September 1, 2021
De parte de Grup Antimilitarista Tortuga
231 puntos de vista

España y las guerras del norte de África. El desastre de Annual (1)

En las «guerras de Marruecos» la Iglesia Católica alentaba a los soldados a no volver sin dejar destruido el islamismo, arrasadas las mezquitas y clavada la cruz en todos los alcaceres.

En estos días se cumple el centenario del desastre de Annual. Los hechos ocurrieron entre los días 22 de julio y 9 de agosto de 1921, en el llamado Azud de Annual, próximo a la bahía de Alhucemas, en un valle rodeado de montañas, donde un único camino lo enlazaba con Melilla. En esa posición se habían situado la mayoría de las tropas españolas, a las órdenes del General Fernández Silvestre.

El número de soldados muertos en esta batalla es muy difícil de calcular. El Congreso de los Diputados en época próxima a los hechos y partiendo de los informes oficiales lo cifró en 13.500, ignorándose el número de rifeños fallecidos.


«Soldados españoles muertos en el Desastre de Annual». Fuente: La Razón, 25.07.21

La distancia de ese enclave con Melilla es de aproximadamente 90 kilómetros.

Al ser considerada como la derrota más cruenta sufrida en las guerras coloniales, es también el hecho más conocido, pero antes de analizarlo con más detalle debemos señalar que se produjo en el contexto de la considerada como cuarta guerra de Marruecos, por lo que se consignarán unos breves antecedentes.

Ciñéndonos a los siglos XIX y XX, se identifican fundamentalmente las siguientes «guerras de Marruecos» libradas por España en aquellos territorios:

La primera guerra es la desarrollada entre 1859 y 1860, bajo el Reinado de Isabel II, declarada por motivos básicamente internos, fue protagonizada por el Jefe de Gobierno General O´Donnell, que pensó sería interesante un conflicto bélico para distraer a la población de los problemas del país y generar un clima de fervor patriótico, que efectivamente consiguió crear, desviando de paso mucho del fervor guerrero de los carlistas hacia aquella «aventura imperial».

Finalizó con el Tratado de Paz de Wad Rass, firmado en 1860, que permitió la ocupación supuestamente transitoria de Tetuán, el pago de indemnizaciones económicas por parte de Marruecos a España, y el aumento de las áreas geográficas de Ceuta y Melilla, así como diversos acuerdos de menor interés.

Su origen se sitúa en el contexto de las frecuentes escaramuzas que se sucedían en los alrededores de Ceuta y Melilla, cuando un grupo de marroquíes atacó, en 1859, un destacamento español cerca de aquella ciudad.

Sobre este asunto, Josep Fontana, en el tratado sobre «La época del liberalismo», volumen sexto de la Historia de España dirigida por él mismo y Ramón Villares, señala recogiendo las opiniones de la época, que: «para acabar con las intrigas cortesanas… inventó la guerra de África, guerra injusta porque los infelices moros daban todas cuantas satisfacciones pedíamos, incluso ahorcar a los pobres diablos que habían sido la causa del conflicto, pero era preciso distraer a la corte ultramontana con la guerra contra los infieles, que por su atraso y pobreza se les vencía con facilidad, y de este modo la gloria militar haría fuerte al gobierno y mataba las intrigas cortesanas… vio también la oportunidad de mejorar la imagen de España en el exterior y beneficiarse él mismo del clima patriótico que los sucesos de Ceuta generaron en la sociedad española».

Recordemos que en 1855 se había producido un alzamiento carlista, tras las dos primeras guerras ocurridas a lo largo del siglo XIX. En Cataluña fue donde tuvo mayor eco esta intentona, y se levantaron numerosas partidas. Todavía en 1860, el general Ortega, capitán general de Baleares, realizó un pronunciamiento con el que pretendía nombrar rey de España al pretendiente Carlos VI. En este contexto se produjeron las decisiones de O´Donnell.

En Cataluña y el País Vasco se organizaron centros de reclutamiento voluntario para acudir al frente, donde se inscribieron muchos carlistas, procedentes también de Navarra, impulsados por la Iglesia Católica que alentó a los soldados a «no volver sin dejar destruido el islamismo, arrasadas las mezquitas y clavada la cruz en todos los alcaceres», según nos recuerda el historiador antes citado.

A pesar de la facilidad con que se presentó la contienda bélica, y el considerable despliegue militar efectuado, pues partieron unos 45 mil hombres desde Algeciras, murieron cuatro mil, la mayoría víctimas del cólera y otras enfermedades.

Vencieron a las tropas marroquíes en Castillejos y Tetuán, y finalmente ocuparon el puerto de Tánger. Se ignora el número de marroquíes fallecidos.

La segunda guerra, conocida como guerra de Margallo, que efectivamente era bisabuelo de García Margallo, el que fuera ministro de asuntos exteriores de M. Rajoy. Se desencadenó durante los años 1893 y 1894, cuando este general era gobernador militar de Melilla, y provocó a los rifeños con el inicio de la construcción de unas fortificaciones próximas a la tumba de una persona considerada santa por las tribus circundantes. Los nativos atacaron Melilla en una confrontación que alcanzó ciertos caracteres de guerra santa. Tras la respuesta bélica española, cuya artillería destruyó una mezquita, llegaron voluntarios de todo Marruecos a ayudar a los habitantes norteafricanos, lo que acabó convirtiendo aquel incidente en un serio conflicto que exigió un considerable esfuerzo español para controlarlo, con envío de tropas desde la península. Con apoyo naval se bombardeó sin tregua las aldeas bereberes, generando graves daños tanto a la población norteafricana como española. El propio Margallo murió durante la contienda, en circunstancias no bien aclaradas. La cantidad de muertos y heridos que provocó el disparate de Margallo fue enorme, hasta el punto de que esta guerra ha pasado a conocerse con el nombre de su causante.

Abordamos la llamada tercera guerra con los antecedentes de los Tratados de Tetuán 1860, Madrid 1880, Algeciras 1906 y, finalmente, por el de Fez de 1912. Mediante este acuerdo el Sultán Abd al-Hafid de Marruecos cedió la soberanía de su país a Francia, y acabó recibiendo España la administración sobre una serie de territorios del norte del actual Marruecos separados entre sí por la bahía de Alhucemas.

En 1907, la Compañía Española de las Minas del Rif, adquirió una concesión para explotar las minas de hierro y plomo del monte Uixan, y recibió un permiso para construir una línea de ferrocarril que las conectara con Melilla. Los principales accionistas de la misma resultaron ser, finalmente, el conde de Romanones, y los oligarcas marqués de Comillas y familia Güell, a la que se fueron añadiendo muchos de los más destacados financieros del país, con la más que vehemente sospecha de la participación en el negocio de Alfonso XIII.

La situación del Rif era extremadamente peculiar, apenas sometida a la autoridad del Sultán de Marruecos, con el que mantenían los cabileños frecuentes conflictos y que no controlaba este territorio de manera efectiva.

Se delimitaron los llamados Protectorados español y francés, y como antes indicábamos, se adjudicó la zona Norte de Marruecos a España, y la del sur a Francia, desencadenándose en los dominios hispanos la resistencia de los rifeños que duraría años, ocurriendo entre ellos el conocido como desastre de Annual.

El protectorado español era una suerte de subprotectorado delegado por Francia, que dominaba el sultanato de Marruecos en su conjunto.

En 1908 se produjeron acciones de hostigamiento rifeño hacia las actividades mineras y de construcción del ferrocarril, lo que motivó la orden del gobierno de Maura de movilizar varias brigadas para conducirlas a Marruecos, una de ellas de reservistas de Cataluña, compuesta en su mayoría por hombres de cierta edad, casados y con familias que mantener. En este contexto se producen los graves sucesos de la Semana Trágica, con el desencadenamiento de una huelga general especialmente amplia en Barcelona, entre el 26 de julio y el 1 de agosto de 1909, decretándose el estado de guerra, y ocurriendo toda una serie de trascendentales hechos que no podemos relatar detalladamente aquí, entre ellos, el fusilamiento en octubre de Francisco Ferrer Guardia, acusado en falso de ser el instigador de las revueltas.

Sucesos que se producen en el marco de una brutal represión organizada por el gobierno maurista que conllevó la muerte violenta de 78 personas, 500 heridos, la detención arbitraria de varios miles más, clausura de los sindicatos, cierre de las escuelas laicas (aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid), muchas penas de prisión perpetua y destierro, y cinco reos de pena de muerte a Josep Miquel Baró, Antonio Malet, Clemente García y Eugenio del Hoyo, así como el citado Francisco Ferrer i Guardia. Todo ocurre en un periodo inserto en la etapa «democrática» posterior a la Restauración.

Los inicios de la actividad de la Compañía Española de las Minas del Rif no podían ser peores, explotando recursos ajenos, desencadenando el hostigamiento de las poblaciones locales que se consideraban perjudicadas con esta producción extractiva , y provocando finalmente que fuera el ejército español el que tuviera que adoptar las más extraordinarias medidas para proteger aquella actuación colonialista y de rapiña, con las gravísimas consecuencias de todo tipo que conocemos, y la oposición de gran parte de la población española, sobre todo la trabajadora.

«Durante meses la prensa mundial tuvo un motivo permanente de atención por las cosas de España, casi siempre para transmitir de ella una imagen de país atrasado y bárbaro dominado por una Inquisición religiosa y una monarquía retrógrada…», produciéndose gran cantidad de movilizaciones de protesta contra la represión de aquella semana trágica, en diversas ciudades europeas, según nos recuerdan los historiadores Javier Tusell y Genoveva Garcia. Se detuvo a Pablo Iglesias y la cúpula de la UGT.

Como consecuencia del recrudecimiento del conflicto en el RIF, por parte del estamento oficial se intentó minimizar la imagen de la situación, presentándola como simplemente acreedora de una serie de actuaciones más de tipo policial que bélico. Es de extraordinaria significación, e ilumina sobre los acontecimientos posteriores, que el Gobernador General José Marina Vega, saltándose las órdenes del Gobierno, fue incrementando la escalada, bajo pretexto de asegurar las fortificaciones próximas a Melilla, con total seguridad por orden del Rey, único que podía amparar aquella indisciplina. Los acontecimientos se aceleran y acaban provocando el desastre del Barranco del Lobo, preludio del de Annual, ocurrido en 27 de julio de 1909, en que murieron 153 militares y 599 resultaron heridos, en lo que fue considerado como una de las más sangrientas derrotas sufridas por el ejército español en las guerras coloniales hasta aquella fecha, pese a la ocupación del macizo del monte Gurugú. Mientras, la población nativa sufría continuos bombardeos y ataques de artillería y fueron enormes las bajas de guerrilleros rifeños.

Finalmente, los refuerzos españoles y la superioridad de armamento consiguieron apaciguar la situación, nunca totalmente controlada, hasta el siguiente y posterior gravísimo conflicto.

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España y las guerras del norte de África. El desastre de Annual (2)

El Informe Picasso reveló el caos en toda su crudeza y no escatimó detalles sobre las corruptelas del ejército, concluyendo que habían sido las principales causantes de la debacle, junto con los errores estratégicos del mando.

La cuarta guerra, de 1911 a 1927, con el desastre de Annual y el desembarco de Alhucemas.

Hasta 1914 hubo una relativa pacificación en la zona, intervalo de tiempo que continuó aproximadamente hasta 1919 como consecuencia del estallido de la primera guerra mundial.

Por Decreto de 30 de enero de 1920, se procedió por el gobierno a nombrar al general Manuel Fernández Silvestre para el mando de la Comandancia General de Melilla.

Pertenecía a la camarilla del Rey Alfonso XIII, del que era íntimo amigo, y considerado como su general favorito.

Desde antes de su nombramiento ya había efectuado diversas manifestaciones sobre su intención de conquistar el conjunto de los territorios de la bahía de Alhucemas.

Tras la muerte del Presidente del Gobierno, Eduardo Dato, el rey encomienda la formación del nuevo al conservador Manuel Allendesalazar, y el mismo día de su jura, Silvestre ocupa la playa de Sidi Driss, el día 12 de marzo de 1921, pasando a adentrarse desde allí en el territorio de la cabila de Tensaman, de manera gravemente imprudente, ocupando el aduar de Annual, donde estableció el campamento.

Para entonces ya se había producido la insurrección de las tribus de BeniTonzina, y de la principal cabila rifeña, la de los Beni Urriaguel, en el contexto de la insurrección anticolonial encabezada por Muhammad El Karim El Jatabbi, (Abd el Krim), artífice de esta lucha, y personaje de enorme relevancia, que había trabajado previamente para la administración española como intérprete de la Oficina de Asuntos Indígenas, además de como periodista y juez local.

Existe muchísima bibliografía sobre aquel desastre, del que ahora se cumplen cien años, desde el libro de Manuel Leguineche, «Annual, el desastre de España en el Rif», de 1996 y el actualísimo del recientemente fallecido Jorge Martínez Reverte, «El vuelo de los buitres», por referirme a dos de los más conocidos, de entre decenas de ellos. Además, el segundo tomo de la novela «La Forja de un Rebelde» de Arturo Barea, la obra «Imán», de Ramón J. Sender, y el denominado Informe Picasso, efectuado por un grupo oficial de investigación, encabezado por el general Juan Picasso, (tío por cierto del pintor), iniciado en agosto de 1921 y que se presentó ante el Consejo Supremo de Guerra en julio de 1922, calificando como temeraria la actuación del general Silvestre, y de negligente la de los generales Berenguer y Navarro y desgranando crudamente gran parte de las corruptelas que habían provocado la tragedia. No pudieron concluirse los trabajos por el golpe de estado del general Primo de Rivera un año más tarde, que dio carpetazo al asunto.

En el Informe Picasso se traza un detallado análisis de la serie de errores cometidos por Silvestre, su imprudente penetración, alargando las líneas de suministros excesivamente, y ocupando una posición, la del valle, desde la que podían ser atacados desde todas las direcciones, sin conectar los destacamentos dispersos dejados a lo largo del camino, y en fin, todas las equivocadas decisiones estratégicas que ante el empuje rifeño desencadenaron una estampida desordenada, origen de la terrible matanza.

Contra todos los pronósticos pesimistas sobre la realización de su trabajo, el general Picasso lo ejecutó con seriedad e imparcialidad, poniendo de manifiesto, en la medida en que le fue posible, las gravísimas deficiencias de todo tipo que provocaron el desastre, en el que murieron unos trece mil quinientos soldados españoles.


“Recogida de cadáveres tras el desastre de Annual”. Fuente: ABC, 17.04.2017

Dicho informe detalló una sucesión de muestras de incompetencia militar, cobardía, desorganización. Reveló el caos en toda su crudeza y no escatimó detalles sobre las corruptelas del ejército, concluyendo que habían sido las principales causantes de la debacle, junto con los errores estratégicos del mando.

Decía, entre otras cosas: «En resumen, hemos sido, como de costumbre, víctimas de nuestra falta de preparación, de nuestro afán de improvisarlo todo y no prever nada, y nuestro exceso de confianza y todo ello constituye, a juicio del declarante, una grave responsabilidad frente al país que tiene derecho a exigir a todos; porque si es cierto que las autoridades e incluso ex ministros han visitado el territorio y encontrado todo perfectamente, y que el Mando ha felicitado por los resultados alcanzados, que después se desplomaron como un castillo de naipes, no lo es menos, por desgracia, que la oficialidad en su misión de preparar el instrumento que ha de usarse para combatir, ha olvidado que por medios que podrán tener excusas, pero que eran graves, obtuvo ventajas materiales, prometió solemnemente dedicar todos sus esfuerzos, en primer término, a mejorar la situación del soldado, y la capacidad del Ejército, y ha dejado incumplida esta promesa, en perjuicio de la Patria, que necesita un ejército que triunfe, preparándose en los periodos de paz…»

Toda la bibliografía abunda en la enorme corrupción que rodeaba el desenvolvimiento del ejército español en África, cómo se escamoteaba desde la comida hasta los medicamentos, que se revendían a las farmacias en el mercado negro (testimonios recogidos por Leguineche al respecto, en el libro citado), así como de los materiales para la guerra, la utilización de los soldados para trabajos particulares; el generalmente pésimo estado del armamento, y no digamos la total carencia de instrucción de los reclutas, que eran enviados a la guerra careciendo de los más básicos conocimientos militares; la imprevisión sobre el curso de los acontecimientos, el menosprecio suicida de la capacidad bélica de los rifeños, que se alternaba en las épocas de reflujo con la atribución de cualidades sobrehumanas a los mismos…

Los impulsos del Rey a las graves imprudencias de Silvestre, fueron uno de los más claros desencadenantes del desastre.

La «pacificación» colonial se consiguió años después tras el éxito del desembarco operado por los ejércitos español y francés en la bahía de Alhucemas el 8 de septiembre de 1925, que finalmente derrotaron a las fuerzas de Abd el Krim, que se entregó al ejército francés huyendo de las más que seguras represalias del español, y fue deportado primero a las Islas Reunión y finalmente a Egipto, donde falleció en 1963.

Fue considerado como un héroe de la guerra anticolonial, entre otros, por el gran líder vietnamita Ho Chi Minh.

En este desembarco se utilizó contra las poblaciones rifeñas el bombardeo con gases tóxicos, prohibidos, siendo la primera vez que se lanzaban desde aviones.

También fue la primera vez en la historia que se condujeron y desembarcaron carros de combate en el curso de operaciones bélicas.

La población rifeña, pese a su resistencia, no pudo ya soportar el embate coordinado de los dos ejércitos europeos.

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España y las guerras del norte de África. El desastre de Annual (y 3)

El ejército español se dedicó a proteger las instalaciones de la Compañía Española de las Minas del Rif y el negocio de sus principales accionistas.

Las consecuencias del desastre de Annual fueron tan trascendentales, tanto para nuestro país, como para Marruecos, que forzosamente el esbozo que formularemos será muy reduccionista.

Quiero destacar en primer lugar, que la Compañía Española de las Minas del Rif siguió operando pese a los avatares de las muy diversas disputas militares. Al contrario que los desgraciados reclutas de Annual, ha tenido larga vida, protegida posteriormente por los gobiernos marroquíes y franquista. Se disolvió en 1984.

Según informa Manuel Gómez Acosta, en 31 de octubre de 2016, desde Crónica Global: «supuso un fabuloso negocio para sus accionistas, más de dos mil cien millones de pesetas, en forma de dividendos, entre 1907 y 1967… Romanones, Güell, Zubiría, Motrico, y el propio Monarca fueron los principales accionistas. Se calcula que entre 1909 y 1931, las guerras costaron cinco mil ochocientos millones de pesetas al erario público», señalando directamente que el ejército español se dedicaba a proteger las instalaciones de la Compañía y el negocio de sus principales accionistas.

Según el catedrático de Análisis Económico Aplicado, Pablo Díaz Morlán, oficialmente en la década de los años 20 del pasado siglo, los principales accionistas eran la familia Gandarias, la familia Zubiría, la familia Levison, la familia Mc Pherson, el Conde de Romanones, Manuel Portela Valladares, el barón de Güell, Clemente Fernández y los bancos de Vizcaya, Bilbao y Español de Crédito.

Cuestión muy a destacar del conflicto fue su enorme incidencia y relación con la política interna de España. La continua oposición popular, cuya manifestación más destacada, pero no la única, fue la expresada en la Semana Trágica de Barcelona, y la manifestada por medios de comunicación y muchos intelectuales, se vieron contrarrestadas por una serie de medidas adoptadas por los gobiernos sucesivos, que partían de la utilización del ejército para las labores represivas y el establecimiento de la censura. Como indica Jose Antonio del Valle, «el ejército fue durante la Restauración el más importante instrumento de represión con que contó el poder político».


La permanencia del conflicto colonial impulsaba el protagonismo militar, que cada vez socavaba más el poder civil. Así, la Ley de 23 de marzo de 1906, llamada de Jurisdicciones, incluyó de forma definitiva, hasta su derogación por parte de la II República, en el ámbito de la Jurisdicción Militar los «delitos» contra el ejército cometidos mediante la imprenta, así como los contrarios a la Patria. Se penaba las ofensas orales o escritas a la unidad de la Patria, la bandera y el honor del ejército. Para su enjuiciamiento se establecía un procedimiento sumario. Fue derogada el 17 de abril de 1931 por Manuel Azaña, ministro de la Guerra del Gobierno Provisional de la II República.

Cualquier crítica política podía verse incursa en este tipo de calificación, y su autor sometido a juicio sin las mínimas garantías, lo que convertía esta Ley en un formidable mecanismo de intimidación.

Llamada «Ley para la represión de los delitos contra la Patria y el Ejército», tenía como lejano antecedente la Ley de Imprenta, de 29 de junio de 1864[i], impulsada por Cánovas del Castillo.

La Ley de Jurisdicciones de 1906 se gestó tras asaltar un grupo de oficiales del ejército dos medios de comunicación de Barcelona, la revista satírica Cu Cut y el diario La Veu de Cataluña, por críticas que consideraban vulneraban el honor de la institución castrense.

Los asaltos quedaron impunes, los mandos militares respaldaron a sus ejecutores, y el Rey hizo lo mismo, obligando además al Gobierno a publicar la referida Ley.

La repercusión de estos abusos en Cataluña fue extraordinaria, gestándose la formación de la organización catalanista Solidaridad Nacional, que dio un fuerte impulso al movimiento nacionalista catalán.

Según el historiador Santos Juliá, «el gobierno cedió ante el Ejército por la presión del Rey, con lo que la militarización del orden público había dado con esta Ley un paso de gigante», dejándose al poder civil a los pies de los caballos, según el también historiador Borja de Riquer, al tolerarse la insubordinación de los militares de Barcelona.

Así que en esta época de la historia de España considerada «liberal», cualquier ciudadano podía ser encausado por la Jurisdicción Militar y juzgado en un proceso sumario, contemplándose gravísimas penas, por unas críticas que los militares consideraran les ofendían, afectaban a su honor, al de la Patria, a la bandera… y que se mantuvo contra viento y marea hasta su posterior derogación.

A esta grave hipoteca se unía, además, el asunto de la censura. Con harta frecuencia, los gobernantes de la Restauración la introducían, al albur de los acontecimientos políticos.

Romanones, siendo Presidente del Gobierno, decretó con motivo de la huelga ferroviaria de 1915 el Estado de Guerra, y de nuevo establecía la censura previa en 1917. Esta era la manera habitual de responder a las críticas y movilizaciones que se reprodujeron como consecuencia del desastre de Annual en el año 1921. Se reintrodujo dicha medida represiva el 25 de julio del mismo año hasta noviembre del 1922, permitiéndose solo emitir noticias oficiales en relación con los sucesos de Marruecos.

Los militares africanistas reclamaban su mantenimiento indefinido, escribiendo incluso el propio Millán Astray en el periódico La Libertad un artículo en este sentido, todo esto, no olvidemos, pese a la vigencia de la Ley de Jurisdicciones de 1906.

Todo ello fue avalando el camino que condujo al golpe de estado y a la dictadura de Primo de Rivera, que restableció la censura previa con carácter general.

El desastre de Annual es considerado pues como una de las principales causas del establecimiento de la dictadura de Primo de Rivera y de que finalmente cayera la monarquía de Alfonso XIII. La constatación de la serie de iniquidades que habían hecho posibles tales matanzas en este trágico episodio bélico, desencadenadas fundamentalmente por los errores y los abusos de unos mandos militares que habitualmente se saltaban incluso las ordenes regulares de sus propios jefes, impulsados y protegidos por el Rey y amplios sectores del poder político y financiero, acabaron arrastrando a la Monarquía alfonsina a su desaparición. Desde luego, entre otros factores, contribuyó también la cada vez mayor conciencia entre la población del objetivo de obtención de beneficios particulares que se ocultaban tras la retórica patriótica, el enorme despilfarro que provocaba la extensión de gastos militares, con un ejército sobredimensionado hasta extremos inconcebible -doscientos mil soldados sobre el terreno en algunos momentos del conflicto- y la corrupción generalizada que provocaba, comerciándose con las mercancías más necesarias para el mantenimiento de la salud de los propios soldados.

Se dice que no había pueblo en España sin algún paisano muerto en Annual.

Imposible no referirse al surgimiento, más bien a la condensación, en este contexto, del grupo de los llamados militares africanistas, con los Sanjurjo, Millán Astray, Goded, Varela, Franco, Mola, Yagüe, Saliquet y Alonso Vega a la cabeza, vinculados con la monarquía alfonsina y que acabarían iniciando también años después, en las plazas del norte de África, el golpe de estado que desencadenó la guerra civil, en la que se utilizaron similares métodos a los previamente ensayados en el Rif, y el establecimiento posterior de los 40 años de dictadura franquista.

En fin, no olvidemos que tras Annual, se creó en los territorios del norte del actual Marruecos, la «República del RIF», organizada por una serie de tribus confederadas y que duró hasta el 27 de mayo de 1926, independiente durante ese periodo también del Sultán de Marruecos.

Había surgido el 18 de septiembre de 1921, en un congreso general, en el que Abd el Krim rechazó tanto el colonialismo francés como el español, no aceptó ningún tipo de protectorado, y se fijó ese mismo día como el de la Independencia, solicitando la República del Rif su ingreso en la Sociedad de las Naciones.

El Consejo Nacional Rifeño celebró diversas reuniones, aprobando una constitución de 40 artículos con los que introdujo la formación de un gobierno moderno, que puso fin al menos teóricamente a las viejas estructuras tradicionales, introduciendo una administración representativa, con una serie de instituciones propias, como la hacienda, en un singular esfuerzo modernizador.

Todo ello quedó sin efecto tras la derrota subsiguiente al desembarco de Alhucemas.

Fue disuelta por la coalición franco-española el 27 de mayo de 1926, pese a lo cual los dirigentes rifeños se negaron a aceptar la soberanía del Sultán de Marruecos.

El gobierno del RIF abolió la llamada deuda de sangre, implantó tribunales de justicia, y creó cárceles, que nunca habían existido en la región, entre otras medidas tendentes a organizar un estado. Contaba con dos hospitales, no obstante lo cual tuvo que pedir ayuda a la Cruz Roja internacional, ante el elevado número de heridos y enfermos; creó nuevas escuelas y en fin, formó el embrión de un nueva situación que no tuvo tiempo de consolidarse.

En definitiva, los efectos de las Guerras de Marruecos, y muy en concreto, el desastre de Annual, trajeron trascendentales consecuencias para nuestro país.

[i] El artículo 3 disponía que: «Los que de palabra ó por escrito, por medio de la imprenta, grabado ú otro medio mecánico de publicación, en estampas, alegorías, caricaturas, emblemas o alusiones, injurien ú ofendan clara ó encubiertamente al Ejército ó á la Armada ó á instituciones, armas, clases ó Cuerpos determinados del mismo, serán castigados con la pena de prisión correccional. Y con la de arresto mayor con sus grados medio y máximo á prisión correccional en su grado mínimo, los que de palabra, por escrito, por la imprenta, el grabado ú otro medio de publicación instigaren directamente, á la insubordinación en institutos armados ó á apartarse de cumplimiento de sus deberes militares á personas que sirvan ó estén llamadas á servir en las fuerzas nacionales de tierra ó de mar.» El artículo 5º establecía: «De las causas á que se refiere el art. 3.° conocerán los Tribunales del fuero de Guerra y Marina.»

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Fuente: Grupotortuga.com