December 5, 2021
De parte de Arrezafe
412 puntos de vista


La independencia de “los últimos en saber” â€” Iroel Sánchez

En Full metal jacket,
la película de Stanley Kubrick sobre Vietnam, hay una escena
en la que el oficial estadounidense a cargo de la prensa en la guerra
da instrucciones a los periodistas sobre cómo cubrir los
acontecimientos en el terreno. No hay espacio para el menor desliz,
desde cómo hacer las fotos a una cantante y actriz que llegará para
levantar el ánimo de las tropas, hasta la palabra exacta para
denominar cada tipo de persona en el bando propio o enemigo, incluso
si quienes huyen de la guerra deben ser llamados «evacuados» o
«refugiados». Los más mínimos detalles son precisados para cada
cobertura y reporte. «Periodistas empotrados» se llamarán tiempo
después, en la guerra de Irak, esos que Kubrick ubica en Saigón.

A los no empotrados, los
independientes del mando estadounidense que intenten cubrir la guerra
fuera de las tropas, les puede salir muy caro. En el primer día de
la llegada del ejército estadounidense a Bagdad, en la guerra de
2003, los periodistas que hacían la cobertura desde el Hotel
Palestina lo supieron muy rápido, un tanque del US Army los puso en
la mira y dos camarógrafos murieron, entre ellos el español José
Couso
. Nunca hubo justicia para Couso; primero, el gobierno de
derecha del PP era parte de la coalición que, en contra de la ONU,
invadió el país mesopotámico, luego el de «izquierda» del PSOE
sacó las tropas de Irak, pero las instrucciones que recibió desde
el State Department, que constan en Wikileaks, prueban que tanto el
fiscal general del Estado español, Cándido Conde-Pumpido,
como el fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Javier Zaragoza, y la
entonces vicepresidenta socialdemócrata, María Teresa Fernández
de la Vega
, pactaron con la embajada estadounidense el cierre del
caso. Así es el pluripartidismo de unánime cuando se trata de
asuntos que interesan al imperio.

A propósito de
Wikileaks, sabemos de la persecución y todo tipo de arbitrariedades
impulsadas sucesivamente desde la Casa Blanca por republicanos y
demócratas contra este proyecto auténticamente independiente. Quizá
debería esperarse que filántropos como George Soros y sus
Open Society, que han patrocinado medios de comunicación y
«laboratorios de ideas» para Cuba en nombre de las libertades de
información y expresión, tuvieran una actitud diferente, sin
embargo, cuenta el excolaborador de Julian Assange, Daniel
Domscheit-Berg
, en su libro Dentro de Wikileaks, que
«Julian (Assange) habló con un representante del Open Society
Institute (OSI) de George Soros, que le preguntó de dónde
sacábamos el dinero para Wikileaks, y dio a entender que el OSI
subvencionaba proyectos como el nuestro. Según Julian, este se
interesó también por nuestras necesidades, y comentó que no
debíamos ser modestos. Por lo que sé, tampoco conseguimos nada».
Así son las cosas con el poder, gubernamental o no, pero realmente
existente, cuando dices «lo que no quieren que se diga».

¿Y lo que sí quieren?
El militar que en Full metal jacket da las órdenes a los
periodistas es un oficial de las fuerzas armadas estadounidenses,
pero según ha relatado John Stockwell, el oficial de la CIA a
cargo del trabajo con la prensa, que permaneció en Saigón casi
hasta que los últimos estadounidenses salieran del techo de su
embajada colgados de los helicópteros en imágenes que se han hecho
icónicas, el trabajo de encargar y colocar historias en grandes
medios de comunicación, editoriales, y agencias de prensa es una
actividad que la Agencia ha realizado siempre, utilizando periodistas
y escritores a los que paga, o fabricándolas y luego pidiendo solo
su firma.

En una extensa entrevista
que pondremos próximamente en La pupila asombrada, Stockwell,
quien también estuvo al frente de la operación de propaganda de la
CIA durante la intervención estadounidense para mediatizar la
independencia de Angola, cuenta cómo fabricó fakes news
sobre las tropas cubanas allí, su colocación en un periódico de la
vecina Zambia, donde la agencia AFP los convertía en despachos que
luego generaban publicaciones en medios de comunicación de Europa y
Estados Unidos. Igualmente, el exoficial de la Agencia relata la
colocación de textos completos con ese objetivo en la revista Time
y el diario The Washington Post, así como la escritura de
numerosos libros por encargo que aún permanecen, sin identificarse
como propaganda pagada por la CIA, en importantes bibliotecas
estadounidenses.

Pudiera decirse que las
anteriores son historias de hace tiempo, y que ya eso no es así, que
ha cambiado con el dominio a través de las redes sociales en
internet y la concentración creciente de la propiedad sobre los
medios, haciendo innecesaria una intervención tan invasiva; pero es
muy difícil cambiar de métodos cuando se actúa de modo impune.

Ya en esta década, el
periodista alemán Udo Ulfkotte, quien trabajó durante 17
años en el importante diario Frankfurter Allgemeine Zeitung,
denunció en un libro de 2014, titulado Periodistas comprados,
acciones muy similares a las descritas por Stockwell. Ulfkotte habla
de la embajada estadounidense en Berlín enviando pagos a los
principales medios de comunicación alemanes, y revela una lista de
fundaciones y organizaciones «no gubernamentales» estadounidenses y
europeas, y periodistas involucrados con ellas. Se trata del Fondo
Marshal
, Puente Atlántico, American Academy y
Aspen Institute, entre otras. El reportero alemán detalla los
temas encargados para escribir, particularmente las campañas de
prensa sobre Rusia, Libia y Ucrania, en las que oficiales de los
servicios de inteligencia alemanes y estadounidenses les entregaron
textos en los que solo puso su firma. También en una entrevista,
Ulfkotte explicó lo que puede suceder a quien se niegue a colaborar,
con ejemplos de situaciones laborales de colegas suyos. Pero el más
contundente testimonio es su propia vida, que terminó de un infarto,
a pesar de tener solo 56 años, después de haber denunciado
reiteradamente amenazas de muerte e incursiones de organismos de
seguridad en su apartamento.

El periodista alemán Udo
Ulfkotte, autor del libro Periodistas comprados, murió de un
sospechoso infarto. “He sido periodista durante 25 años. Fui
instruido para mentir, traicionar y nunca decir la verdad al público.
Fui sobornado por la CIA, sociedades secretas y multimillonarios
estadounidenses. Los periodistas son utilizados para manipular a la
gente.”

Poco hemos podido conocer
en la gran prensa occidental sobre lo anterior, tampoco sobre los
repetidos ataques a que son sometidos artistas, periodistas e
intelectuales cubanos por medios de comunicación financiados desde
Estados Unidos para que se plieguen a determinada postura política,
pero es de suponer lo que sucedería si un caso como el de Ulfkotte
ocurriera en Cuba. La campaña de odio desatada en internet contra
los músicos que participaron en el videoclip Con Cuba no te metas
es un ejemplo de cómo funciona una maquinaria censora a la que de un
lado en los grandes medios solo interesan los artistas e
intelectuales cubanos si «protestan contra el gobierno» y silencian
un hecho de valor cultural y político protagonizado por personas de
reconocida trayectoria artística, mientras la máquina de guerra
mediática, especialmente, financiada contra Cuba por Estados Unidos
los calumnia, insulta y agrede. Uno de esos agredidos me escribió
ante tal situación: «los ataques que me han hecho últimamente,
organizados, coordinados y diciendo lo mismo, es lógico que todos
responden a una organización rectora. Si me quedaba alguna duda,
ellos se han encargado de despejarla».

Las noticias, con
excepción de los desastres naturales, no son espontáneas, y aún
estos siempre son interpretados y cubiertos periodísticamente con
una intencionalidad política. Es evidente que se impone una agenda
al mundo, que se derrama en cascada desde los medios de élite (CNN,
The New York Times…) hasta el periódico de una pequeña
ciudad de provincias. El que pretenda cambiar la agenda debe estar
dispuesto a perder fuentes de financiamiento y anunciantes. Si eso no
fuera suficiente están las denuncias judiciales, los pleitos y las
campañas de descrédito. En el entorno iberoamericano, honrosas y
escasísimas excepciones, como La Jornada, de México,
confirman la regla que dictamina la muerte, anunciada y ocurrida, de
periódicos disidentes como O Diario, en Portugal (con más de
mil horas de demandas en los tribunales); el español Liberación
(asfixiado económicamente entre los bancos y los distribuidores), o
el vasco Egin (criminalizado y clausurado por el gobierno de
José María Aznar a punta de metralleta), por solo citar tres
ejemplos de cómo funciona la libertad de expresión para los que
pretenden una independencia real. Noam Chomsky hace ya tiempo
explicó los tres filtros que deciden el contenido de los medios:
propietarios, anunciantes y fuentes. Si alguien lo duda, un reciente
libro del exdirector del diario español El Mundo, con
testimonios impresionantes, a pesar de esperables, se ha encargado de
confirmarlo.

Aún es una aspiración
lo expresado por Fidel sobre que en nuestra prensa «debe
existir la más amplia libertad para que el pueblo utilice esos
medios en favor de los intereses de la causa, en la crítica dura a
todo lo que esté mal hecho. Creo que mientras más crítica exista
dentro del socialismo, eso es lo mejor…», pero es en la nuestra,
no en la que Estados Unidos paga para que el país deje de ser de los
cubanos y pase a ser de ellos. ¿Es posible el periodismo
independiente sin un país independiente?

Con 50 millones de
dólares anuales presupuestados –solo públicamente– por el
Gobierno de Estados Unidos para hacer propaganda contra Cuba,
mientras no ha dejado de proclamar en sus 12 administraciones el
objetivo de cambiar el régimen existente en la Isla, ¿es posible
pensar que lo relatado por Stockwell y Ulfkotte no ocurra con la
producción «informativa» acerca de temas cubanos?

A pesar de ello, los
participantes en la telaraña financiero-propagandística contra Cuba
hablan de su independencia. Como recomendara recientemente el
filósofo argentino Néstor Kohan, deberían leer a Frances
Stonor Saunders
, autora del libro La
CIA y la guerra fría cultural
. Stonor Saunders define la
guerra sicológica como «la puesta en práctica de forma planificada
por parte de una nación, de propaganda y actividades no bélicas que
promocionaran ideas e informaciones dirigidas a influir en las
opiniones, actitudes, emociones y comportamientos de grupos
extranjeros, de un modo que favorecieran los logros y objetivos
nacionales». Nada más elocuente que cuando cita a uno de los
oficiales de la CIA definiendo la «forma de propaganda más
efectiva» como aquella en la que «el individuo actuaba en la
dirección en que se esperaba, por razones que creía eran las suyas
propias».

No todo es tan explícito
como enviar sobres con dinero. Ulfkotte afirma: «No van hacia ti y
dicen «Somos la CIA, ¿quieres trabajar para nosotros?». No, te
invitan a descubrir Estados Unidos, pagan todos tus gastos y estás
cada vez más corrupto… ». Se compra no solo con dinero, también
financiando celebridad con viajes, entrevistas, premios e
invitaciones a eventos que te hacen sentir importante, aplaudiendo tu
«rebeldía», tu «independencia» y tu «objetividad», sobre todo
si te convencen de que tu país «necesita nuevos líderes» y tú
puedes ser el profeta del cambio, el Vaclav Havel cubano. Stonor
Saunders dijo en una conferencia en la Feria del Libro de La Habana
de modo terminante: «No tiene sentido discutir estas definiciones,
están basadas en documentos del gobierno y proporcionan los
principales argumentos de la estrategia de la guerra fría cultural».
Pero algunos pueden preferir la tela roja con letras doradas que
preside la escena de Full metal jacket que describí al
principio de este artículo: «First to go last to know»
(Primero en ir, último en saber).


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Fuente: Arrezafe.blogspot.com