December 7, 2022
De parte de ANRed
201 puntos de vista

鈥淓ran m谩s de tres mil -fue todo cuanto dijo Jos茅 Arcadio Segundo-. Ahora estoy seguro que eran todos los que estaban en la estaci贸n鈥. 鈥楥ien a帽os de soledad鈥.El 6 de diciembre de 1928 ocurri贸 la 鈥渕asacre de las bananeras鈥, un crimen hist贸rico del Estado de Colombia contra los obreros de la United Fruit Company estadounidense, que marc贸 la memoria de los trabajadores y el pueblo colombiano. Por Jorge Montero.


Gabriel Garc铆a M谩rquez, nacido en Aracataca un a帽o antes de la matanza, recupera en la trama de 鈥楥ien a帽os de soledad鈥, fragmentos de recuerdos infantiles, relatos familiares y testimonios de sobrevivientes, componi茅ndolos en su narraci贸n ficcional. Garc铆a M谩rquezl va creciendo con la presencia fantasmag贸rica de esos cad谩veres de obreros insepultos, alimentada por la memoria alucinada de los vivos. Aracataca se trasforma en Macondo y Jos茅 Arcadio Segundo en uno de los sobrevivientes de la masacre.

En 1905 se hab铆a instalado en Aracataca, municipio de Magdalena, una plantaci贸n de la United Fruit Company que explotaba el banano para exportaci贸n. La llegada de la empresa trajo para la regi贸n tecnolog铆as hasta entonces desconocidas. El tren era una de ellas. Adem谩s de partir cargado de bananas, llegaba con un aluvi贸n de inmigrantes en busca de trabajo que, posteriormente, Garc铆a M谩rquez llamar铆a de 鈥榣a hojarasca鈥 y al cual dedicar铆a uno de sus relatos m谩s v铆vidos:

鈥淒e pronto, como si un remolino hubiera echado ra铆ces en el centro del pueblo, lleg贸 la compa帽铆a bananera perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos; rastrojos de una guerra civil que cada vez parec铆a m谩s remota e inveros铆mil. La hojarasca era implacable. Todo lo contaminaba de su revuelto olor multitudinario, olor de secreci贸n a flor de piel y de rec贸ndita muerte. En menos de un a帽o arroj贸 sobre el pueblo los escombros de numerosas cat谩strofes anteriores a ella misma, esparci贸 en las calles su confusa carga de desperdicios. Y esos desperdicios, precipitadamente, al comp谩s atolondrado e imprevisto de la tormenta, se iban seleccionando, individualiz谩ndose, hasta convertir lo que fue un callej贸n con un r铆o en un extremo un corral para los muertos en el otro, en un pueblo diferente y complicado, hecho con los desperdicios de los otros pueblos鈥.

Esta mano de obra era intermediada por contratistas y la United Fruit no se responsabilizaba por los reclamos de los trabajadores. Organizados en sindicatos, los obreros comenzaron un movimiento por nueve reivindicaciones: 鈥淪eguro colectivo, indemnizaci贸n en caso de accidente de trabajo, descanso dominical remunerado, aumento de salario en cincuenta por ciento, suspensi贸n de los comisionados dentro de la regi贸n, cambio del pago quincenal por el semanal, suspensi贸n de los contratos individuales y vigencia de los colectivos, un hospital por cada cuatrocientos trabajadores, un m茅dico por cada doscientos e higienizaci贸n de los campamentos de trabajadores鈥.

Los dirigentes sindicales, comunistas y anarcosindicalistas, convocaron a una huelga que dur贸 28 d铆as y que puso en pie de guerra a la empresa. El gobierno conservador de Miguel Abad铆a M茅ndez declar贸 鈥渆stado de alteraci贸n del orden p煤blico鈥 y 鈥渢oque de queda鈥 en la v铆spera de la masacre. Tratando de enga帽ar a los trabajadores, se les dijo que el gobernador y el mism铆simo gerente de la United Fruit llegar铆an en tren para proponer un acuerdo. Al amanecer del d铆a 6 de diciembre, los huelguistas se concentraron en la estaci贸n esperando a las autoridades. Pero fueron sorprendidos por la llegada del general Carlos Cort茅s Vargas, jefe civil y militar de la regi贸n, acompa帽ado por unos 300 soldados. El general ley贸 a la multitud cuatro decretos ordenando que se dispersase bajo amenaza de abrir fuego. Como la muchedumbre no se retiraba, Cort茅s Vargas dio un minuto m谩s. Seg煤n la historiograf铆a, una voz en medio de la masa respondi贸: 鈥淧uede quedarse con el minuto que falta鈥.

Los militares abrieron fuego. La masacre ocurri贸 entre la una y media y las dos de la madrugada. El conteo de los cad谩veres comenz贸 s贸lo a las seis de la ma帽ana. Durante las cuatro horas previas hubo procedimientos para hacer desaparecer la mayor铆a de los cuerpos, reduciendo el n煤mero oficial a 9 v铆ctimas fatales y s贸lo tres heridos.

En 鈥楥ien a帽os de soledad鈥 es Jos茅 Arcadio Segundo quien se encuentra en medio de la multitud que se hab铆a concentrado en la estaci贸n: 鈥淸鈥 esperando un tren que no llegaba, m谩s de tres mil personas, entre trabajadores, mujeres y ni帽os, hab铆a desbordado el espacio descubierto frente a la estaci贸n y se apretujaban en las calles adyacentes que el ej茅rcito cerr贸 con filas de ametralladoras.

鈥-Se帽oras y se帽ores 鈥揹ijo el capit谩n con una voz baja, lenta, un poco cansada-, tienen cinco minutos para retirarse .La rechifla y los gritos redoblados ahogaron el toque de clar铆n que anunci贸 el principio del plazo. Nadie se movi贸.- Han pasado cinco minutos 鈥 dijo el capit谩n en el mismo tono-. Un minuto m谩s y se har谩 fuego. Jos茅 Arcadio Segundo, sudando hielo, se baj贸 al ni帽o de los hombros y se lo entreg贸 a la mujer. 鈥楨stos cabrones son capaces de disparar鈥, murmur贸 ella. Jos茅 Arcadio Segundo no tuvo tiempo de hablar, porque al instante reconoci贸 la voz ronca del coronel Gavil谩n haci茅ndoles eco con un grito a las palabras de la mujer. Embriagado por la tensi贸n, por la maravillosa fascinaci贸n de la muerte, Jos茅 Arcadio Segundo se empin贸 por encima de las cabezas que ten铆a enfrente, y por primera vez en su vida levant贸 la voz. -隆Cabrones!- grit贸-. Les regalamos el minuto que falta.鈥

El peri贸dico 鈥楲a Prensa鈥 de Barranquilla habl贸 de 100 muertos. El general conservador Pompilio Guti茅rrez, cinco meses despu茅s de la masacre, en una entrevista al diario 鈥楨l Espectador鈥, afirmaba que ten铆a pruebas irrefutables de que los muertos eran m谩s de mil y que el gobierno lo ocultaba. El escritor Carlos Arango en su libro 鈥楽obreviviente de las bananeras鈥, habla de centenas de muertos y cita testimonios de choferes de los veh铆culos militares que llevaban los cad谩veres hasta las lanchas para echarlos al mar antes de las 6 de la ma帽ana. El propio c贸nsul de Estados Unidos, en un informe publicado tiempo despu茅s, afirmaba que los asesinados pasaban del millar.

R谩pidamente, en la novela de Garc铆a M谩rquez, el punto de vista de la masacre deja de ser el de Jos茅 Arcadio Segundo para pasar a ser el de un ni帽o que est茅 levanta del suelo, evitando que sea pisoteado por la multitud despavorida. 鈥淢uchos a帽os despu茅s, el ni帽o hab铆a de contar todav铆a, a pesar de que los vecinos segu铆an crey茅ndolo un viejo chiflado, que Jos茅 Arcadio Segundo lo levant贸 por encima de su cabeza, y se dej贸 arrastrar, casi en el aire, como flotando en el terror de la muchedumbre, hacia una calle adyacente. La posici贸n privilegiada del ni帽o le permiti贸 ver que en ese momento la masa desbocada empezaba a llegar a la esquina y la fila de ametralladoras abri贸 fuego (鈥)

鈥淓l ni帽o vio una mujer arrodillada, con los brazos en cruz, en un espacio limpio, misteriosamente vedado a la estampida. All铆 lo puso Jos茅 Arcadio Segundo, en el instante de derrumbarse con la cara ba帽ada en sangre antes de que el tropel colosal arrasara con el espacio vac铆o, con la mujer arrodillada, con la luz del alto cielo de sequ铆a, y con el puto mundo donde 脷rsula Iguar谩n hab铆a vendido tantos animalitos de caramelo鈥.

Las cuatro p谩ginas que relatan el episodio son como una piedra incrustada en el texto. 鈥淭ratando de fugarse de la pesadilla, Jos茅 Arcadio Segundo se arrastr贸 de un vag贸n a otro, en la direcci贸n en que avanzaba el tren, y en los rel谩mpagos que estallaban por entre los listones de madera al pasar por los pueblos dormidos ve铆a los muertos hombres, los muertos mujeres, los muertos ni帽os, que iban a ser arrojados al mar como el banano de rechazo. (鈥) Cuando lleg贸 al primer vag贸n dio un salto en la oscuridad, y se qued贸 tendido en la zanja hasta que el tren acab贸 de pasar. Era el m谩s largo que hab铆a visto nunca, con casi doscientos vagones de carga, y una locomotora en cada extremo y una tercera en el centro. No llevaba ninguna luz, ni siquiera las rojas y verdes l谩mparas de posici贸n, y se deslizaba a una velocidad nocturna y sigilosa. Encima de los vagones se ve铆an bultos oscuros de los soldados con las ametralladoras emplazadas鈥.

Es bueno recordar que, para lo ocurrido en Aracataca, el gobierno colombiano y la United Fruit Company -que poco tiempo despu茅s abandona la regi贸n- tambi茅n construyeron una ficci贸n. Su relato tiene, asimismo, una po茅tica de muerte. Pensemos, por ejemplo, que la versi贸n de los militares hablaba de 9 cad谩veres, uno por cada reivindicaci贸n de los huelguistas.

鈥淓ran m谩s de tres mil 鈥 fue todo cuanto dijo Jos茅 Arcadio Segundo-. Ahora estoy seguro que eran todos los que estaban en la estaci贸n鈥, la voz de Garc铆a M谩rquez.

Es a partir de esta masacre asestada por la empresa bananera, que Macondo camina hacia su irreparable decadencia. Jos茅 Arcadio Segundo deambula tres horas bajo la lluvia torrencial, que se prolonga por cuatro a帽os, once meses y dos d铆as. Todo se pudre. La naturaleza lentamente va recuperando todo lo que le fue retirado鈥 鈥淓l tiempo pasa, pero no tanto鈥, dice 脷rsula.





Fuente: Anred.org