June 24, 2022
De parte de Asociacion Germinal
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Miles de masáis han sido víctimas de la brutal represión policial cuando se manifestaban para no ser expulsados de sus tierras por la caza de trofeos, el turismo de élite y la conservación de la naturaleza.
Foto: Por lo menos 18 hombres y 13 mujeres sufrieron heridas de bala y muchas personas más de machete.

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«Loliondo está sangrando». Un SMS me despertó en la mañana del 10 de junio. Docenas de terribles imágenes de hombres y mujeres masáis con heridas en las piernas, en la espalda, en la cabeza, comenzaron a invadir mi teléfono. Muchísima sangre. Y después, vídeos de masáis que huyen corriendo de la policía tanzana, que dispara contra ellos. Parecían imágenes de guerra. Al igual que tantas otras personas del norte global, me quedé conmocionada. ¿Cómo podían las idílicas imágenes de cebras, jirafas y leones que evoca el ecosistema Serengueti en las mentes occidentales transformarse en este escenario de violencia brutal?

Los masáis, no obstante, siempre han sabido que es la guerra. Me han explicado: “Vuestras áreas de conservación son zona de guerra para nosotros”. Saben desde hace mucho tiempo que este momento llegaría. El Gobierno ha intentado confiscar 1.500 km2 de sus tierras ancestrales durante años, con el fin de aprovecharlos para la caza de trofeos, el turismo de élite y la conservación. Detrás de estos intentos ha estado siempre la Otterlo Business Company (OBC), una sociedad afincada en los Emiratos Árabes Unidos (EAU) que organiza expediciones de caza para la familia real y sus invitados y que al parecer controlará la caza comercial en la zona.

Sin embargo, la realeza de los EAU no es la única interesada en el área que rodea el famoso parque nacional de Serengueti, del que ya fueron expulsados los masáis con anterioridad, concretamente por los colonialistas británicos en 1959. Conservacionistas que operan en Tanzania, como la alemana Frankfurt Zoological Society (FZS), propugnan un modelo de conservación fortaleza racista y colonial. La FZS afirma que la población local y su ganado constituyen una de las amenazas cruciales para la supervivencia del ecosistema, promoviendo de este modo el mito de una “flora y fauna salvajes” sin presencia humana, que es la filosofía que subyace a las expulsiones de masáis desde el principio.

Igual de peligrosos para los masáis son los turistas, que se nutren de imágenes, difundidas por los medios, documentales y libros de texto que venden la idea de una ‘naturaleza sin gente’, y que esperan encontrar exclusivamente animales salvajes en sus safaris. En efecto, los masáis no solo se enfrentan al mito de la vida silvestre sin humanos, sino también a un racismo profundamente enquistado. En abril, un famoso periodista estadounidense, Peter Greenberg, de CBS News, calificó a los masáis de “primitivos” cuando daba un paseo con la presidenta de Tanzania, en Tanzania: the Royal Tour, su ya larga serie de televisión en que jefes de Estado en ejercicio hacen de guía personal suyo en una visita al país. Como dijo un hombre masái: “El gobierno de Tanzania no quiere a los masáis porque la gente que viene no quiere ver masáis. Antes no pensábamos mucho (ni demasiado mal) acerca del turismo, pero ahora comprendemos que el turismo es gente que viene con dinero, lo que hace que el gobierno piense que ‘si desplazamos a los masáis, vendrá más gente con dinero’”.

En el contexto de continuos ataques al estilo de vida masái, a comienzos de junio el Gobierno tanzano anunció su plan de “elevar” el Área Controlada de Caza de Loliondo a la categoría de Reserva de Caza, lo que en la práctica significa que se prohibirán las viviendas de masáis y el pastoreo. El 8 de junio, docenas de vehículos policiales y unos 700 agentes llegaron a Loliondo para demarcar esta nueva área. El 10 de junio abrieron fuego contra un grupo de masáis que protestaban contra este intento de expulsarlos.

Por lo menos 18 hombres y 13 mujeres sufrieron heridas de bala y muchas personas más de machete. Se ha confirmado la muerte de dos personas. En los días siguientes, policías registraron casa por casa en aldeas masáis, golpeando y deteniendo a quienes consideran que han distribuido imágenes de la violencia o han participado en las protestas. Un hombre de 90 años fue golpeado por la policía porque su hijo estaba acusado de haber filmado la agresión. Se dice que miles de masáis, también niñas y niños, han huido al bosque. Una docena de personas están detenidas.

A muchos de vosotros os parecerá absurdo que una comunidad indígena tan conocida sea víctima de tanta violencia brutal en nombre de la conservación. Los masáis son una sociedad dedicada al pastoreo, muy vinculada a la tierra. Un anciano masái me dijo: «Amo este lugar y no estoy dispuesto a irme, porque es mi hogar. Vivo aquí desde que nos expulsaron del Serengueti. Es una tierra excelente con agua suficiente. Es el único lugar del que puedo decir con orgullo a mis descendientes: esto será vuestro».

Sin embargo, a quienes conocen la historia de la conservación, esto no les sorprenderá. La brutalidad en Loliondo muestra la verdadera cara de la conservación: violaciones diarias de los derechos humanos de pueblos indígenas y comunidades locales para que turistas ricos puedan cazar o ir de ‘safari’ en las llamadas “Áreas Protegidas”. Estos abusos son sistémicos y forman parte intrínseca del modelo de conservación racista y colonial que prevalece en África y Asia.

Al igual que el Gobierno tanzano empuja a los masáis a abandonar sus hogares, el Gobierno indio está despojando ilegalmente a los adivasis (“pueblos indígenas”) de las tierras en las que siempre han vivido, y que siempre han protegido, para dar paso a reservas de tigres donde los turistas son bienvenidos. Y esto sucede a pesar del hecho de que la legislación india protege específicamente el derecho de los adivasis a permanecer en sus territorios ancestrales. Acusan a pueblos indígenas como los jenu kurubas o los baigas de perjudicar a la fauna silvestre. Sin embargo, lejos de matar tigres, muchas tribus los veneran como a dioses y cuidan su medio mejor que nadie. Allí donde se ha reconocido el derecho de los pueblos indígenas a permanecer dentro de una reserva de tigres, el número de estos últimos ha aumentado.

Los sucesos de Loliondo deberían ser una lección para todo el mundo. Los pueblos indígenas llevan habitando los lugares más biodiversos del planeta desde hace generaciones: estos territorios se consideran actualmente importantes áreas de conservación de la naturaleza precisamente porque los habitantes originales han cuidado su tierra y la flora y fauna silvestres. No podemos seguir tolerando los abusos de los derechos humanos cometidos en nombre de la conservación. Este modelo conservacionista es profundamente inhumano e ineficaz y tiene que cambiar ya. Las Áreas Protegidas no salvan la biodiversidad y alienan a la población local, que es la más apta para proteger sus tierras. Como me dijo un líder masái: “Sin nosotros, los animales serán abatidos. Somos los verdaderos conservacionistas. Esta es nuestra tierra y no nos iremos.”

Fiore Longo es investigadora de Survival International, el movimiento global por los pueblos indígenas. También es directora de Survival International España. Coordina la campaña Descolonicemos la Conservación de Survival, y ha visitado a muchas comunidades de África y Asia que sufren brutales abusos de sus derechos humanos en nombre de la conservación de la naturaleza. 

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Fuente: Asociaciongerminal.org