April 16, 2021
De parte de SAS Madrid
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Es la primera vez que, a sus 33 años, Amparo tiene que buscar ayuda para poder comer. Antes de la pandemia, era autónoma y tenía su propio negocio, un karaoke, que le permitía vivir y criar a su hijo de tres años a pesar de estar soltera. Pero el estallido de la crisis sanitaria y el inicio de las restricciones, le obligó a cerrar su local.

“Yo tengo cero ingresos al mes. Como con lo que me dan. De dónde saco yo lo necesario para que a mi hijo no le falte de nada”, lamenta. Sin dinero, vive con una mujer que los ha acogido en su casa. “Mi familia está igual que yo y no me pueden ayudar”, asegura.

A unos metros de ella, esperando su turno, está María Dolores. También es la primera vez que que necesita ayuda para llevar comida a casa. Con 57 años y un marido con una minusvalía, se ha pasado una vida limpiando casas para sacar a su familia adelante. “Desde que empezó el estado de alarma, los clientes dejaron de llamarme por miedo y nos quedamos con la pequeña pensión de mi marido como único ingreso”, explica. A pesar de las dificultades, nunca ha cobrado el paro, ni ha pedido una ayuda, sin embargo, ahora que la necesita asegura que le han denegado cualquier subsidio. “Como tengo piso propio y no pago alquiler rechazan mis solicitudes y me veo obligada a acudir aquí para poder comer”.

Los casos de Amparo y María Dolores solo son dos ejemplos de las más de 250 familias que han acudido este jueves a un nuevo reparto de comida organizado por la plataforma Esperanza Obrera, que ha ocupado un local en pleno centro de Valencia, en el corazón económico y comercial, para utilizarlo como banco de alimentos y refugio para personas que están sufriendo la crisis económica derivada de la pandemia. “Es un contraste muy fuerte, que nosotros estemos aquí en plena calle Colón, frente a las joyerías más caras de la ciudad, repartiendo alimentos a la gente trabajadora que se ha quedado sin empleo y no tiene ni para comer”, explica Fermín Turia, miembro de Esperanza Obrera.

De hecho, llama la atención, que como en otros repartos realizados por organizaciones como el Banco de Alimentos, ha cambiado el perfil de las personas que acuden a las llamadas “colas del hambre”. Junto a las personas mayores y a los inmigrantes, ahora cada vez se ven más españoles y también personas jóvenes que han perdido sus empleos.

Uno tras otro, aguardan pacientes para recibir unas bolsas blancas de plástico con alimentos no perecederos como arroz, pasta o galletas, además de algo de fruta y verdura. Mientras, en otra cola, se acumulan aquellos que tienen hijos pequeños para recoger potitos, leche infantil y pañales.

Una ayuda que supone un alivio para jóvenes como Yulaidy, que tiene que criar a su bebé de seis meses. Tanto ella como su pareja, han perdido el trabajo y se han visto obligados a dejar su piso en alquiler e instalarse junto a su padre y su madrastra, Lina, que también espera para recibir comida. “Si logras pagar el alquiler, te quedas sin dinero para la comida. Cualquier ayuda es buena porque no encontramos trabajo”, explica.

En poco más de una hora, el reparto ha finalizado. Ahora toca estirar los alimentos recibidos al máximo, porque para muchos es la única comida de la que van a disponer hasta la próxima convocatoria.

Enlace relacionado NiusDiario.es (15/04/2021).




Fuente: Sasmadrid.org