November 25, 2021
De parte de Nodo50
403 puntos de vista


Texto: Anna Gimeno

Fotografías: Elvira Megías

Esta historia fue publicada el 25 de noviembre de 2021.

La historia de Esperanza, asesinada en El Campello (Alicante) a los 87 años, es sobre todo una historia de grandes silencios que interpelan y suscitan importantes reflexiones sobre la violencia machista. El bloque de apartamentos en el que residió o veraneaba con su familia es hoy un complejo muy común en este pueblo de 26.000 habitantes, donde hubo dos asesinatos machistas previos y uno posterior, según indican las estadísticas oficiales desde que se inició el registro en 2003. Estamos ante una torre alta de pisos con una zona común con jardín, garaje y piscina privada para la comunidad, rodeada por una valla y una puerta que impide el acceso a no residentes. También allí, como es habitual en la zona de playa, un portero que conoce al vecindario se hace cargo de los asuntos comunitarios. 

Pese a estar empadronados en este municipio, el matrimonio que conformaban Esperanza e Hilario no es recordado por hacer vida social aquí. Sí eran conocidos y recordados en el recinto residencial, aunque, desde hacía unos años, ya solo iban en verano. Y aquí fue donde sucedieron los hechos, el 25 de agosto de 2014. Ella fue asesinada y su marido, Hilario, de 90 años, se suicidó, según determinó la investigación judicial.

Una de las imágenes más desconcertantes de este caso y que más interrogantes abre es la de su velatorio. Esperanza fue velada junto al cuerpo también sin vida de su presunto agresor –al suicidarse, no hubo juicio ni, por tanto, sentencia condenatoria–. ¿Qué ocurre para que una familia vele a su madre, abuela o tía, junto al hombre que presuntamente la asesinó? ¿Puede ser la negación una estrategia para sobrevivir al horror? Como explican diversas especialistas, disociar y apartar temporalmente lo sucedido puede ser un recurso para posibilitar seguir adelante, una respuesta adaptativa postraumática o una posición ideológica de no reconocer en los hechos el ejercicio de poder sobre las mujeres que llamamos violencia machista.

Siete años después, el alcalde de El Campello, Juan José Berenguer (PP), mantiene grabado en su memoria el crimen por cómo le impresionó, y recuerda especialmente la preocupación que sintió mientras se dirigía al tanatorio de San Juan de Alicante a dar el pésame. Tenía dudas sobre qué se encontraría allí, en una situación tan delicada: “La familia de Esperanza tenía la sensación de que el matrimonio había organizado su desenlace; lo asumieron de esa forma y los encontré serenos”, cuenta.

El alcalde de El Campello, Juan José Berenguer

El de Esperanza fue reconocido oficialmente como asesinato machista en apenas unas horas. La Subdelegación del Gobierno en Alicante comunicó que se trataba de un nuevo caso de violencia de género con suicidio del agresor y prácticamente todos los medios titularon de esa manera. Según recogió la prensa, la Administración confirmó, además, que la existencia de un acuerdo entre la pareja, de la que llegó a hablarse en el primer momento, y a la que apuntaba la familia, quedaba efectivamente descartada. Con todo, Esperanza fue velada con su presunto agresor.

Mitos sobre la violencia machista

Una de las personas que encontró al matrimonio en la vivienda donde sucedieron los hechos y atendió a los familiares en esos momentos de conmoción corrobora el recuerdo del alcalde. Su relato, que asegura compartir con la familia de la víctima, resulta ilustrativo de cómo todavía hoy, y siete años después del crimen, perviven algunos de los mitos más dañinos sobre la violencia machista. Este testimonio explica los hechos apelando a una enajenación transitoria del marido de Esperanza, o a un pacto de la pareja, y niega la existencia de violencia de género con dos argumentos: no haber presenciado discusiones llamativas en la pareja y descartar la posibilidad de que una mujer de avanzada edad pueda iniciar una nueva relación y, como consecuencia de ello, que su marido pueda sentir celos respecto a ella. 

El mito de los celos “sitúa la causa de la violencia machista en una percepción subjetiva, contribuye a negar o invisibilizar la violencia de género en edades avanzadas y a construir la explicación sobre la idea de un ‘asesino piadoso’, que justificaría al agresor”, considera la antropóloga social de la Universitat Miguel Hernández de Elx Purificación Heras. La negación de la violencia de género, añade Heras, puede ser una forma de gestión del duelo pero también “una construcción apoyada en las creencias patriarcales según la cual el asesino se erige en la autoridad que sabe lo que ella necesita, que decide por la víctima y actúa sin contar con ella”.

Una de las falacias más extendidas sobre este tipo de violencia es precisamente situar la causa en acciones que realiza la víctima, responsabilizándola, en lugar de en las creencias y el ánimo de control del agresor; así como olvidar que se trata de un ejercicio de dominio sobre las mujeres, que nada tiene que ver con la edad o el comportamiento de las víctimas y que incluso puede ser más terrible e invisible a mayor edad y más años de convivencia. 

Campaña del Ayuntamiento contra la violencia de género.

[/caption]Otra falacia que se pone de manifiesto es la de esperar que un agresor machista exhiba públicamente conductas de maltrato. La cultura patriarcal está normalizada y la violencia de género está inserta en esta normalidad.

La posibilidad de una muerte acordada previamente por la pareja ante una vejez avanzada también se descarta desde la práctica criminalística ya que en este tipo de casos se recurre a métodos menos dolorosos y violentos. Además, no hubo carta de despedida, ni siquiera una nota en la que ambos pudieran dejar testimonio de que se trataba de una decisión compartida.

Esperanza fue apuñalada y su cuerpo fue encontrado en su cama, vestida con su camisón, sobre un charco de sangre. Era una noche de agosto, pasadas las 23 horas. La pareja estaba sola en el apartamento, que sigue siendo un lugar de veraneo. Mientras la hija del matrimonio, que pasaba esos días con sus padres, había salido, ocurrieron los hechos. El cuerpo de él, Hilario, fue encontrado en una silla de la terraza, sin vida, con una herida mortal de arma blanca en el cuello. Junto a él, un cuchillo de cocina ensangrentado. Su hija ha preferido no hablar sobre el caso. La Guardia Civil calificó la muerte de Hilario de suicidio y así lo recoge también el registro oficial de casos de violencia de género. La instrucción en el juzgado número 7 de Alicante se archivó con esas consideraciones. 

Para Miguel Lorente, profesor de Medicina Legal en la Universidad de Granada, médico forense y experto en violencia de género, “en la construcción del homicidio como solución influyen factores de género, como las dificultades de los hombres para pedir ayuda en una situación de dependencia, la resistencia a mostrar vulnerabilidad o la pérdida de control sobre la mujer si han de trasladarse a una residencia; y suicidarse tras el feminicidio se presenta como una salida airosa a esa situación”.

Cuatro asesinatos machistas desde que hay registros

Esperanza fue la víctima número 38 del año 2014. También en El Campello, en 2007, fue asesinada una mujer de 33 años que dejó huérfano a un hijo menor de edad. Apenas seis meses antes del asesinato de Esperanza, fue asesinada Alicia, de 56 años y con tres hijos mayores. En 2014 hubo, pues, dos asesinatos machistas en este municipio, que engrosaron la lista de una de las provincias, Alicante, con mayor índice de feminicidios de España. Tres años después de Esperanza, en 2017, una mujer británica, de 79 años, Margaret Stenning, fue asesinada por su marido en la residencia en la que vivían en el mismo pueblo.

La misma semana en la que Esperanza fue asesinada también lo fueron otras dos mujeres en España, una en Barro (Pontevedra) y otra en l’Hospitalet de Llobregat (Barcelona), y además una tercera fue gravemente herida en Lugo hasta el punto de ingresar en la UCI. 

Responsable de la unidad de violencia de género en la Policía Local.

Muy pocas personas recuerdan hoy el caso de Esperanza en El Campello. El silencio de la familia y, sobre todo, el de Esperanza, de la que no consta que hubiera denunciado a su marido, nos suscita otra pregunta. ¿Pudo estar sufriendo esta mujer violencia durante años sin identificarlo como tal? ¿Qué habría necesitado para romper con esa situación? ¿En qué falló el sistema de protección? Si seguimos a Leonor Walker, la psicóloga estadounidense que documentó el ciclo de la violencia machista, esta violencia no se manifiesta solo en estallidos puntuales sino que sigue un recorrido largo y circular en el que se desarrolla un proceso de dominación y anulación del que resulta muy difícil salir sin ayuda. Lo más habitual, cuando se produce una agresión física o un feminicidio es que el proceso haya comenzado mucho antes.

Precisamente “la larga trayectoria de violencia es una de las características definitorias de la violencia de género en las mujeres mayores”, según el Estudio sobre las mujeres mayores de 65 años víctimas de violencia de género, elaborado por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género. Este documento muestra que “de las mujeres mayores víctimas de violencia encuestadas, el 40% llevaba 40 años y más sufriendo violencia; y el 27%, entre 20 y 30 años”. 

El documento concluye que las mujeres mayores víctimas de violencia recurren en menor medida a servicios de ayuda o a contar su situación a personas del entorno. La violencia de género hacia mujeres mayores, por lo general, es perpetrada por la pareja con la que han convivido durante décadas y, por tanto, experimentan una violencia que ha pasado a formar parte de sus vidas, lo que hace que muchas no la consideren como tal. La invisibilidad de este tipo de violencia aparece también por una falta de autorreconocimiento como víctimas, destaca el estudio de la Delegación de Gobierno. 

Una mujer camina hacia la playa.

Además, son más vulnerables desde el punto de vista económico y se han socializado para minimizar su propia identidad, necesidades y deseos. Esta diferencia en la socialización dificulta que las mujeres mayores agredidas por su pareja consideren la separación o el divorcio como una alternativa y facilita la aceptación del maltrato como una parte de la relación.

Esperanza, con 87 años, estaba delicada del corazón y tenía dificultades para caminar. A Hilario, de 90 años, le habían practicado una traqueotomía a causa de un cáncer y su salud también era muy delicada. Aunque eran de Zaragoza, residieron (y estuvieron empadronados) en El Campello durante muchos años hasta que se trasladaron a una residencia en Francia. Regresaban a El Campello solo en verano, de vacaciones. Esperanza se había dedicado toda su vida a cuidar de su familia, incluido su presunto asesino. 

Entonces, en El Campello existía un tejido social con conciencia feminista que había dado lugar a la creación de la asociación Amudeca. Siete años después, hay dos asociaciones feministas más. 




Fuente: Portodas.lamarea.com