June 25, 2021
De parte de Lobo Suelto
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Aquellos d铆as que se iniciaron el 19 de diciembre de 2001 significaban la ambici贸n, la enso帽aci贸n de que la sociedad pudiera tomar en sus manos todo el aparato o la gesti贸n estatal. Esta es una de las utop铆as m谩s generosas que acu帽贸 el pensamiento pol铆tico. La absorci贸n de las instituciones ritualizadas por parte de la sociedad civil, convertida en un antileviat谩n de libre emprendedores, es una cuerda siempre tendida que habla subterr谩neamente del origen de lo pol铆tico. Lo percibimos en aquellos d铆as. Revivir o rescatar el modo originario de la pol铆tica, reclama buscar un v铆nculo primigenio mediado por el lenguaje, que implique la huella inicial de la asociaci贸n humana. As铆 fueron esos momentos primordiales. Se buscaba mucho m谩s que sustituir un gobierno, se buscaba pensar la naturaleza misma de los tejidos sociales y culturales que forjan un gobierno.

El origen de lo pol铆tico se halla en la idea de asamblea o de congreso, palabras equivalentes al acto de caminar. La ra铆z latina grad proviene de gradi: caminar. A partir de esta palabra com煤n podemos derivar lo que son los momentos terminol贸gicos esenciales de la pol铆tica: progreso, regreso, digresi贸n, ingreso. Caminar juntos lleva a congreso y hacerlo en el sentido de contraposici贸n o lucha gener贸 agresi贸n. Cada vez que un conglomerado humano entra en un v茅rtigo esencial, en la grandiosa ilusi贸n de una autoorganizaci贸n, surgen ideas federativas de peque帽os n煤cleos asociativos -a la manera de Proudhon, que sin embargo fue poco recordado en aquellas jornadas del 2001鈥, en las que se revive la comunidad inici谩tica. Ese v茅rtigo ocurre en momentos en que se desmoronan las rutinas y cesan las cohesiones previstas. Lo recuerdan momentos c茅lebres de la historia universal -la Guerra Franco Prusiana, que lleva al v茅rtigo que fue la Comuna de Par铆s-; los momentos previos a la toma del poder bolchevique, relatados por John Reed -donde en San Petersburgo segu铆a su vida cotidiana, el recorrido de los tranv铆as era normal mientras se tomaban estaciones de tren y correos-, o entre nosotros, los d铆as camporistas, unos pocos d铆as en que se aflojaron las maquinarias que acu帽an obediencias y previsiones. Caminar juntos y hacer asambleas en tiempos de agresi贸n es un resumen comprimido de lo social que se hace pol铆tico y puede -o no puede- mantenerse en unidad.

En nuestro 2001 no hubo una poderosa Guardia Nacional como en la Par铆s de 1871 ni un partido disciplinado y armado con su doctrina de la 芦extinci贸n del Estado禄 como en Rusia, ni una expectativa surgida de una elecci贸n que le daba sonoro final a una 茅poca, como en la Argentina de 1973, pero hubo un pensamiento asambleario que se aboc贸 a repensar la representaci贸n pol铆tica a partir de una espl茅ndida fragilidad, una dadivosa quimera. No es cierto que un ensue帽o sea una fuerza inoperante, pero es cierto que, para legarles a los tiempos advenideros la idea del v茅rtigo autonomista, ella deber铆a abandonarse a su prodigioso candor. En ese 2001 la vida real segu铆a su curso, los procedimientos productivos, financieros y represivos segu铆an en pie, aunque por la crisis del logos capitalista hab铆an abandonado algunas zonas o reductos en su parcial retirada: ciertas empresas, f谩bricas, bancos y, por supuesto, calles y plazas, retir谩ndose moment谩neamente de la red jur铆dica propietalista. Esta coexistencia de situaciones que pon铆a entre par茅ntesis al sujeto propietario significaba un profundo goce del vac铆o, mezclado con otros sentimientos profundos que no eran f谩cilmente interpretables a pesar de obvios. Conviv铆an la expropiaci贸n de los ahorristas, la p茅rdida de la moneda, el utopismo antifinanciero del popolo minuto, el primitivismo del trueque, el grito de hast铆o extremo postulando el retiro de todas las m谩scaras pol铆ticas, que era el verdadero gesto sobre el que reposaba la situaci贸n y cuyo mayor atractivo consist铆a en su poderosa condici贸n de ininterpretable.

Ese sentimiento primigenio de comenzar otra vez la pol铆tica negando lo anterior -tema de los que verdaderamente escribieron sobre ella, como Maquiavelo- fue tan fuerte que no hubo nadie que no lo sintiera. Y no hay nadie que no lo siga sintiendo. Como los que viajaban en tranquilos tranv铆as en la Petersburgo de 1917 aunque los acontecimientos de la historia iban por otra parte, debemos saber que esos momentos de v茅rtigo encantado, de materialismo enso帽ado como dir铆a Le贸n Rozitchner, ocurren de tanto en tanto en su pura visibilidad creativa y abismal, mientras alrededor sigue pululando la Instituci贸n aparentemente aletargada. Mueren manifestantes por disparos que salen del interior de los bancos en plena Avenida de Mayo y los bares siguen abiertos. Y en el debate posterior se dir谩 芦que la izquierda desbarat贸 las Asambleas禄 o que 芦no se supo formular la caducidad de los mandatos禄 por parte de los que en aquel tiempo estaban investidos de representaci贸n pol铆tica.

Esto sugiere dos reflexiones. Era inevitable que las distintas posiciones y los diversos modos de interpretar lo social escindieran o extinguieran asambleas. La comunidad originaria no est谩 antes de lo pol铆tico 芦contaminante禄, sino que lo pol铆tico existe porque es lo que funda el asociacionismo cohesionado y su contrario, la disensi贸n de lo mancomunado. No obstante, el mito fundador de una asamblea constituyente verificado en ese verano argentino de hace una d茅cada no ha terminado; incluso en peque帽as graduaciones, sigue existiendo en toda instituci贸n. Una asamblea que transcurre sobre c谩nones partidarios previsibles tambi茅n posee un punto de recreaci贸n de lo pol铆tico aunque su tr谩mite pueda estar fosilizado. Incluso bajo el papel determinante que cumplen los medios de comunicaci贸n. Y por otro lado, el proyecto de declarar la caducidad de los mandatos 鈥攔ecu茅rdese la Asamblea en el Teatro Bambalinas en agosto del 2002- era tard铆o aunque interesante.

Cuando ocurre un acontecimiento de la dimensi贸n de aquel diciembre del 2001, donde la bandera autonomista flame贸 por sobre todos los credos pol铆ticos que la larga historia nacional ya hab铆a elaborado, y en una asamblea de asambleas -Parque Centenario- se exploraba la posibilidad de lo desconocido, nunca se act煤a sabi茅ndolo todo. Al contrario, lo pol铆tico sigue como posibilidad abierta porque en alguna fisura inesperada de la historia la imaginaci贸n de las instituciones cesa. Y nos coloca en la paradoja del caminante. La historia reclama congreso soberano y nunca evita la agresi贸n: todas estas palabras salen de la misma ra铆z. Se sabe menos de esto en los momentos en que parecen caer los dominios estatales; se sabe m谩s cuando esos dominios se van recuperando. Gracias al 2001, la odisea en el espacio de nuestra memoria social, nuestras discusiones contin煤an en relaci贸n a si era preferible saber menos diciendo mociones de orden o bien lanzando ideas bajo las araucarias, o saber un poco m谩s dentro de las texturas sociales recompuestas, que hablan de liberaci贸n pero est谩n obligadas a tomarse ellas como precondici贸n de ese magn铆fico acontecimiento. No es nada nuevo, c茅lebres textos hablan sobre todo esto. Lo bueno fue haberlo vivido.

[publicado en el suplemento especial de P谩gina|12 鈥淒e 2001 a 2011: Qu茅 pas贸. Qu茅 cambi贸.鈥 Editado el 19 de diciembre de 2011]




Fuente: Lobosuelto.com