September 16, 2021
De parte de La Peste
230 puntos de vista


Como su propio título evoca, La dinámica de la revuelta, de Eric Hazan es una obra con la que acercarse al entramado primogénito de revueltas que han sido consideradas cruciales en la historia. La experiencia de la revolución francesa, soviética o española son ejemplos de luchas del pasado que de ningún modo, considera el autor, tienen que ser entendidas como algo ajeno a la actualidad o desconectado de las luchas más contemporáneas. Al contrario, deberían dejar de ser tratadas como elementos propios de una época y un lugar y ser concebidos como secuencias insurreccionales que están vigentes y que son comparables con la actualidad.

Para Hazan hay varios tópicos con los cuales reflexionar: el del supuesto vínculo entre politización (si la entendemos como un acto intelectual y de difusión de ideas) y revuelta sería uno. En Francia quien se arma y toma la Bastilla será gente de suburbios, obreros y campesinos empujados a luchar «bajo el empuje de la cólera, el miedo y el hambre» mientras que en la Rusia del 17 obreras textiles, estudiantes y trabajadores son los protagonistas de la insurección armada. Si bien es cierto que en otras, como la Comuna de París o la Revolución española, hay una atmosfera de agitación política donde manifestaciones, huelgas, ocupaciones de tierras serán la llama que provoca la gran insurrección posterior.

Hazan quiere hacernos reflexionar sobre una segunda tesis, y es aquella que apunta que no siempre la ebullición política y la insurrección van de la mano. No sería acertado afirmar que las revoluciones pasadas fueron impulsadas y dirigidas por partidos unidos y homogéneos ni, tan siquiera, por vanguardias. Una vez el colapso y el enfrentamiento se han materializado, los movimientos en lucha han mostrado, según el autor, una necesidad de recurrir al establishment de la democracia: el líder elegido, las instuciones formales, la fundación de nuevas bases. Quizás por eso, Hazán llama a detenernos en una cuestión irrefutable: el que una revolución popular engendra, en muchos casos, un gobierno burgués. En ello el parlamentarismo ha funcionado «como sepulturero de los movimientos populares» así como también la creencia, en tiempos más actuales, de una democracia directa que supuestamente sería la garante de nuestras proclamas.

Revueltas, luchas, enfrentamientos que parecen no cuajar debido a «un respeto instintivo al formalismo democrático» y que debe recordarnos que lo más lejos a lo que se puede llegar es vislumbrar que el poder no tiene forma concreta sino que es algo difuminado: «El deber de los revolucionarios es mantener la diseminación de ese momento insurreccional inicial y luchar contra toda forma de hegemonía que pudiera insinuarse en las filas vencedoras».




Fuente: Lapeste.org