June 13, 2021
De parte de Paco Salud
1,308 puntos de vista


Fermín Salvochea solo hay uno, los
demás son imitaciones

I       El paisaje y el medio

¡Cádiz! Evoca este nombre múltiples
recuerdos históricos porque son contados los lugares del mundo que han tenido
un pasado tan romántico y grandioso como la vetusta ciudad andaluza a orillas
del Altántico. Fue fundada por los antiguos fenicios, vinieron luego los
cartagineses y después los romanos.

Ella ha presenciado las luchas
sangrientas entre cristianos y mahometanos y ha reunido en sí la civilización
europea y la cultura del Oriente. En sus edificios vivieron sabios árabes,
escolásticos judíos y monjes cristianos, influyendo sobre el estado mental de
sus habitantes.

Cuando los árabes fueron expulsados de
Andalucía por los soldados de Fernando el Católico, llegaron los cruzados
ingleses y descansaron en Cádiz antes de seguir viaje para conquistar el Sagrado
Sepulcro en la Tierra Santa. Después del descubrimiento de América, Cádiz se
convirtió en una de las ciudades más ricas de Europa y la arquitectura
maravillosa de sus edificios nos refiere hoy todavía la historia de ese período
magnífico.

¡Y cuántas luchas, cuántas
sublevaciones y revueltas ha presenciado esa ciudad! Centenares de veces se han
alzado sus moradores en defensa de la libertad, demostrando así la exactitud
del dicho español: “La tierra andaluza es la tierra de la libertad”.
Cádiz y Barcelona han sido siempre los dos focos de la vida revolucionaria en
España y son también actualmente los centros principales del movimiento
anarquista de ese país.

Es Cádiz una ciudad admirable, una de
las más hermosas del mundo. Rocas inmensas caen sobre el mar profundo y encima
de ellas se levantan pequeñas casas níveas con diminutas torrecillas que se
reflejan en las olas azules.

II      El hombre

En una de esas casas blancas, bien
arriba, en una buhardilla, vivía un anciano. La instalación de la pieza era pobre,
demasiado pobre: una cama, una mesita, una silla, algunos viejos periódicos y
libros era todo lo que poseía el anciano. Pero quien arrojaba una mirada a
través de la pequeña ventana notaba inmediatamente que el anciano era más rico
de lo que parecía; afuera se extendía el océano azul, un panorama maravilloso:
cielo y agua y las blancas velas de las embarcaciones que se mecían sobre las
ondas juguetonas. Por el mar, precisamente, vivía el anciano en esa casita,
porque amaba el océano, las olas ruidosas y la lejanía infinita. Todas las
mañanas, al levantarse de su lecho, su primera mirada caía sobre el mar y de
noche, antes de acostarse, sus ojos semicegados volvían a buscar las olas
enfurecidas, como si quisiese encargarles alguna misión. Porque ese anciano era
un profeta, uno de los contados hombres que estuvieron en la montaña sagrada,
vislumbrando desde allí el país de nuestros hijos. Y por eso su alma era tan
honda, tan tranquila y augusta, igual que el mar en un hermoso día de verano.

Y cuando llegaba la primavera y el mar
comenzaba a rugir y a hervir, cuando las olas salvajes se levantaban cual
montañas gigantescas besando a las nubes, el anciano soñaba en la gran tormenta
de los pueblos, cuando los pobres y los humildes, los bastardos de la sociedad,
se levantaran con las armas en las manos para romper las cadenas de la tiranía
milenaria.

Era el 28 de septiembre de 1907. En la
habitación de anciano reinaba la tranquilidad absoluta porque en la cama yacía
un muerto. Había fallecido inesperadamente, sin haber estado enfermo, sin
sufrir.

Pero mirad lo que ocurrió afuera. Con
la velocidad del rayo difundióse la noticia de la muerte del anciano. Y en toda
Cádiz, en Andalucía entera, en toda España sólo se hablaba de él. “¡Ha
muerto!” Por doquier se oían estas dos palabras que encarnaban el hondo
dolor de un pueblo. Cada cual sentía la pérdida; en las minas, en los campos,
en las escuelas y en las universidades, en todas partes la noticia produjo la
impresión de una pesadilla que cuesta creer al principio, pero que finalmente
es necesario reconocer.

¿Cuándo se ha visto en España tantas
lágrimas, tanto dolor, tanta tristeza sincera, tanto amor y fidelidad cariñosa?
¡Qué no darían nuestros reyes si pudiesen adquirir aunque fuera la décima parte
de esa popularidad! Atravesando España, en todas sus ciudades y aldeas se
encontrarían millares y millares de personas que ignoraban los nombres de los
ministros de entonces, pero no habría uno solo que no supiese el nombre de
aquel anciano, Fermín Salvochea. Este nombre encarnaba una idea, un programa,
un mundo de esperanzas, de anhelos y necesidades.

¡Fermín Salvochea! En los palacios se
pronunciaba este nombre con labios trémulos, pero en la casilla de los pobres y
de los explotados resonaba como una declaración de guerra a la sociedad
capitalista, como la promesa de un porvenir mejor. Existen pocos hombres que
hayan conquistado tanto amor y tanta simpatía entre las grandes multitudes de
un pueblo como Fermín Salvochea y son menos todavía los que han merecido ese
amor con tanto derecho como el gran rebelde español. Salvochea ha sido uno de
los caracteres más puros e idealistas en la historia del movimiento
revolucionario, grande por sus ideas, grande por sus acciones, un hombre que
encarnaba el apasionamiento revolucionario y el valor heroico de un Blanqui y
el amor indescriptible y la consagración de Louise Michel. La poderosa
personalidad de este hombre admirable hasta llegó a suscitar la estima y el
respeto de sus adversarios más empedernidos y siempre que se pronunciaba su
nombre, el de Fermín Salvochea, no había lugar para los aspectos bajos y
pequeños de la vida.

La biografía del gran anarquista
español produce la impresión de una novela fantástica y recuerda la vida
tormentosa de Mijaíl Bakunin. Salvochea tuvo una participación activa en el
movimiento revolucionario de España en los últimos cincuenta años y su nombre
está estrechamente unido a los acontecimientos revolucionarios más
significativos de ese período. Los que conocen la historia de ese movimiento en
España saben cuán fecundo es en rasgos grandiosos y heroicos y cuántos son los
que sacrificaron sus bienes y su sangre por sus convicciones libertarias, por
sus ideales revolucionarios; y en esa serie histórica de luchadores valerosos
el nombre de Fermín Salvochea es uno de los más brillantes, un nombre para las
generaciones venideras, un nombre que no será olvidado jamás.

III       Antecedentes – La familia – Su juventud
-Londres – Sociólogos e internacionalistas

Fermín Salvochea y Álvarez nació en
Cádiz el día primero de marzo de 1842. Su padre era un comerciante de fortuna,
heredero de una de esas familias de negociantes que tan importante papel han
desempeñado en la vieja ciudad mercantil. Claro está que Fermín recibió una
educación cuidadosa. Su padre, siguiendo una arraigada tradición de familia,
tenía la intención de hacer de él un hábil comerciante a fin de poder
entregarle más adelante sus negocios.

La primera juventud de Fermín fue
pacífica y dichosa en todo sentido. Se distinguía por su inteligencia extraordinaria
y por las cualidades valerosas y caballerescas de su carácter, que dejaba
entrever desde su infancia. Su madre, mujer admirable, le refería en su niñez
las leyendas y tradiciones de la ciudad de Cádiz, tan ricas y fantásticas como
un capítulo de Las mil y una noches y el pequeño Fermín la escuchaba leyendo
las palabras en sus labios. Esas historias románticas ejercieron profunda
influencia sobre el muchacho y a menudo recordaba, en medio de su vida
tormentosa, aquellas horas felices.

Al cumplir los quince años su padre lo
envió a Inglaterra para que perfeccionase sus conocimientos del idioma inglés y
continuara sus estudios comerciales. Fue este el primer acontecimiento
importante en la vida de Salvochea. En Inglaterra descubrióse ante él un nuevo
mundo. El carácter severo y puritano de la vida británica con sus formas
rígidas y convencionales y sus impresiones prosaicas, produjeron una influencia
profunda en el joven. La diferencia era demasiado notoria: el hermoso cielo
azul de Andalucía, Cádiz con sus blancas casas, sus palmeras y sus habitantes
rebosantes de temperamento y de pronto Londres con su neblina, sus edificios
negros, el humo de las chimeneas, las calles frías e inhospitalarias. Al
principio Salvochea se sentía como un prisionero en el nuevo ambiente, pero su
carácter enérgico venció rápidamente el primer influjo desagradable de
Inglaterra. Se dedicó a estudiar a los hombres y descubrió que el inglés seco y
frío posee al mismo tiempo un instinto de independencia individual notablemente
desarrollado y un sentimiento de libertad personal que es raro encontrar en
otros países.

Los cinco años que Fermín pasó en
Londres y en Liverpool fueron para él un período de gran desarrollo
intelectual. Dedicó todos sus momentos libres al estudio de la literatura
radical inglesa. Primero fueron los trabajos de Thomas Paine los que produjeron
una influencia poderosa sobre él; más tarde estuvo en contacto personal con
Charles Bredlow y sus amigos. La propaganda ateísta en Inglaterra tropezaba con
grandes dificultades en esa época, pero Bredlow y sus compañeros luchaban con
la mayor energía en favor de sus convicciones, tratando de destruir el concepto
medieval del teísmo que impera aun hoy día en vastos círculos de la sociedad
inglesa.

El joven Salvochea acogió con
entusiasmo la nueva doctrina y se convirtió en ateo. Para el español el ateísmo
desempeña, en general, un papel más importante que en las demás naciones. Es la
condición primordial de todo movimiento libertario, el primer paso de todo
libre progreso individual. España es el país clásico del clericalismo católico,
el país de la Inquisición, que ha sido casi totalmente arruinado por el dominio
oscurantista de la Iglesia. He ahí la razón por qué Salvochea ha sido toda su
vida un propagandista radical e incansable del ateísmo.

Pero Salvochea conoció en Inglaterra
otro ideal, que ejerció una gran influencia sobre su actuación posterior.
Cuando llegó a Londres, vivía aún Robert Owen, el célebre comunista inglés. Sus
ideas no sólo influían poderosamente sobre la clase obrera británica, sino
también sobre los elementos idealistas de la pequeña burguesía inglesa.
Salvochea estudió las obras de Owen y de otros escritores comunistas. Los
hechos sociales aparecieron de pronto a sus ojos bajo otra faz; prodújose una
revolución en su mentalidad y poco a poco empezó a comprender todo el
significado del gran problema social. La brillante crítica de la propiedad
privada formulada por Owen descubrió repentinamente ante él todos los males
sociales y al propio tiempo desarrollose en él el grandioso ideal de la
igualdad social y económica, como el único capaz de crear una vida armónica en
la sociedad humana. Salvochea se hizo comunista y siguió siéndolo hasta el
último día de su vida. Muchos años más tarde, en una ocasión especial, él mismo
analizó su evolución revolucionaria recordando su “período inglés”
con estas palabras características:

“Ciertos libros ejercen en
determinados momentos una inf1uencia poderosa sobre el desarrollo de un hombre:
Se sabe que el primer libro que leyó Ravachol fue la novela El judío errante de
Eugenio Sue. La influencia de este libro no se extinguió jamás en él, según su
propia declaración. Lo mismo puedo decir de mí; viviendo en Inglaterra leí por
vez primera a Thomas Paine. Sus escritos me convirtieron en internacionalista y
hasta hoy día me hallo todavía bajo su influencia. ‘Mi patria es el mundo,
todos los hombres son mis hermanos y mi religión consiste en hacer el bien.’
Estas palabras produjeron una impresión inolvidable en mí; yo buscaba en cada
palabra un sentido profundo y ellas se han grabado en mi mente para siempre.
Más tarde conocí a Robert Owen, quien me enseñó el ideal sublime del comunismo,
y a Bredlow, que me hizo conocer los puntos de vista del ateísmo. Todo lo demás
se desarrolló en mí por cuenta propia.”

IV       Breve esbozo de la historia social
española de mediados del pasado siglo

En 1864 Salvochea abandonó Londres
para regresar a Cádiz. En aquel entonces se iniciaba en Andalucía un vigoroso
movimiento revolucionario. Rafael Guillén y Ramón de Cala, dos hombres
valientes y socialistas convencidos, se consagraron con mucha energía y
entusiasmo a organizar los elementos republicanos y demócratas de la provincia.
El movimiento republicano en Andalucía ha tenido siempre un marcado carácter
socialista y la mayor parte de sus apóstoles y propagandistas fueron
partidarios del socialismo.

La propaganda socialista se inició en
España después de la revolución de 1840. En aquella época Joaquín Abreu
desarrollaba en Andalucía una propaganda vigorosa y llena de éxito en favor de
las ideas de Charles Fourier. Explicaba sus ideas en la prensa radical de
Cádiz, ideas que hallaron bien pronto un eco en los periódicos de otras
ciudades. Para conocer el desenvolvimiento que ha tenido ese movimiento basta
recordar el hecho de que Abreu logró en un breve plazo, de cuatro a cinco
millones de pesetas para fundar una colonia fourierista en los alrededores de
Jerez de la Frontera. Pero el gobierno impidió la realización de ese proyecto,
persiguiendo a los propagandistas socialistas. De éstos, los más conocidos
fueron Pedro Ugarte, Manuel Sagrario y Faustino Alonso; más tarde se agregaron
José Barterolo, Pedro Bohórquez y finalmente Guillén y De Cala, a quienes ya
hemos mencionado.

En 1864, Fernando Garrido, el famoso
historiador y socialista español, que conoció en Cádiz las doctrinas de
Fourier, fundó el primer periódico socialista de España, La Atracción, que
apareció en Madrid. La publicación no vivió mucho tiempo pero gracias a ella se
formó en la capital un círculo socialista que editó más tarde otro órgano, La
Organización del Trabajo. Hombres como el heroico Sixto Cámara, que cayó luego
en la lucha por la república social, Juan Sala, Francisco Ochando y después el
fogoso Cervera eran las figuras principales del círculo socialista de Madrid.
Cervera ha sido el fundador de la primera escuela libre socialista de España,
pero cuando ya contaba con más de 500 alumnos el ministro Morillo sofocó esa
brillante empresa, diciendo que “en España no necesitamos hombres capaces
de pensar, sino bestias de trabajo”.

En Barcelona el primer movimiento
socialista fue influido por el comunismo icario de Étienne Cabet. En 1847 el
comunista Monterreal fundó La Fraternidad, primer periódico comunista de la
capital catalana, en el cual publicó la obra de Cabet Viaje a Icaria. Ya en
1840 el obrero Munst había organizado en Barcelona un sindicato de tejadores
con 200 miembros, echando así la base dcl futuro movimiento sindicalista.

Desde 1850 se desarrolló en Cataluña
una activa propaganda por las ideas de Proudhon, que venció poco a poco a todas
las otras tendencias. Ramón de la Sagra y el famoso Pi y Margall tradujeron las
obras del teórico francés y bien pronto nació en Barcelona y en otras ciudades
catalanas un vasto movimiento mutualista y sindical. Este movimiento pasó a
Andalucía, aunque no ha tenido allí la misma importancia que en Cataluña. En
1853, el gobierno español intentó ahogar totalmente ese pacífico movimiento;
pero la ley contra las asociaciones obreras no fue más que letra muerta. En
1854 se creó una federadón de todas las corporaciones obreras de Cataluña,
contando con 90.000 socios. En 1855, el general Zapatero quiso sofocar ese
movimiento por medio de la fuerza. Fueron clausurados los locales de las
corporaciones y reducidos a prisión los propagandislas más conocidos. Al
principio los obreros se mantuvieron tranquilos, pero de pronto 50.000
proletarios pertenecientes a todos los gremios abandonaron el trabajo, el 2 de
julio de 1855, en las fábricas dc Barcelona, Sans, Cornellá, Reus, Badalona y
otras ciudades, declarando la huelga general en defensa dc sus derechos. Nadie
esperaba semejante hecho; la excitación general era enorme y el gobernador de
Barcelona lanzó una proclama a los obreros prometiéndoles reconocer sus
exigencias si volvían al trabajo. Los obreros consintieron. Durante los
primeros momentos se habló mucho, efectivamente, de reformas sociales, pero al
mismo tiempo se adoptaban con todo sigilo las medidas más bajas contra la
organización de los trabajadores, hasta que finalmente fueron proclamadas, en
1861, las conocidas leyes de excepción contra el proletariado de Cataluña.
Desde entonces los obreros esparñoles renunciaron a toda esperanza en una táctica
pacífica y en los llamados derechos legales.

En Andalucía, bajo el gobierno de
Narváez, la reacción había destruído desde hacía tiempo la fe en el progreso
pacífico. Hay pocos lugares en el mundo donde se haya vertido tanta sangre como
en ese país maravilloso. Andalucía ha sido siempre la región de las
conspiraciones y de las revueltas, porque más que cualquier otra provincia de
España ha sufrido bajo el yugo terrible de la reacción. Millares de hombres y
mujeres valientes anegaron con su sangre la tierra de Andalucía, miles de sus
habitantes perecieron en las cárceles de las colonias penales, mas la reacción
nunca fue capaz de sofocar el espíritu rebelde que late en el corazón del
pueblo andaluz.

Las sublevaciones de Málaga, Utrera y
de la provincia de Sevilla en 1857 fueron reprimidas de un modo sangriento.
Centenares de rebeldes fueron fusilados o recluídos. Sólo en Sevilla se
asesinaron 95, meses después de haber sido sofocado el levantamiento.

En 1861 se produjo una gran
sublevación bajo la jefatura del republicano socialista Pérez del Álamo. Este
levantamiento tuvo las mejores probabilidades de obtener un éxito. Fue
preparado durante mucho tiempo y no menos de 30.000 hombres se unieron a los
rebeldes cuando entraron en la ciudad de Loja; pero la incapacidad militar de
los dirigentes fue el mayor obstáculo para la empresa. Después de algunas
luchas luchas sangrientas los revolucionarios fueron vencidos. El gobierno
reaccionario se vengó horriblemente: más de 200 hombres fueron fusilados por
orden de los Consejos de Guerra, la mayor parte de ellos sin proceso.
Centenares de personas fueron enviadas a presidio, la reacción prohibía toda
manifestación de libertad y sólo en 1864, precisamente cuando Salvochea
regresaba de Londres, la situación general de Andalucía era algo mejor. Creemos
que esta somera revista histórica ha sido necesaria porque ella ofrece al
lector un pequeño cuadro de la situación bajo la cual se ha desarrollado la
acción de Salvochea.

V        De Londres a Cádiz – La comuna
revolucionaria de Cádiz -La república traicionada por los republicanos
timoratos y politiqueros -Defensa de Cádiz – Entereza ante la derrota

Fermín Salvochea volvió a Inglaterra
hecho un comunista y ateo. En su patria se convirtió en revolucionario y
republicano. Claro está, en defensor de una república comunista. Con todo el
apasionamiento entusiasta de su noble carácter se entregó al movimiento
revolucionario conspirador. Tuvo una participación activísima en las empresas
más arriesgadas y su valor personal, su espíritu de sacrificio, lo convirtieron
poco a poco en uno de los dirigentes más capaces y de mayor influencia en el
movimiento republicano. Salvochea era rico, sumamente rico; se decía que su
padre poseía una fortuna de tres millones de pesetas; pero Fermín vivía
modestamente y se valía de su riqueza como fondo para la causa revolucionaria.

Las casamatas de San Sebastián y Santa
Catalina, cerca de Cádiz, era en aquel entonces el albergue de los presos
políticos de toda España. Los revolucionarios que debían ser recluídos en las
colonias penales de Fernando Poo o de Manila quedaban encerrados durante algún
tiempo en las prisiones de Cádiz, antes de que fuesen enviados a su destino.
Salvochea los visitaba a todos y tenía para cada cual un buen consejo y alguna
ayuda.

En 1866 Salvochea y sus amigos
organizaron una empresa grandiosa. Se esperaba que los artilleros encarcelados,
que habían tomado parte en la sublevación de Madrid, serían enviados a la
prisión de San Sebastián para transportarlos luego a Manila. Pero por lo visto
el gobierno se mostró receloso porque cambió repentinamente de opinión.

En 1867 la reina Isabel volvió a poner
el mando en manos del odiado verdugo Narváez y el país desdichado sintió las
consecuencias de una terrible reacción. Ya en junio de 1868 habían estallado
algunas revueltas aisladas en Cataluña y Andalucía, pero fueron inmediatamente
reprimidas en sangre. Salvochea tuvo una participación destacada en el
levantamiento militar del regimiento Cantabria; dicho levantamiento fue el
preludio de la revolución de septiembre de 1868. Ésta comenzó el 18 de
septiembre en Cádiz, propagándose cual un incendio por toda Andalucía. El día
28, el ejército real fue batido por los insurgentes y el 29 la comuna de Madrid
proclamó la destitución de la dinastía borbónica.

Salvochea fue elegido miembro de la
comuna revolucionaria de Cádiz y segundo comandante del segundo batallón de
voluntarios. Fueron muchos los que quisieron incorporarse a él, pero Salvochea
eligió únicamente a los republicanos y a los comunistas.

Toda España saludó con el mayor júbilo
la caída de la odiada dinastía y durante un instante pareció que se iban a
realizar millares de esperanzas. Pero los hombres del gobierno provisional de
Madrid no eran más que monárquicos liberales y adversarios del ideal
republicano. Gracias a la actitud vergonzosa del republicanismo burgués,
Castelar y sus amigos, los miembros del nuevo gobierno, los señores Prim,
Zorrilla, Sagasta, etc., adquirieron valor y se pronunciaron abiertamente
contra la República. Salvochea y sus amigos comprendieron el peligro, sabían
que el gobierno flamante se vengaría de los republicanos en la primera
oportunidad. Con el propósito de prepararse para la lucha los revolucionarios
andaluces convocaron para los primeros días de diciembre de 1868 una gran
asamblea en Álava. Salvochea seleccionó los elementos fieles de Cádiz,
recomendándoles que no depusieran en modo alguno las armas. El 5 de diciembre
apareció, inesperadamente, an te los muros de Cádiz, una sección de artillería
exigiendo, en nombre del gobierno, que la milicia revolucionaria hiciera
entrega de sus armas en el término de tres horas. Aún no había transcurrido
este plazo cuando comenzó el tiroteo. Algunos revolucionarios cayeron muertos y
otros heridos.

lnmediatamente Salvochea se colocó al
frente de los rebeldes y organizó la defensa militar de la ciudad. La lucha
duró tres días; la artillería hizo esfuerzos desesperados por conquistar la
plaza sin resultado alguno. Salvochea luchó como un león, estaba en todos los
sitios de mayor peligro y su valor heroico infundió a los rebeldes una fuerza
increíble.

Al cuarto día los embajadores de la
ciudad solicitaron un armisticio, que fue aceptado por ambas partes. Pero el
gobierno “liberal” se apresuró a enviar contra los valerosos insurrectos
un ejército al mando del general Caballero de Rodas. Salvochea mantuvo su
posición hasta el 11 de diciembre; pero a medida que el general se iba
acercando, sin encontrar resistencia, comprendió Salvochea que el pequeño
núcleo de revolucionarios mal armado no estaba en condiciones de oponerse a un
ejército y que toda resistencia sólo ocasionaría una matanza, sin ninguna
probabilidad de éxito. En consecuencia disolvió la milicia revolucionaria
enviándola a otro lugar y quedándose él solo. Se fue tranquilamente al casino
militar para esperar allí al general Caballero de Rodas. El coronel Pazos, jefe
del tercer regimiento de artillería, lo fue a ver para pedirle que salvara su
vida, abandonando Cádiz, porque el general ordenaría, con toda seguridad, que fuese
fusilado. Salvochea no aceptó. El coronel le ofreció su ayuda personal, pero
Salvochea se mantuvo firme en su decisión. Sabía que el gobierno lo consideraba
como culpable principal y en caso de no ser hallado por De Rodas la ciudad
entera debería sufrir por su causa y eso habría sido para él peor que la
muerte. Su carácter noble no le permitió pensar en su propia salvación; estaba
dispuesto a afrontar toda la responsabilidad y resuelto a morir por sus hechos.
Esta actitud admirable impresionó profundamente hasta a sus enemigos y el
general De Rodas, no queriendo ser el verdugo de semejante hombre, lo envió en
calidad de prisionero de guerra a la fortaleza de San Sebastián.

Empero el pueblo de Cádiz supo
apreciar este carácter elevado y pocos meses después Salvochca era elegido por
gran mayoría representante de Cádiz en las Cortes. El gobierno provisional
había declarado anteriormente que no reconocería esa elección y el parlamento
“revolucionario”, en efecto, apoyó esta actitud. Diríase que esos
extraños “revolucionarios” querían demostrar que Salvochea no
cuadraba en su compañía; en este sentido tenían razón, pues el verdadero sitio
del gran rebelde era la barricada y no el parlamento.

VI       Amnistía – Movimiento federalista de
Cataluña -Derrotados – París – Vuelta a Cádiz – Salvochea alcalde de Cádiz

En febrero de 1869 se reunió el nuevo
parlamento y una de sus primeras resoluciones fue la de conceder la amnistía a
los presos políticos, que todo el pueblo requería enérgicamente. Algunos días
después Salvochea y muchos otros abandonaron las casamatas de San Sebastián y
Santa Catalina. Salvochea reanudó en seguida sus trabajos, fomentando en
Andalucía una agitación vigorosa a favor de un nuevo levantamiento republicano,
porque era aquel el único modo de salvar las consecuencias de la revolución del
68.

El 1 de junio de 1869 las Cortes
adoptaron una resolución monárquica, por 214 votos contra 56, decidiendo buscar
en Europa un rey adecuado para el trono español. Emilio Castelar y otros
republicanos burgueses se limitaron a protestar débilmente en lugar de recurrir
a la única solución que les quedaba: la sublevación. Pero esos comediantes
republicanos no querían saber nada de tales medios y prefirieron traicionar la
República y la revolución de 1868. En el mes de septiembre estalló en Cataluña
el levantamiento federalista. Salvochea y sus amigos resolvieron en el acto
apoyar a los rebeldes agitando la bandera de la revuelta en su provincia. El 30
de septiembre, Salvochea a la cabeza de 600 hombres, marchaba de Cádiz a Medina
para reunirse allí con los revolucionarios de Jérez y de Ubrique. Aun cuando
aquéllos sabían que las perspectivas de triunfar no eran muy brillantes,
decidieron iniciar la campaña, costara lo que costara. Sabían que el
levantamiento era el último recurso para defender su libertad y, hombres
resueltos, estaban decididos a morir antes que someterse sin intentar la
defensa.

Salvochea fue perseguido
inmediatamente por las tropas del gobierno. No lejos de Alcalá de los Gazules
se llevaron a cabo los primeros encuentros sangrientos. Los militares eran cien
veces más fuertes que los revolucionarios mal armados; pero éstos lucharon con
notable heroísmo y en pocos días presentaron tres batallas encarnizadas. Rafael
de Guillén fue hecho prisionero y los soldados lo asesinaron en una forma
salvaje, por orden del coronel Luque. Cristóbal Bohórquez, el defensor
incansable y heroico de la libertad e igualdad sociales, cayó en el campo de
batalla. Salvochea luchó como un héroe; sabía que su causa estaba perdida, pero
su valor era inquebrantable. Finalmente, después que el ejército hubo
conquistado los sitios estratégicos más importantes y después de haber recibido
los rebeldes la noticia de que no había sido posible promover un levantamiento
en Málaga y en Sevilla, los revolucionarios dispersaron sus filas para salvarse
aisladamente. Sometiéndose a varios peligros, Salvochea y otros lograron llegar
a Gibraltar. De allí pasó a París, donde frecuentó los círculos avanzados que
se agrupaban en torno de La Revue, Le Rapell y otros periódicos radicales. De
París Salvochea partió para Londres, de donde pudo regresar a España gracias a
la amnistía de 187l. En Cádiz el pueblo lo acogió con indescriptible entusiasmo
y ese mismo año fue elegido alcalde.

Como alcalde de Cádiz, Salvochea
trabajó mucho por el embellecimiento de la ciudad, convirtiéndola en una de las
más hermosas de España. Estableció también algunas reformas útiles en la
administración política. Pero no duró mucho tiempo en su cargo porque en julio
de 1873 estalló en España la revolución cantonalista y Salvochea fue uno de los
primeros en tomar el fusil en la mano para la conquista de la igualdad
económica y la autonomía local.

VII       El movimiento cantonalista y sus
consecuencias – Barcos ingleses y prusianos en ayuda de la reacción – Prisión
en La Gomera -Sus estudios y su evolución filosófica – Indulto rechazado – La
fuga

El 9 de febrero de 1873 el rey Amadeo
renunció al trono y pocos días después fue proclamada la República española. La
lucha sangrienta de la Comuna de París había producido gran impresión en España
y se presentía que iban a ocurrir grandes acontecimientos. Por eso Amadeo
prefirió renunciar. Pero el pueblo tampoco estaba conforme con la república
centralista y debido a eso los hombres del nuevo gobierno se vieron obligados a
proclamar la república federativa el 8 de junio de 1873. Para pacificar a los
descontentos se eligió para la presidencia del ministerio al conocido
proudhoniano Pi y Margall; pero el 3 de julio, al establecerse la nueva
Constitución, los federalistas se dieron cuenta de que se trataba de
engañarlos. Pi y Margall, el único hombre honesto y resuelto del nuevo
gobierno, renunció a su cargo por no querer traicionar sus principios. Entre el
5 y el 13 de julio se sublevaron numerosas ciudades proclamándose como comunas
independientes.

No puede ser, desde luego, el objeto
de nuestro trabajo ofrecer un cuadro de ese movimiento complicado, que sólo
concluyó el 11 de enero de 1874 con la represión sangrienta de la comuna de
Cartagena. Esta ciudad heroica estuvo sitiada durante seis meses por el
ejército español y por buques de guerra prusianos e ingleses antes de que se
consiguiera someterla.

Salvochea se adhirió inmediatamente al
movimiento federalista y fue elegido presidente del comité administrativo de la
comuna de Cádiz. Pero su situación era difícil a causa de que había múltiples
tendencias en el movimiento mismo. A principios de agosto llegó a las puertas
de Cádiz el general Pavía al mando de un ejército. Salvochea y sus amigos
defendieron la entrada de la ciudad, pero los buques de guerra británicos del
puerto de Cádiz se pusieron del lado de las tropas del gobierno, terminando con
ello toda tentativa de defensa interior.

Salvochea se hallaba en un lugar
seguro cuando los soldados del general Pavía entraron en la ciudad. Le hubiera
sido muy fácil llegar en bote hasta Cibraltar, pero al saber que muchos de sus
amigos habían sido arrestados él mismo se entregó en manos del enemigo a fin de
compartir la suerte de sus camaradas.

El consejo de guerra de Sevilla, lo
condenó a reclusión perpetua en una de las colonias penales de África. Su noble
amigo Pablo Laso se presentó voluntariamente ante el tribunal con la intención
de acompañar a Salvochea en su encierro. En marzo de 1874 ambos fueron enviados
al presidio de La Gomera. Salvochea soportó su destino con la mayor calma. Su
familia le ayudaba con dinero, pero él compartía hasta el último céntimo con
los desdichados presos y con los habitantes pobres de la colonia que lo veneraban
como a un santo. Salvochea era el espíritu bueno de la isla, amigo y hermano de
todo el mundo; su consuelo influía sobre todos evitando la desesperación. En
1876, fue trasladado a Ceuta, pero de allí fue nuevamente llevado a La Gomera.
Durante los ocho años que pasara en las colonias penales, Salvochea estudió la
medicina teórica y práctica, dedicando todos sus esfuerzos a los moradores de
La Gomera. Pero él mismo cumplió también una notable evolución intelectual en
su cautivero. Estando aún en España había tomado una participación entusiasta
en el movimiento obrero español y fue uno de los primeros miembros de la
Internacional en ese país; pero fue en la reclusión donde halló el tiempo
necesario para ocuparse de las ideas y aspiraciones de la federación española
de la Asociación Internacional de Trabajadores; comprendió poco a poco que la
república federativa no era más que el último escalón en la evolución
libertaria y los escritos de Bakunin y de otros pensadores avanzados lo
llevaron finalmente al anarquismo, que propagó con la mayor energía hasta el
último momento de su vida.

En 1875, la madre de Salvochea trató
de obtener el indulto de su hijo. Gracias a la ayuda de varios amigos
influyentes logró el consentimiento de Cánovas del Castillo; pero cuando Salvochea
tuvo noticia de esta gestión escribió a su madre una carta apasionada en la
cual le prohibía hacer esfuerzo alguno en favor de su indulto, declarando que
prefería morir en la prisión antes que aceptar un favor de sus enemigos más
acérrimos. En 1883 la Municipalidad de Cádiz hizo una nueva tentativa en este
sentido, con todo éxito, y el Tribunal Supremo resolvió conceder la amnistía a
Salvochea. Pero no habían contado con el férreo carácter del gran
revolucionario. Cuando el gobernador de la colonia penal le leyó su indulto,
Salvochea rompió el documento en presencia suya, declarando que para él sólo
existían dos maneras de ser libertado: o bien por su propia fuerza o por medio
de una amnistía general para los presos políticos. Es de imaginar la impresión
que produjo su actitud. Renunció Salvochea a la libertad y continuó en la
prisión. Pero nueve meses más tarde consiguió huir de La Gomera. Logró alcanzar
un pequeño velero árabe con el cual llegó a Gibraltar. Después de una corta
permanencia en Lisboa y en Orán se estableció en Tánger, residiendo allí hasta
1886, cuando, en virtud de la muerte de Alfonso XII, pudo volver a España,
donde fue recibido con un entusiasmo indescriptible.

VIII        1881 – Primer congreso público de los
anarquistas espa̱oles -El proceso de La Mano Negra РProceso y condena de
Salvochea – Penurias de su prisión – Intento de suicidio – Amnistía – Muerte de
Salvochea

Volvió Salvochea en un momento
oportuno. De 1874 a 1881 el movimiento anarquista en España atravesó un período
espantoso. Las bárbaras leyes de excepción impidieron toda propaganda pública.
Centenares de compañeros padecían en las cárceles y sin embargo el movimiento
subsistía en las organizaciones secretas. Se editaban periódicos clandestinos,
como por ejemplo El Orden, Las Represalias, La Revolución Popular, El
Movimiento, etc. Sólo en 1881 terminó ese período aciago y ese mismo año se
celebró el primer congreso público de los anarquistas españoles. De 1881 a 1892
el movimiento tomó un considerable incremento, estando Salvochea siempre a la
vanguardia de sus camaradas. En 1886, es decir, poco tiempo después de volver a
Cádiz, fundó un periódico anarquista, El Socialismo, y llevó a cabo una
enérgica propaganda en Andalucía. En todas las aldeas organizáronse los labriegos
y el anarquismo hizo un progreso enorme en la provincia entera. El gobierno
contemplaba con terror ese movimiento. Trató de suprimir el periódico por medio
de una serie de procesos, pero sólo consiguió fortificar la propaganda
anárquica. Durante la aparición del periódico, de 1886 a 1891, Salvochea fue
arrestado y condenando numerosas veces, pero su defensa enérgica ante los
jueces producía gran impresión, infun diendo cada proceso más vigor al
movimiento.

Entonces el gobierno se valió de otro
recurso. Ya a principios de 1880 había difundido la noticia de que existía en
Andalucía una sociedad conspiradora, La Mano Negra, compuesta de asesinos y
ladrones e influida por los principios anarquistas. La prensa reaccionaria
repitió tantas veces esta invención que finalmente todo el mundo la creyó y
millares de personas fueron detenidas y a menudo condenadas por ser miembros de
la presunta Mano Negra. En el fondo, la policía tenía la intención de disolver
en esta forma la poderosa Asociación de los labriegos españoles. El 1 de mayo
de 1890, Salvochea organizó una grandiosa demostración revolucionaria en toda
Andalucía, que produjo una impresión soberbia sobre los trabajadores de España.
Al año siguiente, en la misma fecha, se verificó una manifestación análoga,
aunque el gobierno había arrestado días antes a Salvochea y a otros compañeros.
Poco después del 1 de mayo estallaron dos explosiones en la ciudad. A
consecuencia de una murió un obrero y de la otra cuatro jóvenes. La prensa
reaccionaria, desde luego, sospechó de los anarquistas. El Socialismo declaró
inmediatamente que aquello era una estratagema de la policía, pero poco después
un ejército de pesquisas y vigilantes invadió la redacción del periódico,
“descubriendo” allí dos bombas que ellos mismos, claro está, habían
preparado. El resultado fue que detuvieron a gran número de camaradas;
Salvochea tuvo la misma suerte algunas semanas después.

Sucesos análogos ocurrieron también en
Jerez de la Frontera, una de las ciudades más revolucionarias de Andalucía. En
agosto de 1891 fueron arrestados allí 157 anarquistas, acusados de pertenecer a
La Mano Negra. Es claro que esas infamias de la reacción provocaron un odio
encarnizado entre los labriegos y campesinos. Viendo pisoteados sus derechos
más elementales, algunos centenares de ellos resolvieron libertar por la fuerza
a sus camaradas encarcelados en Jerez. La noche del 8 de enero de 1892, 500
labriegos y artesanos penetraron en la ciudad de Jerez al grito de “¡Viva
la revolución social! !Viva la anarquía!” Fueron muertos dos
terratenientes; al principio los soldados se asustaron y de este modo los
rebeldes lograron poner en práctica parte de su plan. Al amanecer, los
revolucionarios se tuvieron que retirar después de una lucha sangrienta con la
fuerza armada. La venganza de la burguesía fue terrible. El 18 de febrero de
1892 los anarquistas Lamela, Valenzuela, Bisiqui y El Lebrijano fueron
ajusticiados. Murieron heróicamente, saludando a la muerte con el grito de “¡Viva
la anarquía!” Y ellos resultaron los más felices; otros diez y siete
compañeros fueron condenados a diez, doce, quince y veinte años de presidio y
algunos aun a perpetuidad. Entre los acusados estaba también Salvochea.El
gobierno lo acusaba de haber organizado la sublevación de jerez, estando
encerrado en la cárcel de Cádiz. En esta última ciudad no hubo ningún juez que
se hiciese cargo del proceso. En consecuencia Salvochea fue puesto a
disposición de un consejo de guerra, el cual lo condenó a doce años de
presidio.

La actitud de Salvochea ante sus
jueces fue valiente. Bien sabía que iba a ser condenado, costara lo que
costara. Véase su diálogo con el juez: “Está usted obligado a contestar la
verdad a todas las preguntas que le voy a formular”. Salvochea: “Este
proceso no es más que una comedia vergonzosa y yo estoy condenado ya antes de
presentarme ante ustedes; por lo tanto no tengo nada que contestar”. El
juez: “La ley establece que el acusado que renuncia a responder a las
preguntas que le plantea el juez reconoce su culpabilidad”. Salvochea:
“Estoy resuelto a asumir la responsabilidad de mi silencio”. El juez:
“Pero debe usted respetarme como juez”. Salvochea: “Para mí
todos los hombres son iguales. Yo no reconozco superiores y no tengo por qué
respetarle”. El juez le formuló todavía una docena de preguntas, pero
Salvochea guardó silencio.

Salvochea fue transportado a la cárcel
de Valladolid, donde debía cumplir su condena. Al principio se le tuvo aislado
completamente del mundo exterior y ni siquiera se le permitía escribir cartas.
Sólo el 7 de noviembre de 1893, cuando estaba ya gravemente enfermo en el
hospital de la prisión, se permitió que algunos íntimos amigos suyos lo
visitaran. Su estado era de lo más espantoso que imaginarse pueda. El primer domingo
después de haber llegado a la cárcel de Valladolid, el director le exigió que
asistiese a misa. Salvochea se negó, diciendo que era ateo. “No importa
-replicó el director- usted irá a la iglesia o de lo contrario lo encerraré en
una celda subterránea”. -“Prefiero la celda”- contestó
Salvochea. Fue alojado en una cueva horrible, en un agujero oscuro, húmedo y
frío. Pasaron algunos meses; Salvochea enfermó a causa de la humedad y sintió
que sus fuerzas le iban abandonando de día en día. No podía esperar salvación
alguna, porque España atravesaba entonces un período reaccionario. En este
estado resolvió suicidarse, para poner fin a sus dolores. Con una vaina rota se
produjo dos heridas profundas en las venas del cuello y en un costado. Luego se
tendió en el suelo y perdió el conocimiento. Pero debido al horrible frio que
reinaba en la celda su sangre se congeló en las venas y esta fue su salvación.

Habiéndolo encontrado en tan espantoso
estado el director se acobardó. Lo trasladó al hospital y poco a poco fue
reponiéndose. Al recobrar la salud el director le ofreció un puesto de
escribiente en la prisión, pero Salvochea se resistió a aceptar, diciendo que
no quería ser un sirviente del Estado, ni siquiera en esa forma. El 21 de
agosto de 1898 fue trasladado a la cárcel de Burgos. Allí su situación era
mejor. Tradujo una obra de astronomía de Flammarion, produciendo algunos otros
trabajos de carácter literario. Por fin, en 1899, cuando los prisioneros de
Montjuich fueron libertados, gracias al vasto movimiento de protesta, se
abrieron también para Salvochea las puertas de la prisión. Se dirigió a Cádiz
donde el pueblo lo acogió con señalado júbilo. Su espíritu seguía siendo
siempre el mismo, pero su salud, sobre todo la vista, sufría mucho a causa de
los largos años de encierro.

Salvochea se mostró activo hasta el
final de sus días. Sacrificó sus bienes y su sangre, toda su fortuna, por el
ideal en que creía y llegó a ser tan pobre como el proletario más indigente.
Escribió numerosos artículos para la prensa anarquista de España y editó
también algunos folletos. Su último trabajo literario ha sido una excelente
traducción de Campos, fábricas y talleres de Kropotkin, que se publicó
primeramente en La Revista Blanca y luego en libro.

IX       Sepelio de Salvochea

Esta es, brevemente narrada, la
biografía de Fermín Salvochea, héroe y luchador. Su muerte causó un mar de
lágrimas y su sepelio dió lugar a una manifestación enorme, en la que
participaron cerca de 50.000 personas. De todos los pueblos y aldeas afluyeron los
pobres y desheredados para despedirse del extinto. Centenares de mujeres
besaban los labios fríos que antes llamaran con tanta frecuencia a la lucha por
el pan y la libertad. Yal ser depositado en la fosa el cadáver del inolvidable
camarada, millares de bocas exclamaron: “¡Viva la anarquía!”

Salvochea ha muerto, pero un
movimiento que cuenta en sus filas con semejantes hombres es invencible.

 

Rudolf
Rocker (1945)

Fuente:
http://www.nodo50.org/tierraylibertad/229.html#articulo2




Fuente: Pacosalud.blogspot.com