January 27, 2021
De parte de Lobo Suelto
149 puntos de vista


 

ramos tres anarquistas a la puerta de la casa de Jorge Luis Borges, en la calle Maip煤, a帽o 1985. Conseguir la cita fue sencillo. S贸lo consisti贸 en buscar el n煤mero de tel茅fono en la gu铆a correspondiente. Estaba. Luego fue cosa de hacer una llamada, ser atendido por una voz de mujer, probablemente Fanny, la se帽ora que siempre trabaj贸 all铆, y preguntar por 茅l. 驴Motivo? Solicitarle una entrevista para conversar exclusivamente sobre anarquismo. De inmediato Borges se puso al habla, algo sorprendido por los desusados interlocutores, pero ning煤n problema, muy contento de recibirnos, el tema le concern铆a, nos esperaba. Dos d铆as despu茅s hicimos acto de presencia. 脡ramos Josefina Quesada, Juan Perelman y yo mismo.

El tiempo que sigui贸 al final de la dictadura militar fue una buena 茅poca para las revistas. Los lectores se multiplicaban, sobraba entusiasmo, la calle Corrientes era campo or茅gano. Las hab铆a period铆sticas y las hab铆a culturales, y ninguna revista obviaba manifestar las razones pol铆ticas que las propulsaban, es decir que todas eran razonables y dem贸cratas. Hab铆a otras, m谩s enf谩ticas, algunas de tradici贸n izquierdista, y un porcentual peque帽o, muy peque帽o, de publicaciones jacobinas, sat铆ricas y 鈥渃ontraculturales鈥. Una de tantas se llamaba Utop铆a.

Nada m谩s ajeno a Borges que esta publicaci贸n anarquista, de las que pasan ignotas por la vida. Sus editores proven铆an de experiencias diversas y paralelas. Juan Perelman y Josefina Quesada hab铆an sido integrantes de la revista surrealista Signo Ascendente, que ya sal铆a durante de dictadura. Carlos Gioiosa, Juan Carlos Pujalte, Ra煤l Torres y yo mismo 茅ramos anarquistas 鈥渃on carnet鈥, literalmente, pues cotiz谩bamos en 鈥淥ficios Varios鈥 de la FORA, la vieja central sindical, y tambi茅n estuvimos en los Grupos de Autogesti贸n, cuyo subgrupo 鈥淔ife y Autogesti贸n鈥 daba la nota en las paredes de la Capital Federal mediante pintadas ingeniosas, faena que tambi茅n cumpl铆an otras cuadrillas rec贸nditas que firmaban como 鈥淓l Bolo Alimenticio鈥 y 鈥淟os Vergara鈥. Otros dos miembros de la revista andaban sueltos, el soci贸logo uruguayo Alfredo Errandonea y el librero Carlos 鈥淕allego鈥 Torres, redactor de La Protesta a comienzos de la d茅cada de 1960.

        

A Carlos 鈥淐utral鈥 Gioiosa y a m铆 el surrealismo nos importaba mucho. El hermano de Carlos hab铆a participado de El Hemof铆lico, una de esas revistas lanzadas y mordaces que s贸lo edita la gente irreductible. Dado que se imprimi贸 en 茅poca de militares, su director, que respond铆a al misterioso seud贸nimo 鈥淢etzergenstein鈥, termin贸 en la c谩rcel de Villa Devoto. De Metzergenstein se dec铆a que era propietario de un chiringuito m贸vil de venta de libros viejos, al cual apostaba por unos d铆as en esquinas seleccionadas de la Recoleta, a la espera de alguna viuda reciente u otro familiar directo que quisieran desprenderse de la biblioteca del difunto a precio vil. As铆 fue que logr贸 agenciarse una primera edici贸n del Marques de Sade.

Se nos ocurri贸 hacer entrevistas. Dejar registro de experiencias de vida, intereses, influencias, simpat铆as libertarias. 驴Por qu茅 no comenzar por Borges, que de tiempo en tiempo ven铆a haciendo referencias al anarquismo? A veces dec铆a de s铆 mismo que era un anarquista conservador, otras veces un conservador anarquista, y otras a煤n, anarquista a secas. Se conoc铆an sus memorias de adolescencia, all谩 en Ginebra, Suiza, de cuando su padre (鈥渇il贸sofo anarquista en la l铆nea de Spencer鈥) lo hab铆a llevado a pasear por la ciudad para mostrarle los cuarteles, las iglesias, las banderas y las carnicer铆as (los anarquistas eran mayormente vegetarianos), y le dijo que se fijara bien, porque en el futuro esas cosas iban a desaparecer y alg煤n d铆a 茅l iba a poder decir que las hab铆a visto. En ese mismo relato autobiogr谩fico Borges a帽adi贸 este lamento: 鈥淒esgraciadamente, no se ha cumplido la profec铆a鈥. Repetir铆a la an茅cdota durante su encuentro con los miembros de Utop铆a.

Para no abundar en citas pertinentes basta con recordar que, ya de grande, hab铆a dicho a Joaqu铆n Soler Serrano, el bien conocido periodista de la televisi贸n espa帽ola: 鈥淪oy anarquista. Siempre he cre铆do fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, m谩s a煤n cuando son dictaduras. Y de los estados鈥. En el pr贸logo a El informe de Brodie, su 煤ltima ficci贸n publicada, de 1970, incluy贸 este pron贸stico: 鈥淐on el tiempo nos mereceremos que no haya gobiernos鈥. Borges era un 鈥渕odesto anarquista鈥 que cre铆a en los individuos, no en el Estado. Tampoco era individualista, al rev茅s que los compatriotas, que todo se lo reclaman al Estado sin disposici贸n alguna de entregarle algo a cambio.

De quienes estuvimos con Borges, Josefina Quesada era pintora y viv铆a en Belgrano y Piedras, a metros del lugar de reuni贸n del grupo editor. Hab铆a sido alumna de Juan Batlle Planas y era plenamente surrealista. Rememoro ahora sus collages. Para hacerlos compraba revistas de moda o bien cat谩logos de ropa en determinadas subastas de libros y publicaciones de otros tiempos. Recortaba con tijerita los modelitos o las figuras de se帽oritas bien vestidas y los dispon铆a sobre fondos tenebrosos o encantados. En un rinc贸n de su casa 鈥搇a imagen se me conserva perenne鈥 ten铆a unas vitrinas con botellones y probetas enormes de formas raras y caprichosas. Parec铆a un altar. Juan Perelman, el otro miembro de la revista, era fil贸sofo y hab铆a llegado unos a帽os atr谩s desde Bolivia. Un hombre culto. Muchas veces lo vi en compa帽铆a de un marinero desembarcado, ya de edad, alguna vez trotskista y decantado luego por ideas m谩s libertarias.

Poco antes de la llamada telef贸nica, Carlos Gioiosa y yo hab铆amos intentado aproximarnos al escritor. La ocasi贸n la proporcion贸 un encuentro de luminarias en el Teatro Coliseo. Borges estaba anunciado en la convocatoria, adem谩s de Mario Vargas Llosa y Octavio Paz. Seg煤n recuerdo, en esos d铆as comenz贸 a editarse la versi贸n argentina de la mexicana Vuelta, revista de Octavio Paz que pretend铆a aventar el ideario liberal por Buenos Aires, con resultados m谩s bien m贸dicos. A 煤ltimo momento Borges fue sustituido por Jos茅 鈥淧epe鈥 Bianco. No obstante se hizo presente entre el p煤blico del Coliseo, eminentemente gorila, demasiado para nosotros dos, que hicimos abandono del acto. Tampoco era el lugar para abordar a Borges, que hab铆a ingresado por el pasillo central junto a Mar铆a Kodama, caminando de a pasitos. Recurrimos entonces al servicio telef贸nico.

No ten铆amos plena conciencia de la importancia de Borges. Si bien muchos la asumieron en su momento, ni de lejos fueron todos. Borges todav铆a era, en la d茅cada de 1980, un autor 鈥渄iscutido鈥, especialmente entre gente de izquierda y peronistas, prominentes en los 谩mbitos culturales y con quienes trat谩bamos a diario. A nosotros, sin embargo, sus declaraciones nos parec铆an menos los estertores de la antigua clase de literatos liberales y mucho m谩s los pronunciamientos de una personalidad aut谩rquica, por m谩s que hubiera dado su venia al r茅gimen vecino del general Pinochet no menos que al aut贸ctono. De hecho, cuando algunos del grupo nuestro abrieron librer铆as en San Francisco Solano y en la calle Corrientes, les pusieron de nombre 鈥淓l Aleph鈥. La cuesti贸n es que el emblema de escritor pol铆ticamente asimilable por entonces era Ernesto S谩bato, o bien Julio Cort谩zar. De all铆 en m谩s la atribuci贸n no tendr谩 mayor relevancia y su ponderaci贸n quedar谩 a cargo de departamentos universitarios espec铆ficos, los suplementos culturales de la semana, y las cucardas que de vez en cuando concede el Estado Nacional.

Nos aparecimos acarreando un aparato de grabaci贸n tipo mastodonte, inc贸modo de transportar. Despu茅s descubrir铆amos que el audio era defectuoso. Se escuchaba mal, como de lejos. La entrevista nos pareci贸 mala, o insuficiente, o no se ajustaba a nuestras necesidades, y tampoco es que vener谩bamos el prestigio de Borges por s铆 mismo, de modo que no procedimos a la desgrabaci贸n, y el cassette fue pasando de mano en mano y al fin se perdi贸. Es por eso que cuento estas cosas como si visitara un patio olvidado de mi memoria. S贸lo conservo algunos fogonazos.

La entrevista sucedi贸 en el vest铆bulo de su departamento, al lado de una sala con bibliotecas. Los libros no parec铆an modernos u actuales. Borges lleg贸 caminando despacito, auxiliado por un secretario o ayudante o familiar. No daba la impresi贸n de estar bien de salud. Se sent贸 junto a su acompa帽ante en un sill贸n apto para dos personas. Lo primero que nos dijo fue un chiste privado: 鈥淵o pensaba que la 煤nica anarquista viva en Argentina era Alicia Jurado鈥. Nos mencion贸 que alguna vez hab铆a disertado en una biblioteca anarquista de Avellaneda. Cierto: ese lugar todav铆a existe. Como en la semana previa hab铆a sucedido lo del Teatro Coliseo inquirimos su opini贸n sobre la obra de Vargas Llosa. Ri茅ndose, respondi贸 que conoc铆a uno de sus libros, Pantale贸n y las visitadoras, pero no lo hab铆a le铆do pues el t铆tulo le pareci贸 鈥渋nfortunado鈥, caso similar al de La seducci贸n de la hija del portero, de Mario 鈥淧acho鈥 O鈥楧onnell, por entonces secretario de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. Nos dijo algo socarronamente que todo el mundo sab铆a que a los encargados de edificios les fastidiaba sobremanera ser designados como porteros, 鈥渙ficio de abridores de puertas鈥.

Lentamente fuimos aproxim谩ndolo al tema que nos importaba. Nos expres贸 su 鈥渆xtremo inter茅s鈥 por las ideas anarquistas aunque no por las que supon铆an ejercicio de la violencia. Dijo que los estados eran creaciones desventuradas, que necesariamente extingu铆an las libertades individuales. Su preocupaci贸n por la suerte del individuo no era abstracta, producto de alguna idea sobre la libertad que es lanzada al campo de batalla cultural. No. Nacido con el siglo XX, Borges era contempor谩neo del ascenso de los estados totalitarios, y la gente fascista, comunista o meramente autoritaria le suscitaba repulsi贸n personal y no s贸lo gen茅rica. Hab铆a visto mucho y sab铆a lo que estaba pasando en China, en Cuba y en el orbe sovi茅tico. Adem谩s, como bien se sabe, consideraba que los peronistas eran m谩s ciegos a煤n que 茅l mismo.

Pero por m谩s que lo orient谩ramos hacia las ideas 谩cratas la verdad es que Borges no parec铆a haber le铆do a los cl谩sicos libertarios. De todos modos sus opiniones eran firmemente contrarias al ejercicio de la autoridad. Cuando ya nos parec铆a que nada especial dir铆a sobre el tema, repentinamente enunci贸 una frase que nunca olvid茅. Dijo que el Estado iba a derrumbarse 鈥渃uando las personas dejaran de creer en 茅l鈥. Era una verdad simple y contundente. A煤n m谩s, nos dijo que una vez sucedido ello, ser铆a necesario colocar una placa al frente de cada uno de los antiguos edificios del gobierno. Esa placa contendr铆a dos palabras: 鈥淣O CREER鈥.

Luego de pasada una hora de tiempo se hizo evidente el cansancio de Borges. Por momentos, largos momentos, hablaba 茅l solamente, en una suerte de desvar铆o sobre un salpicado de temas, como si mantuviera un soliloquio consigo mismo o como si no hubiera nadie frente a 茅l. Sobre el final, y antes de que su escolta nos hiciera una se帽a, mencionamos a Rimbaud. Hizo silencio, ech贸 la cabeza hacia atr谩s, los ojos cerrados, dirigidos hacia arriba, como evocando, y comenz贸 a desgranar, en franc茅s, los versos de  鈥淓l barco ebrio鈥. Lo escuchamos como a un decidor de sonidos m谩gicos, pr贸ximo pero alejado, en intimidad con la gracia, salvando para siempre ese d铆a del a帽o 1985.

(se agradece a Luis Diego Fern谩ndez:  http://ldflounge.blogspot.com.ar/)




Fuente: Lobosuelto.com