May 23, 2021
De parte de ANRed
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La escritora Espido Freire desmitifica y recorre todos los problemas a los que sigue enfrentándose: “Hay quien aún no me ha perdonado que ganara el Planeta”. Por El Salto


Espido Freire (Bilbao, 1974) vive de lo que escribe. Y también lee, lee mucho. Se encuentra en un ahora perpetuo, entre las páginas de Una habitación propia, reeditado con Elena Medel e ilustraciones de Sara Morante. Admite, eso sí, que vuelve constantemente a los clásicos que ya leyó de joven y que ahora entiende mejor. De su infancia en Laudio (Araba) le quedan “muchos recuerdos dulces” (la Biblioteca Municipal, el monte y los “mil pequeños hábitos que se añoran”) y un leísmo imposible de enmendar. Escribió Melocotones helados y le valió un Premio Planeta en 1999, con 25 años. La mujer más joven en conseguirlo. Más de 20 años después cuenta con 38 títulos en su haber: ensayo, novela, literatura infantil e incluso poesía. Actualmente dirige el Máster en Creación Literaria en la Universidad Internacional de Valencia (UVI).

Casi el 80% de los escritores en España no supera los mil euros anuales por derechos de autor, según un informe de la Asociación Colegial de Escritores de España. ¿Se puede vivir de escribir?Yo llevo viviendo de ello desde 1998. Se puede, pero no es ni lo habitual, ni sobre todo suele serlo a una edad tan temprana, ni resulta sencillo mantenerlo en el tiempo. Lo habitual suele ser padecer oscilaciones económicas según la publicación o no de una novedad o éxito. O lograrlo tras años de consolidación. Tampoco nos olvidemos de la clase social, muchas veces acomodada, de la que parten algunos escritores. El ocio o el tiempo que requiere la carrera literaria es un bien preciadísimo, y no siempre accesible.

Hablas de la edad temprana y la escritura. Ganaste el Planeta con 25 años. ¿Qué significó entonces, en un contexto tan difícil para las mujeres jóvenes? Has podido formar parte del imaginario y de las referencias para muchas mujeres que se ponían a escribir.Para mí, simbólicamente, como indicas, no supuso nada. Sé que para muchas personas sí, y de hecho recuerdan muy vivamente ese momento. Para mí tuvo consecuencias prácticas muy favorables. Era mi vida, no una abstracción: tuve mucho trabajo, una potente inyección económica, muchas oportunidades, la posibilidad de publicar en varios géneros diferentes, y una enorme visibilidad. También fue el momento de lidiar con críticas feroces  extraliterarias —hay quien aún no me ha perdonado que ganara el Planeta—, de tomar decisiones adecuadas y de mantener la cabeza en su sitio. Mi balance es muy positivo y me temo que bastante desmitificador.

Hemos pasado de la idea (falsa) de la inexistencia de mujeres en la literatura porque no son buenas a que todas son buenas porque venden. ¿Ha habido en el mundo cultural un silencio premeditado porque se estaban poniendo en evidencia las costuras? ¿A qué responde este boom de titulares casposos con adjetivos como “joven” y explicaciones que hacen referencia a otros hombres?Creo que casi todo lo que mencionas se explica por la falta de interés de los lectores varones, incluidos críticos o referentes literarios, por leer a mujeres [sus obras]. No las conocen, no las valoran, no las estudian. Por lo tanto, continúa imperando el tópico o el prejuicio. La literatura tiene la suerte de que potencia voces individuales, y eso conlleva que, a veces, en un intento de clasificarlas, se añadan distintas etiquetas, algunas más adecuadas que otras. De ahí la importancia de que el autor, o la autora, encuentre canales diferentes para expresarse al margen de lo dicho por otros.

El volumen de venta de libros en España e Hispanoamérica y los hábitos de lectura no permiten que muchas autoras se dediquen exclusivamente a escribir y al entorno literario

Se ha reeditado Una habitación propia, de Virginia Woolf. Las problemáticas de la autora han mutado, pero algunas siguen ahí. ¿Es mala noticia que Woolf siga en vigor hoy en día?Es una pregunta, o muchas preguntas, compleja. Es una mala noticia, desde luego. Pero insisto en que no existe ‘la escritora’. Cada una proviene de una realidad, con unas expectativas y resultados. No somos un colectivo sino un conjunto de individuos con una personalidad muy marcada. Lo que te cuente de mi caso no servirá de nada a la autora de ensayo especializado, a la poeta minoritaria o a la escritora exitosa de novela romántica.

Lo cierto es que el volumen de venta de libros en España e Hispanoamérica y los hábitos de lectura no permiten que muchas autoras se dediquen exclusivamente a escribir y al entorno literario. Y que vivimos una crisis económica salvaje que no sabemos cómo evolucionará tras la pandemia. A la inestabilidad general se añade el agravante de la fragilidad del tejido cultural. Y a eso, la amenaza constante a los derechos de autor y la volatilidad de las publicaciones. Frente a ello poco podemos hacer. Agrega como componente final la dificultad generalizada que, para muchas mujeres, supone una dedicación en exclusividad a un oficio en el que la conciliación ni se contempla. Cuando esto ocurre hay decisiones personales muy duras que pueden mejorar la situación de una manera individual. Y después, el machismo y la misoginia siguen mostrando una sorprendente resistencia: obviamente no ayuda. Por eso la reivindicación de la igualdad y la perspectiva de género resulta imprescindible en función de la conciencia de cada una y de su ideología, si la tiene.

Entonces, ¿se puede escribir, desarrollarte en el oficio de la escritura, tras una jornada laboral de ocho horas? ¿Se puede, en definitiva, escribir cansada?Nunca me he visto en esa situación. Sin duda sí, ya que muchos autores lo hacen. Para algunos resulta precisamente el consuelo de esa jornada laboral.

Tu ensayo Mileuristas: la generación de las mil emociones fue un acercamiento interesante al deseo y las preocupaciones de toda una generación. Está muy vigente. ¿Formaste parte de esa generación?En el libro definía la generación mileurista como una generación que compartía una características, no como la que ganaba menos de mil euros al mes como con posterioridad se impuso. Yo era, por lo tanto, miembro de esa generación, pero no me encontraba en ese margen de ingresos. Podía definirse claramente por expectativas, pasado, referentes y vivencias. Para mí eso define una generación. Dentro de ella pueden perfilarse infinitos grupos definidos por lo socioeconómico o por otros criterios.

Para muchas autoras, las largas promociones pactadas con las editoriales son una parte fea de la posproducción de la obra. ¿Sientes que la promoción es un privilegio o una explotación?Ninguna de las dos cosas: es una parte importante del oficio del escritor, que puede o no aceptarse. No hay ninguna obligación. Incluso si, como en los últimos tiempos, el contrato editorial incluye un punto que se refiere a la promoción por parte del autor, siempre se puede recurrir y negarse a firmarlo. En mi caso, me parece tan importante que siempre he colaborado todo lo posible en la campaña  de promoción.

Ahí entran congresos, coloquios y otro tipo de eventos.Los congresos y coloquios son un tema completamente aparte, en los que el autor decide si entrar o no en el mundo académico o de divulgación, que requiere habilidades o conocimientos específicos y que suelen estar remunerados. Nuevamente, depende de qué concepto tiene de sí mismo y de su carrera el escritor.

¿Y las redes sociales? ¿Herramienta positiva o negativa? El autobombo es cansado y, además, la exposición puede acarrear problemas personales.Las redes sociales son, a mi juicio, una herramienta extraordinariamente útil para el escritor, que permite un canal de comunicación directo entre el autor y su comunidad. Cuidado, esa comunidad no tiene por qué ser exclusiva o mayoritariamente de lectores. Puede interesar su figura, sus temas, otros contenidos que genere o guiarse por la fascinación por su figura. Hay una red social para cada gusto y cada punto fuerte.

No hay una correlación entre la red social y la obra literaria o el éxito literario, por más que se insista en ello

Eres, es cierto, una influencer. O como queramos llamarlo. Influyes con tus gustos, recomiendas lecturas y tu perfil es de escritora asentada y profesional. ¿Son así tus redes sociales?Las mías presentan un enfoque profesional, destaco en Instagram y Twitter, y me han permitido una libertad y sobre todo, un control sobre mi discurso mucho mayor que los medios convencionales. Se puede estar fuera, no es ningún privilegio sino una elección: las redes requieren estrategia de medios, contenidos de calidad y mucho tiempo. Muchos autores famosos, superventas o prestigiosos no cuentan con ninguna red social. Otros aspirantes a autores con un número envidiable de seguidores se autopublican o encuentran rechazo tras rechazo. No hay una correlación entre la red social y la obra literaria o el éxito literario, por más que se insista en ello.

Por otro lado, hay quien ha intentado crear una obra específica dentro de redes. Yo no confío mucho en ello, no al menos en este momento. Prefiero el uso de comunicación, promoción y divulgación, para lo que son imbatibles.

Pero, realmente, ¿por qué escribes?Es mi trabajo. Es mi vida. Es mi pasión.

¿Cómo afecta la falta de seguridad y estabilidad material o económica?Cuando se asume que en general es así, y que hay que generar tanto la estabilidad económica como la psicológica por una misma y a largo plazo, no hay ningún problema. Miles de autónomos viven así sin quejarse.

Tienes razón, podemos establecer esa comparativa. ¿Cómo puede estar atravesada una obra si la escritora quiere maternar, si se encarga de los cuidados de una persona dependiente, si debe atender a contextos familiares difíciles o si está inmersa en problemas legales?No puedo hablar en primera persona sobre esos temas porque no soy madre, no soy cuidadora ni me he visto envuelta en embrollos legales. Cuando hace algunos años pasé por una depresión importante, por suerte no se vio demasiado afectada mi capacidad creativa, sí la memoria y la concentración. El silencio durante décadas de algunos creadores, o su desaparición súbita, se ha debido precisamente a la imposibilidad de compatibilizar una cosa con otra. Por regla general, es algo devastador, pero tienes a quienes han encontrado un enorme aliciente en esas situaciones.

Como autora, casi nunca he encontrado nada curativo en la escritura. Como lectora, en cambio, lo encuentro a diario

¿Mueve el dolor? ¿Hay ayuda y trabajo curativo en la escritura?Como autora, casi nunca he encontrado nada curativo en la escritura. Como lectora, en cambio, lo encuentro a diario. No mitifico el dolor: cuanto menos se sienta, mejor, y en lo referido a la creatividad no marco una excepción.

¿Se presta igual atención mediática a la escritora de 25 años que gana el Planeta que a la autora consagradísima de ahora?La atención mediática es diferente: el Planeta supuso un gran impacto, con mucha atención puntual. En la actualidad, la recibo de manera mucho más regular, bien por los libros que publico o por otras razones. Tengo la suerte de haber sido muy mimada en ese aspecto.

Entiendo que no son comparables los números de ventas, por ejemplo, en relación con tu última novela, De la melancolía (Planeta, 2019).La primera edición era de 240.000 ejemplares. Se vendieron bastantes más de 300.000. Es imposible compararlo con ningún otro de mis libros. El Planeta juega en otra liga, y en aquellos años, en particular, vendía muchísimo. Las tiradas eran mucho mayores que en la actualidad. Yo supe desde el primer momento que, una vez ganado el Planeta, no podía comparar mis ventas posteriores con ello, porque siempre tendría la impresión de perder.

¿Qué es para ti, como escritora, el éxito? Eres una escritora, como decías, “etiquetada”. Etiquetada como best seller. Como escritora el éxito es hacer lo que te parezca más interesante o adecuado, libre de presiones, e incluso apoyada por los lectores o por una editorial. El resto es muy relativo, o transitorio. En mi caso yo soy más bien una media seller, con best sellers ocasionales. Significa que por azar, inversión editorial o acierto temático, algunos de mis libros se colocan en las listas de más vendidos. Otros no. No lo llevo más allá.





Fuente: Anred.org