March 21, 2021
De parte de La Haine
287 puntos de vista


Sinopsis de las discusiones en las izquierdas alrededor de la significaci贸n pol铆tica de la Comuna

Este art铆culo busca brindar una visi贸n sint茅tica de los sucesos caracter铆sticos de la Comuna, como tambi茅n presentar algunos temas del volumen* situ谩ndolos en contextos interpretativos actuales.

(*) Este texto conforma el 鈥淧r贸logo鈥 a una nueva edici贸n de Hipolite Lissagaray, La Comuna de Par铆s, Buenos Aires, Editorial Marat, 2016.

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El libro intitulado Historia de la Comuna de Par铆s, escrito por Hippolyte-Prosper-Olivier Lissagaray (1838-1901), es una obra cl谩sica de la historiograf铆a sobre la Comuna de Par铆s de 1871. Tal vez sea err贸neo clasificarlo como un libro de historia, si entendemos por eso una investigaci贸n imparcial. Pero veremos que es desaconsejable apelar a categorizaciones disciplinares francamente r铆gidas. Junto al volumen de la activista Louise Michel (Mis recuerdos de la Comuna, de 1898, a las que deben a帽adirse sus Memorias de 1886), integra el elenco de c茅lebres textos producidos por protagonistas de los acontecimientos extraordinarios de 1871. No faltaron testimonios e indagaciones propuestas desde enfoques diferentes: los cercanos de proudhonianos y anarquistas, los que luego ser铆an llamados 鈥渕arxistas鈥, los blanquistas y jacobinos, entre otros.

Desde luego, las interpretaciones no fueron exclusivas de las izquierdas. Tambi茅n desde la contrarrevoluci贸n circularon reminiscencias y narraciones, tales como las de Maxime du Camp en Las convulsiones de Par铆s, y las memorias del mayor responsable de la represi贸n conservadora, Adolphe Thiers.

No obstante que la intenci贸n originaria de Lissagaray no fuera el producto de una pr谩ctica historiadora tradicional ni acad茅mica, pues el autor concibi贸 su obra como una contribuci贸n pol铆tica a una memoria colectiva sobre la Comuna, la calidad descriptiva y explicativa del texto lo erigi贸 como una referencia documental 鈥渋mprescindible鈥. Quien lea este libro no dispondr谩, naturalmente, de la 煤nica lectura autorizada de la Comuna; pero s铆 conocer谩 una obra que toda persona interesada en meditar sobre un hecho decisivo en la historia social debe visitar. Incluso en textos universitarios muy recientes, la Historia de Lissagaray es insoslayable en toda bibliograf铆a sobre los hechos de 1871. Y ello sin desmedro de que se la considere como un texto pol铆ticamente sesgado. El volumen demuestra as铆 que la toma de partido no es necesariamente incompatible con la relevancia de una obra como escrito hist贸rico.

La Comuna como acontecimiento y como proceso

Quiero proveer al p煤blico lector de una brev铆sima y sin duda superficial narraci贸n de lo que se conoce como 鈥渓a Comuna de Par铆s鈥. La Comuna de 1871 fue un acontecimiento social, cultural y pol铆tico que tuvo lugar en la ciudad capital de Francia, con repercusiones en todo el hex谩gono franc茅s, y cuyas noticias recorrieron el mundo. Incluso en Am茅rica Latina circul贸 la alarma del evento revolucionario. La Comuna despert贸 preocupaci贸n e incluso miedo en sectores burgueses pues fue la primera vez en la historia que los trabajadores (luego veremos que la composici贸n social de ese sector era m煤ltiple y la clase obrera no fue el 煤nico actor de la insurrecci贸n) se organizaban y constru铆an instituciones pol铆ticas propias. Si bien la experiencia m谩s 谩lgida de la Comuna se extendi贸 por un lapso de solo setenta y dos d铆as, el hecho mismo de que quienes se supon铆a deb铆an obedecer se alzaran en armas y constituyeran sus propias instituciones, propag贸 un horror escandalizado en buena parte del mundo.

No solo se diseminaron explicaciones conspirativas sobre la infiltraci贸n de agentes internacionales o sobre la furia de mujeres enloquecidas. Tambi茅n se propusieron diagn贸sticos m谩s realistas y remedios m谩s sofisticados. Comenz贸 a expandirse como un reguero de p贸lvora el tema preexistente de la 鈥渃uesti贸n social鈥. Los Estados y la Iglesia cat贸lica comenzaron a desarrollar pol铆ticas destinadas a prevenir sucesos similares. As铆 surgi贸 la intervenci贸n 鈥渟ocial鈥 del Estado y la 鈥渄octrina social de la Iglesia鈥. En otras palabras, la Comuna oblig贸 a los dominadores a dise帽ar mecanismos de 鈥渋ntegraci贸n鈥 e 鈥渋nclusi贸n鈥 por medio de los cuales los dominados aceptaran y a煤n desearan las formas m谩s ben茅volas de las jerarqu铆as existentes. El nacimiento de la sociolog铆a como una ciencia fue otro resultado emparentado con el acontecimiento comunero. Tambi茅n la derrota de la Comuna impuso nuevos desaf铆os a los sectores antisist茅micos. La Internacional de trabajadores fundada en 1864, la organizaci贸n mundial de n煤cleos de izquierda (que por entonces era principalmente europea), entr贸 en una severa crisis y tras su disoluci贸n el desenlace del evento comunero incidi贸 en la formaci贸n de la Segunda Internacional de partidos socialistas y laboristas (1889).

En el inter铆n de la Primera a la Segunda Internacional se produjo una mutaci贸n en la noci贸n del 鈥減artido鈥 de los trabajadores y trabajadoras. Mientras para la Primera Internacional el internacionalismo no era un sector aparte, doctrinario ni autoidentificado con un nombre distintivo, para la Segunda los partidos nacionales con contornos institucionales definidos y jer谩rquicos fueron un punto de partida de la pr谩ctica pol铆tica. Lo que dir茅 luego sobre el 鈥減artido leninista鈥 fue una consecuencia de ese viraje cuyas estribaciones todav铆a est谩n presentes en la cultura pol铆tica de la izquierda. En suma, sin haber establecido un elenco exhaustivo, las secuelas de la Comuna fueron formidables en varios aspectos.

La historia de la Comuna habla m谩s que de Par铆s. No obstante, si bien la insurrecci贸n de 1871 tuvo r茅plicas en algunas otras ciudades francesas de importante presencia obrera como Lyon y Burdeos, en ninguna de ellas logr贸, seg煤n ocurri贸 en Par铆s, cuestionar los poderes existentes. Me interesa subrayar lo err贸neo de tratar al fen贸meno comunero como un suceso delimitado en el tiempo breve que va de marzo a mayo de 1871, es decir, como un 鈥渁contecimiento鈥 radicalmente contingente.

La Comuna evoca m谩s que s铆 misma porque clausur贸 un ciclo abierto con la revoluci贸n de 1848. Durante ese a帽o del mediod铆a secular una ola revolucionaria sacudi贸 a Europa, y encontr贸 en Par铆s una de sus expresiones m谩s radicales. Se derroc贸 al poder realista de la llamada Monarqu铆a de Julio que estaba en el poder desde 1830 bajo el cetro de Luis Felipe I. La corona cay贸 en febrero de 1848 y se instaur贸 una rep煤blica. Pero los eventos no se detuvieron en la consolidaci贸n de una rep煤blica burguesa. La participaci贸n popular en las protestas contra el gobierno mon谩rquico plante贸 la disputa por el poder entre diversos sectores burgueses, pero tambi茅n present贸 por vez primera una opci贸n vinculada a la naciente clase trabajadora. Es cierto, a la vez, que esa clase era sumamente heterog茅nea y se hallaba en los inicios de la formaci贸n de sus orientaciones pol铆ticas.

Con esto no quiero decir que hasta entonces sus acciones hab铆an sido 鈥減re-pol铆ticas鈥 sino, m谩s bien, destacar que la pol铆tica de los n煤cleos obreros y artesanos no se hab铆a diferenciado estrat茅gicamente de las variantes progresivas de la burgues铆a. La meta com煤n era en general una rep煤blica democr谩tica. La demanda de los 鈥渢alleres nacionales鈥 y la acci贸n de los activismos de izquierda (en ese momento tambi茅n muy variados y desarticulados), y la propia din谩mica conflictiva, condujeron a que se dirimiera la disputa por el poder en una masacre ocurrida en junio de 1848. Par铆s fue ba帽ada en sangre, de sangre derramada sobre todo por los trabajadores y sectores republicanos radicales. Esa derrota de una balbuceante pol铆tica obrero-popular dio paso a una dominaci贸n burguesa que pronto desemboc贸 en un golpe de Estado en el que Luis-Napole贸n Bonaparte (1808-1873), el sobrino de Napole贸n Bonaparte, encontr贸 un sendero estrafalario para proclamar el Segundo Imperio. 

El Segundo Imperio, que como todo poder real se imagin贸 eterno, comenz贸 a crujir a fines de la d茅cada de 1860. El desgaste de la situaci贸n econ贸mica, con la recesi贸n que caracteriz贸 al bienio 1867-1868, y el fracaso de la aventura que quiso anexar colonialmente a M茅xico con la corona de Maximiliano de Habsburgo, convergieron con desastres en la guerra contra Prusia (julio de 1870-mayo de 1871). Luego de una seguidilla de victorias prusianas, Luis-Napole贸n asumi贸 el mando de las tropas francesas y fue derrotado en la batalla de Sed谩n, en septiembre de 1870. Tomado prisionero, con 茅l se desplom贸 el Imperio. Con todo, lo reci茅n puntualizado podr铆a llevar a concebir el proceso hist贸rico 鈥渄esde arriba鈥, es decir, como un desmoronamiento cupular.

Ser铆a err贸neo pues si es verdad que el Imperio se encontraba en una severa crisis, por abajo las aguas no estaban mansas. Desde tiempo atr谩s una inquietud atravesaba desde abajo el territorio franc茅s ante la inepcia militar de los gobernantes y sus generales. El 谩nimo protestatario favoreci贸 la emergencia p煤blica de un dilatado descontento que alcanz贸 especialmente a las capas trabajadoras urbanas. 

Ante la noticia de la derrota catastr贸fica en Sed谩n y el decidido avance del ej茅rcito prusiano sobre territorio franc茅s, las movilizaciones populares se multiplicaron. El primer impulso de movilizaci贸n fue inequ铆vocamente nacionalista, atizado por el motivo de 鈥渓a patria en peligro鈥. Pero pronto se verific贸 una deriva habitual en los procesos insurreccionales: la acci贸n colectiva se pone en movimiento por un conjunto concreto de motivaciones, las que son ampliamente excedidas en la pr谩ctica movilizada, cuyos resultados son incalculables de antemano. La 鈥渕odernidad鈥 parisina brind贸 un marco efervescente para esa incalculabilidad en que trepidaron la insurrecci贸n, la revoluci贸n y la contrarrevoluci贸n. 

El 4 de septiembre de 1870 una multitud rode贸 el palacio Borb贸n donde sesionaban los parlamentarios, 煤nico recurso de autoridad electa vigente una vez descabezada la monarqu铆a. Bajo la presi贸n popular, la Asamblea Nacional instituida por la reforma jur铆dica de 1862 con el objetivo de fortalecer el r茅gimen bajo la figura de una monarqu铆a constitucional, proclam贸 la rep煤blica. El gobierno de 鈥淒efensa Nacional鈥 presidido por el general Jules Louis Trochu, cont贸 en su gabinete con pol铆ticos que jugar谩n un rol decisivo en la naciente Tercera Rep煤blica: Gambetta, Favre, Ferry, Picard, entre otros. 

Par铆s fue puesta bajo sitio por el ej茅rcito prusiano desde septiembre de 1870. Bombardeada la ciudad y fam茅lica su poblaci贸n, principalmente las capas pobres pues amplias fracciones de las m谩s acomodadas hab铆an comenzado a migrar apenas conocido el desastre de Sed谩n, la resistencia al sitio prusiano mantuvo unida a Par铆s en circunstancias cada vez m谩s dif铆ciles. El gobierno republicano concert贸 un armisticio en la 煤ltima semana de enero de 1871. En la situaci贸n de privaciones y hambre, el descontento popular recibi贸 el acuerdo con gran desconfianza. Se produjeron incidentes frente a la sede municipal, el H么tel de Ville, donde las tropas de Trochu abrieron fuego contra la multitud que manifestaba. Las tensiones no cesaban de aumentar. Sin embargo, Par铆s no era toda Francia. Ocurri贸 poco despu茅s que en las elecciones realizadas tras el armisticio, el antiguo mon谩rquico orleanista Adolphe Thiers fue elegido jefe del poder ejecutivo republicano. 

Thiers condujo las negociaciones por la paz con Prusia, en las que acept贸 la cesi贸n de Alsacia, partes de Mosela y otros territorios menores, adem谩s de una abultada indemnizaci贸n monetaria y un desfile del ej茅rcito enemigo por los Campos Eliseos parisinos. Cuando se conocieron los t茅rminos del acuerdo cundi贸 el convencimiento de una traici贸n gubernamental. El primero de marzo la Asamblea Nacional ratific贸 el tratado. En ese momento la Asamblea sesionaba en Burdeos. Dada la efervescente situaci贸n reinante en Par铆s, la misma decidi贸 trasladarse a la cercana Versalles. 驴Qu茅 ocurr铆a en Par铆s?

Desde el sitio prusiano de septiembre de 1870, la ciudad se encontraba en estado de movilizaci贸n. Se constituy贸 la Guardia Nacional como cuerpo de ciudadanos armados, aprestados para la defensa de la ciudad. En t茅rminos estrictos era una milicia y no una fuerza blindada separada de la ciudadan铆a desarmada. La Guardia no fue un cuerpo militar ajeno a las circunstancias de la creciente politizaci贸n. Por el contrario, reflej贸 en su composici贸n la vigorosa presencia obrera y popular. Y de los activismos de diversas orientaciones, principalmente de izquierda, que actuaban entre sus filas. Por cierto, en otros espacios tambi茅n se organizaban militancias conservadoras e incluso reaccionarias, en un principio superadas por un movimiento popular cada vez m谩s insurrecto. Republicanos de izquierda, jacobinos, socialistas de corte blanquista, delegados de la Primera Internacional (donde es preciso aclarar que predominaban adherentes a las perspectivas de Proudhon, no de los minoritarios simpatizantes de las ideas de Marx), anarquistas, representaciones de clubes y organismos barriales, sobre todo de los distritos habitados mayoritariamente por obreros y artesanos de la ciudad, dieron a la Guardia Nacional un tono plebeyo.

No hay que olvidar la composici贸n de la clase trabajadora parisina de entonces, donde el trabajo artesanal y manufacturero superaba largamente al industrial y maquinizado. Por tal raz贸n, los sindicatos obreros eran d茅biles y jugaron un papel lateral en la insurrecci贸n. Lissagaray refiere por eso a 鈥渓as clases laboriosas鈥 y a una historia del 鈥渃uarto estado鈥, es decir, a un amplio conjunto de estratos populares donde, seg煤n sostiene un consenso historiogr谩fico, los trabajadores se encontraron entre los m谩s decididos.

La clase y el g茅nero se fusionaron en el acontecer sociopol铆tico. La activaci贸n de las mujeres fue tan evidente que suscit贸 entre los conservadores la fantas铆a de las temibles 鈥減etroleras鈥 (p茅troleuses, incendiarias). En febrero de 1871 los batallones componentes de la Guardia Nacional eligieron un Comit茅 Central. Cuando durante la noche del 17 al 18 de marzo el gobierno Thiers intent贸 apropiarse de los ca帽ones de la Guardia, una movilizaci贸n popular 鈥揺n la cual las mujeres jugaron un rol preponderante鈥 impidi贸 el desplazamiento de la artiller铆a fuera de Par铆s. 

A partir de entonces se precipitaron los hechos revolucionarios. Tras el fusilamiento de dos generales luego del episodio de los ca帽ones, el resto del gobierno republicano que no estaba en Versalles abandon贸 Par铆s. Los insurrectos impusieron la elecci贸n de un consejo general de la Comuna. Mientras tanto, el gobierno en Versalles comenz贸 a pertrechar un ej茅rcito de represi贸n. Con una fuerza cercana a los 130.000 soldados, el ataque contra la Comuna de Par铆s comenz贸 el 21 de mayo.

Despu茅s de siete d铆as de lucha encarnizada, la contrarrevoluci贸n triunf贸. Su acci贸n represiva fue recordada como la 鈥渟emana sangrienta鈥. Miles de comuneros perecieron en los combates y muchos otros fueron ejecutados sumariamente luego de rendirse. Un contingente similar fue obligado a huir y partir al exilio. 

Lo que ocurri贸 antes y despu茅s de 18 de marzo y hasta el 28 de mayo encuentra una detallada cr贸nica en el libro de Lissagaray. Mas tambi茅n se hallar谩 en su relato la constituci贸n de nuevos 贸rganos de administraci贸n y gobierno democr谩tico, los esfuerzos por organizar la manutenci贸n de la Comuna, esto es, los rudimentos de poderes p煤blicos postclasistas. Sobre la naturaleza de esos esbozos, que naturalmente solo pod铆an avanzar a trav茅s del m茅todo pr谩ctico de la prueba y el error, debatir铆a la izquierda revolucionaria tal como veremos en la tercera secci贸n de este pr贸logo.

La Historia de Lissagaray en contexto

Tras la derrota de la Comuna, algunos sobrevivientes que lograron huir y partir al exilio comenzaron a producir representaciones de la experiencia protagonizada. El final catastr贸fico y la posterior consolidaci贸n de la Tercera Rep煤blica suscitaron inquietudes por disputar el sentido de lo ocurrido y su memoria (Lissagaray escribi贸 su libro 鈥淧ara que se sepa鈥, especialmente para que lo supiera la 鈥渘ueva generaci贸n鈥). Esta obra tuvo dos formulaciones previas hasta alcanzar su versi贸n definitiva en 1896 que sirve de base a la presente reedici贸n. Muy pronto, a煤n en 1871, Lissagaray public贸 en Bruselas el breve escrito sobre sus recuerdos de la lucha cuerpo a cuerpo contra la reacci贸n: Ocho d铆as de mayo detr谩s de las barricadas. Quince a帽os m谩s tarde dio a conocer, tambi茅n en Bruselas, la primera versi贸n de la Historia de la Comuna de 1871

M谩s adelante explicar茅 las novedades en la comprensi贸n del acontecimiento revolucionario parisino de 1871 provistas por la m谩s reciente historiograf铆a sobre el tema. Sin embargo, como ya he se帽alado, por detallada y atenta que sea esa producci贸n respecto de nuevas fuentes e interpretaciones alternativas, el estatus de 鈥渃l谩sico鈥 del libro que se leer谩 no ha sido socavado. 

Por el contrario, justamente porque las recientes y complejas reconstrucciones sometidas al m谩s riguroso escrutinio acad茅mico no demuelen su valor, es que el libro de Lissagaray permanece como un documento de la acci贸n revolucionaria que piensa su propia experiencia. Esa calidad no puede ser reemplazada ni aniquilada por los 鈥渕atices鈥 y nuevas 鈥減erspectivas鈥 que la historiograf铆a descubre. Esto es as铆 porque aunque como todo texto el escrito de Lissagaray sea desigual e incompleto, encuentra su fuerza en la propuesta de una concepci贸n del acontecimiento, una imagen en movimiento con una significaci贸n global.

As铆 se entiende que las correcciones particulares no afecten al conjunto. Con esto no quiero decir que esta Historia sea inexpugnable.

El punto de vista de Lissagaray es claro. El autor escribi贸 las versiones de sus textos sedimentados en la versi贸n final de 1896 desde una perspectiva republicana radical, nutrido por su propia actuaci贸n en los debates pol铆ticos y en la acci贸n de barricadas. Su mirada particular podr铆a dialogar con diversas interpretaciones, entre ellas las del propio Karl Marx de La guerra civil en Francia. Pero su parecer nunca devino 鈥渕arxista鈥 a pesar de las sugestiones de Eleanor Marx, esto es, no apel贸 a una interpretaci贸n del movimiento de la estructura socioecon贸mica en sus eficacias pol铆ticas contradictorias. Lissagaray comprend铆a la historia como un conjunto de sucesos contingentes protagonizados por seres humanos distinguidos en clases sociales. 

La explicaci贸n de la emergencia del hecho revolucionario provista por Lissagaray excede largamente a una historia pol铆tica y desde arriba, es decir, una descripci贸n de lo ocurrido como un enfrentamiento entre 茅lites. Un relato de esa naturaleza podr铆a se帽alar, por ejemplo, el fracaso de la dirigencia del Segundo Imperio, el conservadurismo de las fuerzas republicanas lideradas por Thiers, y la confluencia de radicalidad e ingenuidad organizativa por el Comit茅 Central de la Comuna. Sin desestimar los temas habituales de una historia pol铆tica 鈥渄esde arriba鈥, Lissagaray nos conduce a los antecedentes de la movilizaci贸n social y pol铆tica que precedi贸 al bienio 1870-1871. Nos cuenta el resurgimiento del activismo obrero tres lustros despu茅s de 1848, la aparici贸n de la secci贸n francesa de la Internacional, la acci贸n de los sectores estudiantiles politizados, la relevancia de los clubes y espacios de reuni贸n para la constituci贸n de una 鈥渙pini贸n鈥, es decir de un sentido com煤n ampliamente vigente, todas novedades que habilitan una comprensi贸n m谩s sofisticada de la emergencia de la pr谩ctica insurreccional. 

No obstante esas indicaciones decisivas apuntadas por Lissagaray, investigaciones recientes han ampliado de manera significativa la importancia del activismo en la 鈥渟ociedad civil鈥 para el acontecimiento de 1871. Es por eso que el relato de Lissagaray requiere un complemento 鈥渁sociativista鈥, y menos jacobino e incluso 鈥渂lanquista鈥, es decir, nost谩lgico de una 茅lite pol铆tica decidida y conductora. Los nuevos estudios han reconstruido la multiplicidad de pr谩cticas asociativas, especialmente las locales instaladas en los barrios, en una diversidad abigarrada de cuestiones, tanto sociales como culturales y pol铆ticas, donde prosper贸 una vida pr谩ctica y un espacio p煤blico popular sin el que la militancia primero contra la defecci贸n del Imperio y luego contra el conservadurismo republicano ser铆a insuficientemente esclarecida. 

Emerge entonces una objeci贸n atinente a la cr铆tica jacobina de la Comuna por su carencia de una direcci贸n centralizada. Esto es as铆 porque ese reproche descansa en un supuesto, a saber, el de que una oposici贸n militar adecuada al peligro del ej茅rcito versall茅s fue imposibilitado por la desagregaci贸n de los activismos comuneros. Su fluidez y diversidad habr铆an preparado el escenario de la derrota. Fueron el fundamento de la impotencia. M谩s a煤n, puesto que coexisti贸 con una moral revolucionaria y combativa, cre贸 las condiciones para la masacre que, bajo las 贸rdenes de Thiers, comand贸 el General Patrice de MacMahon.

El problema de la cr铆tica reside en que la trama social en que se gener贸 el acontecimiento revolucionario no estaba desestructurada. Por el contrario, reposaba en una densa y proliferante sociedad pol铆tica en que se transmitieron informaciones, se constituyeron voluntades militantes, se dise帽aron proyectos de cambio y se decidieron acciones concretas (por ejemplo, para enfrentar la 鈥渢raici贸n鈥 de Thiers, para crear nuevos organismos de gobierno, para poner los talleres a producir, para armar batallones de defensa). 

Esa sociedad pol铆tica no era preferentemente 鈥渃ivil鈥, es decir, no sosten铆a solo demandas particulares e interesadas. Estuvo orientada hacia la generaci贸n de una nueva sociabilidad pol铆tica de la que ella misma era el resultado, y por ende fue el caldo de cultivo para la emergencia de la voluntad insurreccional. Tambi茅n proporcion贸 al acontecimiento su implantaci贸n local. La Comuna no fue, sobre todo en los barrios obreros, una superestructura sostenida al margen de la vida cotidiana. Por el contrario, justamente porque esos a帽os arduos prosperaron en un 鈥減ara铆so鈥 o una 鈥渇iebre鈥 de la asociaci贸n, la insurrecci贸n proyect贸 miles de reuniones y debates locales en la b煤squeda de una alternativa tanto al fracaso del Segundo Imperio como a las mezquindades de la pol铆tica burguesa. En las reuniones y militancias espec铆ficas, en los esfuerzos de interconectarlas para construir un poder distinto del imperial. Pronto se descubrir铆a tal vez con sorpresa que el poder republicano tambi茅n deb铆a ser cuestionado, pues el hecho revolucionario no estaba de ninguna manera instalado en los d铆as que siguieron a Sed谩n. Los activistas aprendieron en muchos casos a hablar en p煤blico, a manifestar sus necesidades y sus esperanzas, a politizar exigencias particulares, en suma, construyeron una 鈥減ublicidad鈥 colectiva en la que la aparente dominaci贸n imperial revelaba su impotencia.

Las consecuencias te贸ricas y pol铆ticas de la Comuna, tanto en su emergencia como en su experiencia, son por eso decisivas. A las mismas contribuye la m谩s reciente investigaci贸n que revela los m煤ltiples antecedentes, en diversas escalas y 谩mbitos de la acci贸n pr谩ctica, en que se fue generando el escenario comunero. Pues si es indiscutible que la condici贸n de acontecimiento fue imprevisible porque en 茅l se conjugaron procesos constructivos y militantes de mediano aliento con hechos inesperados como las aventuras militares de Bonaparte, la impericia de la nueva rep煤blica, entre otros, no se trat贸 de un derrumbe del Estado ante una sociedad civil paralizada. Tampoco el proceso iniciado con la captura del monarca en Sed谩n desencaden贸 una revuelta de la civilidad ante un Estado ya deslegitimado. Esa idea deudora de una oposici贸n entre las particularidades reunidas en la sociedad civil y un poder ajeno concentrado en el Estado es inadecuada para comprender la historia de la Comuna.

En este preciso lugar nos topamos con un problema conceptual de formidable importancia para la pol铆tica anti status quo, de ayer y de hoy. Es un problema que afecta por igual a tradiciones de izquierda en principio tan diversas como las socialistas, las comunistas y las anarquistas (que no son por cierto las 煤nicas), al menos en lo que sobrevive en ellas del liberalismo. Justamente heredera del liberalismo, la oposici贸n entre sociedad civil y Estado configura un obst谩culo conceptual que se prolonga en lo pol铆tico porque supone que en la civilidad no hay poder colectivo sino intereses particulares 鈥搒ean de distintos individuos, grupos o clases鈥 mientras el Estado es un cuerpo parasitario fundamentalmente externo. Por eso, en algunas de sus versiones m谩s simplificadas las pol铆ticas de izquierda se proponen defender y desplegar las potencias de lo civil m谩s all谩 de, y tal vez destituyendo, las primac铆as estatales. Naturalmente, al pensar as铆 deben suponer un Estado end贸geno, separado de la sociedad civil, libre entonces de sus contradicciones caracter铆sticas, en fin, un 贸rgano ahist贸rico de dominaci贸n.

Deudor de un tal esencialismo de una estatalidad metaf铆sica, el prop贸sito del comunismo ser铆a la asociaci贸n aut贸noma de productores emancipados donde las singularidades 鈥渃iviles鈥 se expresar铆an libremente, sin la existencia de un Estado pues es este una derivaci贸n de la existencia de clases sociales (el Estado es siempre un 鈥淓stado-de-clase鈥, pues incluso si es 鈥減rogresista鈥 supone las diferencias clasistas). 驴No es esa meta sino la radicalizaci贸n de la defensa liberal del individuo particular frente a la amenaza del Estado como Leviat谩n dominador, con la 煤nica diferencia de trasladarlo al plano de los 鈥減roductores libres鈥? Como fuera, es innecesario discutir aqu铆 si la izquierda no preserva en una dicotom铆a simplista entre sociedad y Estado un fondo emancipatorio liberal-burgu茅s. 

Lo importante es que separar un sitio del poder (el Estado, en su forma concentrada y degradada del Segundo Imperio) y otro de la libertad civil, impide percibir la forja compleja de una pol铆tica popular e insurgente como potencialidad transformadora durante la d茅cada de 1860. El derrumbe del poder mon谩rquico es insuficiente para explicar el florecimiento de nuevas formas pol铆ticas en la breve vida de la Comuna. Y podemos abstenernos de la escasa comprensi贸n aportada por las filosof铆as pol铆ticas del acontecimiento sublime, abisal, para las cuales la Comuna fue un trueno en el cielo sereno.

Las evidencias hist贸ricas apuntan en otra direcci贸n: la de inscribir la crisis del Segundo Imperio en una sedimentaci贸n de construcciones pol铆ticas contestatarias a lo largo de toda la d茅cada de 1860. No es necesario ir demasiado lejos para detectar all铆 formas reales de una pol铆tica 鈥済ramsciana鈥 en el Par铆s popular y obrero donde los gremios y sindicatos, clubes y asociaciones culturales, publicaciones (diarios, libros, revistas) y grupos estudiantiles, agrupaciones femeninas y n煤cleos de difusi贸n propagand铆stica, agrupamientos pol铆ticos e instituciones barriales, configuraron un escenario social, pol铆tico y cultural sin el que la insurrecci贸n y la organizaci贸n de un nuevo entramado de poder posterior al 18 de marzo ser铆a incomprensible. E hicieron de la acci贸n revolucionaria una novedad comunicable con la experiencia cotidiana porque, a pesar de la excepcionalidad de la guerra, hab铆a sido constituida gradualmente en activismos de inserci贸n local y debates sobre qu茅 hacer ante la crisis del Imperio. Al respecto, no hay disensos entre las interpretaciones historiadoras, m谩s all谩 de las antag贸nicas posturas pol铆ticas observables en las investigaciones.

Esas consideraciones plantean un matiz para las interpretaciones que aludir茅 en la secci贸n siguiente, hegemonizadas por la izquierda marxista. Aunque pienso que los debates marxistas son instructivos para pensar la Comuna, a la vez creo que debemos reflexionar sobre algunos sesgos por ellos impuestos, al menos en una lectura que divide la sociedad privilegiando los antagonismos de clase. Seg煤n esta mirada, la insurrecci贸n comunera opuso los sectores obreros y populares a la burgues铆a en su diversidad republicana y mon谩rquica. Hay mucho de cierto en eso, porque las zonas m谩s comprometidas con el levantamiento popular fueron las obreras y artesanas. Pero los descubrimientos de la investigaci贸n hist贸rica sugieren dar importancia a otras consideraciones que no son solo las propias del enfrentamiento inmediato entre las clases.

La formidable reforma urbana del Par铆s imperial emprendida por el bar贸n Haussmann desde la d茅cada de 1850 鈥搇a configuraci贸n actual de la capital francesa hereda su estructura de la revoluci贸n urban铆stica haussmanniana鈥 gener贸 una experiencia dur铆sima en los barrios afectados.

Las reformas suscitaron demandas populares que fueron materializadas en una densa trama asociativa barrial, particularmente en los quartiers pobres. Por eso no parece aconsejable establecer un abismo, como proponen algunas interpretaciones antimarxistas, entre las reivindicaciones barriales y las demandas obreras, atribuyendo las exigencias de las redes insurreccionales comuneras a temas urban铆sticos despojados de atributos clasistas.

Por el contrario, los reclamos de diverso orden fueron comunicables y organizables a trav茅s de una m煤ltiple maquinaria de movilizaci贸n de las capas pobres y explotadas. De ese activismo local y popular se nutrir铆a un segmento decisivo de la insurgencia comunera. Ello conduce a complejizar una tensi贸n de clase (obrera-burgues铆a) en parte abstracta y simplificadora de antagonismos de diversa naturaleza, los que a su vez ocasionaron orientaciones divergentes en la experiencia comunera. Y a percibir las razones de una nutrida participaci贸n de mujeres, irreductibles a una clasificaci贸n clasista originada en el lugar de trabajo pues muchas de ellas no eran obreras en un sentido sociol贸gico. Marxistas creativos como Henri Lefebvre y David Harvey han pensado la Comuna parisina m谩s all谩 de una dicotom铆a por entonces inadecuada para restituirle al evento su complejidad revolucionaria urbana, por cierto, sin desembocar en culturalismos o an谩lisis 煤nicamente discursivos.

Debates en la izquierda

La Comuna fue tema de intensos debates en la izquierda. Antes y despu茅s de la Revoluci贸n Rusa constituy贸 un objeto de interpretaciones divergentes. Una de ellas, que denominar茅 aqu铆 como 鈥渓a pregunta por las razones de una derrota鈥, enhebr贸 consideraciones de Marx, Lenin y Trotsky. Con eso no quiero decir que los tres activistas comunistas que acabo de mencionar compartieran una misma concepci贸n sobre la destrucci贸n de la Comuna por las formaciones pol铆tico-militares burguesas. Me refiero mejor a una lectura desde un punto de vista cr铆tico seg煤n el cual la diversidad de tendencias, la ausencia de un comando centralizado y de la gu铆a por un centro organizador unitario, facilitaron la masacre con que desde el 21 de mayo el ej茅rcito versall茅s aniquil贸 la experiencia comunera. 

Marx no tuvo una postura un铆voca y perenne sobre la Comuna. Las diversas comunicaciones a la Internacional 鈥搎ue componen La guerra civil en Francia鈥 permiten leer las variaciones de su postura en los textos que la matizan. M谩s tarde, Marx reflexionar铆a nuevamente sobre la Comuna y adoptar铆a actitudes cambiantes a la luz de sus siempre renovadas investigaciones. De manera general y simplificando, Marx siempre apoy贸 a la Comuna a pesar de que en su opini贸n la insurrecci贸n y la constituci贸n de un poder aut贸nomo hab铆an sido prematuras. Valor贸 su arrojo, al punto de considerarla una 鈥渞evoluci贸n proletaria鈥 (y as铆 extrem贸 su coherencia), sin por eso dejar de percibir que carec铆a de la fuerza militar para sostener tal audacia. Seg煤n 茅l, faltaba al proletariado franc茅s la configuraci贸n material y la experiencia pol铆tica necesarias para lanzarse organizada y decididamente a la acci贸n revolucionaria.

Sus logros fueron enormes, pero tambi茅n lo fueron sus deficiencias. Sobre todo, la timidez en atacar con toda vehemencia al poder en Versalles cuando todav铆a era posible derrotarlo, brind贸 a la reacci贸n el tiempo necesario para fortalecerse y aplastar a Par铆s. Pero tambi茅n puede leerse a Marx sin aplicar a la Comuna una medida ideal externa, es decir, evitando una censura intelectual sostenida en lo que deber铆a haber hecho. En efecto, el autor de El capital hall贸 en ella 鈥渓a forma pol铆tica al fin descubierta鈥 de un gobierno de los trabajadores. La Comuna antiburguesa parisina puso en aprietos a la imaginaci贸n pol铆tica de Marx, quien tras 1848 se desencant贸 respecto de las capacidades transformadoras de la burgues铆a que 茅l y Engels hab铆an celebrado a fines de 1847 en el Manifiesto comunista. La insurrecci贸n comunera, pero sobre todo los ensayos de un poder popular basado en la auto-organizaci贸n de las y los trabajadores armados, mostraron en los hechos que la era de las revoluciones burguesas como proa del cambio hab铆a terminado.

Desde la Comuna, incluso con su derrota b茅lica, estaba planteada la factibilidad de una revoluci贸n de quienes una canci贸n comunera 鈥搇uego transmitida al himno de la Internacional鈥 llamar谩 鈥渓os condenados de la tierra鈥. Marx homenaje贸 a la proeza de la Comuna nombr谩ndola bajo la f贸rmula perdurable del haber intentado tomar 鈥渆l cielo por asalto鈥. Ese momento en que la acci贸n pr谩ctica hizo estallar el aparente acontecer mon贸tono de la historia comenz贸 a ser pensado como la innovaci贸n peculiar de la revoluci贸n, la que ya no era necesariamente la sedimentaci贸n mec谩nica de procesos previos. Sesenta a帽os m谩s tarde Walter Benjamin intent贸 repensar el siglo diecinueve bajo esa estrella filos贸fica.

Pero la Comuna afect贸 m谩s profundamente al lugar que en la proyecci贸n revolucionaria del Manifiesto se asignaba al Estado por su papel centralizador en la progresiva sustituci贸n del poder burgu茅s y la propiedad privada. Hacia 1847 Engels y Marx consideraban que el proceso transformador requer铆a una concentraci贸n de capacidad decisoria y administrativa, en una din谩mica gradual donde la funci贸n estatal era decisiva. La Comuna condujo a Marx hacia una profunda revisi贸n del planteo, incluso forz谩ndolo a una mutaci贸n conceptual, como bien se帽alaron sus polemistas libertarios.

En el pr贸logo a la edici贸n del Manifiesto en 1872, Engels y Marx citaban La guerra civil en Francia para corregir sus anticipaciones en el segundo cap铆tulo del folleto de 1847 al subrayar que 鈥渓a clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesi贸n de la m谩quina del Estado tal y como est谩 y servirse de ella para sus propios fines鈥. Algunas posturas (pienso en Maximilien Rubel y Daniel Gu茅rin) vieron all铆 las semillas de un 鈥渕arxismo libertario鈥 superador de una oposici贸n osificada en el seno de las izquierdas. En nuestros d铆as Olivier Besancenot y Michael L枚wy, como el autor de este pr贸logo, apuestan por una convergencia no ingenua sino pol铆ticamente activa entre el socialismo marxista y el anarquismo atento a las servidumbres estatalistas.

La imagen dise帽ada por Lenin en El Estado y la revoluci贸n, folleto escrito en las inmediaciones del proceso revolucionario ruso de 1917, reconfigur贸 el contexto en que se debati贸 la memoria de la Comuna en la izquierda. Diversas informaciones se帽alan el inter茅s leniniano por la Comuna: la compa帽era de Lenin, Nadezhda Kr煤pskaia, record贸 que aqu茅l, mientras redactaba el libro sobre el Estado, ten铆a en mente al Par铆s de 1871 y Grigori Zinoviev testimoni贸 que el comunero era el acontecimiento revolucionario que el l铆der bolchevique conoc铆a mejor. 

Despu茅s de 1917 el marxismo, el leninismo y la interpretaci贸n leninista de la Comuna conformaron el marco ideol贸gico en que se debati贸 el evento insurreccional. En dos palabras, Lenin prosigui贸 la indicaci贸n de Friedrich Engels en una reedici贸n de La guerra civil en Francia veinte a帽os despu茅s de 1871. En 1891 Engels afirm贸 que en la Comuna se hab铆a concretado la 鈥渄ictadura del proletariado鈥 como formaci贸n pol铆tica revolucionaria transicional, hay que destacarlo, una conclusi贸n ausente en los textos de Marx. De all铆 Lenin dedujo que para 鈥渆xtinguir鈥 el Estado burgu茅s era razonable constituir un Estado revolucionario que evitara las vacilaciones propiciadoras de la derrota comunera ante un enemigo decidido a aniquilarla. Siguiendo y a la vez sesgando las definiciones del propio Marx y Engels, Lenin reproch贸 a los revolucionarios parisinos el no haber asumido las consecuencias de enfrentar una contrarrevoluci贸n, y la necesidad de edificar una fuerza estatal (por cierto, de nuevo tipo) que derrotara a las fuerzas antag贸nicas. En su texto La revoluci贸n proletaria y el renegado Kautsky, de 1918, retom贸 el mismo argumento. En Terrorismo y comunismo (1920), tambi茅n contra el socialdem贸crata reformista Karl Kautsky, Le贸n Trotsky ahond贸 de esa concepci贸n y emple贸 como caso la destrucci贸n militar de la Comuna parisina. 

Seg煤n otro punto de vista, por esos mismos a帽os desde el anarquismo se propuso una lectura diferente, tambi茅n referenciada en Marx. Debe decirse, sin embargo, que ya en 1871 Mijail Bakunin 鈥揺n su ensayo La Comuna de Par铆s y la idea de Estado鈥 hab铆a definido los rasgos principales de la postura 谩crata. Para Bakunin, la multiplicidad del asociacionismo en que hab铆a descansado la movilizaci贸n popular de la Comuna no hab铆a sido el origen de su debilidad, sino m谩s bien hab铆a provisto el soporte de su potencia transformadora. Bakunin argument贸 que la imposici贸n de una dictadura que enfrentara la amenaza versallesa implicar铆a eliminar la diversidad democr谩tica de la Comuna, y por ende conducir铆a a la reproducci贸n de un orden autoritario. 

La presencia de una memoria alternativa de la Comuna se revel贸 activa desde un pliegue del proceso revolucionario sovi茅tico: cuando en 1921 los marineros de la ciudadela de Kronstadt se rebelaron contra el Estado rebautizaron el barco de guerra Sebastopol con el nombre de Parizhskaia Kommuna.

Es revelador que, todav铆a en 1929, el anarquista Arthur Lehning apelara al texto de Marx aqu铆 incluido como ap茅ndice para debatir con la interpretaci贸n leninista. En Anarquismo y marxismo en la Revoluci贸n Rusa, Lehning recuper贸 las dimensiones libertarias y asociativas del an谩lisis de Marx, que como indiqu茅 no se hab铆a limitado a subrayar las debilidades organizativas comuneras sino que tambi茅n hab铆a apreciado las conquistas de una organizaci贸n democr谩tica de nuevo tipo. Por eso, el pensador libertario acentu贸 los aspectos de auto-organizaci贸n, democracia de base y el cuestionamiento de las jerarqu铆as estatales de corte burgu茅s que Marx ponder贸 en la Comuna. En cambio, tras el presunto uso transicional de un 鈥淓stado obrero鈥, a veces justificado por razones de fuerza mayor como el peligro contrarrevolucionario interno o externo, se hallar铆a la predilecci贸n por un socialismo de Estado, origen de un nuevo despotismo.

Horizontes abiertos

M谩s all谩 de las certezas en competencia con que desde entonces se debatiera en la izquierda anticapitalista sobre la Comuna de Par铆s, en este siglo veintiuno el fracaso del socialismo burocr谩tico plantea desaf铆os in茅ditos al legado revolucionario de los siglos diecinueve y veinte. Por otra parte, como se帽al贸 Norberto Bobbio hace media centuria, seguir discutiendo sobre la transici贸n al socialismo principalmente a partir de las consideraciones de Marx sobre la Comuna delata la inmadurez del debate en la izquierda radical. Naturalmente, a diferencia del tiempo en que Bobbio hizo su observaci贸n, hoy contamos con el cierre de otros ciclos revolucionarios sobre los que reflexionar. No obstante, e incluso considerando la experiencia del siglo veinte, la Comuna leg贸 numerosos enigmas. 

En primer lugar, se encuentra la discusi贸n sobre la teor铆a social del acontecer revolucionario. La idea leninista sobre la 鈥渢oma del poder鈥 en Rusia de 1917 tuvo la mala estrella de universalizarse despu茅s de 1920 cuando se procedi贸 a imponer la 鈥渂olchevizaci贸n鈥 a los partidos comunistas de la Tercera Internacional. La generalizaci贸n de esa forma partidaria 鈥搊 tal vez de una formalizaci贸n te贸rica atribuida a la breve y err谩tica historia del bolchevismo originario鈥 involucr贸 una concepci贸n de la organizaci贸n pol铆tica, pero tambi茅n de una cultura pol铆tica y de una precisa idea del cambio hist贸rico revolucionario. Ello entra帽贸 que un imaginario de la toma del Palacio de Invierno por una fuerza militar comandada por una 茅lite marxista-revolucionaria se constituyera en el ideal universal, detr谩s del cual se encontraba un partido de cuadros profesionalizados. No quiero debatir aqu铆 si esa noci贸n de un 鈥減artido leninista鈥 es adecuada para dar cuenta de la Revoluci贸n Rusa, tanto en febrero como en octubre de 1917. Solo me interesa destacar que la Comuna de Par铆s se ley贸, desde ese marco leninista, como un antecedente frustrado, en raz贸n de la ausencia de un partido revolucionario ordenado en las estipulaciones del 驴Qu茅 hacer?

Es claro, por lo que relata Lissagaray y por lo que ha descubierto la investigaci贸n hist贸rica m谩s reciente, que en la Comuna de Par铆s se conjugaron l贸gicas sociales irreductibles a la concepci贸n leninista de la revoluci贸n en Rusia. Por supuesto, eso no es sorprendente pues esa concepci贸n surgi贸 en condiciones espec铆ficas y en el seno de los activismos radicalizados en la Rusia zarista. El problema, desde luego, no es de Lenin, quien intent贸 pensar los desaf铆os revolucionarios en su 茅poca y contexto. La dificultad reside en quienes adoptaron el camino particular entrevisto por Lenin para las circunstancias rusas de principios del siglo veinte como una f贸rmula trasladable, sin mayores obst谩culos, para todo tiempo y lugar. Cu谩nto contribuyeron el propio Lenin y la vieja guardia bolchevique a esa universalizaci贸n forzosa tras la constituci贸n de la Tercera Internacional y la imposici贸n de las 鈥21 condiciones鈥 para todo partido que quisiera integrarse a la organizaci贸n global es un tema que no puede ser discutido aqu铆.

Al mismo tiempo, pienso que la argumentaci贸n anarquista y, traducida a una clasificaci贸n m谩s actual, 鈥渁utonomista鈥, tampoco es enteramente convincente. De acuerdo con esta mirada, la Comuna provey贸 un caso de auto-organizaci贸n multitudinaria y plural, sin un centro unificador y, por ende, autoritario. Esta argumentaci贸n es endeble ante la cr铆tica de Marx, Lenin y Trotsky, que por lo dicho no puede ser considerada como una verdad incontrovertible en todas sus premisas. La Comuna estuvo compuesta por formas in茅ditas de contrapoder y de nuevas positividades pol铆ticas, es decir, nuevas figuras de poder y decisi贸n. Lo que no es en modo alguno necesario a partir de eso es que la organizaci贸n pol铆tica deba ser remitida a una estructura unitaria y jer谩rquica, capaz de actuar como un vector estrat茅gico simple. 

El funesto desenlace de la Comuna detalladamente descripto por Lissagaray ha permanecido como una imagen perdurable. Es cierto que se ha discutido si los 17.000 muertos y ejecutados en la semaine sanglante proporcionan una cifra exacta. Esa discusi贸n es marginal, pues si fueran 10.000 las personas asesinadas, como defienden los guarismos m谩s conservadores, el cambio interpretativo no ser铆a sustantivo. Lo que permanece como material de reflexi贸n es si un 鈥減artido鈥 vertical hubiera habilitado un resultado diferente. Tal hip贸tesis tiene algo de antojadiza pues es incompatible con la g茅nesis democr谩tica y asociativa de la sociedad pol铆tica insurreccional y pronto revolucionaria. Cercenar esa diversidad que nutri贸 con ideas y militancias el acontecimiento transformador hubiera requerido una represi贸n de los propios activistas, quienes no se hallaban aislados, sino incorporados en organismos locales, a partir de los cuales surg铆a el desaf铆o de la coordinaci贸n general. En esa coordinaci贸n, y al respecto Marx y Lenin ten铆an raz贸n, se produjo una fractura que conden贸 a la Comuna pues mientras 茅sta se paralizaba en interminables pol茅micas, la contrarrevoluci贸n pertrechaba un formidable aparato represivo, con el benepl谩cito de la ocupaci贸n prusiana. 

Con todo, es incierto que el partido leninista, pensado para responder a las situaciones rusas, pueda ser proyectado retrospectivamente como una respuesta adecuada para los acontecimientos comuneros. Es necesario reconocer una heterogeneidad entre la Comuna y la Revoluci贸n Rusa. Ambos eventos se comprenden en situaciones muy distintas. Por eso la admiraci贸n de Lenin hacia la Comuna coexisti贸 con un forzamiento discutible, aunque comprensible porque el autor de las Tesis de Abril defend铆a una noci贸n expl铆cita del quehacer revolucionario, con vistas a legitimar su idea del partido adecuado al contexto autoritario y represor del zarismo. En mi opini贸n, Lenin estaba en lo cierto al pensar a la Comuna desde los desaf铆os de la revoluci贸n en la Rusia de su 茅poca. Otra cosa es que aquella idea partidaria subsistiera inc贸lume despu茅s de difundida la consigna de 鈥渢odo el poder a los soviets鈥. En todo caso parece aconsejable acercarse sin preconceptos indiscutibles a la Comuna.

El libro Lissagaray constituye un excelente material de formaci贸n pol铆tica porque, adem谩s de proveer un relato detallado de algunos aspectos centrales de la experiencia comunera, deja abiertos interrogantes sobre c贸mo desarrollar una acci贸n revolucionaria en el mediano plazo y c贸mo esbozar construcciones pol铆ticas aut贸nomas a la vez que deudoras de tareas organizativas. Es innecesario calibrar los hechos de la Comuna con ideales abstractos que entonces no estaban planteados, para extraer de esa experiencia temas de reflexi贸n importantes en la pol铆tica de izquierda anticapitalista en este siglo veintiuno. 

Los dos m谩s relevantes, en mi opini贸n, son la construcci贸n de una voluntad nacional-popular revolucionaria en el seno de m煤ltiples militancias situadas y la exigencia de desarrollar nuevas configuraciones de organizaciones pol铆ticas una vez agotada la presunta validez universal de la experiencia leninista. Dado el renacimiento asombroso que tuvo durante un tiempo reciente el programa populista, conviene dejar en claro que entiendo la voluntad nacional-popular en el sentido gramsciano de una alianza social y pol铆tica de las clases subalternas, y no la adhesi贸n a un l铆der 鈥減opular鈥 sostenido en el aparato estatal. Justamente, la experiencia de la Comuna nos permite pensar que la construcci贸n de una voluntad popular no se opone a una 鈥減ol铆tica de clase鈥. Por el contrario, es su condici贸n de posibilidad. 

La controversia inmediatamente presente en la evocaci贸n de un proyecto anticapitalista organizado en una sociedad pol铆tica colisiona con la idea de una revoluci贸n liderada por un partido de cuadros esclarecidos, portador del destino y la teor铆a de la clase obrera, clase que ella misma ser铆a incapaz de desarrollar una perspectiva antisist茅mica. Reitero: esto no condena de antemano al partido leninista. De hecho, no creo razonable descartarlo como forma apropiada a circunstancias 鈥渙ccidentales鈥 muy espec铆ficas tales como una dictadura o una situaci贸n de guerra. M谩s bien lo ubica en sus condiciones hist贸ricas particulares (b谩sicamente a Rusia de principios del siglo veinte), y por ende intransferibles en t茅rminos mec谩nicos, con el objetivo de repensar las tareas de la izquierda en la reconstrucci贸n de la estrategia revolucionaria. Antes que esa improductiva actitud reactiva que es el antileninismo, la experiencia comunera aporta desaf铆os para re-examinar la teor铆a social y la estrategia del cambio pol铆tico. 

A diferencia de la revoluci贸n burguesa, que fue construy茅ndose en la sociedad civil gracias a la imposici贸n del intercambio mercantil como l贸gica generalizada de la experiencia social, la revoluci贸n proletaria es siempre prematura, y siempre lo ser谩 aunque las condiciones para la transformaci贸n comunista sean evidentes. En todo tiempo y lugar de la dominaci贸n abstracta de la l贸gica del capital, el proyecto comunista siempre aparecer谩 como ilusorio y ut贸pico. El comunismo est谩 condenado a nadar contra la corriente. Hasta que lo imposible se haga retrospectivamente necesario, su hacer ser谩 siempre el de la invenci贸n, pues no hay un plan predise帽ado que realizar. Esa circunstancia no deber铆a debilitar al activismo comunista. Por el contrario, reconocer las formidables dificultades del proyecto comunista es un requisito de la comprensi贸n materialista del proyecto revolucionario. El comunismo no se construye en huertas y cooperativas ajenas al capitalismo, sino en una voluntad colectiva en el seno del capitalismo, en el prolongado camino de su subversi贸n concreta. 

La creencia de Marx respecto de la inevitabilidad del comunismo gracias a la maduraci贸n de las contradicciones capitalistas, ya no puede ser la nuestra (y esa convicci贸n fue certeramente captada por Lenin ya hacia 1900). El comunismo no es ni forzoso ni obligatorio para la Historia, pues 茅sta no es sino la ilusi贸n del mercado mundial respecto de que todo lo que ocurri贸 conduce a su propia victoria. Y eso es falso. Innumerables resistencias debieron ser derrotadas a sangre y fuego para el triunfo del capital. La breve historia de la Comuna que Lissagaray restituye es un ejemplo de una de tales derrotas. 

Tras el saldo adverso de las izquierdas en el siglo veinte, la reconstrucci贸n de las estrategias revolucionarias entra帽ar谩, c贸mo dudarlo, un prolongado camino de auto-transformaci贸n. Aunque no sea el n煤cleo organizador de la reforma intelectual y moral de las izquierdas, la revisi贸n del pasado participa de tal esfuerzo voluntario. Y as铆 como otras revoluciones y procesos de cambio no atenidos al sentido moderno de una revoluci贸n como abismo merecen reflexiones por parte del activismo de izquierda, la historia de la Comuna recupera su valor como experiencia per se.

Incluso ser铆a viable ejercitar un anacronismo virtuoso que leyera las experiencias revolucionarias del siglo veinte a la luz de posibilidades cercenadas en la Comuna parisina. Sin constituir a la Comuna en un nuevo mito inmune a la cr铆tica, por ejemplo, podr铆amos debatir hasta qu茅 punto la constituci贸n de nuevas formas de organizaci贸n pol铆tica y social en 1871 fueron m谩s que una ingenua convicci贸n de redireccionar el Estado capitalista en un sentido antiburgu茅s. Como es sabido, la ausencia de una cr铆tica radical del Estado en tanto forma asociada internamente a las relaciones sociales capitalistas acosaron tanto a las revoluciones socialistas que hipertrofiaron el poder estatal como a los instrumentalismos 鈥搇o hemos vivido en Am茅rica Latina en los 煤ltimos tres lustros鈥 que creyeron gestionar 鈥減or izquierda鈥 o de manera 鈥減rogresista鈥 una estructura condicionada por el sistema general de la dominaci贸n capitalista. El Estado concluye, generalmente a trav茅s de l铆deres 鈥減rovidenciales鈥 torn谩ndose el garante de un orden capitalista de cuyo funcionamiento m谩s o menos eficiente depende. En efecto, aunque no fuera representado te贸ricamente, en la pr谩ctica la Comuna puso en vilo la naturalizaci贸n ideol贸gica del Estado. Los ensayos y errores de una gesti贸n colectiva, democr谩tica y popular de las cosas p煤blicas abri贸 v铆as todav铆a dignas de reflexi贸n en la pol铆tica transformadora.

La Comuna de Par铆s no fue, entonces, un ensayo de la Revoluci贸n de Octubre, ni esta realiz贸 una proyecci贸n fracasada en la ciudad capital de Francia. La Comuna habilita meditaciones espec铆ficas. Porque si la experiencia sovi茅tica constituye un tema ineludible para repensar la estrategia de izquierda, no puede ser considerada 鈥搒eg煤n ocurri贸 durante buena parte del siglo pasado鈥 como el centro de gravedad y modelo de toda la pol铆tica revolucionaria. Me parece que incluso hacer el duelo de la historia sovi茅tica constituye una tarea crucial para emancipar a la propia izquierda de obsesiones que la paralizan en refugios imaginarios. Por supuesto, no para olvidar el acontecimiento ruso, sino, este es el sentido m谩s profundo del duelo en pol铆tica, para incorporarlo a un panorama m谩s amplio desde el que nutrir los horizontes de la ciudad futura.

Con sus propias victorias, errores, dramas y legados, la breve trayectoria de la Comuna desaf铆a al pensamiento cr铆tico. No se ofrece como un tema hist贸rico asimilable a primera vista y sin esfuerzos. En cambio, demanda una reflexi贸n. Por ejemplo, respecto de si es v谩lido comprenderlo en comparaci贸n con otras experiencias, tal como fue muy usual hacerlo durante el siglo veinte. Otro ejemplo podr铆a ir a contramano de lo que acabo de se帽alar en el p谩rrafo y la oraci贸n precedentes: tal vez la Comuna comparta con Octubre de 1917 m谩s de lo que creemos si pensamos que en ambos casos se dio un asalto al poder central en crisis, un dominio mon谩rquico quebrantado, mientras en nuestro mundo global y de capitalismo tard铆o 鈥搃ncluso en Am茅rica Latina, Asia y 脕frica鈥 las revoluciones deber谩n ser m谩s pr贸ximas a la estrategia de Antonio Gramsci que a las de Auguste Blanqui y Vladimir I. Ulianov. Pero tambi茅n ser铆a justificable sostener que para captar la singularidad de la Comuna debemos despojarnos de un deber ser para privilegiar el discernimiento de su audacia, creatividad y drama.

Ese es el punto de vista que he intentado justificar. Como sea, el perfil de las interrogaciones estrat茅gicas se帽aladas expresan por qu茅 este no es un texto atenido al 鈥減asado hist贸rico鈥 ya clausurado. Vive en los debates necesarios en la reconstrucci贸n de la izquierda. Por eso estimo que el libro de Lissagaray es una herramienta provechosa para la formaci贸n pol铆tica y el debate de las nuevas generaciones socialistas.

Oto帽o de 2016

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Fuente: Lahaine.org