August 13, 2022
De parte de Nodo50
76 puntos de vista

 

LA
PUPILA INSOMNE
–
12/08/2022

A la luz de los 77
años del bombardeo nuclear en Hiroshima y Nagasaki.


Autorizado
por el “honorable presidente” Harry Truman, a las 8:15 de la
mañana del 6 de agosto de 1945 un avión estadounidense lanzó sobre
la población civil de la ciudad japonesa de Hiroshima una bomba de
uranio con potencia explosiva de 16 kilotones, equivalente a 1600
toneladas de dinamita. Acabó instantáneamente con la vida de unas
66,000 personas y causó luego la muerte de otros 140.000 seres
humanos.

En
sus cálculos criminales y geopolíticos no les bastó ese hecho de
inmensa brutalidad, y tres días después, otra bomba nuclear, esta
vez cargada de plutonio, fue lanzada sobre la ciudad de Nagasaki,
destruyéndola y causando otras 70 000 muertes instantáneas.

A
ellos hay que sumar otros centenares de miles de decesos por
problemas de salud, lesiones y secuelas relacionados con las bombas y
la radioactividad, de acuerdo con datos de la ONU. Murieron en las
semanas y meses subsiguientes como resultado de las quemaduras, las
radiaciones. Muchos más quedaron afectados como portadores de un gen
propenso al cáncer, lo cual ha afectado a sus descendientes. Además,
agua, aire y tierra se contaminaron con las secuelas radioactivas,
enfermando por décadas a quienes bebieran o se alimentaran con
productos de la zona. Los efectos secundarios permanecieron por años,
y aún están presentes.

Aquellas
acciones criminales, la decisión de lanzar ambas bombas, tuvo lugar
cuando ya se había producido la rendición incondicional de la
Alemania nazi, y se sabía que la URSS estaba por iniciar una
poderosa ofensiva en el lejano oriente que ponía en jaque a los
japoneses, quienes buscaban desesperadamente un camino hacia la
rendición inevitable.

En
marzo de 1945 los japoneses ya habían perdido cerca de medio millón
de vidas. Los estadounidenses habían destruido parte de Tokio con
sus bombas de napalm M69, con un saldo de alrededor de 80 mil muertos
y un número similar de heridos.

“Las
usamos – dijo justificativamente entonces Truman refiriéndose a
ambas bombas nucleares – para acortar la agonía de la guerra, para
salvar la vida de miles y miles de jóvenes estadounidenses…”.
Por otra parte, el general Dwight Eisenhower años después hizo un
dictamen distinto: “Los japoneses estaban listos para rendirse y no
hacía falta golpearlos con esa cosa horrible”.

Según
respetados expertos, el frio cálculo geopolítico y la principal
razón de usar la bomba fueron para forzar a los líderes japoneses a
que se rindieran antes de que los soviéticos entraran a la guerra en
el oriente.

Ahora
bien ¿fue una anomalía aquella acción del gobierno de Estados
Unidos? ¿O ha sido más bien una regla la comisión de crímenes de
guerra en el devenir histórico de esa potencia?

Muchos
de esos crímenes son inducidos desde la distancia, generando la
destrucción y el caos a miles de kilómetros de sus costas, a veces
con zarpazos directos, pero crecientemente junto con sus supeditados
“aliados” europeos o asiáticos o por mediación de estos. En
buena medida Estados Unidos logra y se beneficia de cierta impunidad,
y del tratamiento hasta cierto punto indulgente y a veces cómplice
de muchos de los medios de prensa.

Con
la llamada y manipulada “guerra contra el terrorismo”, desde 2001
Estados Unidos generó un nuevo ciclo de muerte y de ganancias de la
industria militar, y ha sobrepasado el número de víctimas de
aquellos terribles bombardeos contra dos ciudades japonesas en 1945.

Los
crímenes contra la población originaria

Todo
empezó mucho antes. La violencia y la guerra son consustanciales al
ser estadounidense. Las acciones violentas de los colonos, las
guerras libradas por las tropas federales contra los indios nativos
de Norteamérica, así como las repetidas fechorías y masacres
contra los mismos durante la expulsión de sus tierras ancestrales
hacia lejanos territorios del oeste incluye, pero en cierto sentido
sobrepasa, el concepto de crímenes de guerra.

Las
matanzas e intentos de aniquilar a los nativos norteamericanos
concuerdan plenamente con la definición de genocidio de las leyes
internacionales vigentes.

Según
los registros históricos y los informes de los medios, desde su
fundación, Estados Unidos ha privado sistemáticamente a los
indígenas de sus derechos a la vida y los derechos políticos,
económicos y culturales básicos a través de asesinatos,
desplazamientos y asimilación forzada, en un intento de erradicar
física y culturalmente ese pueblo, a esas etnias. Incluso hoy en
día, los indios nativos aún enfrentan una grave crisis existencial.

Los
sobrevivientes de las naciones indígenas derrotadas fueron
internados en reservas, en terrenos áridos; les fueron arrebatados
muchos de sus hijos y enviados a internados y casas de pensión,
donde sus cabellos fueron cortados y sus lenguas y ceremonias fueron
desterradas, en una especie de genocidio cultural. Durante décadas
perduró la práctica de fragmentar muchas familias indias y entregar
a sus hijos en adopción.

Ellos
debieron vivir y presenciar una profunda transformación de su
entorno: muchas de sus tierras fueron apropiadas por especuladores
blancos; colonos y ganaderos que se asentaban a sangre y fuego
despejaban sus cotos de caza, seguido por la ruda huella del
progreso: terrenos cercados, carreteras, embalses, perforaciones
mineras, ferrocarriles, tendidos eléctricos, nuevos poblados, campos
petroleros, etc.

En
las praderas del Medio Oeste, cientos de especies de pastos y bosques
fueron reemplazadas por monocultivos de soya y maíz o dedicadas a
construir embalses sin permiso de las tribus.

Las
estadísticas revelan que, desde su independencia en 1776, el
gobierno de los EEUU lanzó más de 1500 ataques contra las tribus
autóctonas, masacrando a los indígenas, tomando sus tierras y
cometiendo innumerables crímenes brutales. El 27 de marzo de 1814,
unos 3000 soldados atacaron a los indios Creek en Horseshoe Bend,
Territorio de Mississippi. Más de 800 guerreros y pobladores creek
fueron masacrados.

Entre
los crímenes más notorias también está la Masacre de Bear River
en 1863, en Idaho, donde mataron a 350 integrantes de la “nación”
Shoshone, o la del 29 de diciembre de 1890, cerca de WoundedKnee
Creek, en Dakota del Sur.

Al
inicio de la colonización en 1619 cerca de dos millones de nativos
habitaban lo que hoy es el territorio estadounidense. En los tres
siglos subsiguientes muchos perecieron no solo por patógenos y
enfermedades, sino principalmente por la violencia de los colonos y
las tropas federales para arrebatarles sus tierras y en la expansión
hacia el oeste. Se calcula que hacia 1900 solo uno de cada diez
nativos sobrevivían, menos de 240 mil, luego de los brutales
exterminios del siglo XIX. Por entonces primaba el lema de que sólo
los indios muertos son los indios buenos (only dead Indians are
good Indians
).

Es
bastante conocido que en la inmensa mayoría de las reservaciones la
esperanza de vida está por debajo de muchos países del tercer
mundo; los índices de pobreza y desempleo en las mismas suelen ser
del 40% o más; prima el alcoholismo y la dependencia de la
asistencia social; sufren altas tasas de mortalidad infantil y bajo
peso al nacer, así como más bajos niveles de educación y menores
lapsos de vida que los blancos.

La
proyección imperial mediante la guerra

Desde
su fundación en 1776 solo durante 17 años ese país no ha estado
inmerso en conflictos armados. En buena parte de ellos ha sido
evidente la recurrencia a la comisión de crímenes de guerra en el
contexto de la pretensión de dominio global y del uso de la fuerza,
particularmente en los dos últimos siglos.

La
política exterior arrogante y agresiva, y la generación de
tensiones bélicas no es coyuntural ni depende en lo fundamental de
quién habite la Casa Blanca. En la misma se relega la diplomacia y
lo multilateral para enfocarse en la intimidación y la fuerza.

Esta
es acompañada por campañas de generación de terror, basadas en una
muy alta tecnología militar, operaciones encubiertas, aviones no
tripulados, la externalización de las labores de combate con el
empleo masivo de mercenarios y ejércitos subalternos, y el uso de
alrededor de 800 bases e instalaciones militares en el exterior en
más de 130 países, desde muchas de las cuales, unidades de Fuerzas
Especiales de EEUU efectúan acciones ‘quirúrgicas’ letales y
cacerías humanas.

Es
imposible recoger aquí la totalidad, ni siquiera el grueso de las
situaciones, en las cuales Estados Unidos se ha visto involucrado y
ha cometido despiadados crímenes de guerra, pero se puede afirmar
sin dudas que ese país es el mayor perpetrador de tales horrendos
abusos y aberraciones.

★




Fuente: Arrezafe.blogspot.com