January 4, 2021
De parte de El Miliciano
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“Fuerza aqu铆: guardias civiles, 25; de Asalto, 12. No se necesita m谩s fuerza. El pueblo tranquilo, salvo la casa indicada, en la que no se sabe cu谩ntos puede haber, siguiendo cercada”. 

Fern谩ndez Artal envi贸 un telefonema con ese mensaje a C谩diz, al gobernador civil, la noche del 11 de enero de 1933. Ten铆a controlada la situaci贸n en Casas Viejas. Por la ma帽ana, los anarquistas hab铆an asaltado el cuartel de la Guardia Civil y hab铆an herido mortalmente a dos guardias (murieron despu茅s) pero la llegada al pueblo de un grupo de agentes (que mataron a un vecino) y luego la de Artal con m谩s hombres hab铆a dispersado a los revoltosos. 

Artal comenz贸 por la tarde a buscar a los atacantes del cuartel y dio con uno, con Manuel Quijada. Con una gran paliza, consigui贸 que se帽alase a otros y el hombre lo condujo entonces hasta la choza de los Seisdedos. 

Cuando llegaron, Quijada, que iba esposado y maltrecho, se escap贸 y entr贸 en la choza. Se fueron tras 茅l dos guardias de asalto, entraron en la casa y desde dentro, Perico Seisdedos dispar贸 y mat贸 a un agente. El cad谩ver qued贸 dentro de la choza. El segundo guardia recul贸, se parapet贸 en la corraleta y se qued贸 all铆, entre dos fuegos. 

Artal crey贸 que 茅ste estaba muerto y al otro lo dio por desaparecido. As铆 comenz贸 el asedio a la choza de Seisdedos. Artal pidi贸 a los de dentro de la choza que se entregasen pero le respondieron con disparos: hab铆an acordado no rendirse. Entonces anocheci贸 y el teniente envi贸 ese telefonema en el que ped铆a granadas pero no refuerzos y m谩s tarde decidi贸 esperar a que amaneciese para continuar con el ataque. Antes supo que el agente que daba por muerto estaba vivo. 

El pueblo estaba pues tranquilo, la situaci贸n controlada, la revuelta dominada. Artal se hallaba en la fonda del pueblo, descansando. Fue entonces cuando lleg贸 a Casas Viejas el capit谩n Rojas. Traigo 贸rdenes de cargarme a todo el que coja, le dijo Rojas a su amigo Artal cuando 茅ste lo puso al tanto de la situaci贸n. Mira, Manolo, eso no se puede hacer y no se hace, replic贸 el teniente. 

Ah铆 empez贸 la bronca. A ti te toca obedecer, zanj贸 Rojas, que tom贸 el mando, desautoriz贸 a Artal y orden贸 atacar la choza. Los guardias ametrallaron la choza pero no consegu铆an tomarla. A los de dentro los ayudaban varios vecinos que, ocultos en las chumberas, disparaban contra los guardias. Rojas decidi贸 entonces incendiar la casa. 

Envolvieron piedras con algodones impregnados de gasolina, les pegaron fuego y los arrojaron sobre el tejado de paja. La choza empez贸 a arder. Entonces salieron una joven y un ni帽o: Mar铆a Silva, La Libertaria, y Manuel Garc铆a, de 13 a帽os. Echaron a correr y escaparon. No dispar茅is, que es un ni帽o, dijeron algunos guardias al ver a Manuel; corra, corra, le dijo al ni帽o Fidel Madras, el guardia que a煤n permanec铆a guarecido junto a la choza. Al poco salieron otras dos personas: Manuela Lago, de 17 a帽os, y Francisco Garc铆a, de 18. Pero esta vez son贸 la ametralladora y ambos cayeron al suelo muertos. A cargo de esa ametralladora estaba el teniente Artal. Cuando se dio cuenta de que hab铆a matado a una mujer y a un joven, se puso a gritar y a reprocharle a Rojas que no le hubiese avisado de que no eran hombres armados quienes abandonaban la choza. Rojas le record贸 de nuevo qui茅n ten铆a all铆 el mando y Artal se trag贸 su ira. 

La choza ardi贸. Antes de comenzar el fuego ya hab铆an muerto dentro el anciano Seisdedos y su hijo Perico. El incendio acab贸 con la vida de otras cuatro personas: Paco Cruz (tambi茅n hijo de Seisdedos), Manuela Franco, Manuel Quijada y Jer贸nimo Silva. Ser铆an las tres de la madrugada. El pueblo enmudeci贸 de nuevo. Se qued贸 como cuando horas antes lleg贸 Artal. La mayor parte de los vecinos que a煤n no hab铆an huido al monte lo hicieron entonces. 

S贸lo unos pocos se quedaron en sus casas, con las mujeres, los ancianos y los ni帽os. Los guardias pasaron por la fonda y comieron y bebieron. A la salida del sol, Rojas orden贸 registrar casas y detener a cuanto hombre fuese hallado en ellas. Una patrulla vio a uno asomado tras una puerta. Era el anciano Barber谩n. 

Los guardias se cuidaban ahora de entrar en una casa. Le gritaron que saliese. Dejadme, que yo no soy de ideas, contest贸. Una bala atraves贸 la puerta y le parti贸 el coraz贸n. As铆 fueron detenidos catorce vecinos de Casas Viejas y, al poco, doce de ellos cayeron asesinados en la corraleta de la choza de Seisdedos, junto a los escombros humeantes. 

Dos se salvaron porque los dej贸 escapar el guardia civil Juan Guti茅rrez cuando cay贸 en la cuenta de lo que iba a ocurrirles. Artal cont贸 luego que ni la Guardia Civil ni nadie se帽alaba las casas registradas, que las patrullas entraban en todas las que encontraban al paso. Si hab铆a hombres, los deten铆an. A quien se cogi贸, se le fusil贸, precis贸 el teniente. Tambi茅n le dijo Artal al juez que si hubiese sospechado que los detenidos iban a ser fusilados, no hubiese detenido a nadie aunque perdiese la carrera por ello. Los fusilamientos le parecieron poco escarmiento al capit谩n Rojas. 

Le entreg贸 un mechero a Artal y le orden贸 que pegase fuego a las casas y chozas de la parte alta del pueblo. Artal se neg贸. Acabamos de registrarlas y all铆 s贸lo quedan mujeres y ni帽os, objet贸. Rojas insisti贸 en que las quemase. Entonces Artal pidi贸 ayuda al delegado del gobernador, que andaba por all铆, y entre los dos evitaron la cat谩strofe. Convencieron a Rojas y 茅ste acab贸 por revocar la orden. Artal y Rojas se fueron aquella ma帽ana de Casas Viejas. 

La noche anterior, cuando Artal decidi贸 esperar al d铆a siguiente para atacar la choza de Seisdedos, los Sucesos sumaban cuatro muertos (tres guardias y un vecino del pueblo). Horas despu茅s, tras tomar el mando Rojas, hab铆a 21 fallecidos m谩s. Artal pas贸 m谩s de un mes sumido en un caos, seg煤n 茅l mismo relat贸, agobiado por los remordimientos. El 3 de marzo acab贸 por revelar los fusilamientos en una declaraci贸n formal en la Direcci贸n General de Seguridad. 

Hasta entonces silenci贸 oficialmente lo que hab铆a hecho su amigo Rojas, tal como 茅ste le pidi贸, y s贸lo se lo fue contando a algunos compa帽eros de la Guardia de Asalto que se sacud铆an ese crimen molesto en cuanto se quedaban a solas con la obligaci贸n de denunciarlo. A Artal y a Rojas los un铆a una buena amistad. Pero cuando Rojas se enter贸 de que su amigo hab铆a contado la verdad, reaccion贸 diciendo que en Casas Viejas se hab铆a comportado como un cobarde, que tuvo que reprenderlo all铆 varias veces. Artal reaccion贸 a su vez proporcion谩ndole al juez instructor m谩s detalles sobre lo sucedido. Hasta le habl贸 de la frialdad con la que Rojas dispar贸 su pistola contra los detenidos esposados y orden贸 a sus hombres que hiciesen fuego. Luego todo cambi贸. 

Un a帽o despu茅s, en el primer juicio a Rojas, Artal no respald贸 la insostenible versi贸n de su amigo, pero tergivers贸 hechos en su ayuda y pint贸 un cuadro de peligros que buscaba justificar una respuesta violenta. Por ejemplo, cont贸 que cuando 茅l lleg贸 con sus hombres a Casas Viejas, se detuvo a la entrada del pueblo, hizo un disparo al aire y le contestaron con fuego cerrado. Era mentira. Un a帽o antes hab铆a relatado que al llegar con 12 guardias de asalto y 6 guardias civiles se top贸 con un pueblo en silencio. Un silencio tan grande, dijo, que nada que no fuese ver la carretera cortada daba idea de lo que suced铆a. Dispar贸 al aire, s铆, y le respondieron con disparos; pero tambi茅n al aire; y con un silbato: eran los guardias civiles que llegaron antes que 茅l. No hubo, pues, fuego cerrado enemigo sino una entrada sin combate en una poblaci贸n enmudecida. 

En el juicio, en la Audiencia de C谩diz, Artal cont贸 que ante la resistencia que despu茅s encontr贸 en la choza de Seisdedos, pidi贸 al gobernador civil que le enviase refuerzos. Era mentira. Envi贸 un mensaje a C谩diz. Pero dec铆a que no necesitaba m谩s hombres. Dispuesto a auxiliar a su amigo, Artal no mencion贸 en el juicio el episodio de la orden de pegar fuego al pueblo y lleg贸 a negar algo que 茅l y hasta el propio Rojas hab铆an desvelado: que tras matar a diez de los detenidos, el capit谩n agarr贸 a otros dos, los empuj贸 a la corraleta repleta de hombres cosidos a balazos, y dispar贸 de nuevo. 

El caso es que Artal descarg贸 su conciencia en 1933. Pero un a帽o despu茅s y en 1935, en los juicios a Rojas, le ech贸 un cable a su amigo en la Audiencia de C谩diz. 

Rojas qued贸 libre en marzo de 1936 y al poco comenz贸 la guerra, que puso a los dos amigos en zonas distintas. Los peri贸dicos madrile帽os contaron en agosto que el “tristemente c茅lebre” capit谩n Rojas estaba con los rebeldes en Granada. Artal Madrid. Desapareci贸.




Fuente: Elmilicianocnt-aitchiclana.blogspot.com