June 30, 2022
De parte de Amor Y Rabia
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Ilustraciones de Medi Belortaja 

La concepci贸n social de la vida consiste, sabido es, en que el sentido de la vida es transportado de la personalidad al grupo en sus diversos grados: familia, tribu, raza, Estado.

Seg煤n esta concepci贸n, resulta que, como el sentido de la vida reside en la agrupaci贸n de las personalidades, estas personalidades sacrifican voluntariamente sus intereses a los del grupo. Es lo que se ha producido y se produce a煤n realmente en ciertas formas del grupo, en la familia o en la tribu, en la raza y aun en el Estado patriarcal.   A   consecuencia  de   costumbres  transmitidas   por   la   educaci贸n   y confirmadas por la sugesti贸n religiosa, las personalidades subordinan sus intereses a los del grupo y los sacrifican a la comunidad sin ser obligados a ello. Pero, cuanto m谩s las sociedades llegaban a ser complicadas, cuanto m谩s grandes se hac铆an, cuanto m谩s aumentaban en miembros nuevos por la conquista, m谩s se afirmaba la tendencia de las personalidades a perseguir su, inter茅s personal, en detrimento del inter茅s general; y m谩s entonces  el  Poder  deb铆a  recurrir  a  la  violencia  para  dominar  a  esas personalidades rebeldes. Los defensores de la concepci贸n social tratan de ordinario de confundir la noci贸n del Poder, es decir, la violencia con la noci贸n de la influencia moral, pero est谩 confusi贸n es absolutamente imposible.

La influencia moral obra sobre los deseos mismos del hombre y los modifica en el sentido de lo que se le exige. El hombre que sufre la influencia moral obra seg煤n sus deseos. Mientras que el Poder, en el sentido corriente de esta palabra, es un medio de obligar al hombre a obrar contrariamente a sus deseos. El hombre sometido al Poder no obra como 茅l quiere, sino como es obligado a hacerlo; y solamente por la violencia  f铆sica,  es  decir,  el  encarcelamiento, la  tortura,  la  mutilaci贸n, o  por  la amenaza de esos castigos, es como se puede obligar al hombre a hacer lo que no quiere. En eso es en lo que consiste y ha consistido siempre el Poder.

A pesar de los esfuerzos continuos de los gobernantes por ocultarlo y por dar al Poder una significaci贸n distinta, es para el hombre una cuerda, una cadena con que ser谩 agarrotado y arrastrado, el knut con que ser谩 magullado, el machete o el hacha que le cortar谩n los brazos, las piernas, la nariz, las orejas, la cabeza; y eso era as铆 bajo Ner贸n y Gengis Kan, y eso es as铆 todav铆a hoy bajo el gobierno m谩s liberal, el de la Rep煤blica americana o el de la Rep煤blica francesa. El pago de los impuestos, el cumplimiento de los deberes sociales, la sumisi贸n a los castigos, cosas todas que parecen voluntarias, tienen siempre en el fondo el temor de una violencia.

La base del Poder es la violencia f铆sica; y la posibilidad de hacer sufrir a los hombres una violencia f铆sica es debida sobre todo a individuos mal organizados: de tal modo que obran de acuerdo aunque someti茅ndose a una sola voluntad. Estas uniones de individuos armados que obedecen a una voluntad 煤nica forman el ej茅rcito. El Poder se encuentra siempre en manos de los que mandan el ej茅rcito, y siempre todos los jefes de Poder, desde los c茅sares romanos hasta les emperadores rusos y alemanes, se preocupan del ej茅rcito m谩s que de cualquier otra cosa, y no favorecen sino a 茅l, sabiendo que, si 茅l est谩 con ellos, el Poder les est谩 asegurado.

Esta composici贸n y esta fuerza del ej茅rcito, necesarias a la garant铆a del Poder, son  las  que  han  introducido  en  la  concepci贸n  social  de  la  vida  el  germen desmoralizador.

El fin del Poder y su raz贸n de ser est谩n en la limitaci贸n de la libertad de los hombres que querr铆an poner sus intereses personales por encima de los intereses de la sociedad. Pero, sea el Poder adquirido mediante el ej茅rcito, por herencia o por elecci贸n, los hombres que lo poseen no se distinguen en nada de los dem谩s hombres y, como ellos, son impelidos a no subordinar su inter茅s al inter茅s general; al contrar铆o. Cualesquiera que sean los medios empleados, no se ha podido, hasta el presente, realizar el ideal de no confiar el Poder sino a hombres infalibles, o solamente de arrebatar a los que lo detentan la posibilidad de subordinar a los suyos los intereses de la sociedad.

Todos los procedimientos conocidos: el derecho divino, la elecci贸n, la herencia, dan los mismos resultados negativos. Todo el mundo sabe que ninguno de esos procedimientos es capaz de asegurar la transmisi贸n del Poder s贸lo a los infalibles, o aun de impedir el abuso del Poder. Todo el mundo sabe que al contrario, los que lo poseen -sean soberanos, ministros, gobernadores o agentes de polic铆a- son siempre, porque tienen el Poder, m谩s inclinados a la inmoralidad, es decir, a subordinar los intereses generales a sus intereses particulares, que los que no tienen el Poder. Eso, por lo dem谩s, no puede ser de otro modo.

La concepci贸n social no pod铆a justificarse sino en tanto que los hombres sacrificaban voluntariamente su inter茅s a los intereses generales; pero, tan pronto como hubo entre ellos quienes no sacrificaban voluntariamente su inter茅s, se sinti贸 la necesidad del Poder, es decir, de la violencia, para limitar su libertad, y entonces ha penetrado en la concepci贸n social y en la organizaci贸n que de ella resulta el germen desmoralizador del Poder, es decir, de la violencia de unos sobre otros.

Para que la dominaci贸n de unos sobre otros alcanzara su fin, para que pudiese limitar la libertad de los que hacen pasar sus intereses privados antes que los de la sociedad, el Poder hubiera debido encontrarse en manos de hombres infalibles, como se supone que est谩 entre los chinos, o como se ha cre铆do que estaba en la Edad Media y como creen que est谩 todav铆a hoy los que tienen fe en la gracia de la unci贸n. S贸lo en esas condiciones pod铆a comprenderse la organizaci贸n social.

Pero como eso no existe, como, al contrario, los hombres que tienen el Poder est谩n siempre muy lejos de ser santos, precisamente porque tienen el Poder, la organizaci贸n social basada sobre la autoridad no puede ya ser justificada.

Aun si hubo un tiempo en que, a consecuencia de la baja del nivel moral y de la disposici贸n de los hombres a la violencia, la existencia del Poder ha ofrecido alguna ventaja, por ser la violencia de la autoridad menor que la de los particulares, es evidente que esta ventaja no pod铆a ser eterna. Cuanto m谩s la tendencia de las personalidades a la violencia disminu铆a, cuanto m谩s las costumbres se endulzaban, cuanto m谩s el Poder se desmoralizaba a consecuencia de su libertad de acci贸n, m谩s esta ventaja desaparec铆a.

Este cambio de la relaci贸n entre el desenvolvimiento moral de las masas y la desmoralizaci贸n de los gobiernos es toda la historia de los 煤ltimos dos mil a帽os.

He aqu铆 simplemente como las cosas han pasado:

Los hombres viv铆an en familias, en tribus, en ramo, provoc谩ndose, violent谩ndose, despoj谩ndose, mat谩ndose. Esas violencias se comet铆an en grande y en peque帽o: individuo contra individuo, familia contra familia, tribu contra tribu, raza contra raza, pueblo contra pueblo. El grupo m谩s numeroso, el m谩s fuerte, se apoderaba del m谩s d茅bil, y, cuanto m谩s fuerte llegaba a ser, m谩s las violencias interiores disminu铆an, y m谩s la duraci贸n de la vida del grupo parec铆a asegurada.,

Los miembros de la familia o de la tribu reunidos en un solo grupo son menos hostiles unos para otros, y la familia o la tribu no mueren como el individuo aislado. Entre los miembros de un Estado sometido a una sola autoridad, la lucha entre personalidades parece m谩s d茅bil a煤n y la duraci贸n del Estado m谩s segura.

Estas reuniones en grupos cada vez m谩s grandes se han producido no porque los hombres han tenido conciencia de encontrar en ellas una ventaja, como se cuenta en la leyenda del llamamiento de los Varegas en Rusia, sino a causa del aumento de las poblaciones y a consecuencia de las luchas y de las conquistas.

Despu茅s de la conquista, en efecto, el poder del conquistador hace desaparecer las disensiones intestinas, y la concepci贸n social de la vida recibe su justificaci贸n. Pero esta justificaci贸n s贸lo es provisional. Las disensiones intestinas no desaparecen sino en raz贸n de una presi贸n m谩s fuerte del Poder sobre las personalidades que estaban en hostilidad. La violencia de la lucha interior, ahogada por el Poder, renace en el Poder mismo. Este se encuentra en manos de hombres que, como todos los dem谩s, est谩n inclinados a sacrificar el bien general a su bien particular, con la diferencia de que los violentados no pueden resistirle, y de que sufren la influencia desmoralizadora del Poder. Por eso es por lo que el mal de la violencia, pasando al Poder, no cesa, de aumentar y llega a ser mayor que el de que el Poder ha sido el remedio. Y eso, mientras que en los miembros de la sociedad las tendencias a la violencia se debilitan cada vez m谩s, y que la violencia del Poder llega a ser por consiguiente cada vez menos necesaria.

El poder gubernamental, aun si hace desaparecer las violencias interiores, introduce siempre en la vida de los hombres violencias nuevas, cada vez m谩s grandes siempre, en raz贸n de su duraci贸n y de su fuerza. De suerte que, si la violencia del Poder es menos evidente que la de los particulares, porque se manifiesta no por la lucha, sino por la opresi贸n, no existe menos y las m谩s de las veces en un grado m谩s elevado.

Y eso no puede ser de otro modo, porque, adem谩s de que el Poder corrompe a los hombres, los c谩lculos o aun la tendencia inconsciente de los que lo poseen tendr谩n siempre por objetivo el mayor debilitamiento posible de los violentados, puesto que cuanto m谩s d茅biles son, menos esfuerzos hacen falta para dominarlos.

Por eso es por lo que la violencia aumenta siempre hasta el l铆mite extremo que puede alcanzar sin matar la gallina que pone los huevos de oro. Y, si esta gallina no pone ya, corno los indios de Am茅rica, los fueguinos o los negros, se mata a pesar de las sinceras protestas de los fil谩ntropos.

La mejor confirmaci贸n de esto es la situaci贸n de los obreros de nuestra 茅poca, que lo cierto es que no son m谩s que siervos.

A pesar de los supuestos esfuerzos de las clases superiores por mejorar la suerte de los trabajadores, 茅stos son sometidos a una ley de hierro, inmutable que no les concede sino lo estricto necesario, a fin de que est茅n siempre obligados al trabajo conservando justo la suficiente fuerza para trabajar en provecho de sus amos, cuya dominaci贸n recuerda la de los conquistadores de anta帽o.

Eso ha sido siempre as铆. Siempre, a medida del aumento y de la duraci贸n del Poder,  las  ventajas  para  los  que  estaban  sometidos  a  茅l  disminu铆an,  y  los inconvenientes aumentaban.

Eso ha sido y eso es, independientemente de las formas gubernamentales en las cuales viven los pueblos; con la sola diferencia de que en la forma autocr谩tica el Poder est谩 concentrado en las manos de un peque帽o n煤mero de violentos, y la forma de las violencias es m谩s visible, mientras que en las monarqu铆as constitucionales y la rep煤blica, como en Francia y en Am茅rica, el Poder est谩 repartido entre un mayor n煤mero de violentos, y la forma en la cual se traduce la violencia es menos sensible; pero su resultado 鈥 las desventajas del gobierno m谩s grandes que sus ventajas 鈥 y su proceso 鈥 debilitamiento de los oprimidos 鈥 son siempre los mismos.

Tal ha sido y tal es la situaci贸n de los oprimidos, pero la ignoraban hasta el presente y, en cuanto a la mayor parte, cre铆an ingenuamente que el gobierno exist铆a para su bien, que sin gobierno estar铆an perdidos; que no se puede, sin sacrilegio, expresar el pensamiento de vivir sin gobierno; que eso seria una doctrina terrible -驴por qu茅?- de anarqu铆a y que se presenta acompa帽ada de un s茅quito de calamidades.

Se  cre铆a,  como  en  algo  absolutamente  probado,  que  puesto  que  hasta  el presente todos los pueblos se han desenvuelto bajo la forma de Estados, esta forma es para siempre la condici贸n esencial del desenvolvimiento de la humanidad.

As铆 es como eso ha continuado centenares y millares de a帽os, y los gobernantes se han esforzado siempre y se esfuerzan a煤n por mantener a los pueblos en este error.

Eso pasaba as铆 bajo los emperadores romanos, y eso pasa a煤n as铆 en nuestros d铆as, aunque la idea de la inutilidad y aun de los inconvenientes del Poder penetra cada vez m谩s en la conciencia de las masas, y eso pasar铆a as铆 eternamente si los gobiernos  no  se  encontraran  en  la  obligaci贸n  de  aumentar  continuamente  sus ej茅rcitos para mantener su autoridad.

Se cree generalmente que los gobiernos aumentan los ej茅rcitos 煤nicamente para la defensa exterior del pa铆s, cuando los ej茅rcitos les son sobre todo necesarios para su propia defensa contra los s煤bditos oprimidos y reducidos a esclavitud.

Eso ha sido siempre necesario y eso llega a serlo cada vez m谩s a medida que se extiende la instrucci贸n, a medida que las relaciones entre los pueblos y entre los habitantes de un mismo pa铆s llegan a ser m谩s f谩ciles, y sobre todo a causa del movimiento comunista, socialista, anarquista y obrero en general. Los gobiernos lo sienten y aumentan la fuerza de sus ej茅rcitos.

No hace mucho, en el Reichstag alem谩n, respondiendo a la interpelaci贸n que preguntaba por qu茅 se ten铆a necesidad de fondos para aumentar el sueldo de los suboficiales, el canciller declar贸 francamente que hac铆an falta suboficiales seguros para luchar contra el socialismo. El canciller no hizo sino decir en voz alta lo que cada cual sabe en el mundo pol铆tico, pero lo que se oculta cuidadosamente al pueblo. Por el mismo motivo se formaban guardias suizos para los reyes de Francia y para los papas, y todav铆a hoy, en Rusia, es mezclan con tanto cuidado los reclutas, de modo que los regimientos que tienen guarnici贸n en el centro se componen de soldados pertenecientes a las provincias fronterizas, y rec铆procamente.

El sentido del discurso del canciller alem谩n, traducido en lengua vulgar, es que el dinero es necesario no contra el enemigo exterior, sino para comprar suboficiales dispuestos a marchar contra los trabajadores oprimidos.

El canciller ha dicho involuntariamente lo que todo el mundo sabe muy bien o lo que sienten los que no lo saben, a saber: que el orden de cosas actual es tal no porque debe ser as铆 naturalmente, no porque el pueblo quiere que sea as铆, sino porque el gobierno lo mantiene as铆 por la violencia, apoyado en el ej茅rcito con sus suboficiales y sus generales comprados.

Si el trabajador no tiene tierra, si est谩 privado del derecho m谩s natural, el de extraer del suelo su subsistencia y la de su familia, no es en modo alguno porque el pueblo lo quiere as铆, sino porque cierta clase, los hacendados, tiene el derecho de admitir en 茅l, o de no admitir, al trabajador. Y este orden de cosas contra naturaleza es mantenido por el ej茅rcito. Si las inmensas riquezas amontonadas por el trabajo son consideradas como pertenecientes no a todos, sino a algunos; si la deducci贸n de los impuestos y su empleo son abandonados a la voluntad de algunas personalidades; si las huelgas de los obreros son reprimidas, y las de los capitalistas protegidas; si algunos hombres pueden elegir los procedimientos de educaci贸n (religiosa o laica) de los ni帽os; si algunos hombres tienen el privilegio hacer leyes a las cuales todos los dem谩s deben someterse, y de disponer as铆 de los bienes y de la vida de cada uno, todo eso tiene lugar no porque el pueblo lo quiere y porque eso debe ser naturalmente, sino porque los gobiernos y las clases dirigentes lo quieren as铆 para su provecho y lo imponen por medio de una violencia material.

Cada cual lo sabe o, si no lo sabe, lo aprender谩 a la primera tentativa de rebeld铆a o de transformaci贸n de este orden de cosas.

Pero no hay un solo gobierno. Existen otros a su lado, que dominan igualmente por la violencia y que est谩n siempre dispuestos a arrebatar al vecino el producto de sus s煤bditos ya reducidos a la esclavitud. Por eso es por lo que cada uno de ellos tiene necesidad de un ej茅rcito no solamente para mantenerse en el interior, sino tambi茅n para  defender  su  bot铆n  contra  los  vecinos  rapaces.  Los  Estados  est谩n,  pues, reducidos a rivalizar en el aumento de sus ej茅rcitos, y este aumento el contagioso, como lo ha hecho, notar Montesquieu va para dos siglos.

Todo aumento de efectivos dirigido por un Estado contra sus s煤bditos llega a ser inquietante para el Estado vecino, y le obliga a reforzar 茅l tambi茅n su ej茅rcito.

Si los ej茅rcitos se enumeran hoy por millones de hombres, no es solamente porque cada Estado ha sido amenazado por sus vecinos, sino sobre todo porque le ha sido preciso reprimir las tentativas de rebeliones interiores. Lo uno es el resultado de lo otro: el despotismo de los gobiernos aumenta con su fuerza y sus 茅xitos exteriores, y sus disposiciones agresivas aumentan con su despotismo interior.

Esta rivalidad en los armamentos ha llevado a los gobiernos europeos a la necesidad de establecer el servicio universal, 煤nico que procura el mayor n煤mero de soldados con el menor gasto posible. Alemania fue la primera en tener esa idea, y las otras naciones la han seguido. Y entonces todos los ciudadanos han sido llamados bajo las armas para mantener las injusticias que se cometen entre ellos, de suerte que los ciudadanos so han convertido en sus propios tiranos.

El servicio universal es una necesidad l贸gica a la cual se deb铆a llegar, pero es tambi茅n la 煤ltima expresi贸n de la contradicci贸n interior de la concepci贸n social, contradicci贸n que se ha revelado cuando ha hecho falta para su sost茅n recurrir a la violencia.

En el servicio universal esta contradicci贸n ha llegado a ser evidente. En efecto, el sentido de la concepci贸n social consiste en que el hombre, teniendo conciencia de la barbarie de la lucha entre personalidades y de la falta de seguridad, ha transportado el sentido de la vida a la asociaci贸n de las personalidades. Con el servicio universal, acontece que los hombres, habiendo hecho todos los sacrificios posibles para evitar las crueldades de la lucha y la instabilidad de la vida, son llamados a pesar de todo a correr todos los peligros que han cre铆do evitar, y que, adem谩s, la asociaci贸n -el Estado- a la cual han sacrificado sus intereses personales, corre los mismos peligros de muerte que amenazaban antes al individuo aislado.

Los gobiernos deb铆an evitar a los hombres la lucha entre individuos y darles la certidumbre de la inviolabilidad del r茅gimen adoptado; en lugar de eso exponen al individuo a los mismos peligros, con la diferencia de que en vez de una lucha entre personalidades del mismo grupo, hay una lucha entre grupos.

El establecimiento del servicio universal hace pensar en un hombre que, para que su casa no se hunda, la llenara de tal modo de soportes, de puntales, de vigas y de tablas, que no llegara a conservarla sino haci茅ndola absolutamente inhabitable.

Del mismo modo el servicio universal hace nulas todas las ventajas de la vida social que es llamado a defender.

Las ventajas de la vida social consisten en la seguridad de la propiedad y del trabajo y en la posibilidad de una mejora general de las condiciones de la vida. Ahora bien; el servicio universal destruye todo eso.

Los impuestos percibidos para los gastos militares absorben la mayor parte del producto del trabajo que el ej茅rcito debe defender.

La incorporaci贸n al servicio de todos los hombres v谩lidos compromete la posibilidad del trabajo mismo. Las amenazas de guerra, siempre pronta a estallar, hacen in煤tiles y vanas todas las mejoras de las condiciones de la vida social.

Si antiguamente se hab铆a dicho al hombre que sin el Estado  estar铆a  expuesto  a los ataques de los malhechores, de los enemigos interiores y exteriores, que tendr铆a que defenderse solo contra todos, que su vida estar铆a amenazada, que, por consiguiente, era ventajoso para 茅l someterse a algunas privaciones para evitar esas desgracias, el hombre pod铆a creer en ello, puesto que el  sacrificio    que    hac铆a    al Estado le daba la esperanza de una vida tranquila en un orden de cosas que no pod铆a desaparecer. Pero hoy que sus sacrificios han duplicado y que las ventajas que pod铆a esperar de ellos han desaparecido, es natural que cada cual se pregunte si su sumisi贸n al Estado no es absolutamente in煤til.

Pero no es en este hecho donde reside la significaci贸n fatal del servicio militar como manifestaci贸n de la contradicci贸n que encierra la concepci贸n social. La manifestaci贸n principal de esta contradicci贸n consiste en que, con el servicio obligatorio, todo ciudadano llega a ser el sost茅n del orden de cosas actual y participa en todos los actos del Estado sin reconocer su legitimidad.

Los gobiernos afirman que los ej茅rcitos son necesarios en todas partes para la defensa exterior. Es falso. Son necesarios sobre todo contra los ciudadanos mismos, y  cada  soldado  participa  a  pesar  suyo  en  las  violencias  del  Estado  sobre  los ciudadanos.

Para convencerse de esta verdad basta acordarse de lo que se comete en cada Estado, en nombre del orden y de la tranquilidad del pueblo, y de lo cual el ej茅rcito es siempre el instrumento. Todas las querellas intestinas de dinast铆as o de partidos, todas las ejecuciones que acompa帽an esos disturbios, todas las represiones de revueltas, todas las intervenciones de la fuerza armada para dispersar todas las reuniones o impedir las huelgas, todas las extorsiones de impuesto, todas las trabas a la libertad del trabajo, todo eso es hecho o directamente con la ayuda del ej茅rcito, o por la polic铆a apoyada por el ej茅rcito. Todo hombre que cumple el servici贸 militar participa en todas esas presiones que a veces le parecen dudosas, pero las m谩s de las veces absolutamente contrarias a su conciencia.

驴C贸mo, unos hombres se niegan a abandonar la tierra que cultivan de padre a hijo desde varias generaciones, otros no quieren circular como lo exige la autoridad, otros no quieren pagar los impuestos, otros no quieren reconocer como obligatorias leyes  que  ellos  no  han  hecho,  otros  no  quieren  perder  su  nacionalidad,  y  yo, cumpliendo el servicio militar, estoy obligado a ir a atacar a esos hombres? Yo no puedo, tomando parte en esas represiones, dejar de preguntarme si son justas o injustas, y si debo concurrir a su ejecuci贸n.

El servicio universal es el 煤ltimo grado de la violencia necesaria para el sost茅n de la organizaci贸n social, el l铆mite extremo que pueda alcanzar la sumisi贸n de los s煤bditos, la clave cuyo desplome determinar谩 el del edificio entero.

Con los abusos crecientes de los gobiernos y su antagonismo, se ha llegado a reclamar de los s煤bditos no solamente sacrificios materiales, sino tambi茅n sacrificios morales tales que cada cual se pregunta: 驴Puedo obedecer? 驴En nombre de qu茅 debo yo hacer sacrificios? Esos sacrificios se piden en nombre del Estado. En nombre del Estado  se  me  pide  sacrificar  todo  lo  que  puede  ser  querido  de  un  hombre: la felicidad, la familia, la seguridad, la dignidad humana. Pero, 驴qu茅 es ese Estado que reclama sacrificios tan espantosos? 驴En qu茅 nos es necesario?

El Estado, se nos dice, es necesario, en primer lugar, porque, sin el Estado, vosotros y yo, todos nosotros estar铆amos sin defensa contra la violencia de los malos; en  segundo  lugar,  porque  sin  el  Estado  habr铆amos  permanecido  salvajes  y  no habr铆amos tenido ni religi贸n, ni instrucci贸n, ni educaci贸n, ni industria, ni comercio, ni medios de comunicaci贸n, ni otras instituciones sociales; y finalmente, porque sin el Estado habr铆amos corrido el peligro de ser conquistados por los pueblos vecinos.

鈥淪in el Estado -se, nos dice- habr铆amos corrido el peligro de sufrir las violencias de los malos en nuestra propia patria鈥.

Pero, 驴qui茅nes son esos malos, de la maldad y de la violencia de los cuales nos preservan nuestro Estado y nuestro ej茅rcito? Hace tres o cuatro siglos, cuando est谩bamos orgullosos de nuestros talentos militares y de nuestras armas, cuando matar era una acci贸n gloriosa, hab铆a hombres de esa especie, pero hoy no hay ya, y los hombres de nuestro tiempo no llevan armas, y cada uno predica leyes de humanidad, de piedad para el pr贸jimo y desea lo que nosotros deseamos: la posibilidad de una vida tranquila y estable. Eso quiere decir que no hay ya esos violentos contra los cuales el Estado debe protegemos. Y si el Estado debe defendernos contra los hombres que son considerados como criminales, sabemos que 茅stos no son hombres de una naturaleza distinta, como las fieras entre las ovejas, sino hombres como todos nosotros, que no aman m谩s que nosotros cometer cr铆menes. Sabemos hoy que las amenazas y los castigos no pueden hacer disminuir el n煤mero de esos hombres, y que no ser谩 disminuido sino por el cambio del medio y la influencia moral. De suerte que la protecci贸n del Estado contra los violentos, si era necesaria hace tres o cuatro siglos, no lo es ya hoy. Ahora es m谩s bien lo contrario lo que es cierto: la acci贸n del gobierno con  sus  medios  crueles  de  coerci贸n,  retrasados  sobre  el  estado  de  nuestra civilizaci贸n, tales como las prisiones, los presidios, la horca, la guillotina, concurre a la barbarie  de las costumbres mucho  m谩s que  a  su  pulimento y,  por consiguiente, aumenta m谩s bien que disminuye el n煤mero de los violentos.

鈥淪in el Estado -se nos dice- no habr铆amos tenido ni religi贸n, ni educaci贸n, ni industria, ni comercio, ni v铆as de comunicaci贸n, ni otras instituciones sociales鈥.

Sin el Estado, no habr铆amos podido organizar las instituciones que nos son necesarias  a  todos.  Pero  este  argumento  habr铆a  podido  tener  alg煤n  valor  hace tambi茅n algunos siglos. Si ha habido un tiempo en que los hombres eran tan poco comunicativos, y en que los medios de aproximarse y cambiar ideas faltaban de tal modo  que  no  era  posible  ponerse  de  acuerdo  para  ning煤n  esfuerzo  comercial, industrial o econ贸mico sin un centro de Estado, esos obst谩culos han desaparecido. Las v铆as de comunicaci贸n tan ampliamente desarrolladas y el cambio de las ideas han hecho  que,  para  la  formaci贸n  de  las  sociedades,  de  las  corporaciones,  de  los congresos, de las instituciones econ贸micas y pol铆ticas, los hombres de nuestro tiempo no solamente pueden pasarse sin los gobiernos, sino que las m谩s de las veces son incomodados por el Estado, que les impide m谩s bien que les ayuda en la realizaci贸n de sus proyectos.

Desde el fin del siglo XVIII, casi cada paso hacia adelante de la humanidad, en lugar de ser estimulado, ha sido entorpecido por los gobiernos. Es lo que ha sucedido en cuanto a la supresi贸n de los castigos corporales, de la tortura, de la esclavitud, as铆 como en cuanto al establecimiento de la libertad de Prensa y de la libertad de reuni贸n. No solamente el gobierno no ayuda, sino que se opone a todo movimiento que podr铆a conducir a nuevas formas de vida. La soluci贸n de las cuestiones obreras, agrarias, pol铆ticas, religiosas, lejos de ser favorecida, es impedida por la autoridad gubernamental.

鈥淪in el Estado y el gobierno -se nos dice- el pueblo habr铆a sido conquistado por los pueblos vecinos鈥.

In煤til responder a este argumento: lleva su refutaci贸n en s铆 mismo. El gobierno y su ej茅rcito nos son, se dice, necesarios para defendemos contra los pueblos vecinos que podr铆an someternos; pero todo eso se dice por todos los gobiernos, en todas las naciones, y sin embargo sabemos muy bien que todos los pueblos de Europa exaltan los principios de la libertad y de la fraternidad. No han de defenderse, pues, los unos contra los otros. Mas, si se habla de los b谩rbaros, la mil茅sima parte de las tropas en este momento bajo las armas, bastar铆a para tenerlos a raya. Vemos, pues, justamente lo contrario de lo que se nos dice. No solamente la exageraci贸n de las fuerzas militares no nos preserva de los ataques de nuestros, vecinos, sino que ella sola, al contrario, podr铆a ser 茅l motivo de esos ataques.

Eso hace que para todo hombre que, por el servicio obligatorio, es llevado a reflexionar sobre el gobierno en nombre del cual se le pide el sacrificio de su reposo, de su seguridad y de su vida, es claro que este sacrificio no est谩 ya justificado por nada hoy.

No s贸lo es evidente que los sacrificios pedidos por el gobierno, no tienen en teor铆a ninguna raz贸n de ser, sino que aun pr谩cticamente, es decir, ante las penosas condiciones en las cuales el hombre se encuentra por culpa del Estado, cada uno ve forzosamente que para 茅l mismo someterse al servicio militar es a menudo mucho m谩s desventajoso que ser铆a la rebeld铆a. 




Fuente: Noticiasayr.blogspot.com