September 2, 2021
De parte de Arrezafe
199 puntos de vista


Fragmento
extraído del libro de Néstor Kohan HEGEMONÍA CULTURAL EN
TIEMPOS DE CONTRAINSURGENCIA «SOFT»
.

Gracias
a
Luis López
por revelarnos la existencia de este libro y facilitarnos el enlace
en el que se puede descargar
.

●

Sociología
de la cultura e historia intelectual

(A
modo de presentación)

Estas
hipótesis de trabajo, de sociología de la cultura e historia
intelectual, escritas, todas ellas, con una indisimulada intención
polémica, giran en torno a tres problemas centrales.

En
primer lugar, la problemática de la hegemonía y la contrahegemonía.
Una vez más, como en algunos libros y antologías que publicamos
previamente, reaparece en nuestra ayuda la figura de Antonio Gramsci.

No
el Gramsci de la socialdemocracia, el posmodernismo y el
«posmarxismo» (durante los últimos años de moda), sino el pequeño
pero gigante pensador revolucionario de la Internacional Comunista,
discípulo preferido de Lenin y militante clandestino durante muchos
años.

Es
precisamente Gramsci quien nos enseñó que ni el capitalismo ni el
imperialismo pueden sobrevivir exclusivamente por su fuerza
técnico-militar, por más poderosa e impactante que ella sea. Al
mismo tiempo que amenazan y utilizan la fuerza, necesitan recrear,
cotidianamente, su hegemonía. Desmoralizar, fragmentar y dispersar a
sus enemigos. «Meterse en el bolsillo», si es posible, sus
categorías, sus símbolos y sus banderas, resignificadas, por
supuesto, para volverlas funcionales a la dominación capitalista y
la vigilancia imperial. Crear no solo ideas y programas, pulidos en
un escritorio de oficina del Pentágono, la CIA o el Departamento de
Estado, sino estructuras flexibles de sentimientos, sensibilidades e
identificaciones (colectivas e individuales) afines a la dominación
del mercado, el dinero y el capital.

Es
decir, convencer a mucha gente que es imposible vivir de una manera
distinta al capitalismo y, al mismo tiempo, generalizar el triste y
patético american way of life para todo el orbe; ubicando en
la Florida la tierra prometida para la comunidad latinoamericana.
Allí donde se puede ser «norteamericano» sin saber hablar inglés,
jugando al dominó en camiseta y escuchando música de salsa o
reguetón.

Aún
en medio de una crisis humanitaria como la que se vive en el año
2021, que ha regado hasta el mes de marzo con más de medio millón
de muertos la principal potencia de la tierra (superando, incluso,
todos los muertos norteamericanos en ambas guerras mundiales, la de
Vietnam, Irak, Afganistán, etc.).

Mucho
antes de que el noble intelectual estadounidense, antimperialista
sincero, Noam Chomsky empleara la expresión «fabricación
industrial del consenso», Antonio Gramsci se había percatado que un
buen programa ideológico-político nunca podría triunfar si no se
hace carne en la vida cotidiana de las masas populares. Y que esa
tarea jamás se logra por el mero fluir vaporoso de ideas atractivas
y narrativas seductoras (sean falsas o verdaderas). Hacen falta
además instituciones que empujen, presionen —en una u otra
dirección— y faciliten que ciertas concepciones del mundo
abandonen la pulcritud de su torre de marfil para ganar el corazón,
la voluntad e incluso el inconsciente colectivo.

En
el caso concreto de la histórica y legendaria lucha entre David y
Goliat, entre la pequeña Cuba y el gigantesco imperialismo
norteamericano, esas instituciones dedicadas al intento de fabricar
consenso y crear contrahegemonía tienen nombre y apellido. En los
trabajos de este volumen se recorren una por una. Fundación por
fundación, ONG por ONG. Y seguramente nos faltaron abordar varias.
Porque los aparatos de la contrainsurgencia imperialista no se
reducen a la sigla más famosa en el cine de Hollywood que cuenta con
tres letras: CIA.

En
Estados Unidos, según la literatura especializada, existen no menos
de veinte aparatos de inteligencia y contrainteligencia. A ellos se
agregan un elenco interminable de fundaciones paraestatales y
finalmente incontables ONG, que carecen completamente de autonomía.
Ni la persona más crédula, desinformada e ingenua puede a esta
altura aceptar que las ONG que inundan con sus dinerillos, no solo a
Cuba sino el conjunto de nuestro continente, pertenecen a la burbuja
incontaminada de una etérea y virginal «sociedad civil»
globalizada —aquí podemos apreciar un buen ejemplo de cómo el
imperialismo intentó apropiarse de la noción gramsciana de
«sociedad civil» para terminar convirtiéndola en un comodín
completamente funcional a su dominación.

¡Es
un secreto a voces! Esas ONG y las fundaciones que siempre caminan a
su par, son «tapaderas de la CIA», sellos legales para transferir y
blanquear dinero sucio, utilizado en la contrainsurgencia.

Por
eso, el primer problema general que recorre todos los trabajos aquí
reunidos, gira en torno a los intentos imperiales que pretenden minar
la hegemonía socialista de la Revolución Cubana, tratando de crear
artificialmente una jabonosa y falsa «izquierda» —todas las
comillas incluidas—, no revolucionaria, ajena y reacia al legado
inasimilable de Fidel Castro y el Che Guevara. Un intento de
«aproximación indirecta» —como lo hubiera denominado el célebre
estratega y capitán B.H. Liddell Hart— destinado a ganar la guerra
sin combatir, minando la moral del enemigo. Es decir, esforzándose
por construir una opción pretendidamente «democrática» —poner
aquí, igualmente, veinte pares de comillas—, contra el proyecto
comunista, al que se sigue calificando, con escasa originalidad, de
«totalitario» (¿por qué no es original esa descalificación? Pues
porque la cruzada «antitotalitaria» proviene de la guerra fría y
más precisamente del auge del macartismo —¡nacido hace nada menos
que 70 años!—, al que capitularon ideológicamente desde la
erudita y refinada Hannah Arendt hasta el marxista converso Karl
Popper, por no hablar del empleado rentado de la CIA Isaiah Berlin,
escritor de libros a sueldo y biografías por encargo contra Karl
Marx).

Este
supuesto «descubrimiento ultra novedoso», que vendría a rellenar
los presuntos agujeros vacíos del socialismo y el comunismo, donde
las palabras «democracia» y «república» se enarbolan sin nombre
ni apellido, sin referencias de clase ni determinaciones históricas,
sociales ni geopolíticas, no es tan nuevo como se postula.

Quizás
por picardía o, mucho más probablemente por simple ignorancia, se
hace tabla rasa con la historia intelectual de los debates
socialistas y comunistas frente a la tradición liberal.

No
es malo intentar innovar, porque el marxismo no puede quedarse
petrificado en la historia, pero para eso hay que tomarse el trabajo
de conocer en profundidad la historia intelectual de los problemas
que pretenden abordarse (eso que en los estudios académicos suele
denominarse «el estado del arte»). Cuando ese trabajo falta, la
ignorancia, siempre perdonable y comprensible si es inocente y
desprevenida, se transforma en imperdonable altanería y petulancia.
Y si a eso le agregamos el financiamiento de instituciones que de
ningún modo están interesadas en el conocimiento sino, lisa y
llanamente, en derrocar a la Revolución Cubana, perdón, en lograr
«la transición», el problema se complica aún más.





Fuente: Arrezafe.blogspot.com