January 21, 2022
De parte de Nodo50
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María Sánchez es veterinaria y trabaja con razas autóctonas en peligro de extinción, defendiendo otras formas de producción y de relación con la tierra como la agroecología, el pastoreo y la ganadería extensiva. Ha publicado el poemario Cuaderno de campo (La Bella Varsovia, 2017) y los libros Tierra de mujeres (Seix Barral, 2019) y Almáciga (Geoplaneta, 2020).

Júlia Martí: Cada vez se está hablando más sobre el mundo rural, aunque durante mucho tiempo ha sido el gran olvidado.

María Sánchez: Es un tema que no se ha tenido lo suficientemente en cuenta y que creo que en los tiempos en los que estamos, de emergencia climática y de pandemia, de capitalismo atroz y de hiperextractivismo hay que tocarlo ya, y creo que tiene que ser una cuestión vital y central en la agenda. Porque, a fin de cuentas, el tema de la tierra, de la sequía, de la comida, de la gente que trabaja en estos ámbitos –personas migrantes con poquísimos derechos y que están padeciendo muchísimo–, es clave. Y hay dinámicas –no quiero decir tradicionales, pero sí alternativas– que conservan biodiversidad y territorio, que podrían ser fundamentales en la lucha contra el cambio climático y que no se están teniendo en cuenta porque no interesa, porque al sistema no le es rentable ni tampoco le interesan estos modelos de producción. Debemos poner sobre la mesa y cuestionar de una vez el modelo agroalimentario que tenemos.

J. M.: En el libro Tierra de mujeres recuperas la historia de las mujeres rurales, una historia que a menudo vinculas con una herida abierta. ¿Cómo sanar estas heridas, cómo devolverlas al lugar que merecen?

M. S.: Escribí el libro entre 2017 y 2018, fue publicado en 2019. Desde que salió el libro, creo que ha habido un cambio brutal en el relato y la forma de mirar. Hemos pasado de no saber nada de las mujeres rurales, de sus historias y sus vidas, de sus problemas, de a lo que se enfrentan día a día, de la diversidad –porque no hay un solo tipo de mujer rural–, a tener visibilidad en las redes sociales, artículos, reportajes en medios… Y creo que es muy importante conocer todo lo que hay de nuestros medios rurales, saber de dónde venimos, con las cosas buenas y las cosas malas, para, en estos tiempos de emergencia climática y pandemias, saber hacia dónde queremos ir.

Cuando llega el feminismo en mi vida, me doy cuenta de todas estas lagunas, de todas estas cosas que no entendía, o que no hablaba, de todo aquello con lo que no nos atrevemos a romper el silencio. Es tan importante hablar, conocer, visibilizar… Y claro, en mi caso ¿qué pasa?, que cuando llega el feminismo a mi vida –como cuento en Tierra de mujeres– lo primero que hago es buscar veterinarias, científicas, ecologistas, divulgadoras, ornitólogas, botánicas…, pero paso por completo por encima de las mujeres de mi casa. Cuando era adolescente, mi madre era la persona que tenía de ejemplo de lo que no quería ser nunca en mi vida. Fui muy injusta, muy egoísta. No quise entender la vida que le tocó a mi madre, las renuncias, lo que tuvo que vivir, la época, el machismo, etc.

El libro sale de esta herida abierta, de este duelo, de este llegar tarde. No deja de ser una manera de pedir perdón a todas esas mujeres de mi familia. Con él intenté crear un lugar donde ellas se sintieran representadas y sintieran que sus historias y sus voces también importan, y que tienen muchísimo que contar. La historia de mi madre es muy dura, pero es la historia de tantas mujeres de este país. Nació en el 60, y con 12 años, siendo una niña, tuvo que dejar el colegio y ponerse a trabajar la aceituna en el campo, sin derecho a decidir ni nada.

Quería hacer esta nueva narrativa para reconocerlas, para que sus historias también se tuvieran en cuenta. En estos casi tres años desde que salió el libro he tenido muchísimos encuentros en pueblos, y hay dos cosas que me han dicho que no dejan de repetirse: “este libro lo podría haber escrito yo” y “has contado mi vida”. Creo que eso es muy importante, esta reconciliación con nuestras madres y con las mujeres de nuestras familias a las que nunca quisimos parecernos y que nunca cuestionamos ni preguntamos por toda la desigualdad y renuncia que traían en sus espaldas.

J. M.: Me parece muy importante esta parte de reconocimiento generacional.

M. S.: En un encuentro con otras mujeres hace un par de años, en el turno de preguntas, una chica de 17 años se levantó del público muy enfadada diciendo que su madre no era feminista, preguntando qué libro tenía que darle, qué tenía que hacer para que su madre fuera feminista. “¿Tú has intentado hablar con tu madre de su vida?, ¿sabes qué quería ser tu madre de pequeña?”. Yo he sido muy egoísta diciendo de mi madre “es que hay que ver que solo limpia” o “solo se preocupa por la casa”, pero yo no quería saber que a mi madre desde pequeña la enseñaron a limpiar, a cocinar, a trabajar en el campo, a no tener nada, a no poder decidir. Es tan doloroso y duro…; creo que hay que conocer las mochilas que trae cada una encima, no podemos imponer, ni caer en dinámicas condescendientes ni paternalistas tan machistas, creo que toca acompañamiento, diálogo y entendimiento.

Pero cuidado, tampoco podemos caer en la idealización. Porque ahora, terriblemente, estamos en una ola de nostalgia reaccionaria, con frases como ya no hay mujeres como antes. Hay que visibilizar las cosas a las que renunciaron y las cosas que les tocó vivir. Esa desigualdad y machismo extremo que alcanzó a todas. Yo muchas veces me pregunto qué habría pasado si mi madre hubiera podido seguir yendo al colegio, ¿habría podido descubrir otros mundos, otras vidas? A lo mejor ahora estarías hablando con mi madre, a lo mejor ella sería la escritora.

J. M.: Tu relato choca con los intentos de representar una imagen idealizada de lo rural, de la vida que tuvieron nuestras madres y abuelas, ¿cómo combinar su reivindicación sin caer en el esencialismo y la mistificación?

M. S.: Es que sabes qué pasa, que esta reivindicación viene de gente que tiene un altavoz y que está muy bien respaldada por los grandes medios, pero que ni vive ni habita, ni sabe la realidad de los medios rurales. Me parece tan brutal que alguien haga esto y se cargue todo el trabajo de años de las asociaciones feministas y de los grupos de mujeres que hay en nuestros pueblos. Todas estas luchas que hay en los pueblos para evitar, primero, esta romantización-idealización y luego, también en el sentido contrario, esta voz tan simple donde somos unos brutos, donde somos los santos inocentes, Las Hurdes o Puerto Hurraco. Me parece tan injusto pensar que vivimos peor que nuestros padres, es que pienso en tantas cosas, por ejemplo: una mujer hasta entrados los años 80 no podía tener una cuenta bancaria, y si las mujeres tenían algo de tierra, el marido, cuando se casaban, la vendía o se quedaba con ello.

Recomiendo el libro Basa de Miren Amuriza, publicado en Consonni, sobre una mujer rural y los dilemas de dejar ser cuidada y de tener que seguir cuidando, por la mentalidad y la vida que te ha tocado vivir… A mí me hace mucha gracia cuando en las presentaciones de Tierra de mujeres, en algunos lugares del norte, siempre salía algún comentario por parte de hombres diciendo “no, es que en mi casa había un matriarcado”. Este famoso matriarcado en el norte, ¿no? Un matriarcado que se reduce a que la mujer podía decidir en qué se invertía alguna vez el dinero cuando tocaba cosas de la casa o que daba su opinión. Y yo les pregunto: “¿La casa de tu familia está a nombre de tu abuela?, ¿tu abuela manejaba el dinero?” Ahí tenemos los datos, el porcentaje de mujeres que tienen la propiedad de la tierra o que están dadas de alta es ridículo, ¿dónde está este matriarcado en las cifras? No existe. Hay una romantización tan brutal…, y con esta vuelta a ella, pienso que indirectamente estamos romantizando una dictadura, cuando romantizamos cómo vivían nuestras abuelas y nuestras madres.

Me horroriza que sigamos dando altavoz a discursos donde solo se habla de la mujer en el medio rural para hablar de políticas de natalidad

Podemos reivindicar sus vínculos y conocimientos (que tanto han sido despreciados por la academia), y sumarlos a las herramientas y saberes que tenemos hoy en día. Me horroriza que sigamos dando altavoz a discursos donde solo se habla de la mujer en el medio rural para hablar de políticas de natalidad. En este sentido, recomiendo el informe “Participación política de las mujeres campesinas en el Estado español”, un trabajo de Mundubat.

Hay muchas mujeres y hombres luchando por un mundo rural diverso, vivo, con soberanía alimentaria, para conservar nuestra biodiversidad, luchando contra macrogranjas, contra los vertederos y todos los proyectos de invasión de macroeólicos que estamos teniendo en territorios de alto valor ambiental. La mayoría de los grupos y movimientos que están trabajando desde los medios rurales, toda la gente que tengo la suerte de conocer y con la que trabajo, trabaja por el bien común, por la comunidad, por otros sistemas, por otras formas de relacionarnos, de vivir en la tierra, por otras políticas públicas. En vez de visibilizar estas luchas, ¿de verdad tenemos que estar volviendo a estos discursos llenos de nostalgia reaccionaria que quieren recuperar una vida pasada que nunca fue mejor? A fin de cuentas, lo que vivimos de pequeños cuando crecemos lo tendemos a romantizar.

Me parece tremendo que se amplifique una experiencia personal y se quiera imponer y convertir en el único relato válido y posible, dejando atrás una población y unos territorios diversos que llevan años de lucha y reivindicación.

J. M.: El pasado 8 de marzo publicasteis el manifiesto “Por un feminismo de hermanas de tierra”, en el que contabais “que son y serán mujeres fuertes de tierra que la mayoría de las veces no pudieron elegir ni decidir. Que a base de renuncias, creciendo en una casa construida sobre cimientos de desigualdad y machismo, nos abrieron vereda a las demás”. Frente a los estereotipos que siguen proliferando, ¿cómo describirías tú a las mujeres rurales de hoy en día, cuáles son sus reivindicaciones, proyectos, aspiraciones?

M. S.: Mira, justo este verano en una entrevista me preguntaron ¿a qué se puede dedicar una mujer rural?, y yo le dije que por qué no cambiaba la palabra rural por urbana y me volvía a hacer la pregunta. Una mujer rural se puede dedicar a lo que sea, creo que la gente ya tiene que entender –y esto es algo que lleva diciendo FADEMUR muchos años– que ya basta de esta imagen de la mujer rural como la mujer mayor vestida de luto de nuestros pueblos. Desde FADEMUR, que es la federación de asociaciones de mujeres rurales del país, llevan muchísimos años trabajando por la igualdad, consiguieron poner en marcha la ley de titularidad compartida, y con su trabajo visibilizan las necesidades y realidades de las mujeres rurales.

Sobre el manifiesto del 8 de marzo, lo escribimos Lucía y yo gracias a las reflexiones de otras compañeras que forman parte de colectivos y asociaciones rurales como Lareira Mental o Jornaleras en Lucha de Huelva. Intentamos tener en cuenta las diferentes luchas y problemáticas que pueden tener las mujeres rurales, que no son solamente mujeres blancas –no nos podemos olvidar que en nuestros pueblos también viven personas racializadas– y que no son solamente mujeres cis. Cada año vamos ampliando la red y se van sumando más mujeres, más voces, intentamos darles cabida a todas, porque nuestros medios rurales son diversos y cada territorio tiene una realidad propia y diferente. 

J. M.: Quería preguntarte también sobre la tensión que hay entre lo rural y lo urbano, que ha tenido un capítulo propio en relación al feminismo, y a veces la relación entre el feminismo urbano y el feminismo campesino y rural no ha estado exenta de tensiones. ¿Cómo ves tú esta relación y cómo podríamos superar las tensiones?

M. S.: Creo que tensiones siempre hay cuando se parte de algo sin querer aprender, sin querer ser honesto y sin querer conocer la realidad del otro. Ya sea desde lo urbano a lo rural, como de lo rural a lo urbano. Dentro del feminismo hay gente que cree que todo el feminismo tiene que ser igual, que no se tiene que tener en cuenta la raza, las condiciones sociales, el trabajo… Yo creo en el feminismo interseccional, y creo que no es lo mismo a lo que se enfrenta una mujer que es la jefa de una empresa que una mujer migrante que está trabajando en un invernadero en Almería y vive en una chabola sin luz ni agua. Pienso que es muy importante no caer en el paternalismo ni clasismo con las mujeres rurales. Hablando de esto siempre recuerdo lo que me contó Ana Pinto, de Jornaleras en Lucha de Huelva –temporera e impulsora de este sindicato que es fundamental para las mujeres migrantes–, acerca de cómo el primer año hubo un grupo de feministas de ciudad que en vez de acompañarlas como se está haciendo ahora, fueron básicamente a imponerles cómo tenían que organizarse y realizar su feminismo y activismo, su lucha. Y la reflexión de Ana era: “Vosotras no vivís aquí, no sabéis las problemáticas, no sabéis la violencia que vivimos con los empresarios, no sabéis las cosas que nos faltan…”. Como te comentaba antes, creo que debemos acompañar y entender y no imponer ni caer en ese paternalismo condescendiente y clasista.

Pienso que el acercamiento a nuestros medios rurales debería hacerse desde el respeto, sin mirar por encima del hombro. Y ojo, que también pasa en la dirección contraria: cuántas veces nos hemos encontrado que, llegando gente joven a montar un proyecto en un pueblo, los comentarios de algunas personas del pueblo sean: “anda que estos van a durar mucho”, “estos se van a morir de hambre” o “estos no tienen ni idea”. Esta condescendencia y paternalismo desgraciadamente está en todos lados, por esto en Tierra de mujeres hablo de crear un nuevo idioma, un nuevo lenguaje, en el que partamos todos y todas del mismo nivel, que podamos aprender del otro, cuidarnos, conocernos… Porque a fin de cuenta nos necesitamos, tanto la ciudad a los pueblos como los pueblos a la ciudad.

J. M.: Sobre estas tensiones, no sé si quieres comentar algo sobre el debate que hay entre mujeres veganas y animalistas y las mujeres que se están organizando en el medio rural en torno a la ganadería extensiva y otra forma de alimentarnos.

M. S.: Es algo que me produce mucho dolor, y que lamentablemente lo he sufrido en redes sociales, no por parte de todo el mundo, sino por ciertos perfiles. Se vuelve algo superviolento, dejas de ser una persona, simplemente eres un objetivo, una imagen deshumanizada a la que insultar y atacar. Y me da mucha pena porque creo que el veganismo y colectivos como Ramaderes de Catalunya o gente con proyectos agroecológicos tenemos muchas cosas en común. Pero, cuando se falta el respeto, se ataca la forma de vivir de las personas, sin conocer la relación, el vínculo, y se entra en ataques personales y sin dar opción al diálogo y entendimento, no me parece feminista.

Creo que es importante conocer qué sucede en el campo, saber que todos formamos parte de ciclos. Y, por supuesto, dejar de incentivar y fomentar la macroindustria: desde la agricultura a la ganadería intensiva. Necesitamos apoyar las producciones donde los animales viven en el campo y se alimentan de él, aprovechando sus recursos, donde forman parte de un ciclo, de un territorio. Donde, por ejemplo, una cabrera con sus cabras previene incendios forestales, porque las cabras son los bomberos más baratos del mundo, y donde hay cabras no hay fuego. Conocer que consumiendo, por ejemplo, sus quesos, conservamos un paisaje, protegemos territorio y biodiversidad, creamos y fortalecemos la economía local, los alimentos de temporada y proximidad.

J. M.: La crisis ecológica, la pandemia…, han impulsado el lema ruralismo o barbarie. Lo rural se posiciona como salida a la crisis, tanto en lo personal como en lo que respecta a la organización social. ¿Crees que en el mundo rural se encuentran las bases para reconstruir nuestra sociedad? ¿Qué tendría que pasar para que esto fuera verdad?

M. S.: Se encuentran parte de las bases, pero lamentablemente están en peligro de extinción, porque el capitalismo y el sistema hiperextractivista en el que estamos alcanza todos los espacios. Siempre cuento el mismo ejemplo: antes en mi pueblo había un horno, y ahora en cambio hay una franquicia de pan congelado que te la puedes encontrar en Córdoba, Sevilla y Madrid. Estamos perdiendo un montón de cosas propias y de productos locales, y formas incluso de trabajar por la comunidad, como los pastos comunales, las veredas o los montes públicos.

Es más fácil poner una nave intensiva de cerdos o de pollos que hacer un proyecto agroecológico donde estás previniendo incendios forestales

Sí, te diré que hay cierta romantización con esto de la pandemia de “me voy al campo”. En realidad, la gente que se ha ido, la mayoría, era gente con dinero, de cierta clase social, que sigue teniendo su primera residencia y sus servicios básicos cubiertos en la ciudad y que le da igual no tener internet o no tener médico o que no haya colegio en el pueblo porque no le hace falta. Pero no lo hemos visto en la dirección contraria: todos estos chicos y chicas que no se quieren ir de su pueblo, que se quieren quedar en su pueblo, ¿qué pasa con ellos, qué pasa con sus historias? O ¿qué pasa, por ejemplo, con toda la gente que se quiere ir a un pueblo pero no pueden porque no hay acceso a la tierra, no hay vivienda digna, no hay bolsa de alquiler social, las casas cuestan un dineral? Hay que cuestionarse esto, qué necesidades hay y quién puede irse realmente hoy al campo.

Además, hoy en día es más fácil poner una nave intensiva de cerdos o de pollos que hacer un proyecto agroecológico donde estás previniendo incendios forestales, donde estás conservando paisaje y biodiversidad y donde estás produciendo alimentos que no enferman, que son saludables, de cercanía, de alto valor ambiental. Esta es la realidad en la que estamos; lo que se debería fomentar es justamente lo contrario de lo que se hace. Es muy doloroso cuando oyes a pastores, ganaderas, agricultoras –que hacen las cosas bien y tienen esta relación con la tierra y creen en la comida como elemento transformador y político– que te dicen “es que parece que nos quieren echar del campo”. Esto es muchas veces lo que sentimos.

Por eso es muy importante volver a esta organización desde abajo, hablar y formar parte del lugar que habitamos. En la pandemia hemos visto cómo los propios barrios, la propia ciudadanía, se ha organizado desde abajo . Es muy importante dejar de vernos como personas independientes y por encima de las cosas, de las personas y del resto de seres, debemos cambiar a una visión interdependiente y reconocernos vulnerables, porque a fin de cuentas necesitamos a otras personas, a otros seres y recursos desde que nacemos hasta que nos morimos. Cuando tenemos esto en cuenta, cambia nuestra forma de estar en el mundo. Es lo que a mí me hace tener esperanza, ver que hay personas que se mueven, que se juntan a luchar por el lugar que habitan, por reivindicar o por mostrar los problemas que tienen.

J. M.: No sé si quieres añadir algo más.

M. S.: Creo que nos deberíamos plantear el sistema en el que estamos, porque hablamos de la covid como si fuera la única pandemia y ya teníamos una pandemia que es la del hambre. Estamos en un sistema hiperextractivista que contamina, que mata, precariza y enferma a las personas, que produce alimentos que no son sanos y que no nos alimentan. A día de hoy, hay muchísimas personas que se siguen muriendo de hambre, en un futuro se nos juzgará por esto, por dejar que se siga muriendo gente de hambre todos los días mientras que hay un 20% de alimentos que todos los días se tiran a la basura. Además, los alimentos ultraprocesados, los más baratos y de más fácil acceso, están relacionados con enfermedades cardiovasculares, con obesidad… Desde Justicia Alimentaria hace años que hablan de esto: comer mal nos enferma. Hay que cambiar todo el sistema alimentario pero no solo por los y las consumidoras, también por quienes trabajan en la producción de estos alimentos. Del cultivo a la mesa, toda la cadena.

J. M.: Antes de despedirnos, quería contarte que cuando mi abuela abrió tu libro Almáciga, se quedó mirando una de las ilustraciones de Cristina Jiménez y afirmó: “Son mis manos”, en su cara vi la satisfacción del reconocimiento. No solo estás recuperando palabras, estás devolviendo al lugar que merecen muchas vidas hasta ahora silenciadas.

M. S.: Qué bonito, se lo voy a contar a Cristina…, vuelvo a esto que te decía, que veo muy importante saber de dónde venimos, y sobre todo en los medios rurales es importante recuperar las lenguas, que están muy ligadas con la forma de relacionarse, vivir, entender una comunidad, trabajar con los animales, trabajar la tierra, detrás de estas palabras nos encontramos con otras formas de habitar y de relacionarnos con el territorio.

Júlia Martí forma parte de la redacción de viento sur

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Fuente: Vientosur.info