February 3, 2022
De parte de La Haine
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Una historia de violencias e injusticias :: En Guatemala hace 25 a√Īos se firm√≥ la paz. Pero no hay paz. ¬ŅQu√© significa eso?

El 29 de diciembre de 1996 formalmente terminó un enfrentamiento bélico entre dos partes (ejército y guerrilla), pero pese a esa firma la sociedad sigue desgarrada, empobrecida, con las mimas causas históricas que hace décadas encendieron el conflicto, con impunidad y corrupción, envuelta en un ámbito de distintos modos de violencias cotidianas, sin miras de solución real a todo eso en el corto tiempo. Dicho de otro modo: ¡nada de paz!

La historia de lo que hoy se conoce como Guatemala, desde la llegada de los conquistadores espa√Īoles a la fecha, est√° marcada brutalmente por distintas formas de violencia e injusticias. Los cinco siglos transcurridos desde el contacto de los pueblos mayas con los invasores espa√Īoles terminaron generando una sociedad absolutamente asim√©trica. En la misma, los descendientes de los conquistadores y las clases dominantes vern√°culas que fueron desarroll√°ndose, mantuvieron hasta la fecha enormes y desiguales beneficios sobre los pueblos originarios, y posteriormente sobre la masa empobrecida de ese engendro confuso de llamados “ladinos” (pobres que no se sienten ind√≠genas, pero igualmente excluidos por el sistema imperante). Con el tiempo, esas irritantes diferencias no s√≥lo no se achicaron, sino que se mantuvieron e incluso se agrandaron, haciendo del pa√≠s uno de los m√°s desiguales en el mundo, donde la renta nacional est√° m√°s inequitativamente repartida. Esas enormes asimetr√≠as estructurales se ampararon, en muy buena medida, en un despiadado racismo, coadyuvando a las mismas una cultura patriarcal que no da miras de terminar, todo envuelto en impunidad.

La matriz de relación político-cultural que se fue imponiendo para todas las vinculaciones humanas -no sólo las económicas- estuvo dada por el autoritarismo. Así, las relaciones étnicas, las de género, las generacionales y, en general, las distintas modalidades de tratamiento entre grupos y/o individuos, están atravesadas por patrones verticalistas. En esa lógica, quien manda tiene derecho a mandar sin atenuantes; y quien obedece, tiene que obedecer sin cuestionamientos.

Esa cultura autoritaria fue dando como resultado una particular forma de apreciar la vida del otro subestimado. De esa manera, desde el ejercicio de poderes siempre marcadamente asim√©tricos, la integridad f√≠sica y psicol√≥gica del otro subestimado, el otro “inferior”, qued√≥ a merced del superior, lo cual estableci√≥ una matriz de impunidad generalizada: el dominador puede hacer casi lo que desea con el dominado o, al menos, puede imponerle sus criterios con total naturalidad, porque la normalidad aceptada es obedecer sin protestar.

Estas matrices autoritarias y violentas marcaron tambi√©n los rasgos distintivos con que se organiz√≥ y se desenvolvi√≥ el Estado desde el momento mismo de su nacimiento hace dos siglos. Ese Estado, lejos de ser una instancia destinada a armonizar las relaciones entre los distintos grupos sociales, fue una brutal prolongaci√≥n del dominio de las clases dominantes. Durante muy largos a√Īos funcion√≥ con patrones racistas, excluyentes de las grandes mayor√≠as, capitalino y desinteresado del interior del pa√≠s, sumamente deficiente en su funci√≥n de llevar servicios y satisfactores que aseguraran el bien com√ļn para la totalidad de la poblaci√≥n. En general el Estado estuvo puesto al servicio y beneficio s√≥lo de un determinado grupo de poder: lo oligarqu√≠a tradicional, hist√≥ricamente agroexportadora, que desde la formal independencia en el siglo XIX ha manejado el pa√≠s con criterio de finca propia, haciendo del presidente un virtual capataz. Junto a ello, durante todo el siglo XX y lo que va del XXI, funcion√≥ tambi√©n como protector de los intereses econ√≥micos y geopol√≠ticos de la potencia dominante en el √°rea latinoamericana: EEUU.

En 1821 las oligarqu√≠as de la regi√≥n centroamericana, con la guatemalteca a la cabeza, tomaron distancia del Rey de Espa√Īa liber√°ndose de la presi√≥n ejercida por la corona, no pagando ya impuestos. El pueblo de a pie, como siempre, fue convidado de piedra en ese proceso. Para evitar su participaci√≥n real y efectiva en ese hecho pol√≠tico, la √©lite se apresur√≥ a preparar las condiciones. Unas semanas antes de la formal declaraci√≥n de esa independencia, las principales familias aristocr√°ticas criollas de la Capitan√≠a General de Guatemala -Aycinena, Beltranena, entre otras- hab√≠an desarrollado lo que se conoci√≥ como Plan Pac√≠fico, donde expl√≠citamente dec√≠an que:

La aceptaci√≥n del Jefe tendr√° por primer efecto convocar una Junta General√≠sima de los vecinos (a pretexto de prevenir el desorden en caso de decidirse el pueblo a la independencia)“.

En otros t√©rminos: cuidaban especialmente que el “populacho” no pasara de ser solo una marioneta, que festejase esa nueva condici√≥n de “libres” haciendo de comparsa de la √©lite, evitando as√≠ toda radicalizaci√≥n de la medida (lo que s√≠ hab√≠a sucedido, por ejemplo, en Hait√≠, la primera independencia de una colonia en suelo latinoamericano en 1804, una verdadera sublevaci√≥n de esclavos negros). Curiosamente, lo cabildeado en secreto por la aristocracia vern√°cula, d√≠as despu√©s se transformar√≠a en discurso oficial, seg√ļn el Art√≠culo 1 del Acta de Independencia de 1821:

Que siendo la independencia del gobierno espa√Īol la voluntad general del pueblo de Guatemala, el se√Īor jefe pol√≠tico la mande a publicar, para prevenir las consecuencias que ser√≠an terribles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo“.

Esa historia de exclusi√≥n de las grandes mayor√≠as populares y de una √©lite aristocr√°tica en la opulencia m√°s descarnada marc√≥ la din√°mica del pa√≠s por siglos. Solo en 1944, sin constituirse en una aut√©ntica revoluci√≥n socialista, pero s√≠ cambiando bastante las reglas de juego, pudo asistirse a un momento de renovaci√≥n. La Revoluci√≥n de Octubre, que dio como resultado las presidencias progresistas de Juan Jos√© Ar√©valo y luego de Jacobo Arbenz, signific√≥ un parteaguas en la historia. Ese movimiento pol√≠tico, la Primavera Democr√°tica, fue un intento de modernizaci√≥n del pa√≠s, siempre en los marcos del capitalismo, pero con sustantivas mejoras para los hist√≥ricamente despose√≠dos (C√≥digo de Trabajo, Seguro Social, Reforma Agraria, voto femenino, autonom√≠a universitaria). La oligarqu√≠a nacional, junto al gobierno de EEUU, que por ese entonces ya era el dominador de Latinoam√©rica a quien ve√≠a como su reserva natural, su obligado patio trasero, encendieron las alarmas ante ese proceso y reaccionaron airadas. En el marco de la Guerra Fr√≠a que iniciaba entre las dos superpotencias de entonces: EEUU y la Uni√≥n Sovi√©tica, Guatemala fue el debut de la CIA como organizaci√≥n, llevando a cabo una operaci√≥n que terminar√≠a con un cruento golpe de Estado en 1954, dando por terminada la experiencia renovadora. Las tierras confiscadas por la Reforma Agraria del gobierno revolucionario fueron devueltas a sus antiguos due√Īos, y se inici√≥ una cacer√≠a de brujas basada en el visceral anticomunismo que ya se impon√≠a en ese entonces.

La falta de canales de expresi√≥n democr√°tica para las grandes mayor√≠as, su exclusi√≥n hist√≥rica y la insatisfacci√≥n dominante en las mismas, pasada la corta experiencia en que se intent√≥ un nuevo modelo de sociedad entre 1944 y 1954 sangrientamente reprimido, desat√≥ reacciones de violencia armada desde grupos populares como modos de respuesta a una situaci√≥n que no encontraba espacios pol√≠ticos. En el marco de la Guerra Fr√≠a que ya dominaba el mundo, para la d√©cada de 1960 surgieron organizaciones revolucionarias armas en mano dispuestas a torcer el curso de esa historia. Se abri√≥ as√≠ un per√≠odo de guerra interna que dur√≥ 36 a√Īos.

Guerra interna

Ese conflicto bélico, llevado adelante por las fuerzas armadas pero impulsado por la oligarquía nacional en defensa de sus privilegios y por Washington como medida contrainsurgente contra el crecimiento de los movimientos populares y revolucionarios que se venían dando en Latinoamérica para esa época (triunfo de la revolución socialista en Cuba en 1959, en Nicaragua en 1979, guerrillas de izquierda por todo el continente, luchas sindicales, movimientos estudiantiles contestatarios, Teología de la Liberación de la Iglesia católica, clima de rebeldía crítica por doquier) tuvo como objetivo detener de cuajo cualquier intento de tránsito hacia posiciones anticapitalistas. Definitivamente, lo logró. El clima de desmovilización política y cultura de resignación que se vive hoy es efecto de esas medidas furiosamente anticomunistas.

Guatemala fue uno de los pa√≠ses de Am√©rica Latina donde la guerra interna entre movimiento guerrillero y ej√©rcito cobr√≥ mayor virulencia; luego de 36 a√Īos de lucha armada hay 200,000 muertos, 45,000 desaparecidos, 669 masacres de aldeas en zonas rurales, un mill√≥n de personas desplazadas. La violaci√≥n sexual de mujeres, la tortura, el robo de ni√Īos, la impunidad m√°s absoluta por parte de quienes ten√≠an poder fueron pr√°cticas normalizadas. La militarizaci√≥n de toda la vida nacional fue enorme, con consecuencias que a√ļn permanecen, y que sin dudas seguir√°n estando presentes todav√≠a por algunas generaciones. “Pedagog√≠a del terror” se le llam√≥. Los r√≠os de sangre y las monta√Īas de cad√°veres definitivamente “ense√Īaron” a la poblaci√≥n lo que se deb√≠a hacer: callarse la boca, no protestar, “no meterse en babosadas”. Pensar cr√≠ticamente u organizarse pas√≥ a ser peligroso, incluso mortal.

A ello se agrega, como un elemento que ha da√Īado muy profundamente los tejidos sociales -y seguir√° haci√©ndolo por d√©cadas-, una forzada divisi√≥n de la poblaci√≥n de las √°reas rurales donde, desde una maniquea manipulaci√≥n con que se llev√≥ a cabo la estrategia contrainsurgente, las redes comunitarias tradicionales fueron virtualmente pisoteadas, extinguidas.

Como parte de las pol√≠ticas antiguerrilleras del Estado, se forz√≥ a la poblaci√≥n masculina de las √°reas rurales -donde operaban las fuerzas insurgentes-, desde adolescentes a tercera edad, a integrarse a fuerzas paramilitares, oficialmente presentadas como voluntarias: las llamadas Patrullas de Autodefensa Civil -PAC-. Durante los a√Īos m√°s √°lgidos del conflicto armado, alrededor de los a√Īos 80, lleg√≥ a haber alrededor de un mill√≥n de patrulleros. Todos campesinos pobres, mayas, usados como tropa de apoyo en la l√≥gica de la Doctrina de Seguridad Nacional para combatir contra un “enemigo interno”, fueron el principal aliado -aliado forzado, sin dudas- del ej√©rcito en su lucha contra la guerrilla, y m√°s a√ļn, contra la base social de la misma: otros campesinos pobres, mayas, tan excluidos hist√≥ricamente como los mismos patrulleros. “Si la guerrilla se mueve como pez en el agua en el campesinado, hay que quitarle el agua al pez“, fue la doctrina militar en juego. Por tanto, los pueblos originarios del Occidente, campesinos mayas siempre excluidos, fueron especialmente golpeados.

En el marco de la Guerra Fría que libraban las por ese entonces dos grandes superpotencias, y desde la lógica de esa doctrina ideológico-militar, el área latinoamericana en su conjunto -y Guatemala muy especialmente- se vio atravesada por un clima de desconfianza paranoica, de muerte y de terror que marcó todos los rincones. Nadie podía escapar a esas dinámicas. Pero lo peor es que los Estados, supuestos reguladores de la vida nacional entre todos sus habitantes, para el caso de estas guerras no funcionaron, precisamente, como regulador. Tomaron parte activa en la contienda siendo principalísimos actores, pasando por encima de toda norma. Terrorismo de Estado se lo llamó. Ello mostró efectivamente qué son los Estados: mecanismos de dominación de clase.

Extremando las cosas, se podr√≠a llegar a decir que la “guerra contra el comunismo” lo justificaba todo. Pero entonces, si se sigue esa l√≠nea de argumentaci√≥n, se desdibuja la esencia misma del Estado: de regulador de la vida de todos pas√≥ a ser un actor de la contienda con las manos manchadas de sangre, por lo que la confianza en la institucionalidad m√≠nima que deber√≠a existir, desaparece. El Estado, paraguas de todos sus habitantes que se supone cobija y defiende por igual la dignidad de todos sus ciudadanos, fue el gran incumplidor de esa tarea.

Acuerdos de Paz

El 29 de diciembre de 1996 se firm√≥ el √ļltimo documento: Paz Firme y Duradera, luego de 11 acuerdos previos que se ven√≠an trabajando desde 1991 entre el gobierno nacional y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca -URNG-, abordando las distintas tem√°ticas del pa√≠s. Siempre se entendi√≥ que ese c√ļmulo de compromisos entre Estado y fuerzas insurgentes deb√≠a ser un marco general que estableciera una sociedad post guerra m√°s pac√≠fica y equilibrada, buscando soluciones a las causas que pusieron en marcha la guerra civil cuatro d√©cadas atr√°s.

De todos modos, terminada oficialmente la guerra interna, salvo algunos cambios puntuales bien acotados (por ejemplo: una mayor presencia maya en la agenda nacional, muy peque√Īa a√ļn, pero mayor que en a√Īos atr√°s, o una discusi√≥n abierta sobre la cr√≥nica violencia de g√©nero, igualmente muy peque√Īa a√ļn, pero mayor que en a√Īos atr√°s tambi√©n), las causas estructurales de violencia y exclusi√≥n pol√≠tico-econ√≥mica persisten. Ya silenciadas las armas -b√°sicamente porque la nueva recomposici√≥n de fuerzas luego de la ca√≠da del bloque sovi√©tico no las necesit√≥- v√≠ctimas y victimarios no cambiaron su situaci√≥n de campesinos pobres y de ind√≠genas discriminados. La ruptura de sus redes sociales de base qued√≥ establecida; los enconos de la militarizaci√≥n siguen vigentes hoy 25 a√Īos despu√©s de la paz, y aunque v√≠ctimas y victimarios deben compartir por fuerza el mismo espacio geogr√°fico -las monta√Īas que fueran teatro de operaciones b√©licas, las m√°s remotas aldeas alejadas de la capital-, la historia de tajante divisi√≥n sufrida no va a extinguirse en lo inmediato. Esa “pedagog√≠a del terror” sigue presente.

Luego de las guerras viene la construcci√≥n de la paz. La paz nunca adviene espont√°neamente: es producto de complejas transacciones, de reacomodos, de un gran esfuerzo en el m√°s amplio sentido: econ√≥mico, pol√≠tico, cultural. Esfuerzo, incluso, en relaci√≥n a nuevas conformaciones psicol√≥gicas: quien convivi√≥ con la l√≥gica de la muerte -eso es la guerra, en definitiva- debe hacer un pasaje, enorme y nunca falto de problemas, a una nueva cosmovisi√≥n. Si hasta el d√≠a de ayer, en guerra, se premiaba por “matar enemigos” (nombr√°ndosele “h√©roe de la patria”), pasar a la l√≥gica en que el d√≠a de hoy, ya con la paz, si se mata se es un asesino, no es tarea f√°cil. Construir y afianzar la paz implica no s√≥lo el silencio de las armas: implica enormes cambios en la subjetividad de quienes combatieron, de quienes estuvieron implicados en esa din√°mica de muerte.

Salir de una guerra no es s√≥lo firmar un acuerdo de paz y guardar las armas. En muchos pa√≠ses de Latinoam√©rica (El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Colombia) eso sucedi√≥ hace ya algunos a√Īos, pero esas sociedades no viven en paz. Lejos de eso, el clima de violencia y de zozobra que se sigue atravesando a diario en el pa√≠s recuerda una situaci√≥n b√©lica. La muerte sigue rondando altiva en cada rinc√≥n, y las causas estructurales que encendieron la mecha de alzamientos armados no han desaparecido; por el contrario, podr√≠a decirse que se mantienen igual o m√°s fuertes que hace d√©cadas: contin√ļa el hambre, la falta de oportunidades, la segregaci√≥n. La actual pandemia de coronavirus ha venido a profundizar todo ello. La violencia delincuencial est√° a la vuelta de la esquina en cualquier punto de Guatemala. Todo eso lleva a pensar ¬Ņde qu√© paz estamos hablando?

Borrar la historia es imposible. Y peor a√ļn: es enfermizo, porque la historia no se puede borrar. Somos la historia; querer negarlo trae inconmensurables problemas. “Quienes olvidan su historia est√°n condenados a repetirla“, puede leerse a la entrada del Pabell√≥n 4 en el Museo del Horror de Auschwitz, antiguo campo de concentraci√≥n nazi, hoy d√≠a en Polonia.

Terminada la guerra, la vida sigue. Como fue una guerra interna, las partes enfrentadas siguen vi√©ndose la cara en la cotidianeidad. La vida misma impone la convivencia. Pero eso no es lo mismo que reconciliaci√≥n. Quiz√° √©sta es imposible en t√©rminos estrictamente masivos: las mayor√≠as viven, reaccionan, se enfurecen, son manipuladas, pero el t√©rmino “reconciliaci√≥n” no les aplica en sentido estricto. La reconciliaci√≥n tiene el sello del discurso pol√≠tico, del acuerdo, de la negociaci√≥n. Eso, hoy por hoy al menos, es producto de acuerdos cupulares. Estampar una firma en un papel no es, estrictamente, “reconciliar” a las personas. La gente que fue v√≠ctima de esos atropellos por parte del Estado contrainsurgente, siempre bajo la hegemon√≠a de EEUU como tel√≥n de fondo: ¬Ņcon qui√©n se deber√≠a reconciliar: con ese mismo Estado? ¬ŅC√≥mo?

Lograr la “paz” -concepto tan dif√≠cil y problem√°tico como “reconciliaci√≥n”- no es olvidar los cr√≠menes cometidos, no es dejar pasar los atropellos y las terribles violaciones a los DDHH m√≠nimos y elementales que se sufrieron durante la guerra. Est√° m√°s que probado que la abrumadora mayor√≠a de violaciones fueron cometidas por el Estado y no por las fuerzas insurgentes. Eso, si no se arregla, fomenta m√°s violencia. Lo cual sigue pasando en la din√°mica del d√≠a a d√≠a.

En ese marco, es dif√≠cil que la poblaci√≥n civil no combatiente que sufri√≥ esos abusos quiera y pueda reconciliarse. Podr√° recibir, como de hecho ha venido sucediendo, alguna compensaci√≥n por los da√Īos sufridos. De todos modos, pagos monetarios no pueden resarcir -y mucho menos pacificar a quienes sufrieron- los perjuicios que trajo un prolongado conflicto armado de 36 a√Īos. Lograr la armon√≠a social no es cuesti√≥n de “pagar” por los muertos o por las partes da√Īadas del cuerpo (una pierna vale m√°s que un dedo, y dos piernas valen m√°s que una sola). Eso puede ser un elemento importante en el proceso pol√≠tico, necesario quiz√°, o imprescindible.

Pero eso s√≥lo no alcanza. Lograr cierta -enti√©ndase bien: cierta, no toda- armon√≠a social, consiste en darle credibilidad a la justicia, a las instituciones que ordenan la vida en comunidad. Es devolver la confianza a los mecanismos sociales. Si la impunidad sigue siendo lo dominante, si el mensaje que circula por la poblaci√≥n es de desprecio por la legalidad, si se puede hacer cualquier cosa, violar nomas de convivencia y saltarse cualquier pauta institucional sabidos que no habr√° consecuencias -¬Ņqu√© otra cosa sino esto es la impunidad?- es imposible construir una sociedad pac√≠fica y arm√≥nica. El neoliberalismo imperante -y toda una cultura aupada por los medios de comunicaci√≥n corporativos- premia esa “viveza” en vez de castigarla. Es un “triunfador” el que logra los √©xitos, no importando por qu√© medios. Esa ideolog√≠a se ha ido entronizando en estos √ļltimos a√Īos. La impunidad manda. Es tan impune el que mata y no recibe castigo como el que no paga impuestos o desv√≠a un r√≠o para su propio provecho, todo amparado por su poder.

Extremando las cosas, si se demuestra en juicio p√ļblico, con toda la transparencia del caso, que alguien es culpable de determinado delito, la legislaci√≥n debe apuntar a promover un castigo de las conductas criminales. Pero de ning√ļn modo el Estado, en forma encubierta, puede desarrollar pr√°cticas contrarias a la legalidad como las desapariciones forzadas de personas, los asesinatos selectivos, la tortura, las masacres de poblaci√≥n civil no combatiente. Los responsables de tales acciones deben ser debidamente juzgados y castigados porque eso es sano para el colectivo. Caso contrario, queda abierta la puerta para la m√°s absoluta impunidad, es decir: el primado de la violencia total. El Estado, por tanto, debe ser garant√≠a para la vida de todos sus ciudadanos, y no quien la quite arbitrariamente, enmascarado y apelando a la oscuridad tenebrosa.

Por eso, y no por motivos “revanchistas”, debe juzgarse a los responsables de pr√°cticas fijadas como delitos por toda la legislaci√≥n existente en DDHH. Es una cuesti√≥n de salud mental m√≠nima e indispensable que necesitan las sociedades.

Lo que hoy, 25 a√Īos despu√©s de firmada la paz, puede verse cotidianamente es que la situaci√≥n socioecon√≥mica de base no ha cambiado en el pa√≠s, y el Estado sigue siendo un mecanismo que privilegia a unos pocos en detrimento de las mayor√≠as. En ese sentido puede decirse que los Acuerdos de Paz no significaron ning√ļn cambio sustantivo en la historia. Fin de la guerra, sin dudas; pero continuaci√≥n de la violencia por otros medios. Las maras (en connivencia con los poderes ocultos que siguen actuando) son un claro recordatorio del clima de guerra, de la violencia desatada que marca la historia.

Cómo era y cómo sigue siendo Guatemala

Guatemala es uno de los pa√≠ses de todo el orbe donde las injusticias son m√°s evidentes, m√°s impunes y descaradas. Ello se debe a una sumatoria de causas; hay una historia que pareciera inmodificable tras todo ello. Los 36 a√Īos de sangrienta guerra civil no lograron transformarla.

Para decirlo brevemente: es un país eminentemente campesino, cuyas principales fuentes de recursos las da el agro. Tanto en los rubros de agroexportación que generan la mayor cantidad de divisas y alimentan a opulentas aristocracias (las tradicionales azucareras y cafetaleras, recientemente también ligadas a la palma aceitera), así como en la producción de los granos básicos con que sobrevive la gran mayoría de su población, el campo es la fuente principal de riqueza. Últimamente, manejada por nuevos sectores emergentes salidos de la pasada guerra interna (en buena medida militares retirados más nuevas mafias), podría agregarse la producción de plantas que servirán como estupefacientes (cannabis) o como materia prima para la elaboración de heroína (amapola). Este es un rubro muy reciente y todavía no incide especialmente en el Producto Bruto Interno, pero va camino. En síntesis: lo rural tiene una importancia definitoria en la dinámica nacional. El país presenta una industrialización muy baja, y el sector servicios está en manos de grandes grupos monopólicos y oligopólicos (nacionales y transnacionales). El turismo completa el cuadro, con un importante peso.

Como dato nada marginal: dos de las grandes fortunas del pa√≠s corresponden a grupos que manejan industrias licoreras (cerveza y ron). Faltan escuelas pero sobran cantinas… Como dijo el Premio Nobel Miguel √Āngel Asturias: “En este pa√≠s solo borracho se puede vivir“.

En t√©rminos econ√≥mico-sociales, seg√ļn datos proporcionados por los Informes de Desarrollo Humano aportados por Naciones Unidas, Guatemala, junto a un peque√Īo pu√Īado de pa√≠ses con caracter√≠sticas bastante similares, siempre evidencia los peores √≠ndices de distribuci√≥n de la renta nacional; es decir, es de los diez lugares del mundo donde las diferencias entre ricos y pobres son m√°s irritantes. Una investigaci√≥n realizada por la empresa Wealth-X, asociada al banco suizo UBS, estudio citado y analizado por la desaparecida publicaci√≥n electr√≥nica guatemalteca N√≥mada, mostraba que “hay 260 ultra-ricos guatemaltecos que poseen un capital de US$30 mil millones, lo que representa el 56% del PIB. [Es decir que] 0.001 por ciento de los 15 millones de guatemaltecos tienen m√°s capital que el resto de la sociedad. (…) Los $30 mil millones [de d√≥lares] son Q231 mil millones [de quetzales]. Esto equivale a lo que el Estado de Guatemala recauda cada cuatro a√Īos.

Las injusticias -estructurales e hist√≥ricas- se manifiestan igualmente en la discriminaci√≥n √©tnica, hondamente presente en la vida cotidiana. En un pa√≠s donde alrededor del 60% de su poblaci√≥n es de origen maya, los grupos ind√≠genas est√°n marginados en su propia tierra, condenados a la exclusi√≥n social, econ√≥mica y pol√≠tica. Hasta mediados del pasado siglo, cuando tuvo lugar la Revoluci√≥n de Octubre de 1944, las fincas se vend√≠an con “todo lo clavado y plantado, indios incluidos“. Esta situaci√≥n ha comenzado a cambiar -muy lentamente, por cierto-, pero el racismo imperante a√ļn permea todas las relaciones. Pese a unos primeros y muy tibios cambios que siguieron a los Acuerdos de Paz, la poblaci√≥n maya sigue siendo la m√°s excluida, presentando los peores √≠ndices socioecon√≥micos, con mayores niveles de desnutrici√≥n, analfabetismo y carencias varias.

En t√©rminos generales, el campesinado maya sobrevive con escasos recursos con una agricultura de subsistencia de muy peque√Īa escala, siendo mano de obra -barata, no sindicalizada, siempre en situaci√≥n de precariedad- de las grandes unidades terratenientes. En algunos casos, incluso, es brutalmente despojada de sus territorios ancestrales por terratenientes que buscan terreno para los cultivos de exportaci√≥n, o por las nuevas industrias extractivas: hidroel√©ctricas y miner√≠a, instaladas en abierta violaci√≥n de normativas nacionales e internacionales. O, incluso, por la narcoactividad, que busca tierras para sus cultivos. En otros t√©rminos: ese campesinado sigue viviendo una tragedia iniciada hace cinco siglos con la conquista espa√Īola. En lo fundamental, nada ha cambiado tras la guerra.

A estas injusticias de cu√Īo ancestral, que definen en buena medida la identidad del pa√≠s, se suman viejos prejuicios patriarcales y nuevas problem√°ticas, ligadas estas √ļltimas a la Guerra Fr√≠a y a los escenarios que la confrontaci√≥n Este/Oeste trajo aparejadas en estas √ļltimas d√©cadas. El anticomunismo visceral que atraviesa la sociedad es una herencia de esa lucha.

Si bien los Acuerdos de Paz firmados en 1996 y que pusieron fin a ese largo enfrentamiento estipularon medidas de reparaci√≥n para las v√≠ctimas, dos d√©cadas y media despu√©s de finalizada la guerra interna la justicia ante tanto crimen a√ļn no llega. Peor a√ļn: nada indica que vaya a llegar; solo algunos casos puntuales, important√≠simos sin dudas, pero gotas en el oc√©ano, que no alcanzan para cambiar en profundidad el estado general de las cosas. Se habla mucho de reconciliaci√≥n (o se habl√≥, en el per√≠odo posterior a la Firma de la Paz en 1996), pero ante una injusticia que cada vez se vuelve m√°s grosera, aquella se torna sumamente dif√≠cil. ¬ŅC√≥mo podr√≠a reconciliarse una poblaci√≥n desgarrada si toda la estrategia consisti√≥ en destruir los tejidos sociales, romper la solidaridad, fomentar la desconfianza y la paranoia de guerra? ¬ŅDe qu√© manera reconciliar una sociedad que sigue viendo, entre aterrorizada y at√≥nita, c√≥mo la impunidad campea soberbia por doquier?

El √≠cono de esa represi√≥n antipopular, el general Jos√© Efra√≠n R√≠os Montt, sentenciado finalmente varias d√©cadas despu√©s de su dictadura por cr√≠menes de lesa humanidad (genocidio) a 80 a√Īos de prisi√≥n inconmutable, a partir de presiones de la √©lite econ√≥mica a la que sirvi√≥, pas√≥ solo una noche en la c√°rcel. Luego, con ardides leguleyos, vivi√≥ en libertad hasta su muerte en 2018. No es posible construir la paz sobre tanta injusticia; no es posible la paz con hambre y con impunidad. Y como siempre, esa masa de poblaci√≥n excluida y empobrecida -campesina y urbana- sigue olvidada, marginada, falta de atenci√≥n por parte del Estado. La crisis sanitaria desatada por la pandemia de Covid-19 vino a mostrar, descarnadamente, c√≥mo sigue siendo la situaci√≥n: al momento de escribirse estas l√≠neas, Guatemala tiene uno de los √≠ndices de poblaci√≥n vacunada m√°s baja del continente, y el primer lugar en muertes por efectos de esta enfermedad en el √°rea centroamericana.

Las injusticias de todo tipo siguen en Guatemala. Las econ√≥mico-sociales permanecen inmodificables. La mitad de la poblaci√≥n trabajadora -urbana o rural-no cobra siquiera el salario m√≠nimo de ley, el cual alcanza para cubrir apenas un poco m√°s de la mitad de la canasta b√°sica. La sub-ocupaci√≥n y la abierta desocupaci√≥n de la poblaci√≥n urbana -muy altas desde siempre- han aumentado m√°s a√ļn con la pandemia. De all√≠ que para much√≠sima gente la √ļnica salida posible es marchar en forma irregular hacia EEUU, como mano de obra muy precarizada, pero que al menos permite enviar remesas. Dicho sea de paso, ning√ļn gobierno de esta llamada democracia intenta remediar esta injusta situaci√≥n, pues esas remesas (hasta un 15% del PBI) significan una v√°lvula de descompresi√≥n para la pobreza cr√≥nica. Queda claro que el problema no es solo el ingreso al pa√≠s del norte, el cual se mueve con un doble rasero: no quiere m√°s migrantes, pero a los que logran entrar chantajea en forma repugnante conden√°ndolos a salarios de miseria, so pena de deportarlos. El problema real est√° en los pa√≠ses expulsores, y Guatemala es uno de ellos (150 personas diarias salen de “mojados”).

Junto a esas indecibles penurias, los efectos de la guerra a√ļn se sienten, y los Acuerdos de Paz no han ayudado en nada a remediarlos. Adem√°s de haberse destruido las redes m√≠nimas de convivencia -eso buscaron las estrategias contrainsurgentes, regenteadas en definitiva por Washington- la polarizaci√≥n insalvable y el miedo que queda en la sociedad se refuerza una vez m√°s con lo que est√° sucediendo. Ante las cantidades monumentales de v√≠ctimas que dej√≥ la guerra (muertos, mutilados, hu√©rfanos, viudas, gente que perdi√≥ sus escasas pertenencias, poblaci√≥n con traumas psicol√≥gicos), la respuesta del Estado ante estas calamidades ha sido m√≠nima, por no decir casi inexistente. Solo a√Īos despu√©s de finalizado el conflicto, con mucha lentitud e irregularidades, se puso en marcha un Programa Nacional de Resarcimiento, con fondos de la cooperaci√≥n internacional y no del presupuesto ordinario de la naci√≥n. Parad√≥jico que los PAC recibieron su indemnizaci√≥n mucho antes que las v√≠ctimas; o que “las otras” v√≠ctimas, las v√≠ctimas reales. No puede obviarse que el resarcimiento de estas √ļltimas consisti√≥ solo en un desembolso econ√≥mico -magro, por cierto- sin ning√ļn plan de sostenibilidad a mediano y largo plazo.

¬ŅD√≥nde va Guatemala? ¬ŅY los Acuerdos de Paz?

Ahora, a 25 a√Īos de aquella lejana Firma que oficialmente termin√≥ con el conflicto armado, se puede concluir que nada ha cambiado en lo sustancial. Las causas que encendieron la guerra civil en la d√©cada de los 60 del pasado siglo, con ra√≠ces centenarias que vienen desde la colonia, se mantienen vigentes. Los Acuerdos de Paz significaron un movimiento pol√≠tico m√°s bien forzado por la coyuntura internacional. Luego del final de las guerras regionales (Nicaragua en 1990, El Salvador en 1992) y de la Guerra Fr√≠a entre las dos potencias que dinamizaban la pol√≠tica global (con la desintegraci√≥n de la Uni√≥n Sovi√©tica y el campo socialista este-europeo), Guatemala se vio casi forzada a terminar con ese conflicto interno. Est√° claro que no hubo ganadores ni vencedores en el plano estrictamente militar entre ej√©rcito y movimiento armado, pero s√≠ hubo un claro y demoledor ganador en t√©rminos pol√≠ticos: la clase dirigente, la oligarqu√≠a tradicional y la geopol√≠tica de EEUU. El campo popular y la guerrilla perdieron en cuanto situaci√≥n social y posicionamiento pol√≠tico. Los muertos y heridos los puso, como siempre, el pobrer√≠o. Y la izquierda sali√≥ muy mal parada del conflicto. A√Īos despu√©s, no encuentra caminos s√≥lidos para impulsar proyectos de transformaci√≥n. Su participaci√≥n en la arena pol√≠tica parlamentaria no ha tra√≠do ning√ļn efecto de cambio real para las grandes mayor√≠as, no pasando de una muy tibia oposici√≥n que no incide realmente en los destinos nacionales.

Ahora, haciendo el balance de ese cuarto de siglo transcurrido, la din√°mica del pa√≠s no muestra cambios sustanciales. Lo √ļnico que efectivamente s√≠ se cumpli√≥ a cabalidad de los Acuerdos finalizados en 1996 fue la desmovilizaci√≥n de ambas fuerzas militares implicadas. Los cuatro grupos armados que constitu√≠an la URNG se desarmaron y pasaron a la vida civil, y el ej√©rcito se redujo dr√°sticamente, no participando ya m√°s como instituci√≥n en la din√°mica pol√≠tica del pa√≠s, sujeto a los poderes democr√°ticos. Fuera de eso, todos los otros aspectos que deber√≠an haberse modificado con las largas negociaciones, siguen igual en lo sustancial.

Los pueblos mayas contin√ļan siendo olvidados. Como bien dijo Mar√≠a del Carmen Culajay: “Hoy d√≠a, en buena medida como producto de la Firma de los Acuerdos de Paz que ya se ven tan lejanos en el tiempo, los pueblos tradicionales han cambiado un poco su situaci√≥n hist√≥rica. ¬ŅQu√© cambi√≥ en realidad? Su situaci√≥n de base, no. Los pobres y excluidos del interior del pa√≠s, sin tierra, sin educaci√≥n, y que adem√°s son “indios”, siguen siendo lo de siempre en la escala social, en el reparto de poderes. (…) Lo que s√≠ se ha producido es toda una ¬Ņmoda? que presenta lo maya como algo digerible por los poderes, m√°s bien revitalizando ra√≠ces culturales y promoviendo el aspecto espiritual. Pero eso no es lo que verdaderamente puede mejorar a los pueblos mayas”. En otros t√©rminos: permitir oficialmente los cultos de los pueblos originarios dej√°ndolos de tratar de “brujer√≠a” no es todo el cambio que se necesita.

El movimiento campesino, asentado en el Altiplano Occidental y el norte del pa√≠s, aunque est√° supuestamente reivindicado con los Acuerdos de Paz, no ha cambiado su situaci√≥n de exclusi√≥n en lo fundamental. Incluso hoy sigue el despojo. En muchas ocasiones finqueros de las zonas norte del pa√≠s, en los departamentos de Alta y Baja Verapaz, Izabal, Pet√©n, arremeten contra los pueblos originarios (en este caso: campesinos mayas-quekch√≠es fundamentalmente) quit√°ndoles sus territorios. Esto se difunde muy poco por los medios de comunicaci√≥n masivos, o en todo caso se presenta en forma tergiversada, criminalizando la defensa de sus propios territorios ancestrales como “invasiones” a la “sacrosanta e inalienable” propiedad privada terrateniente. All√≠ no se mencionan los abusos que est√°n cometiendo guardias privados al servicio de esos terratenientes, muchas veces con complicidad de fuerzas estatales (continuos estados de sitio, por ejemplo) contra los campesinos del lugar, quit√°ndoles tierras para sus agronegocios, para las plantaciones de palma aceitera, desviando r√≠os para sus centrales hidroel√©ctricas, en ocasiones para la instalaci√≥n de pistas de aterrizaje o laboratorios para el procesamiento y/o trasiego de drogas ilegales. A quienes protestan contra esos atropellos se les calla, y regularmente, con el asesinato. Es cierto que hay menos ejecuciones extrajudiciales que en los a√Īos √°lgidos del conflicto, pero la pr√°ctica no ha desaparecido.

Si bien la econom√≠a en t√©rminos macros no ha ido mal en estos √ļltimos a√Īos (Guatemala est√° entre las diez econom√≠as m√°s grandes de Latinoam√©rica: no ha ido mal para unos pocos sectores, obviamente), la distribuci√≥n de la renta nacional sigue siendo por dem√°s de inequitativa. Seg√ļn datos oficiales del gobierno, hasta un 60% de la poblaci√≥n econ√≥micamente activa est√° sub-ocupada o abiertamente desempleada. Quienes tienen la “dicha” de tener un puesto fijo con salario, en alrededor del 50% de los casos no cobran siguiera el sueldo b√°sico. Por otro lado, como se dijo m√°s arriba, ese magro ingreso no cubre todas las necesidades b√°sicas. En otros t√©rminos: la situaci√≥n econ√≥mica de las grandes mayor√≠as populares sigue siendo muy mala.

En cuanto a la institucionalidad democr√°tica, m√°s all√° de un primer momento de aparente fortalecimiento de la misma apenas firmados los Acuerdos, con el paso del tiempo la corrupci√≥n y la impunidad fueron ganando todo el escenario pol√≠tico. Lo que hoy se ha dado en llamar el Pacto de corruptos -entrelazamiento entre cierto empresariado, crimen organizado, sectores militares, clase pol√≠tica- ha ido ocupando los diversos mecanismos del Estado, manejando todas las instituciones p√ļblicas con criterios mafiosos, gansteriles. Por tanto, la “democracia” retornada hace ya m√°s de tres d√©cadas no parece solucionar mucho. Y los Acuerdos de Paz no han aportado nada para solucionar esas inequidades hist√≥ricas, en estos √ļltimos a√Īos crecientemente acrecentadas. Todo ello explica el auge de la delincuencia cotidiana que campea en todo el pa√≠s como “salida” desesperada y s√≠ntoma de una impunidad que est√° arraigada. Las maras, por ejemplo, son producto -al igual que en otros pa√≠ses de la regi√≥n- de toda esa sumatoria de problemas.

Se esperaba que terminada la guerra se comenzara a construir una cultura de paz. ¡Quimérico! Así como no puede haber reconciliación por decreto, tampoco puede haber pacífica convivencia si las dinámicas básicas que promovieron el enfrentamiento armado siguen vigentes. Mientras exista el racismo, el patriarcado, las inmensas diferencias socioeconómicas, la impunidad, la corrupción arraigada como cultura, la convivencia no podrá ser jamás armónica. Hay silencio de las armas, pero no hay paz.

Una salida casi obligada para muy buena parte de la gran masa empobrecida del pa√≠s es la migraci√≥n forzada hacia el norte. A partir del aumento imparable de migrantes irregulares hacia la supuesta prosperidad de EEUU, la administraci√≥n dem√≥crata de Barack Obama en la Casa Blanca intent√≥ una estrategia que sirviera para detener esos inmensos flujos de poblaci√≥n. En el entendido (totalmente equivocado) de que la corrupci√≥n desmedida de ese Pacto de corruptos priva al Estado de los recursos para atender los satisfactores b√°sicos de la poblaci√≥n, inici√≥ en el a√Īo 2014 un plan bien organizado, apoyando abiertamente a la Comisi√≥n Internacional contra la Impunidad en Guatemala -CICIG- para desarmar las mafias enquistadas en la administraci√≥n p√ļblica. Proyecto equivocado, sin dudas, porque la causa de la migraci√≥n es la pobreza hist√≥rica, secular, que viene sufriendo la gran mayor√≠a del pa√≠s, pero no por motivo de actos corruptos de los gobernantes venales sino por la estructura misma de la sociedad guatemalteca. El robo del erario p√ļblico por parte de funcionarios deshonestos, por supuesto contribuye al empobrecimiento generalizado, pero no est√° ah√≠ la aut√©ntica ra√≠z de los problemas.

La movida pol√≠tica de Washington sirvi√≥ para terminar desplazando del poder pol√≠tico al por entonces binomio presidencial en 2015: Otto P√©rez Molina y Roxana Baldetti, inici√°ndose una supuesta cruzada contra la corrupci√≥n, liderada por el Ministerio P√ļblico y, b√°sicamente, por la CICIG. Fue un movimiento m√°s cosm√©tico que otra cosa, porque se se√Īalaron varios il√≠citos de funcionarios, sin tocarse realmente al alto empresariado, a los due√Īos hist√≥ricos del pa√≠s. Al cambiar la administraci√≥n en Washington, con el ascenso del republicano Donald Trump y un giro hacia una extrema derecha xen√≥foba, cambi√≥ esa pol√≠tica hacia Centroam√©rica: la lucha contra la corrupci√≥n dej√≥ de ser prioridad. La f√≥rmula para detener migrantes fue el levantar un muro y la abierta represi√≥n fronteriza, encarg√°ndole a M√©xico en buena medida esa misi√≥n de gendarme.

La actualidad nos muestra a estos grupos (el llamado Pacto de corruptos) ense√Īoreados, deshaciendo todo lo avanzado por la CICIG y el anterior Ministerio P√ļblico, alzando propuestas de derecha conservadora que indican claramente un retroceso en los procesos pol√≠tico-sociales en curso. Si algo, muy m√≠nimo, se hab√≠a avanzado en los primeros a√Īos posteriores a la Firma de la Paz Firme y Duradera en 1996 o, al menos, se manten√≠an las esperanzas en esos cambios, hoy esos avances se han perdido y el panorama se muestra m√°s bien sombr√≠o para la democracia y el campo popular.

Al haberse sentido amenazados, los grupos de poder aunaron filas. Si bien hay diferencias entre la oligarqu√≠a tradicional (familias de linaje que provienen de la colonia, aquellos que impulsaron la “independencia” del reino espa√Īol) y los nuevos sectores emergentes ligados al Estado contrainsurgente vinculados a negocios non sanctos (que, seg√ļn datos oficiosos de Naciones Unidas llegan a un 10% del PBI, dados por la narcoactividad, contrabando, crimen organizado en sentido amplio), las investigaciones del Ministerio P√ļblico y la CICIG los acercaron como clase. En esa compleja trama de corrupci√≥n e impunidad pueden encontrarse diversos grupos (empresarios, ex militares, pol√≠ticos de la vieja guardia, contratistas del Estado), todos unidos por la imperiosa necesidad de mantener las cosas como est√°n, de hacer que nada cambie. En ese marco, los Acuerdos de Paz ya ni siquiera se mencionan; pasaron a ser un triste recuerdo.

Investigar en profundidad las entra√Īas del funcionamiento empresarial y estatal, las vinculaciones que se dan entre esos sectores y los pactos oscuros tejidos siempre a espaldas de la poblaci√≥n, puede permitir evidenciar una podredumbre que los grupos dominantes no tienen ning√ļn inter√©s en hacer p√ļblico. De ser consecuentes con esas investigaciones, y amparados en las leyes vigentes, muchos, si no todos, los pactos oscuros son lisa y llanamente transgresiones legales. Por tanto, si realmente se fuera consecuente con la transparencia, esos sectores podr√≠an terminar en la c√°rcel. En otros t√©rminos: no hay la m√°s m√≠nima intenci√≥n de llevar adelante una aut√©ntica guerra contra la corrupci√≥n. El nuevo gobierno dem√≥crata de EEUU con Joe Biden a la cabeza retom√≥ las banderas de esa lucha de a√Īos atr√°s, pero de momento eso no ha tra√≠do ning√ļn cambio real en la estructura del Estado guatemalteco ni en el modo de hacer pol√≠tica.

Contratos dudosos, evasi√≥n fiscal, sobornos, violaciones a las leyes laborales, robos al erario p√ļblico, no pago de la cuota patronal al Seguro Social, sobrefacturaciones, contrabando, tr√°fico de personas y de armas, narcoactividad, desv√≠o ilegal de r√≠os, miner√≠a sin consenso comunitario, adem√°s de una inmisericorde explotaci√≥n de la clase trabajadora (recu√©rdese que muy poca gente cobra el salario m√≠nimo, y que √©ste, de por s√≠, no alcanza para vivir dignamente), son todos il√≠citos que podr√≠an ser indagados en detalle, y consecuentemente, deber√≠an castigarse. Parece que nadie de los grupos dominantes se salva si se investigara concienzudamente.

Sin dudas en la clase dirigente hay fisuras, hay distintas posturas, las cuales pueden llegar a enfrentar posiciones. Por la misma cuesti√≥n de racismo y veleidad aristocr√°tica que atraviesa la sociedad, no son lo mismo en t√©rminos sociales un terrateniente “de apellido” que un narcotraficante advenedizo; pero como clase que cuida sus intereses, tanto las “familias tradicionales” como “los nuevos ricos” hechos a la sombra del Estado contrainsurgente de estas √ļltimas d√©cadas, tienen puntos en com√ļn: cuidar a muerte sus privilegios. En la base de toda fortuna hay un hecho delictivo, sea de facto (corrupci√≥n que permite robar descaradamente, por ejemplo, desde un puesto p√ļblico, o negocios ilegales como la narco-econom√≠a, acciones que supuestamente no est√°n permitidas) o de derecho (la explotaci√≥n de la clase trabajadora, que constituye un robo legal, permitido).

Como clase poderosa defendiendo sus privilegios, no importa el origen de las fortunas. La prueba est√° que, para evitar ser investigados, cierran filas tanto empresarios como clase pol√≠tica tradicional, tanto ex militares enriquecidos como personajes del crimen organizado. En √ļltima instancia: ¬Ņhay diferencias sustanciales entre todos ellos? Pagar salarios de hambre, evadir impuestos o desviar r√≠os es tan pernicioso como lavar narcod√≥lares o traficar con personas.

Ese Pacto tiene su representaci√≥n en los operadores pol√≠ticos que ocupan importantes cargos en el Estado: Congreso, Poder Judicial, Alcald√≠as, Ministerios. Esos engranajes, trabajando aceitadamente, est√°n logrando importantes avances en su proyecto pol√≠tico restaurador de los viejos esquemas basados en la m√°s absoluta impunidad y corrupci√≥n, anteriores a la Firma de la Paz, e incluso anterior al retorno de las elecciones democr√°ticas de m√°s de 30 a√Īos atr√°s. Ese pacto, nost√°lgico del Estado-finca, del “pa√≠s bananero” que marca la historia, est√° haciendo retroceder m√≠nimas conquistas logradas en estos a√Īos de democracia y luego del final de la guerra en 1996.

De esa cuenta, se boicotean todos los esfuerzos progresistas y medianamente democr√°ticos (se desarticul√≥ la CICIG, se va abiertamente contra el Procurador de DDHH, contra la Corte de Constitucionalidad en su intento de mantener el orden constitucional, contra los jueces no corrompidos, se da marcha atr√°s en la Polic√≠a Nacional Civil echando por la borda todo un trabajo de profesionalizaci√≥n previo, se inmoviliza al Ministerio P√ļblico, a la Superintendencia de Administraci√≥n Tributaria -SAT-) y se avanza en la legislatura con leyes retr√≥gradas (ley de amnist√≠a para los genocidas del conflicto armado, ley contra el aborto, leyes mordaza para quien proteste). En otros t√©rminos: todo vuelve a la “normalidad” que caracteriz√≥ al pa√≠s durante toda su historia. A tal punto que reaparecieron grupos clandestinos contrainsurgentes (escuadrones de la muerte), que se cobraron la vida de numerosos dirigentes comunitarios en estos √ļltimos a√Īos -con el silencio c√≥mplice de la prensa corporativa-, e impunemente ahora vuelven a la carga.

Ante este avance bastante arrollador de posiciones de derecha conservadora, se impone defender férreamente los mínimos avances logrados en estas décadas de proceso democrático. ¡Ello es imperativo para mantener alguna esperanza de cambio y para que lo establecido en los Acuerdos de Paz no sea totalmente botado!

Decir que Guatemala entr√≥ en un per√≠odo de paz es, cuanto menos, equivocado. Quiz√°: exagerado, pues oculta la realidad cotidiana. El hecho de no convivir a diario con la guerra innegablemente es un paso adelante, un elemento positivo. Pero hoy siguen muriendo ni√Īos de hambre, o mujeres en los partos sin la correspondiente atenci√≥n, o ni√Īos de diarrea por la falta de agua potable, o por la pandemia de Covid-19 dado el colapso de los sistemas p√ļblicos de salud, o por la desbocada delincuencia cotidiana que, si bien descendi√≥ un poco en el 2020 debido a los confinamientos, para el 2021 volvi√≥ a renacer. Todo esto muestra la violencia y la injusticia imperantes. Visto el fen√≥meno a la luz del an√°lisis hist√≥rico es evidente que la guerra vivida por m√°s de tres d√©cadas tiene como su causa el hambre, la desprotecci√≥n, la exclusi√≥n. Esto no ha cambiado con la firma de todo ese arsenal de acuerdos. Sin vivir t√©cnicamente en un abierto conflicto armado, Guatemala, al igual que otros pa√≠ses de la zona, sigue siendo de las naciones m√°s violentas del mundo. Nuevos actores (crimen organizado, narcotr√°fico, pandillas juveniles), sobre la base de un trasfondo de inequidades hist√≥ricas que nunca se modific√≥, son los elementos que hacen de la regi√≥n un lugar dif√≠cil, complejo, peligroso para la vida. Guatemala es el ejemplo evidente de todo esto.

Ante este panorama, los escenarios a futuro que se vislumbran para el pa√≠s no son muy alentadores. Termin√≥ el conflicto armado, la sociedad se desangr√≥, el pa√≠s sufri√≥ enormes p√©rdidas humanas y desgarramientos sociales, pero no cambi√≥ su estatus de “bananero”. El √°rea del istmo centroamericano, con exclusi√≥n de Costa Rica, sigue siendo la m√°s pobre de Am√©rica, estando entre las m√°s pobres del mundo. Los tenues procesos de integraci√≥n centroamericana no parecen una opci√≥n s√≥lida para la mejora de las mayor√≠as. Los procesos de integraci√≥n impuestos por Washington no se ven como oportunidades para un desarrollo genuinamente arm√≥nico y equilibrado para todos. La democracia que se vive -Guatemala ya lleva m√°s de tres d√©cadas de formales elecciones peri√≥dicas- se muestra raqu√≠tica, y corrupci√≥n e impunidad siguen dominando lo cotidiano. No se ven alternativas ciertas a todo esto, no destacan propuestas s√≥lidas desde el campo de las izquierdas. Las movilizaciones populares de estos a√Īos, b√°sicamente las del 2015 (manipuladas, seg√ļn ciertos investigadores sociales), no tienen la fuerza necesaria como para imponer cambios reales.

Lo que se va dibujando como alternativas antisistémicas, rebeldes, contestatarias, son los grupos (movimientos campesinos e indígenas) que luchan y reivindican sus territorios ancestrales, aquellos justamente donde entró impune el extractivismo depredador (minería a cielo abierto, hidroeléctricas, monocultivos para la agroexportación). Quizá sin una propuesta clasista, revolucionaria en sentido estricto desde un enfoque socialista, constituyen una clara afrenta a los intereses del gran capital transnacional y a los sectores hegemónicos locales. En ese sentido, funcionan como una alternativa, una llama que se sigue levantando, y arde, y que eventualmente puede crecer y encender más llamas.

La conclusi√≥n obligada luego de ver todo lo transcurrido en estos 25 a√Īos es lo que nos plantea el t√≠tulo del presente op√ļsculo: ¬Ņqu√© paz?

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Fuente: Lahaine.org