January 10, 2022
De parte de Lobo Suelto
180 puntos de vista


En la sociabilidad abstracta de las redes sociales cada uno diseña su propia imagen según la identidad estética que considera adecuada. La vida humana, en su faceta virtual y conectiva, se transforma en una fábrica dispuesta a la valorización. El cuerpo físico, ya sea según la normatividad histórica de belleza o según la identidad que se busque recrear, aparece como el ejemplo más explícito de todo esto. Pero también los consumos culturales, las ideas que mostramos, las victimizaciones, las causas que defendemos y las que rechazamos, las múltiples identidades que procuramos sostener. Se trata, en definitiva, de generar una buena impresión en los demás: exhibir una marca.

Sabemos por Erving Goffman que toda impresión en los otros es resultado de un acto expresivo, y que toda expresión siempre es doble: allí aparece lo que el sujeto muestra, pero también lo que de él emana. Es decir, lo que se busca comunicar de manera intencional y aquellos signos que, casi de modo sintomático, los otros son capaces de detectar en uno. De modo que el diseño de una identidad estética inevitablemente conlleva también la exhibición de una serie de signos no intencionales, de exageraciones, de imposturas, que, según quien sea el receptor, lograrán o no ser descubiertos. De esto hay miles de ejemplos, tal vez el más clásico sea el sospechoso exhibicionismo amoroso de las parejas.

También la política da cuenta de este mecanismo. Hay gente que lleva a sus hijos a manifestaciones sociales y les da carteles para que sostengan. Después les sacan una foto y la suben a las redes. Vaya uno a saber de qué se vanaglorian. Esta especie de exhibicionismo político forma parte de lo que el ruso Scolnik llamó estetización: se le otorga una cualidad estética a algo exterior, se la asume como propia y se le anula su potencia. Se trata, en definitiva, de una operación política de abstracción que esteriliza y desproblematiza los fenómenos a los que se refiere. Operación que hoy en día resulta impensable sin la borrachera de las redes sociales, el diseño abstracto, ahistórico, de una identidad personal.

A partir del consumo y de la exhibición de imágenes, nos convencemos de lo que mostramos y, de tanto insistir, empezamos a sentirlo de verdad. La política queda entonces reducida a un hecho estético: a la distribución de mercancías apalabradas, de imágenes valorizantes, de listas blancas de nombres y consignas que reconfortan.

El carácter estético y autocomplaciente de estas exhibiciones permite sostener enunciados abstractos, a veces contradictorios, que no se verifican en una experiencia personal. Por ejemplo, se defiende la necesidad de un Estado fuerte, pero se dice estar en contra de sus fuerzas represivas; se critica a las formas violentas de la política actual, pero se romantiza la violencia del pasado; se defiende la importancia de la diversidad y la otredad, pero se dejar de hablar con quienes no piensan como uno. En mayor o menor medida, todos estamos marcados por esta relación abstracta con los discursos políticos. Las palabras van un por un lado, la experiencia por el otro.




Fuente: Lobosuelto.com