October 14, 2022
De parte de Nodo50
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Cuando era peque帽a sol铆a ir muy a menudo a Francia. Recuerdo que la diferencia entre el paisaje, urbano y rural, del pa铆s vecino, y el nuestro fue uno de mis primeros aprendizajes, porque mi padre siempre me lo hac铆a notar. Y eso que Euskadi, con todo y con pueblos terribles, conserva mucha belleza. Pero no hab铆a manera de escapar a la comparaci贸n cuando ve铆as el litoral mediterr谩neo destrozado y el litoral franc茅s, conservado.

Cuando ve铆as pueblos castellanos convertidos en exposiciones de arquitectura basura. En Francia es f谩cil ver c贸mo se construye teniendo en cuenta el paisaje, las edificaciones anteriores, el clima…y como tambi茅n se tiene en cuenta el derecho de la gente a vivir en un entorno que no sea horrible. En Espa帽a, con el tiempo y la costumbre, la ciudadan铆a no es consciente del derecho a poder disfrutar de un paisaje hermoso, del paisaje de la infancia, de las consecuencias que tiene vivir en medio de la inmensa e inenarrable fealdad de muchas de nuestras ciudades, de lo que significa la conservaci贸n del paisaje emocional y de que la conservaci贸n del mismo es un derecho democr谩tico, aunque apenas tenga presencia en el debate p煤blico. Con el tiempo viaj茅 m谩s all谩 de Francia y comprob茅 que si Francia es mod茅lica en cuanto a conservaci贸n del paisaje y la arquitectura, la mayor铆a de los pa铆ses europeos nos pueden tambi茅n dar lecciones. Cualquiera que haya viajado por Europa habr谩 visto multitud de preciosas ciudades, peque帽as o medianas, conservadas y transformadas hoy en espacios a la medida de sus habitantes, peatonalizadas, limpias, recorridas por tranv铆as. Y como soy aficionada al ciclismo, una de las cosas que m谩s me gusta de la retransmisi贸n del tour de Francia son los planos a茅reos que siguen al pelot贸n y que nos permiten ver esos pueblos y ciudades homog茅neas en color, en tama帽o de los edificios, construidas a orillas de un r铆o que sigue siendo un r铆o o cruzadas por carreteras que transcurren se帽aladas por l铆neas de hermosos 谩rboles. Todo esto lo he encontrado en el libro Espa帽a fea, de Andr茅s Rubio, que me ha impactado porque me ha permitido descubrir de una manera ordenada y documentada mucho de lo que me dec铆a a m铆 misma, de lo que me preocupa y de lo que me hubiera gustado que les preocupara a los partidos pol铆ticos.

Rubio relaciona perfectamente la destrucci贸n de Espa帽a con lo que supuso la victoria franquista en la guerra civil, entre otras cosas una manera de aplicar al territorio un capitalismo violento y corrupto; una manera de imponer la aculturaci贸n como arma para impedir cualquier reivindicaci贸n ciudadana respecto al territorio entendido de manera pol铆tica. El franquismo impuso la mediocridad en toda su amplitud y la llegada de la democracia no nos permiti贸 tampoco entender que la calidad de la vida no son solo servicios, sino tambi茅n que el paisaje que nos rodea, el paisaje urbano y natural, es profundamente pol铆tico. Bajo el franquismo no existi贸 planificaci贸n alguna del territorio, ni respeto. Todo lo existente fue considerado posible objeto de rapi帽a y la consecuencia fue el caos urbano y paisaj铆stico; un caos que a menudo degener贸 en un infierno. Las mayores fortunas se hicieron destruyendo nuestro patrimonio. El bien com煤n, referido al paisaje, despareci贸. Franco destruy贸 en Espa帽a no s贸lo las libertades, sino el pa铆s entero con su absoluta indiferencia, cuando no sospecha, hacia la cultura y el arte y la aplicaci贸n de estos a lo urbano y a lo natural. Madrid se convirti贸 en un centro rodeado de fe铆smo, y las ciudades que la rodean son hoy monstruos de fealdad. Que haya alcaldes mejores o peores no nos exime de que la falta de normativa estatal respecto a la arquitectura y conservaci贸n del territorio hace que cuando llega un alcalde terrible, como Jos茅 Luis Mart铆nez Almeida, tenga las manos libres para profundizar en la destrucci贸n y en el cemento a costa de cualquier 谩rbol que considere fuera de sitio.

El libro de Rubio sostiene que la conversi贸n de nuestro pa铆s en una sima de la fealdad es uno de los grandes fracasos de la democracia. La mentalidad y las pol铆ticas mencionadas nacieron con el franquismo, pero, desgraciadamente, se convirtieron en signo de progreso con los socialistas. La destrucci贸n urban铆stica, a falta de frenos, se convirti贸 en la base de la especulaci贸n y en una de las grandes fuentes de la corrupci贸n que hemos padecido desde entonces; en una fuente de hacer dinero para unos pocos, legal e ilegalmente. Los sucesivos gobernantes, sin importar el partido pol铆tico y con pocas excepciones, consiguieron que en lugar de entronizar la cultura y el respeto por el paisaje, se entronizara la barbarie urban铆stica y la idea de que m谩s construcci贸n significa mayor riqueza. Nos convertimos en un pa铆s de nuevos ricos que consider贸 que 鈥渁licatado hasta el techo鈥 val铆a lo mismo para un portal que para un palacio renacentista y lo alicatamos todo en una enso帽aci贸n paleta y cutre que identificaba lo nuevo con lo mejor. Y eso inclu铆a no s贸lo lo urban铆stico, sino tambi茅n las comunicaciones terrestres, que llenaron el pa铆s de autopistas innecesarias y de v铆as f茅rreas de alta velocidad que han acabado con el tren convencional que vertebra el territorio. El resultado es un pa铆s feo, desestructurado, despoblado y contaminado. La violencia que en Espa帽a sufrimos respecto a lo que nos rodea est谩 relacionada con nuestra tolerancia a la corrupci贸n y tambi茅n con modos de vida insatisfactorios. Muchas de nuestras ciudades nos violentan y nos intranquilizan, nos producen desasosiego e infelicidad. No es lo mismo vivir en una ciudad cuyos gobernantes respetan la historia, el paisaje, la perspectiva, la cultura y la vida que en otra en la que s贸lo se respeta la rapi帽a, el coche y los negocios y en la que el ruido, la destrucci贸n, la contaminaci贸n y la fealdad nos rodean desde que ponemos un pie en la calle, y aun dentro de casa.

El paisaje, lo que respiramos, o铆mos, el lugar por el que encaminamos nuestros pasos, el parque al que llevamos a nuestras hijas a jugar, lo que vemos por nuestras ventanas o cuando vamos en el coche, tiene la capacidad para hacernos m谩s felices; para hacernos sentir integrados en un tiempo y en un espacio, para intensificar o debilitar nuestro sentido de pertenencia a un lugar o a una comunidad, y as铆 no vernos o sentirnos como entes aislados sumergidos en un magma sin sentido. Supongo que a estas alturas al sistema le interesa mucho m谩s lo segundo que lo primero. Pero siempre estamos a tiempo de revertir el horror y hacer nuestras vidas m谩s vivibles. Recomiendo vivamente leer este libro porque es de esos que contribuyen a descubrir lo oculto.




Fuente: Elobrero.es