y entrar al bosque. Ante el Congreso norteamericano en 2003, Michael Fay, quien inició y dirigió el trabajo de la WCS en el NNNP, dijo: “Creo que Teddy Roosevelt tenía razón. Mi trabajo en la cuenca del Congo ha sido básicamente tratar de traer este modelo de EE. UU. para África”.

El Dr. Mordecai Ogada, ecólogo de Kenia y autor de La gran mentira de la conservación, no ocultó su bronca con la serie de Obama: “Señor presidente, los parques nacionales son la creación de un par de megalómanos racistas, Teddy Roosevelt y John Muir. La WCS y otros sintieron nuestros pinchazos por la blancura de la conservación y decidieron darle una cara negra. Lo siento, no me lo trago”, tuiteó. “¿Cómo es que su maravilloso documental no dice nada sobre las personas violentamente removidas y excluidas de sus tierras para crear estos parques nacionales?”.

Aunque son pocos los que deciden, Obama echa culpas universales: los parques se ven amenazados por la crisis climática a causa de “las opciones que todos tomamos en nuestra vida diaria”. Actuar ahora es, en palabras del 44° presidente de Estados Unidos, crear más áreas protegidas, esas islas de conservación inmaculadas solo aptas para el turismo.

Barack Obama con rangers en 2021 | Foto: Getty Images.

Lo que Obama no dijo

  • Parque Nacional Tsavo de Kenia. Fue fundado en 1948, cuando el país africano todavía era colonia y protectorado británico, pero las primeras comunidades se habían asentado seis mil años atrás. Los pastores orma y los cazadores-recolectores watha viven allí desde por lo menos el siglo XIX, pero al crearse el parque fueron expulsados. Ahora viven en la pobreza y el analfabetismo como ocupantes ilegales.
  • La Patagonia chilena. Obama pone los parques nacionales de Chile como ejemplo, celebrando la transformación del país en la meca del ecoturismo, con paisajes de “naturaleza intacta”, aislada y aparentemente sin habitantes. Pero muchos de ellos están en tierras ancestrales mapuches y tehuelches, usurpadas desde la invasión militar europea. La zona de Torres del Paine (1958) estuvo habitada por tehuelches durante miles de años hasta su expulsión para la explotación ganadera. El Parque Nacional Patagonia se creó en 2018 con la donación de cientos de miles de hectáreas compradas por Kristine McDivitt, viuda del magnate conservacionista Douglas Tompkins. Esto incluyó la antigua estancia ganadera Valle Chacabuco, vendida en 1983 a un terrateniente de origen belga tras la expulsión de una cooperativa creada con la reforma agraria de 1967.
  • Parque Nacional Loango en Gabón. Creado en 2002, es el hogar de los emblemáticos “hipopótamos surfistas” mostrados en el documental de Netflix. Según Survival International, en 2017 causó controversia el Premio Theodore Roosevelt a la conservación entregado por la WCS “al presidente de Gabón, Ali Bongo, quien ha sido ampliamente criticado por el récord de su Gobierno en abusos de derechos humanos. Según algunas informaciones, Bongo donó 3500 millones de dólares a cambio de recibir el premio”. Su padre, Omar Bongo, con quien la WCS había tejido una indecorosa alianza para la creación de trece parques nacionales, era un paradigma de la corrupción. De acuerdo a datos de la propia WCS en 2006, en Operación Loango se asoció con la Societé de Conservation et Développement, una empresa privada de turismo. Hoy se llama Africa’s Eden y es custodiado por rangers armados.
  • Parque Nacional de los Volcanes (VNP) en Ruanda. Creado en 1929, está ubicado en la cadena de montañas Virunga, el lugar donde la naturalista Dian Fossey estudió a los célebres “gorilas en la niebla”. Obama narra que hace cuarenta años “había caza y destrucción del hábitat”, pero que, tras el genocidio de 1994, “la nación se reconstruyó y priorizó la conservación”. En uno de esos momentos “estrella fugaz” de la serie –cuando aparecen seres humanos–, los gorilas cruzan el muro del parque y pasan cerca de los granjeros que “viven en forma sostenible con la naturaleza”, al decir de Obama. Pero en los límites del VNP habitan muchas familias batwa desalojadas de los bosques, y se prevén más expulsiones debido a los proyectos de ampliación para dar más espacio a los gorilas y los emprendimientos turísticos.

Emilio Spataro en Ginebra, Suiza, durante la reunión de preparación de la COP15.

Todo este maldito sistema está mal

Argentina copió el modelo Yellowstone desde 1903. En la actualidad, la conservación sigue en gran medida la nomenclatura de la UICN, sostiene Emilio Spataro. Una de las categorías establece núcleos de conservación estricta, que son “sitios que tienen fragilidad extrema y mucha importancia para la biodiversidad, o son yacimientos culturales, habitan especies raras, endémicas, o son sitios de especies en peligro de extinción”.

En palabras del experto, esa categoría no es, en sí misma, otra cosa que “ordenamiento territorial o conceptualización al interior de los parques nacionales”. El foco del problema no es administrativo, sino ideológico: “Cuando se habla de conservación estricta no se habla tanto de las categorías de área protegida, sino de una concepción en general de quién es el culpable o el sujeto problemático para la conservación de la biodiversidad y cómo es que hay que conservarla”.

Aunque advierte que en Argentina muchas áreas protegidas “son de papel”, Spataro explica que formalmente la creación de parques nacionales implica planes de manejo donde se divide el territorio en “áreas núcleo” –el parque nacional propiamente dicho–, “áreas buffer” –“zonas colchón” o de amortiguamiento, que suelen ser tierras privadas con restricción de uso–, sectores reservados para acampe y otros usos turísticos, y áreas intangibles o de conservación estricta que están vedadas al público.

El asunto origina ríos de tinta desde hace décadas. El referente ambiental engloba la puja sobre la biodiversidad en dos visiones: está en juego si el deterioro de un territorio se debe a “un conjunto de factores políticos, económicos, históricos, con actores de carne y hueso, que tienen intereses identificables y normados por leyes, acuerdos o tratados, o si el problema es el ser humano versus el resto de las especies”.

Las políticas de conservación de los Estados y el accionar de las ONG confirman que sigue triunfando lo que Spataro define como el “pensamiento mágico, clasista, de que el problema es el ser humano en tanto especie”. Al endilgar la responsabilidad a la humanidad a secas se difumina la que efectivamente tienen los sectores económicos y funcionarios que deciden y ejecutan las políticas.

Según el especialista, Yellowstone muestra a “la elite blanca norteamericana despojando a los pueblos indígenas de la zona, estableciendo un esquema de ocupación con Ejército y luego un cuerpo armado de guardaparques”. El interés detrás de las restricciones a la presencia humana es muy claro: impedir que esos territorios sean repoblados por comunidades con derechos preexistentes.

Ese es el “origen maldito de los parques nacionales”, analiza Spataro. En Estados Unidos, Canadá o Argentina, su creación “puede identificarse como continuidad y parte del proceso de despojo de los pueblos indígenas, y de asegurar la frontera imaginaria o con otro Estado”. Así sucedió entre Argentina y Chile con la fundación de los primeros parques nacionales en la Patagonia tras la expulsión de las poblaciones mapuches.

Aunque este enfoque se escuda en “un supuesto fin altruista”, apunta el profesional, salvaguardando áreas en base a “atributos de belleza, escénicos o estéticos que las hacen intangibles e intocables”, en verdad etiqueta como enemigos a los más humildes. Entre ellos, cazadores y pescadores de subsistencia, recolectores de leña y pobladores que hacen usos tradicionales del lugar.

Esta mirada intenta desconocer que pueblos indígenas y comunidades locales también tienen “esquemas de conservación estricta”, con sus reglas, mitos y acuerdos internos, advierte Spataro. Algunos lugares son “sagrados e intocables” porque contienen valores para el conjunto: es la diferencia entre acuerdo social e imposición estatal. Las áreas intocables deberían ser minoritarias y validadas socialmente.

Spataro, que en marzo participó de la última reunión de los Estados Partes del Convenio de Diversidad Biológica en Suiza, advierte que este acuerdo “incorpora el uso sustentable y el manejo”. La dimensión puramente biológica no puede ser la “columna vertebral” de la conservación. Esta debe incluir el mantenimiento, el funcionamiento y la estructura de la biodiversidad y atender a “particularidades según el ecosistema, la cultura y la economía del lugar”.

Los documentales suelen ignorar por completo a las personas que habitan esos ecosistemas, como si no hubieran sido parte de su florecimiento. “Es un hecho irrefutable que las comunidades locales y los pueblos indígenas en general han sabido mantener la biodiversidad a través de sus distintas formas de vida, ocupación del territorio y relación con su entorno, y que deben formar parte de una estrategia común”, comenta Spataro. “La ciencia demuele el mito de la naturaleza intocada y de que el ser humano es el problema”.

“Esto no es un hermoso debate intelectual, sino que hay decenas, cientos de casos de violación de derechos humanos por la implementación de proyectos de conservación con y sin áreas protegidas”, añade. Varias ONG de fama mundial, “lideradas por gente blanca”, llevan a cabo actividades contra indígenas y otros sectores populares. El ambientalista recuerda que Estados Unidos suspendió fondos a WWF y la WCS â€œpor tener y sostener personal armado que violaba derechos humanos a comunidades indígenas de África”.

En 2020 Survival International dio cuenta de la filtración de un documento del Gobierno norteamericano con los resultados preliminares de una investigación sobre si los fondos federales de conservación financiaron patrullas de rangers o ecoguardias implicadas en reubicaciones forzosas, torturas, violaciones y asesinatos en áreas protegidas de África.

Conservacionismo racista y con sangre en las manos, suculentos negocios disfrazados de “ecoturismo”, despojo, expulsión y desprecio por los saberes de las comunidades, alianzas con Gobiernos corruptos y represores que saquean la naturaleza “del otro lado del alambrado” de los parques nacionales. El legado mundial del modelo norteamericano de conservación no tiene nada de “grandioso”.

Theodore Roosevelt tras asesinar a un yaguareté en Brasil en 1913 | Foto: Kermit Roosevelt

Valeria Fgl | Cafecito

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Fuente: https://www.getrevue.co/profile/valeriafgl/issues/el-origen-maldito-de-los-parques-nacionales-emergenciaenlatierra-1192099





Fuente: Anred.org