June 19, 2021
De parte de Nodo50
183 puntos de vista


La escuela es un arma cargada de futuro. Pero no podemos olvidar qu茅 ocurre y se construye en el presente. Tanto el futuro que atisbamos como el presente que nos asola nos piden con urgencia dar un golpe de tim贸n en la historia. El objetivo: sobrevivir en condiciones de justicia social y ambiental.

Cuando comenz贸 2020, llev谩bamos a帽os hablando de una crisis civilizatoria de m煤ltiples dimensiones. La preocupaci贸n por el colapso ecosocial hab铆a empezado a calar en discursos de colectivos diversos. J贸venes, en muchos casos adolescentes, se organizaban bajo el nombre de Fridays for Future para denunciar los riesgos derivados del cambio clim谩tico y exig铆an justicia clim谩tica. Algunos colegios dedicaban tiempos y organizaban acciones colectivas en defensa de un futuro sostenible.

La huella ecol贸gica sobrepasada, la crisis energ茅tica, la p茅rdida de biodiversidad, las migraciones ambientales o la extensa presencia de t贸xicos empezaron a ocupar t铆midamente espacio en las preocupaciones sociales y en el mundo educativo. Al tiempo llegaban hasta algunas aulas las reflexiones del feminismo, el reconocimiento de identidades diversas o los malestares de personas racializadas.

La irrupci贸n de la covid-19 impact贸 en nuestra sociedad de forma inesperada, colocando en segundo t茅rmino preocupaciones anteriores y visibilizando moment谩neamente algunas verdades indiscutibles: nuestra imperiosa necesidad de cuidados y compa帽铆a, y nuestra clara dependencia de abastecimientos y suministros esenciales. M谩s que cambiarlo todo, se convirti贸 en una prueba de esfuerzo que puso al descubierto patolog铆as previas. Mientras ech谩bamos de menos a las abuelas y multiplic谩bamos las funciones de los hogares, nos hac铆amos conscientes de c贸mo el aire se volv铆a m谩s limpio y algunos animales se atrev铆an a acercarse a lugares antes devorados por la hipermovilidad. Pudimos atisbar nuestra condici贸n de seres humanos vulnerables, necesitados de otros seres humanos y sujetos tambi茅n a la dependencia de los sistemas naturales. Tambi茅n vislumbramos la dif铆cil gesti贸n de esa interdependencia y esa ecodependencia en un orden econ贸mico que necesita crecer sin l铆mite arrasando a personas y territorios.

La crisis pand茅mica, con el cierre de muchos negocios, ha hecho patente el laberinto en el que nos encierra nuestro sistema econ贸mico, con o sin covid: si no alimentamos a los grandes negocios, muchas personas quedan sin empleo y en consecuencia sin acceder a recursos b谩sicos; por tanto, abocadas a la exclusi贸n. Si alimentamos los grandes negocios, alimentamos sus pr谩cticas de devastaci贸n del medio natural y explotaci贸n laboral, por lo que muchas personas son empujadas a la precariedad y a la pobreza ambiental, y finalmente abocadas a la exclusi贸n. Parece un laberinto sin salida, y lo es si no se cambian las reglas del juego econ贸mico del neoliberalismo, un juego que hemos aceptado como si fuera inevitable.

Mirando desde la educaci贸n, el diagn贸stico de la crisis socioambiental nos coloca ante un dilema: si nos atrevemos a desvelar los pron贸sticos de futuro m谩s probables, mostraremos un paisaje amenazante y desesperanzador. El pico del petr贸leo, la destrucci贸n y fragmentaci贸n de los ecosistemas o el cambio clim谩tico parecen situarnos ante un horizonte de enorme dificultad material. Tememos que este paisaje doloroso pueda paralizar a nuestro alumnado. La alternativa entonces es ocultarlo, edulcorarlo o minimizar los problemas y transmitir la confianza en el advenimiento de una salvaci贸n tecnol贸gica. Aunque esto no evite la llegada de ese futuro de conflictos y escasez. Pero entre el miedo paralizante y la ceguera suicida existe un camino: la esperanza consciente y activa. Comprender con responsabilidad lo que est谩 ocurriendo, asumir la incertidumbre y ponerse en marcha para intentar enfrentarse a la inequidad, la escasez de recursos y las tensiones sociales que nos esperan si no viramos el rumbo de las cosas.

La escuela presencial no fue actividad esencial

En los primeros meses de la pandemia, los centros educativos cerraron y se hizo patente la centralidad de su funci贸n socializadora y las potencialidades de la ense帽anza presencial (entre seres humanos en interacci贸n directa), que la online no cubr铆a. Tambi茅n se visibiliz贸 鈥損or negativo鈥 el papel igualador de la escuela p煤blica, al comprobar que los hogares en los que peque帽as y grandes se confinaban, constitu铆an realidades vitales profundamente desiguales. Con o sin ADSL, con o sin ordenador o habitaci贸n propia, con o sin ambiente de calma, con o sin violencias, con o sin calefacci贸n, con o sin personas adultas disponibles y formadas para ayudar al estudio鈥

El confinamiento constituy贸 una experiencia de encierro y de miedo a las personas, a las cosas, al aire que respiramos. Esa humanidad que somos y nos atrae se convirti贸 en un peligro del que protegerse. Hasta las criaturas m谩s peque帽as lo aprendieron. Con la restricci贸n de la cercan铆a f铆sica, se deleg贸 la experiencia educativa en el acompa帽amiento de las familias 鈥搈adres鈥, y en las pantallas para quienes ten铆an m谩s a帽os.

Aplaud铆amos por primera vez a quienes realizaban actividades esenciales (mayoritariamente en manos de mujeres) en espacios p煤blicos como los hospitales o supermercados, pero no a quienes las hac铆an dentro de las casas soportando equilibrios imposibles en esos espacios de regeneraci贸n de la supervivencia, donde no se han renegociado las corresponsabilidades. Los meses de confinamiento devuelven la ense帽anza al 谩mbito privado de los hogares, lo que significa un paso atr谩s en la responsabilidad p煤blica sobre la educaci贸n, que constituye un derecho desde hace m谩s de un siglo.

La educaci贸n presencial no form贸 parte de estos servicios esenciales, quiz谩 porque la cercan铆a social aumentaba el riesgo de contagio y, quiz谩 tambi茅n, porque se contaba con esa fuerza de trabajo gratuito de las mujeres.

Posteriormente, la semipresencialidad se normaliza. En algunos casos esto significa reducci贸n del tiempo de atenci贸n y en otros una mitad del tiempo ante la pantalla, con los desequilibrios que esto supone. Incluso se llegan a crear escuelas infantiles virtuales en las que cada criatura se coloca frente a la pantalla para seguir 鈥搊 no鈥 las propuestas de una educadora, o jugar desde su casa en paralelo a otras criaturas, tambi茅n aisladas de la compa帽铆a y de los virus, todas ellas supervisadas, claro, de esa persona adulta, madre casi siempre.

Una parte de ese avance de la ense帽anza online se ha mantenido al terminar el confinamiento, dicen que para quedarse. Esto significa, entre otras cosas, que el abandono 鈥揳unque sea parcial鈥 a la suerte de las condiciones de cada hogar, y la distancia social que alimentan las pantallas, ser谩n rasgos esenciales de la educaci贸n del futuro. El contexto de distancia social, la escasa relaci贸n entre iguales, la comunicaci贸n a trav茅s de los chats o las redes sociales, son caldo de cultivo de conflictos, tensiones y discrepancias dif铆ciles de resolver sin el lubricante del cara a cara y sin el aprendizaje de la resoluci贸n cotidiana de conflictos. Todo ello sumado a la cultura de la bronca y el espect谩culo que alimentan los medios de comunicaci贸n virtuales. No parecen las mejores condiciones para afrontar con solidaridad y justicia una crisis civilizatoria.

El sistema educativo recoge m谩s o menos a la quinta parte de la poblaci贸n, en un periodo especialmente sensible en el que se incorporan las experiencias e interpretaciones que constituyen las verdades de la cultura. Lo que se transmita cotidianamente a lo largo de trece o m谩s a帽os a esos millones de personas es clave. Lo saben las instituciones que regentan los centros privados. La educaci贸n es un pedazo de realidad a disputar que no podemos abandonar a la inercia y a los intereses de la cultura desarrollista y del mercado. Necesitamos una educaci贸n que re煤na la cordura y la valent铆a necesarias para mirar a ese futuro sombr铆o y para intentar girar su curso.

Una mirada que fabrica ceguera

El dilema de Matrix (ignorancia, o conocimiento, pero en cualquier caso destrucci贸n) ha sido saldado por el sistema cultural dominante, y por buena parte del sistema educativo, creando una realidad edulcorada, un bienestar supuestamente mercantilizable y un futuro tecnol贸gico redentor.

Pero hay situaciones dram谩ticas (por ejemplo las colas del hambre, los cortes de luz o las estad铆sticas de pobreza infantil en nuestras ciudades) que ya no se pueden esconder.  Sabemos de las posibles consecuencias de la crisis clim谩tica, del problema que suponen los residuos, de los millones de personas que son desplazadas porque sus h谩bitats se vuelven inhabitables鈥 驴Por qu茅 no estamos en las calles exigiendo un cambio de la historia? Existen distorsiones culturales que nos impiden ver los riesgos de seguir en el mismo camino. Algunas de ellas son la econom铆a desarrollista, la realidad virtual, la fe ciega en la tecnolog铆a, el sesgo metropolitano y la omnipresente cultura patriarcal.

La econom铆a neoliberal defiende el crecimiento infinito en un planeta finito y distorsiona la realidad ense帽谩ndonos que la riqueza est谩 en el dinero y no en los recursos que nos mantienen con vida. Viendo miseria en los modos de vida cercanos a la tierra. Esa econom铆a nos impide leer como pobres los territorios cementados o los r铆os muertos por vertidos venenosos, y entiende que un buen trabajo no es el que resuelve necesidades sino el que proporciona un salario alto. Para ella, y para los curr铆culos y los libros de texto, la destrucci贸n ecol贸gica se llama progreso.

Otra de las ocultaciones proviene de la realidad virtual, que nos atrapa la mirada, secuestra el pensamiento a la deriva y reconduce nuestros intereses hacia necesidades del mercado dejando en la sombra la destrucci贸n del territorio. Trastoca nuestras preocupaciones y nuestros deseos. La adicci贸n a las pantallas, a la comunicaci贸n sin presencia y a las realidades fabricadas en lo virtual, se ha adue帽ado de un enorme bocado del tiempo de nuestra vida. Como otras adicciones, nos desvincula de aquello que necesitamos para sobrevivir, pero frente a otras dependencias, que pueden resultar parcialmente desadaptativas para el sistema econ贸mico, esta adicci贸n es profundamente sin茅rgica con 茅l. La educaci贸n lleva a帽os promoviendo la virtualizaci贸n y alimentando la dependencia tecnol贸gica de los aprendizajes.

La devoci贸n por lo virtual engancha con la fe tecnol贸gica: ya inventar谩n algo que lo solucione. Gracias a ella fiamos a un futuro incierto la soluci贸n de cualquier problema que no queremos dejar de generar, sin m谩s certeza que nuestro deseo de que esta tecnolog铆a imaginada funcione.

La distorsi贸n de la mirada metropolitana de los habitantes de las ciudades les vuelve ciegos a la tierra que est谩 debajo del asfalto, ignorantes de la procedencia y el destino de aquello que utilizan. Las grandes urbes se muestran como culturalmente superiores, pero desconocen su profunda dependencia de las periferias y de las tierras que las abastecen. Una ceguera por la que, por ejemplo, se llam贸 ciudadan铆a a una asignatura que hablaba esencialmente de derechos humanos. Las escuelas rurales se cierran progresivamente y empujan al abandono de los pueblos.

La cultura patriarcal es la m谩s antigua 鈥搚 quiz谩 dolorosa鈥 de las vendas colocadas en nuestros ojos. Se ocupa de normalizar un orden dual generalizado, jer谩rquico e injusto, que nos encierra en dos roles inamovibles. Un orden que impone a una mitad de la poblaci贸n trabajar de forma gratuita y someterse a la otra mitad, bajo el supuesto de la aceptaci贸n voluntaria (patriarcados de consentimiento) o de la imposici贸n cultural (patriarcados de coerci贸n). Esta misma distorsi贸n otorga al hombre el papel de patr贸n 鈥揺n sus dos acepciones鈥, el papel de juez, creador del conocimiento y protagonista de la Historia.

De forma similar se naturalizan las jerarqu铆as clasista, racista y colonial. Con estos anteojos se define cu谩l es el conocimiento culto que merece entrar en la escuela y cu谩l no, y qui茅nes ser谩n los sujetos que merecen tener 茅xito.

Esta cultura de due帽os se reproduce desde la infancia y atraviesa las relaciones entre ni帽os y ni帽as, adultas y adultos. No solo invisibiliza saberes y pr谩cticas esenciales y sostenibles, desarrolladas por las mujeres y por pueblos ind铆genas (que la escuela tambi茅n desprecia), sino que, tal como nos plantea el ecofeminismo, es una cultura que se apropia y ejerce violencia sobre cuerpos, recursos y territorios. Apuntala una mirada que desprecia los l铆mites y el fr谩gil equilibrio de las vidas humanas y de los sistemas vivos. Esa mirada que est谩 en el coraz贸n de la actual crisis ecosocial.

Estas distorsiones llegan todos los d铆as a la escuela a trav茅s de un curr铆culo oculto o expl铆cito de medias verdades, omisiones y falsedades. La idea de los pueblos atrasados, las mujeres como poblaci贸n inactiva, la exaltaci贸n incondicional del crecimiento o la invisibilidad de las empresas transnacionales son ejemplos de este curr铆culo insostenible.

La escuela re煤ne, desde hace m谩s de un siglo, algunas condiciones estructurales que favorecen estas distorsiones:

Todas estas cegueras alimentan un mundo traslimitado e injusto que se est谩 acercando a un colapso socioecol贸gico

Los centros educativos son espacios de confinamiento, cercados por una valla y cerrados al territorio f铆sico exterior y a la tierra viva. Transmiten (y reconocen como valioso) un saber culto que relega los conocimientos populares, los aprendizajes pr谩cticos cotidianos, el desarrollo de la cooperaci贸n o el ejercicio de los cuidados. Un colectivo de especialistas es el encargado de transmitir el conocimiento validado, que excluye los saberes de otras personas de la comunidad. La valla f铆sica pone dif铆cil salir, pero tambi茅n entrar a vecinas, asociaciones o luchas sociales. Los agrupamientos se crean con el criterio de la homogeneidad (de edades, de capacidades) supuestamente para economizar esfuerzos, practicando una educaci贸n de talla 煤nica. En el mejor de los casos, en sus actividades crean un mundo de simulaciones, que no alcanzan a transformar la realidad real y que, en su versi贸n virtual, nos separan m谩s del fr谩gil territorio. En los centros educativos apenas se estudia qu茅 est谩 ocurriendo con los procesos ecosist茅micos que nos mantienen con vida.

Todas estas cegueras alimentan un mundo traslimitado e injusto que se est谩 acercando a un colapso socioecol贸gico. Por eso es urgente desmontarlas y construir una cultura que se ajuste a los l铆mites de nuestro planeta y nos permita vivir en un mundo justo y sostenible. La pandemia puede ser ese zarandeo social que nos abra a otras formas de entender la historia y de comprendernos como seres humanos.

Necesitamos una nueva cultura de la tierra

Buena parte de lo que aprendemos en las escuelas nos desadapta a la realidad. Tenemos que aprender a vivir en ese espacio cada vez m谩s estrecho que queda entre el techo ecol贸gico (los l铆mites materiales que nos marca la tierra) y el suelo social (los m铆nimos que todos los seres humanos necesitamos para tener vidas dignas). Estos son algunos de los aprendizajes urgentes que tendr谩n que entrar en el sistema educativo:

Es prioritario comprender el concepto de sostenibilidad y las implicaciones que este tiene. Muchas culturas llevan haci茅ndolo siglos. Necesitamos conocer el actual estado de insostenibilidad (en suelos, aguas, clima, biodiversidad鈥), sus magnitudes, sus causas y su incidencia en las poblaciones humanas. Es importante visualizar en toda su magnitud la crisis ecol贸gica y sus verdaderas responsabilidades.

Habr谩 que hacer frente al problema de las necesidades humanas y discutir las consecuencias para la sostenibilidad de diferentes estrategias escogidas para resolverlas. Reflexionar sobre c贸mo ser铆a un bienestar equitativo y ambientalmente sostenible. Es preciso replantear el problema de la pobreza y la desigualdad y entenderla como pobreza ecol贸gica y deterioro de las condiciones de vida, m谩s que como un asunto de renta monetaria. La riqueza y el despilfarro, en el contexto de traslimitaci贸n ecol贸gica, son formas de acaparamiento inaceptables.

Ser谩 necesario explicar el enorme trabajo de mantenimiento de la vida que realiza la naturaleza y la interdependencia de todos los seres vivos, incluidas las comunidades humanas. El concepto de ecodependencia habr谩 de estar en el centro de la comprensi贸n del mundo.

Recogiendo ense帽anzas de la econom铆a feminista, es clave releer el concepto de trabajo e introducir diferencias entre trabajo monetarizado y no monetarizado, productivo y reproductivo, trabajo 煤til y trabajo in煤til, trabajo para la sostenibilidad y trabajo contra ella. Hay que visibilizar el papel de las mujeres y su contribuci贸n a la cultura, a la historia y al mantenimiento de la vida y denunciar el sometimiento y las violencias que se ejercen sobre ellas. Una relectura de la sostenibilidad con enfoque de g茅nero podr铆a resultar muy reveladora y ayudar a la revisi贸n de valores dominantes insostenibles.

Tambi茅n es clave reconocernos como seres interdependientes y denunciar la irresponsabilidad que supone desentenderse de los trabajos de cuidados y los enormes desequilibrios sociales que esto genera. Respetar y valorar la diversidad en las formas de ser, hacer, querer, y relacionarse, reconociendo la diversidad como una de las claves de la supervivencia de los ecosistemas y de la riqueza de los grupos humanos.

Urge relacionar el concepto de salud individual con el de salud colectiva y de los ecosistemas. La covid y sus ense帽anzas de c贸mo nos afectan las zoonosis (infecciones que pasan de animales a humanos por destruirse las barreras ecosist茅micas) es buen ejemplo de ello.

Necesitamos relacionar el deterioro ecol贸gico con el crecimiento econ贸mico. Nombrar al desarrollo como destrucci贸n y poner las bases de la riqueza de la vida en el territorio y su capacidad para mantener la vida, y no en los indicadores monetarios que tanta distorsi贸n producen. Para conocer c贸mo funciona el mundo es necesario visualizar el poder de las empresas trasnacionales en la transformaci贸n del territorio, de las sociedades, de las pol铆ticas, de las leyes, de la cultura misma y su contribuci贸n a la insostenibilidad.

Habr谩 que estudiar una historia del territorio local y global que muestre las transformaciones f铆sicas y biol贸gicas, sus causas y sus consecuencias. Las relaciones coloniales han de entenderse como procesos de dominaci贸n en los que existe una transferencia de la periferia al centro de materiales ricos 鈥揹esde el punto de vista org谩nico鈥 y de fuerza de trabajo. En la direcci贸n contraria, una transferencia de residuos y entrop铆a que se refleja en la degradaci贸n de los territorios.

Un curr铆culo para la sostenibilidad tendr谩 que incorporar las ense帽anzas de la econom铆a ecol贸gica: la producci贸n de la naturaleza, el metabolismo de la sociedad industrial, los ciclos de materiales y de energ铆a, la distinci贸n entre producci贸n y extracci贸n, la monetarizaci贸n, el concepto de l铆mite. En definitiva, la relaci贸n entre econom铆a y ecolog铆a.

En necesario releer con las gafas de la sostenibilidad social y ambiental todas las pr谩cticas de nuestra cultura, como son las vinculadas a la alimentaci贸n, los usos de la tecnolog铆a o la movilidad.

Mostrar la diferencia entre los procedimientos de la agroecolog铆a y los de la agricultura y ganader铆a industriales. Reconocer las tecnolog铆as que favorecen la sostenibilidad y las que la impiden, las que concentran poder y las que lo distribuyen, las que crean dependencia y las que favorecen la autonom铆a, las que permiten la participaci贸n y las que la eliminan, las que crean equidad y las que la destruyen. Incorporar el concepto de principio de precauci贸n ante tecnolog铆as de efectos a煤n desconocidos. Frente al modelo de hipermovilidad motorizada basado en el consumo de combustibles f贸siles reivindicar el valor de la proximidad, del camino a pie o en bicicleta, que hemos experimentado en tiempos de confinamiento y que muchas escuelas conocen bien.

Todas las pr谩cticas de nuestra vida y las premisas de nuestra cultura tendr谩n que ser revisadas bajo el foco de la justicia ecosocial para visibilizar su inviabilidad y recuperar o inventar culturas sostenibles, conocer y ensayar alternativas, comprender y sumarse a luchas en el norte y en el sur.  Tambi茅n eso tendr谩 que ocurrir en las escuelas.

CSE: Centro Social Educativo

La educaci贸n est谩 obligada a mirar al futuro, pero ocurre en el presente. Y este nos coloca ante situaciones de emergencia social. 驴Qu茅 presente tiene construir la educaci贸n para cargarse de sentido y de credibilidad en este momento de la historia?

En un contexto de desestructuraci贸n social, de polarizaci贸n ideol贸gica y de pobreza creciente, es posible que las escuelas, que re煤nen cotidianamente a personas en un lugar f铆sico real, sean de los pocos espacios sociales no mercantilizados ni criminalizados que nos queden para mantener o reconstruir redes de ayuda mutua. Que devuelvan el sentido a ese viejo t茅rmino de comunidad educativa y puedan convertirse en un vivero de grupos humanos resilientes. Y esto no solo para los sectores de poblaci贸n m谩s concienciados o con m谩s recursos culturales. La universalidad de la educaci贸n hace posible que todos los grupos sociales acudan a la escuela y por eso es un recurso potencialmente pr贸ximo, cotidiano y universal para tejer red, para apoyarse en la resoluci贸n de necesidades y construir colectividad en un marco de justicia y sostenibilidad.

Las escuelas pueden cobrar un profundo sentido convirti茅ndose en una suerte de centros sociales

La educaci贸n, a pesar de vertebrarse en torno al aprendizaje de ideas, inevitablemente se desarrolla en un medio f铆sico, una materialidad que no escapa a las reglas de la ecodependencia y la interdependencia. Ese medio f铆sico est谩 formado por infraestructuras, en las que se gestionan suministros de energ铆a, agua, alimentos o telecomunicaciones. Y esta gesti贸n puede hacerse desde el ahorro, la participaci贸n comunitaria, el principio de precauci贸n, el cuidado de la salud y la responsabilidad ecol贸gica. En ella podemos aprender a construir, a arreglar lo que se rompe y a organizar usos de recursos compartidos.

En momentos de desmoronamiento social, las escuelas pueden cobrar un profundo sentido convirti茅ndose, m谩s all谩 de esa cocina de aprendizajes necesarios para la sostenibilidad, en una suerte de centros sociales, espacios f铆sicos para la cultura y para la resistencia, donde grupos de personas, peque帽os y grandes, se encuentren tambi茅n para resolver colectivamente necesidades b谩sicas como la protecci贸n, el afecto, la alimentaci贸n o el abrigo. Quiz谩 ese lugar donde se gestiona un banco de alimentos o se organiza una acci贸n que planta cara a un desahucio o se da soporte a redes de intercambio y de econom铆a social; donde aprender a cultivar un huerto y a alimentar a los p谩jaros, a resolver conflictos y a reparar los da帽os, a enfrentar las violencias y a esperar a quien va m谩s despacio. Un lugar donde hacerse cargo colectiva y solidariamente de nuestra vulnerabilidad. Algunas de estas iniciativas han sido puestas en marcha por AMPAS, equipos de orientaci贸n, grupos de profesoras y equipos directivos comprometidos. En muchos casos enfrent谩ndose a normativas y directrices institucionales. Falta que se reconozcan, no como funciones extraordinarias, sino como actuaciones educativas esenciales.

A ese espacio f铆sico acudimos diariamente con nuestros cuerpos, esos cuerpos tambi茅n materiales y dependientes, que pueden sufrir cansancio, enfermedad, violencia o hambre. La escuela puede ser el espacio en el que se resuelva, por ejemplo, la necesidad cotidiana de comer sano. O el lugar donde se cuida la salud individual y colectiva. Tambi茅n puede ser ese espacio donde acudimos con nuestros miedos, nuestras diversidades, nuestras mochilas vitales y encontremos consuelo, aceptaci贸n, acogida y apoyo integral.

Si la cultura es el conjunto de saberes y formas de hacer de una sociedad, la escuela, en tiempos crisis, puede ser ese nido donde se alimenta y se practica una cultura que haga posible la supervivencia comunitaria en condiciones de justicia ecosocial. 驴Para qu茅 queremos una escuela si no nos da de vivir?

Marta Pascual es profesora de Intervenci贸n Sociocomunitaria, activista de Ecologistas en Acci贸n y de Feministas por el Clima

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Fuente: Vientosur.info