April 19, 2021
De parte de ANRed
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Ilustración: Reuters

El conflicto entre Estados Unidos y China es la principal confrontaci√≥n geopol√≠tica actual. Hay evaluaciones muy dispares sobre el eventual vencedor de la disputa e interpretaciones muy diversas sobre las razones de esa colisi√≥n. Las caracterizaciones m√°s corrientes destacan el choque de civilizaciones, la transici√≥n hacia un nuevo poder hegem√≥nico y el despunte de un mundo multipolar. Pero el primer interrogante a resolver es la ubicaci√≥n de ambos contendientes. ¬ŅConfrontan desde lugares semejantes o contrapuestos? ¬ŅExpresan fuerzas sociales equiparables o dis√≠miles?. Por Claudio Katz


LA L√ďGICA DE UNA AGRESI√ďN 

La hostilidad de Estados Unidos hacia su rival acumula muchos antecedentes. Clinton priorizaba el despliegue de misiles fronterizos contra Rusia, pero ordenó el bombardeo de la embajada china en Belgrado. Bush estaba embarcado en las guerras de Medio Oriente, pero no desatendió el rearme de Taiwán. El conflicto con China escaló a partir de la crisis del 2008, cuando el poder económico de la nueva potencia se tornó tan visible, como la incapacidad de Washington para contrarrestarlo.

Obama inició el viraje hacia una confrontación más directa, que incluyó el desplazamiento de tropas hacia la región asiática. Saboteó el acercamiento japonés hacia Beijing y sepultó el intento nipón de cerrar la base militar del Pentágono en Okinawa (Watkins, 2019).

Trump redobló la embestida. Designó a China como el gran enemigo estratégico, introdujo una virulenta agenda mercantilista y acentuó la disputa por la primacía tecnológica. Sancionó a firmas orientales como Huawei, para impedir su preponderancia en el nuevo sistema digital 5G y concibió un plan para expulsar a su rival de todas las plataformas. Su proyecto Clean Network incluía el corte de cables submarinos y la anulación del almacenamiento de datos (Crooke, 2020).

El magnate acus√≥ a China de exportar el Covid y reaviv√≥ los viejos prejuicios racistas contra los asi√°ticos (‚Äúse alimentan con especies ex√≥ticas y transmiten enfermedades‚ÄĚ). Intent√≥ culpar a los orientales de todos los males contempor√°neos y complement√≥ esa furibunda ret√≥rica con un gran despliegue b√©lico (Margueliche, 2020). Exhibi√≥ el poder de fuego estadounidense para hacer valer duras exigencias econ√≥micas contra su competidor.

El cerco que comenzó a erigir el Pentágono sobre China se inspira en una doctrina de golpe letales contra la infraestructura de ese país (Air Sea Battle), en la hipótesis (por ahora muy lejana) de un conflicto abierto.

La prioridad inmediata es el acoso naval en el mar de China. Como no existen reglas consensuadas para la administraci√≥n de esa zona vital del comercio mundial, la disputa se dirime con desplazamientos de ca√Īoneras. La Casa Blanca simplemente desconoce que act√ļa en un mar interior bajo autoridad de China. Sus principales estrategas consideran que en ese radio mar√≠timo se procesar√°n las principales tensiones entre las dos potencias (Mearsheimer, 2020). Las acciones b√©licas difusas con fuerzas no estatales -que el Pent√°gono ha propiciado en distintas partes del mundo durante las √ļltimas d√©cadas- no ser√≠an suficientes para contener al gigante asi√°tico (Fornillo, 2017).

La acelerada gestaci√≥n de una ‚ÄúOTAN del Pac√≠fico‚ÄĚ -junto a Jap√≥n, Corea de Sur, Australia, e India- corrobora los prop√≥sitos agresivos de Washington. El primer socio alberga 25 bases militares estadounidenses, el segundo 15 y el tercero opera como un gran portaviones de la primera potencia (Bello, 2020). Tambi√©n India ha introducido novedosos ejercicios conjuntos con los marines (R√≠os 2021).

Todo el establishment de Washington apuntala esa presión geopolítico-militar. La política previa de asociación económica con China quedó erosionada por la crisis del 2008 y fulminada por la pandemia. El hostigamiento en curso es tan fomentado por las vertientes globalistas y americanistas, como por las empresas multinacionales y los altos funcionarios. Los medios de comunicación liberales y los principales asesores de la Casa Blanca comparten esa postura beligerante (Merino, 2020).

Todos los mensajes de Biden desde su asunci√≥n han reafirmado esa pol√≠tica de confrontaci√≥n. El nuevo mandatario aten√ļa la intensidad de la guerra comercial, pero apuntala la disputa tecnol√≥gica y recompone las alianzas con Europa para potenciar el acoso de China. Seleccion√≥ un equipo de asesores especializado en ese endurecimiento.

Biden esgrime el demagógico estandarte de los derechos humanos para acrecentar el descontento de Hong Kong y desestabilizar al régimen chino. Las ONGs y fundaciones que financia el Departamento de Estado despliegan una intensa labor en ese enclave. También avala la militarización de Taiwán, que incentiva el actual presidente derechista de esa isla.

Washington redobla la agresi√≥n contra China, para apuntalar un proyecto m√°s ambicioso de recuperaci√≥n de su dominio mundial. Con la cohesi√≥n social interna quebrantada por una crisis de largo plazo que corroe su econom√≠a, la primera potencia necesita doblegar a su principal competidor. Es la principal carta de Estados Unidos para reconquistar el liderazgo imperial. Esa confrontaci√≥n es m√°s gravitante que el afianzamiento de las ventajas sobre Europa o la batalla contra el rival ruso. Mosc√ļ es un contendiente geopol√≠tico y militar pero no un desafiante econ√≥mico. Por esa raz√≥n el asedio de China es la prioridad estrat√©gica de Estados Unidos.

EL CONTRAPUNTO DEFENSIVO 

La nueva potencia oriental mantiene una actitud muy distinta a su contendiente. Rechaza la demanda estadounidense de internacionalizar su espacio costero, con medidas defensivas de control de pesquerías, rutas y reservas submarinas de petróleo y gas. No envía buques a navegar por las cercanías de Nueva York o California.

China ejerce su soberanía en un radio muy acotado de millas, que contrasta con las enormes superficies marítimas bajo control de Estados Unidos, Francia o Australia (Poch de Feliu, 2021). La defensa de esa plataforma es tan relevante para Beijing, como la recuperación de los viejos enclaves de Macao y Hong Kong. Busca consolidar un espacio nacional que fue atropellado en numerosas ocasiones por el colonialismo.

Es cierto que China desenvuelve esa custodia mediante un intenso programa de modernización militar, que no se limita a las fuerzas terrestres. El nuevo despliegue naval incluye la construcción de siete islas artificiales, para contrarrestar la presencia de la VIIª flota estadounidense (Rousset, 2018). Como el 80% de las mercancías comercializadas en el mundo se transporta por mar, el control de esa ruta se ha tornado indispensable para una economía tan internacionalizada.

Es importante registrar el abismo de gastos bélicos que separa a los dos contendientes. En el 2019 el presupuesto militar chino bordeó los 261.000 millones de dólares frente a los 732.000 millones de Estados Unidos. Las inversiones anuales en armamento del coloso norteamericano superan a los 10 países que lo siguen, en el ranking de las erogaciones destructivas (Benjamin, Davies, 2020). Beijing cuenta con 260 cabezas nucleares frente a las 4.500 de Washington y opera sólo dos vetustos portaviones frente a once de su rival (Bello, 2020). La gran dimensión cuantitativa del ejército chino en término de tropas, no define al vencedor de los conflictos contemporáneos.

Es cierto que el gigante oriental tiene prevista la instalación de varias bases en el extranjero, pero hasta ahora sólo concretó un proyecto en Djibuti. Esa avanzada contrasta con la alucinante constelación de fuerzas militares estadounidenses, localizadas en todos los rincones del planeta.

La estrategia geopol√≠tica china no enfatiza el aspecto militar. Privilegia el agotamiento econ√≥mico de su rival, mediante una prolongada batalla de desgaste productivo. Busca ‚Äúcansar al enemigo‚ÄĚ con maniobras que incluyen la aceptaci√≥n formal de demandas que luego son incumplidas.

Beijing no convalida, además, ninguna concesión decisiva en el ámbito de la tecnología. Respondió, por ejemplo, con la inmediata detención de dos ciudadanos canadienses al encarcelamiento de un directivo de Huawei.

El comportamiento cauto de China se inscribe en la lógica geopolítica del poder agudo (sharp power), tan equidistante de las respuestas bélicas duras (hard power), como de las reacciones meramente diplomáticas (soft power) (Yunes, 2018).

Con una postura de perfil bajo la nueva potencia apuesta a quebrar el liderazgo estadounidense del bloque occidental. Pretende crear un escenario de mayor paridad de fuerzas afianzando la relaci√≥n con Europa. Incentiva especialmente los tratados de libre-comercio que su rival abandon√≥. Tambi√©n ofrece atractivos negocios a los principales jugadores de Medio Oriente, consolida la alianza defensiva con Rusia en una organizaci√≥n com√ļn (OCS) y prioriza la neutralizaci√≥n de los vecinos.

Para contrapesar las presiones b√©licas de Pent√°gono, el drag√≥n asi√°tico impulsa numerosos convenios comerciales con Filipinas, Malasia, Laos, Camboya y Tailandia. Tienta a sus vecinos con las potenciales ganancias de los emprendimientos conjuntos. El Banco Asi√°tico de Inversiones en Infraestructura (BAII) es el principal instrumento de ese operativo (Noyola Rodr√≠guez, 2018).

La misma zanahoria se extiende a los adversarios más peligrosos. China firmó recientemente un gran tratado comercial (RCEP) con Australia, Japón, Nueva Zelanda, Corea del Sur y las 10 economías del Sudeste Asiático (ASEAN). Aspira a contrapesar el convenio militar que Estados Unidos suscribió con los principales firmantes de ese convenio (QUAD). No logró sumar a la India -que es cortejada con especial atención por Washington- para reavivar los diferendos territoriales, que en 1962 desembocaron en un sangriento conflicto fronterizo con la nueva potencia.

LA DEFINICI√ďN IMPERIAL

La postura defensiva de China es coherente con el status de un país que se expandió con cimientos socialistas, complementos mercantiles y un modelo capitalista enlazado a la globalización. Esa combinación apuntaló la retención local del excedente. La ausencia de neoliberalismo y financiarización le permitió al país evitar los desequilibrios más agudos que afrontaron sus competidores.

El conflicto con Estados Unidos tiene una enorme incidencia en el rumbo que sigue China. Influye en la definici√≥n del sector que prevalecer√° en el comando de la sociedad. La contundente gravitaci√≥n del capitalismo no se ha extendido a√ļn a toda la estructura del pa√≠s. La nueva clase dominante maneja gran parte de la econom√≠a, pero no controla el estado. Revirti√≥ la transici√≥n socialista previa sin instaurar su preeminencia. A diferencia de lo ocurrido en Rusia o Europa Oriental, en China prevalece una formaci√≥n intermedia, que no cohesiona a los capitalistas con los funcionarios, en el marco de un legado socialista a√ļn presente.

Esa peculiar estructura determina una política exterior muy diferenciada de los lineamientos habituales de las grandes potencias. China diverge de Estados Unidos por la vigencia de un status capitalista insuficiente, que obstruye la implementación de políticas imperialistas.

Pero la continuidad de ese curso está sujeta al desenlace del conflicto que opone a los sectores neoliberales y estatistas. El primer sector aglutina a los grupos capitalistas que auspician el libre-comercio con proyectos expansivos y tentaciones imperiales. El segundo segmento propicia reforzar la gestión estatal, moderar el curso capitalista y preservar la prescindencia geopolítica internacional.

Xi Jinping ejerce un fuerte arbitraje entre todas las vertientes de la elite gobernante. Para asegurar la cohesi√≥n territorial del pa√≠s mantiene a raya a los enriquecidos acaudalados de la costa. Ha defenestrado multimillonarios y multiplicado las campa√Īas contra la corrupci√≥n, para sepultar los g√©rmenes que condujeron a la disgregaci√≥n semicolonial padecida en el pasado.

China evita el conflicto con Estados Unidos para sostener esos equilibrios y por eso alentó la estrecha asociación económica con su competidor hasta la crisis 2008. Posteriormente intentó aligerar los superávits comerciales y las acreencias financieros, mediante un desacople hacia el mercado interno.

Pero la b√ļsqueda de ese compromiso con Washington est√° obstruida por la propia expansi√≥n del capitalismo. Las exigencias competitivas que impone el apetito por el lucro acent√ļan la sobreinversi√≥n y las consiguientes presiones para descargar excedentes en el exterior. La distensi√≥n con Estados Unidos es socavada por los proyectos expansivos que China multiplica para atemperar la sobreproducci√≥n.

Esa confrontación económica es gestionada por Beijing con normas defensivas contrapuestas a la ofensiva de su oponente. La dinámica imperial estadounidense determina el curso de un conflicto, que no obedece a desencuentros de civilizaciones, al devenir de las transiciones hegemónicas o a la disputa entre patrones geopolíticos de unipolaridad y multipolaridad.

El choque sino-americano retrata las encrucijadas del imperialismo del siglo XXI. A diferencia de lo ocurrido en las √ļltimas d√©cadas con el funcionamiento del capitalismo, el perfil general de la dominaci√≥n mundial permanece irresuelto. Mientras que el neoliberalismo trastoc√≥ por completo el curso de la econom√≠a contempor√°nea, las reglas geopol√≠ticas no est√°n sometidas a una norma visible.

El imperialismo clásico de principios de la centuria pasada -signado por las catástrofes bélicas- y su sucesor de posguerra -centrado en sofocar revoluciones e impedir el socialismo- no han sido sustituidos por otro modelo definido. El choque entre Estados Unidos y China tiende a definir ese perfil.

VARIEDAD DE CORROBORACIONES 

La postura defensiva de China frente a la agresividad de su oponente es coherente con el impreciso perfil de la nueva potencia. Esa ambig√ľedad es resaltada por varios int√©rpretes del sistema imperante en el pa√≠s.

Algunos remarcan la presencia de una econom√≠a interna capitalista sin proyecciones externas intervencionistas. Resaltan la notoria preeminencia del patr√≥n de la plusval√≠a y del beneficio, como resultado de la expansi√≥n del empleo privado y la reducci√≥n de la presencia estatal en la actividad industrial. Pero tambi√©n se√Īalan que ese viraje no tuvo connotaciones imperiales. Consideran que el estado es manejado por una capa de funcionarios sin ambiciones de dominaci√≥n internacional (Kotz; Zhongjin Li, 2021).

Esta visi√≥n retoma la distinci√≥n entre clases dominantes, que acumulan capital en el manejo de la econom√≠a y burocracias, que controlan la conducci√≥n del estado para afianzar su hegemon√≠a pol√≠tica. Entienden que esta √ļltima supremac√≠a no incluye en la actualidad pretensiones imperiales.

Otro enfoque rechaza la ubicaci√≥n de China en el pelot√≥n imperial por el car√°cter inconcluso de la restauraci√≥n capitalista (Roberts, 2018). Recuerda que el ansia por mayores cuotas de plusval√≠a refuerza la b√ļsqueda de mercados externos. Pero tambi√©n destaca el techo que introduce a esa expansi√≥n el elevado protagonismo econ√≥mico estatal. La gravitaci√≥n del sector p√ļblico supera en China el promedio de cualquier econom√≠a desarrollada e incide en todas las decisiones de inversi√≥n. En una estructura econ√≥mica sin financiarizaci√≥n, ni total primac√≠a del capital privado, los cimientos de una pol√≠tica imperialista son fr√°giles.

Un estudioso de la pol√≠tica exterior china arriba a conclusiones semejantes. Describe el lugar preeminente del estado en las negociaciones econ√≥micas internacionales y destaca que el grueso de los cr√©ditos otorgados a otros pa√≠ses es manejado por los organismos p√ļblicos (Prashad, 2020).

Esa preeminencia estatal explica el perfil distintivo de esos préstamos, en comparación a los gestionados por las entidades privadas, el FMI o el Banco Mundial. Las grandes empresas capitalistas de China lucran con esas operaciones, pero aceptando las normas de los convenios inter-estatales que define Beijing.

Otro abordaje más anclado en la historia del país asocia la cautela geopolítica de China, a la trayectoria de un país acosado y carente de tradiciones expansionistas (Klare, 2013). Ese viejo encierro defensivo obstruye la trasformación de la supremacía comercial en una política de dominación.

Ese enfoque también destaca que el acaparamiento de materias primas de la periferia, reaviva la memoria del padecimiento semicolonial afrontado durante dos siglos por China. El país quedó reducido a ese status dependiente y no pudo sostener su soberanía luego de la guerra del Opio. Los imperios europeos le arrebataron el manejo de varios puertos y Japón se apoderó de amplias franjas del territorio. Sólo el triunfo revolucionario de 1949 puso fin a esa opresión.

Esos antecedentes gravitan en todas las relaciones externas y est√°n presentes en los intercambios con √Āfrica. China despliega enormes inversiones para asegurar su abastecimiento de insumos, pero toma distancia de las conductas emparentadas con el colonialismo europeo. Ans√≠a el control de los recursos naturales, pero comparte el recuerdo de las humillaciones sufridas por sus clientes. Por eso transita (hasta ahora) por un camino que reh√ļye tanto la dominaci√≥n, como la solidaridad con el atormentado continente africano.

No sólo la trayectoria histórica de China obstaculiza su conversión en potencia imperial. El gigante asiático mantiene un conflicto estructural con el mandante norteamericano, que impide la repetición del modelo sucesorio consumado a principio del siglo XX.

Las continuidades que prevalecieron en el traspaso de la dominaci√≥n brit√°nica a la supremac√≠a estadounidense no se extienden al escenario actual. Los dos colosos anglosajones estaban enlazados por m√ļltiples v√≠nculos pol√≠ticos, culturales e idiom√°ticos. Esa estrecha conexi√≥n ha quedado reemplazada por contraposiciones frontales en todos los √°mbitos entre Estados Unidos y China (Hobsbawm, 2007).

STATUS INTERMEDIO, POTENCIA NO IMPERIAL

Otros analistas deducen el carácter no imperial de China del lugar intermedio que ocupa el país en la jerarquía económica internacional. Consideran que la nueva potencia asiática se ha insertado en un segmento semiperiférico. Esa ubicación equidistante de los centros desarrollados y las periferias dependientes, determina una dinámica dual de desenvolvimiento. La economía china transfiere plusvalía a los países avanzados y captura excedentes de las regiones subdesarrolladas (Minqi Li, 2017).

Ese status intermedio sit√ļa al gigante oriental, en un contradictorio √°mbito de emisor y receptor de los flujos de valor circulantes en el mercado mundial. Por esa colocaci√≥n igualmente distanciada del techo y del piso del orden global, China queda excluida tanto del club de los imperios como del universo de naciones sometidas.

Este enfoque remarca la existencia de relaciones de intercambio con dos tipos diferenciados de clientes. Los proveedores de insumos o de bienes fabricados con inversiones externas de China nutren el despegue del dragón asiático. Pero los adquirientes de exportaciones o los inversores foráneos en el país, lucran con esas actividades más que la propia economía oriental.

Ese contradictorio resultado obedece al status semiperiferico de la nueva potencia. La clase capitalista china se ha expandido en el circuito global de la acumulaci√≥n, sin lograr el pleno control de los flujos de plusval√≠a. Capta excedentes de √Āfrica, Am√©rica Latina y el Sudeste Asi√°tico, pero drena porciones del mismo sobrante a Estados Unidos y Europa (Minqi Li, 2020).

Esta mirada tambi√©n ilustra c√≥mo las proporciones de ese intercambio han variado en las √ļltimas d√©cadas. China ascendi√≥ en la globalizaci√≥n transfiriendo porciones decrecientes de plusval√≠a y capturando montos mayores de esas sumas. Los estudiosos de esa mutaci√≥n cuantifican el giro con los criterios marxistas de la teor√≠a del valor. Estiman que el intercambio de 16 unidades de trabajo chinas por 1 for√°nea que primaba en el pasado se ha revertido en la actualidad a 1 local por 0,6 internacionales. Entre 1990-2014 se consum√≥ un cambio radical en el total de unidades de trabajo captadas y drenadas por China en su intercambio externo. Se ha verificado una creciente primac√≠a de monto absorbido en comparaci√≥n al transferido fuera del pa√≠s (Minqi Li, 2017).

Pero esa enorme acumulaci√≥n china de super√°vits comerciales y reservas no tiene correlato monetario por la condici√≥n intermedia del pa√≠s. Captura excedentes may√ļsculos sin gestionarlos con su propia divisa (Minqi Li, 2020). Esa dificultad para internacionalizar el yuan obliga al pa√≠s a realizar transacciones en d√≥lares y a convalidar el continuado se√Īoreaje de esa divisa (Lo Dic, 2016). Debe acumular bonos del tesoro norteamericanos y pagar un pesado tributo a su competidor.

Esa forzada inmovilización de reservas chinas en dólares constituye otra confirmación de la disparidad imperante entre ambas potencias. Esa asimetría monetaria ilustra la inserción diferenciada de los dos contendientes en la jerarquía económica mundial.

Este diagnóstico de un esquema tripolar de capturas y drenajes de valor en la estructura actual del capitalismo global, es compatible con el modelo analítico que hemos desarrollado en nuestro reciente libro sobre la Teoría de la Dependencia (Katz, 2018: 281-284).

Pero nuestro abordaje ubica a China en un lugar de econom√≠a central ascendente y no de semiperiferia. Este √ļltimo casillero corresponde a pa√≠ses como Brasil, Sud√°frica o India, que s√≥lo comparten asociaciones internacionales con el gigante asi√°tico (BRICS). No se equiparan en ning√ļn terreno efectivo con la segunda potencia econ√≥mica del planeta. El parentesco que establecen algunos organismos en un mismo casillero de ‚Äúpa√≠ses emergentes‚ÄĚ es tan forzado como poco cre√≠ble.

Por otra parte, la evaluación del extraordinario crecimiento chino no puede quedar restringida a los flujos internacionales de plusvalía. El secreto de esa expansión fue la retención local del excedente y la acumulación orientada al mercado o al consumo local. Una mirada exclusivamente externalista del desarrollo chino pierde de vista ese determinante. Pero más allá de estos matices, la clasificación intermedia de China en el sistema mundial aporta un original sustento al diagnóstico del país como una nueva potencia no imperial.

COROLARIOS POLITICOS

La caracterización de China como un país no integrado al ramillete de los imperios tiene importantes consecuencias políticas. Como su rival estadounidense encarna todas las aristas del imperialismo contemporáneo, el conflicto entre ambos opone a potencias de distinta índole. No son competidores equivalentes, ni igualmente enemigos de las mayorías populares del planeta. Las posturas de neutralidad (o indiferencia) frente a la confrontación en curso son erróneas. Estados Unidos agrede desde un posicionamiento imperial a un rival no imperial, que responde con acciones defensivas.

Pero es tambi√©n cierto que China se ha convertido en una gran potencia econ√≥mica. Ya consolid√≥ relaciones de intercambio e inversi√≥n que afectan al grueso de la periferia. La plusval√≠a drenada por las firmas capitalistas del nuevo gigante limita el desarrollo del Sudeste Asi√°tico y la renta capturada de √Āfrica o Am√©rica Latina agrava la primarizaci√≥n de ambas zonas. China no act√ļa como un dominador imperial, pero tampoco favorece el desenvolvimiento de las regiones empobrecidas del planeta.

El gigante asiático podría convertirse en un aliado político de los países dependientes por el singular lugar que ocupa en el orden global. No forma parte de ese bloque de naciones sometidas, pero podría ser integrado a la batalla prioritaria contra el imperialismo.

En América Latina podría cumplir un papel de contrapeso del intervencionismo estadounidense, semejante al jugado en el pasado por la Unión Soviética. Ese rol brindó sostén geopolítico a varios procesos transformadores.

En el contexto actual, todos los pa√≠ses del Nuevo Mundo situados al sur del R√≠o Grande necesitan forjar un bloque de resistencia contra la dominaci√≥n estadounidense. Pero deben apuntalar al mismo tiempo un frente de negociaci√≥n com√ļn con China.

Esa alianza resulta indispensable para revertir la relación comercial adversa con la nueva potencia. Los dos procesos de acción antiimperialista frente a Washington y renegociación económica con Beijing están estrechamente conectados y presuponen una distinción cualitativa entre el enemigo imperial y el socio potencial. Esta caracterización suscita intensas polémicas que revisaremos en el próximo texto.

                           

RESUMEN

No hay equivalencia en el principal conflicto geopolítico actual. Estados Unidos agrede y China se defiende. Washington pretende recuperar su liderazgo imperial y Beijing intenta sostener un crecimiento capitalista sin confrontaciones externas.

La restauración inconclusa, el régimen político, la historia de acosos y el abismo cultural con su oponente limitan la conversión de China en una potencia imperial. Su creciente captura de flujos internacionales de valor es reciente. América Latina necesita combinar la resistencia a la dominación estadounidense con la renegociación comercial con China.


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Fuente: Anred.org