October 15, 2021
De parte de Arrezafe
204 puntos de vista


 

La teoría económica,
que no había descubierto nada en dos siglos, acaba de realizar tres
hallazgos monumentales. La tumba de Tutankamon, como descubrimiento,
fue una alpargata al lado, nos dice Luis Casado…

POLITIKA
– 12/10/2021

Según Karl Popper, “el
criterio de cientificidad de una teoría reside en la posibilidad de
invalidarla, de refutarla o de probarla”.
Siempre según
Popper, “la observación de un solo hecho experimental que no
corrobore la teoría, la refuta”
. Dicho de otro modo, las
teorías, las hipótesis, las conjeturas, deben ser sometidas a la
observación experimental con el propósito de juzgar de su
pertinencia.

Ya la tenemos liada.
Galileo, fundador de la ciencias Físicas, sostuvo que todos los
cuerpos, independientemente de su forma y de su peso, caen a la misma
velocidad en el vacío. Ahora bien, entre los siglos XVI y XVII nadie
sabía cómo hacer el vacío. Para más inri, aun hoy se discute la
existencia del vacío, y el hallazgo del bosón de Higgs no
simplifica las cosas. Sin embargo Galileo tenía razón. Incluso
cuando definió su principio de inercia. Nadie, nunca, vio un
movimiento inercial como el descrito por Galileo: ¿cómo realizar la
experiencia de un movimiento rectilíneo y uniforme en ausencia de
toda fuerza exterior? Sin embargo Galileo tenía razón.

Étienne Klein dice que
las experiencias realizadas por Galileo –y más tarde por Einstein–
fueron ‘experiencias de pensamiento’.

Imaginando la caída de
dos objetos disímiles, que luego unió en su imaginación, Galileo
concluyó en que ambos solo pueden caer a la misma velocidad. A
Aristóteles –que había afirmado lo contrario– le podían dar
morcilla. Con una ‘experiencia de pensamiento’ llevada hasta sus
últimas consecuencias Einstein determinó que la ley de la gravedad
universal de Newton estaba errada. No hay fuerzas en juego, sino una
deformación del espacio-tiempo. La Ley de Newton le cedió el paso a
la Relatividad General. Corrían los años 1915-1916, y las
mediciones que probaron que Einstein tenía razón se hicieron
décadas más tarde. ¿Cómo experimentar la curvatura del
espacio-tiempo provocada por la masa de los objetos que lo pueblan? Y
por si fuese poco ahora sabemos que la masa ni siquiera es una
propiedad intrínseca de la materia (tú ya sabes, el bosón de
Higgs…).

Para las experiencias
científicas también hay criterios. Uno de ellos sostiene que debes
poder realizarlas una y mil veces, en condiciones similares, con
personas diferentes, y obtener los mismos resultados. La mal llamada
‘ciencia económica’ encuentra aquí uno de sus principales
escollos, una suerte de Cabo de Hornos en el que se hunden
lastimosamente sus numerosas hipótesis y abundantes teorías.

¿Cómo hacer para
realizar ‘experiencias científicas’ en economía? Cada minuto
que pasa, cada segundo si tomamos en cuenta las transacciones
bursátiles computerizadas (cientos de miles por segundo), la
realidad cambia irremediablemente: es imposible encontrar
‘condiciones similares’.

Conscientes de ello, los
economistas inventaron un chiste llamado ceteris paribus sic
stantibus
, lo que en buen romance significa algo así como
‘espérate un rato y no te muevas, a ver si me vuelven las
ganas…’
.

Escudados tras esa
pillería los economistas han creado innumerables teorías, teoremas,
leyes y paradojas, así como una buena dosis de mitos, fábulas,
ficciones, leyendas y cuentos varios, gracias a los cuales vienen a
la TV a explicar hasta la superposición y la intrincación cuánticas
en menos de 30 segundos cronometrados.

Tal día como hoy la
prensa internacional anunció en primera página que el Banco Central
de Suecia le otorgó le premio Nobel de Economía que –como el
vacío– no existe, ‘a David Card, Joshua Angrist y Guido Imbens.
Que el Nobel de Economía no existe es la pinche realidad. La prensa
lo pone claro:

Aunque
coloquialmente se le conoce como Nobel de Economía, en puridad no se
trata de un Nobel como tal. La Economía no figuraba entre las
disciplinas originales a las que se concedía anualmente el premio,
dado que el propio Alfred Nobel, su impulsor, no la incluyó entre
las cinco categorías elegidas: Física, Química, Medicina,
Literatura y Paz. Sin embargo, en 1969, casi 70 años después de la
primera ceremonia de entrega de los premios, el banco central sueco
decidió crearlo, bajo el nombre de Premio del Banco de Suecia en
Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel, para celebrar su
300º aniversario”.

Alfred Nobel tampoco se
dignó ofrecerle un premio a los matemáticos, decisión cuyas
razones el pudor y una cierta elegancia me impiden evocar en estas
líneas.

Lo cierto es que el Banco
de Suecia reconoce a Card por sus “contribuciones empíricas en el
campo de la economía del trabajo”, entre ellas la que rebate la
idea generalizada de que una subida del salario mínimo conspira
contra el empleo. Angrist e Imbens fueron premiados porque –con
varios siglos de retraso– inventaron el principio de causalidad ya
conocido por los filósofos de la Antigüedad griega hace más de
2.500 años.

En la imposibilidad de
proceder a ‘experiencias científicas’ por las razones ya
expuestas, “la Academia valora los avances cosechados en el
campo de los llamados
experimentos naturales,
aquellos que extraen conclusiones de situaciones que surgen en la
vida real y que se asemejan a experimentos controlados”.

David Card observó
‘experimentos naturales’ en vez de sacar la cabeza por la ventana
y mirar la realidad empírica. Pero no seamos aguafiestas visto que
en estos días hay muy poco que celebrar: Card ‘descubrió’ lo
que ya sabíamos todos: el salario mínimo, –definido como ‘la
remuneración que impide justo, justo, que el currante no muera de
inanición’–, nunca disuadió a nadie de contratar muertos de
hambre y por lo tanto nunca generó ningún impacto negativo en el
‘mercado del trabajo’, como asegura el FMI desde su fundación.

Si lo que precede te
genera dudas, saludos te mandan las “situaciones que surgen en la
vida real y que se asemejan a experimentos controlados”. La insigne
Academia no ofrece la más mínima pista que pudiese permitirnos
identificar tales “situaciones”. En realidad, como de costumbre,
el Banco de Suecia distingue la práctica de la casuística más
rupestre.

Desafortunadamente, la
ciencia exige pensar contra el propio cerebro, desconfiar de la
evidencia, no adoptar la primera interpretación de cada fenómeno.

Galileo, Einstein y la
mayor parte de los científicos tuvieron que abandonar lo que
aparecía como una verdad indestructible e interrogar una y otra vez
su propia interpretación de todos los fenómenos físicos. Si
Copérnico no hubiese puesto en duda lo que cualquier hijo de vecino
veía con sus ojos, que el sol parece girar en torno a la Tierra, el
heliocentrismo no se hubiese impuesto, y el conocimiento del universo
aun estaría en las cavernas.

La llamada ‘ciencia
económica’ está precisamente allí: en las cavernas. Y ahora
acaba de descubrir los ‘experimentos naturales’ para suplir las
‘experiencias controladas’ (o de laboratorio) que nunca pudo –ni
podrá– realizar.

Como queda dicho, el año
2021, en pleno siglo XXI, un trío de economistas recibe un premio
por descubrir el principio de causalidad (cada efecto tiene causas
que lo determinan…), y haber concluido en que pagar salarios
mínimos caracterizados por ser exactamente eso, mínimos, no tiene
como efecto disuadir la generación de empleo.

El año próximo, te lo
doy firmado, descubrirán la rueda. O el hilo negro. Gracias a los
‘experimentos naturales’.

★




Fuente: Arrezafe.blogspot.com