October 23, 2020
De parte de Cultura Y Anarquismo
330 puntos de vista


El
pensamiento
y
la
práctica
de
los
anarquistas
no
se
encuentran
reunidos
en
un
corpus
doctrinario
ni
pueden
circunscribirse
a
una
sola
escuela.
A
diferencia
de
otros
movimientos
hijos
de
la
Ilustración,
las
raíces
del
anarquismo,
centradas
en
la
búsqueda
de
la
libertad
y
la
felicidad,
se
adentran
en
la
historia
de
los
hombres.
De
todos
modos,
será
a
partir
del
crisol
de
la
Ilustración,
así
como
de
las
luchas
de
los
siglos
XVIII
y
XIX,
cuando
el
anarquismo
se
haga
visible
en
el
imaginario
social
de
sus
contemporáneos
y
adquiera
un
protagonismo
fundamental
en
la
mayoría
de
revoluciones
que
sacuden
el
planeta.

La
memoria
anarquista
recuerda
el
esfuerzo
de
varias
personas
que
se
enfrentaron
al
poder
antes
de
la
revolución
industrial.
No
es
extraño
que
historiadores
anarquistas
como
Piotr
Kropotkin
o
Max
Nettlau
hablen
de
Lao-Tse,
de
Espartaco
y
su
revuelta
de
los
esclavos,
de
la
escuela
de
los
cínicos
y
Diógenes,
de
las
revueltas
religiosas
de
la
Edad
Media
o
de
Prometeo,
que,
según
la
leyenda,
robó
el
fuego
a
los
dioses
para
dárselo
a
los
hombres.
Algunos
anarquistas
incluso
se
remontan
al
cristianismo
primitivo
o
a
los
anabaptistas
protestantes,
que
rechazaron
la
idea
del
poder
y
pusieron
en
cuestión
la
moral
de
su
tiempo.
Lógicamente,
desde
el
punto
de
vista
historiográfico
estos
antecedentes
poco
tienen
que
ver
con
una
ideología
nacida
de
la
mano
de
la
Revolución
Industrial
y
de
la
primera
globalización
planetaria,
pero
la
búsqueda
de
referentes
en
las
luchas
contra
la
autoridad
reviste
aportaciones
interesantes
a
la
construcción
de
la
idea
anarquista,
en
constante
evolución
y
reinterpretación.

No
hay
una
definición
al
uso
del
anarquismo,
ya
que
todos
sus
teóricos
son,
al
mismo
tiempo,
militantes
activos,
críticos,
reflexivos
y,
por
tanto,
irreverentes
con
la
Idea,
como
se
conoce
al
ideal
anarquista.
Como
señalaba
Kropotkin
en
sus
Memorias-.
«En
las
conversaciones
sobre
el
anarquismo…
yo
nunca
oí
decir:
“Bakunin
decía
esto…”,
o
“Bakunin
pensaba
esto
otro…”,
como
si
un
par
de
argumentos
pudiesen
acabar
con
la
discusión.
Sus
escritos
y
palabras
no
tienen
la
fuerza
de
un
dogma,
como
por
desgracia
ocurre
dentro
de
los
partidos
políticos.
En
todas
las
preguntas
en
que
la
inteligencia
tiene
la
última
palabra,
cada
uno
puede
aportar
a
la
discusión
sus
argumentos
o
razones
personales».

Además
de
sus
propagandistas
y
militantes,
el
anarquismo
cuenta
con
una
legión
de
seguidores:
militantes
culturales,
gente
que
simpatiza
con
la
revuelta
social,
amantes
de
la
libertad
individual
o
partidarios
de
la
colectividad.
Posee,
por
tanto,
una
rara
cosmogonía
de
autores
y
obras
de
pensamiento
político
y
social
que
interactúan
con
una
pléyade
de
obras
literarias
de
todas
las
épocas
en
las
que
sus
protagonistas
tienen
en
común
la
lucha
en
contra
del
poder
y
la
autoridad.
El
ejemplo
que
dan
estos
héroes
de
ficción,
como
los
personajes
de
Camus
o
Kafka,
o
el
capitán
Nemo,
se
refuerza
con
las
biografías
de
la
mayoría
de
militantes
y
propagandistas
de
la
Idea,
anarquistas
que
hacen
de
sus
vidas
una
construcción
política
y
ética
que
edifica,
a
su
vez,
un
sistema
vital,
orgánico,
en
constante
transformación.
De
este
modo,
se
enriquecen
mutuamente.
Ninguna
cultura
social
es
quizá
tan
rica
en
símbolos
y
a
la
vez
tan
iconoclasta.

Así
que
describir
el
anarquismo,
o
mejor
dicho,
los
anarquismos,
no
es
una
tarea
fácil.
Podríamos
compararlo
con
el
universo,
con
sus
galaxias
de
pensadores,
sus
cometas
iridiscentes
y
de
acciones
fugaces,
sus
lunas
magnéticas
orbitando
planetas
habitables
y,
cómo
no,
sus
agujeros
negros.
Y
en
todo
este
universo,
que
se
renueva
constantemente,
el
pensamiento
y
la
acción
van
unidos.
Ninguna
filosofía
ética
ha
sido,
y
es,
tan
vital
como
el
anarquismo,
porque
si
la
práctica
no
va
unida
a
la
teoría,
el
anarquismo
no
existe.
persona
anarquista,
cooperativa,
mutualista,
individualista,
naturista,
esperantista,
atea,
neomalthusiana
o
humanitarista
puede
siempre
comportarse
como
tal
en
la
vida
pública
y
privada,
en
cualquier
entorno
cotidiano.
Basta
con
que
desafíe
poderosamente
cualquier
autoridad
y
cualquier
desigualdad.
Por
este
motivo,
el
anarquismo
puede
aparecer
en
momentos
de
grandes
alteraciones
sociales
o
en
periodos
de
calma,
en
zonas
industriales
o
en
el
agro,
en
ciudades
o
en
cuencas
mineras.
Y
siempre
con
la
misma
divisa:
«Contra
toda
autoridad».
Esa
es
la
fuerza
del
anarquismo,
su
poderosa
base
ideológica
y
vitalista
que
encuentra
múltiples
referentes
históricos
y
literarios.

La
falta
de
una
obra
de
síntesis,
de
una
ortodoxia
escrita,
como
son
las
ideas
de
Marx,
Engels
o
Lenin
para
socialistas
y
comunistas,
que
nacieron
en
el
mismo
periodo
y
con
los
que
compartieron,
o
se
enfrentaron,
en
algunas
barricadas,
dota
al
anarquismo
de
esta
fuerza
diversa.
Algunos
atacan
lo
que
consideran
una
debilidad
en
su
paradigma;
otros,
los
más,
explican
que
precisamente
aquí
radica
su
fuerza.
A
veces
el
anarquismo
nace
de
la
discusión,
la
complementación
o
la
confrontación
radical
e
irrumpe
con
toda
su
fuerza,
como
el
torrente
en
el
páramo
tranquilo.

Organizar
el
caos
cotidiano
en
que
se
ha
transformado
la
humanidad:
eso
quieren
los
anarquistas,
eso
defienden
contra
sus
detractores,
que
los
acusan
de
desorganizados
o
informales.
Sin
embargo,
nada
hay
más
comprometido
que
un
buen
anarquista,
un
anarquista
con
una
sólida
formación
que
actúa
de
acuerdo
con
su
conciencia
que,
como
un
héroe
de
las
novelas
rusas
que
lo
tomaron
como
modelo,
es
la
única
autoridad
que
reconoce.

La
Enciclopedia
anarquista
dedica
buena
parte
del
primer
tomo
a
definir—
dentro
de
lo
que
es
posible—
la
anarquía,
ya
que
no
es
solo
y
primariamente
una
forma
de
la
lucha
contraria
a
la
autoridad
genéricamente
imaginada,
sino
algo
más
profundo.
Debemos
interrogarnos
sobre
la
naturaleza
de
la
autoridad
y
su
origen
para
poder
direccionar
la
lucha,
y
construir
alternativas.
Sébastien
Faure,
su
editor
y
compilador,
propone
la
siguiente
definición:
«En
la
sociedad
actual
la
autoridad
reside
en
tres
formas
principales:
1.
La
forma
política:
el
Estado;
2.
La
forma
económica:
el
capital;
3.
La
forma
moral:
la
religión».

Así,
el
individuo
que
lucha
contra
estos
tres
tipos
de
autoridad
es
un
anarquista,
si
bien
la
historia
nos
demuestra
que
la
lucha
contra
el
Estado
ha
sido
la
más
intensa.
La
lucha
en
contra
del
capital
se
ha
organizado
siempre
a
través
del
sindicalismo
revolucionario
y
aparece
ligada
al
movimiento
obrero
mundial
y
sus
organizaciones.
Además,
posee
un
extenso
martirologio
entre
sus
activistas.
En
cuanto
al
tercer
apartado,
para
los
anarquistas
la
esfera
de
la
moral
ha
quedado
relegada
a
la
vida
privada,
y
sus
militantes
han
abarcado
distintas
tradiciones:
el
agnosticismo,
el
ateísmo,
el
cristianismo
tolstoyano,
el
espiritismo
o,
en
la
crítica
más
superficial
a
los
privilegios
de
las
grandes
religiones
monoteístas,
un
anticlericalismo
a
veces
furibundo.
Dentro
de
las
trayectorias
vitales
de
los
militantes
anarquistas,
se
aúnan
estas
tres
formas
de
lucha
y
se
enfatiza
alguna
más
que
otra
a
causa
del
contexto
histórico
que
les
toca
vivir.

La
opresión
del
Estado
moderno,
nacido
al
rescoldo
de
la
industrialización
y
el
reparto
colonial
del
planeta,
siempre
ha
sido
vista
por
los
anarquistas
como
la
forma
más
violenta
de
autoridad
impuesta
contra
los
individuos.
Una
autoridad
que,
apoyada
en
leyes,
amenazas,
ejércitos,
burocracias
kafkianas,
ordenanzas
cívicas,
mass
media
o
sistemas
de
pensamiento
único,
humilla
y
desorienta
a
sus
ciudadanos.
Ese
es
el
gran
núcleo
del
pensamiento
anarquista
y
el
origen
de
su
lucha.

Los
anarquistas
exponen
su
teoría,
ya
esbozada
por
Bakunin:
«En
la
Humanidad
hay
dos
tipos
de
personas:
las
que
obedecen
y
aspiran
a
ser
obedecidos,
y
las
que
desafían
la
autoridad,
que
ni
obedecen,
ni
quieren
ser
obedecidos.
Su
máxima
es
la
Libertad».
Efectivamente,
estos
dos
tipos
de
personas
son
irreconciliables,
ya
que
tienen
valores
distintos.
Errico
Malatesta,
uno
de
los
autores
más
leídos
y
asimilados
en
el
pensamiento
anarquista
del
siglo
XX,
lo
expresa
a
la
perfección
cuando
afirma
que
un
anarquista
no
es
solo
un
rebelde,
sino
mucho
más.
Los
que
forman
parte
de
una
clase
oprimida
no
rechazan
convertirse
a
su
vez
en
represores:
son
individuos
con
mentalidad
de
burgués
frustrado.
Un
anarquista
debe
abolir
las
clases.

Como
afirmaba
otra
anarquista,
la
lituana
Emma
Goldman:
«La
superioridad
de
la
literatura
anarquista,
comparada
con
los
escritos
de
otras
escuelas
sociales,
está
en
la
sencillez
de
su
estilo».
Intentaremos,
pues,
seguir
esta
máxima
anarquista
y
aportar
luz
a
momentos
importantes
en
la
historia
colectiva
de
la
humanidad…
El
autodidactismo
y
el
criterio
personal
son
parte
de
la
personalidad
de
los
anarquistas,
y
seguimos
en
buena
medida
en
la
brecha
abierta
por
estos
utopistas
sociales.
Deseamos
un
camino
breve
y
fecundo
que
abra
otras
sendas
personales,
diversas
y
plenas,
como
fue
y
como
son
el
pensamiento
y
la
acción
anarquistas…
Un
totum
revolutum
tremendamente
fecundo,
que
abarca
en
un
proyecto
intergeneracional,
e
interclasista,
a
hombres
y
mujeres
de
todas
las
regiones
del
orbe
desde
los
años
de
la
Comuna
de
París
hasta
la
revolución
que
toma
las
calles
ahora
mismo,
mañana
mismo.
Como
afirmaba
Heráclito
en
el
albor
de
los
tiempos:
«Todas
las
cosas
suceden
según
discordia».



Dolors
Marín

Tomado
de
la
circular
informativa

Amor
y
Rabia

#
28,Valladolid,
mayo
2020.
Número
completo
accesible
en

https://mega.nz/download




Fuente: Culturayanarquismo.blogspot.com