October 1, 2021
De parte de Centro De Medios Libres
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Por Javier Hern谩ndez Alp铆zar

A H茅ctor Col铆o Galindo, in memoriam

Si podemos leer El pr铆ncipe, de Nicol谩s Maquiavelo, con sumo provecho, apenas 500 a帽os despu茅s, podemos leer El 18 brumario de Luis Bonaparte como novedad editorial, menos de 200 a帽os despu茅s.

Es un libro fresco, un an谩lisis pol铆tico 鈥渄e coyuntura鈥 que echa mano del periodismo, la historia y sobre todo del conocimiento que ya estaba elaborando Carlos Marx sobre el capital y sobre la lucha de clases.

Un 2 de diciembre, para hacerlo coincidir con la fecha en que Napole贸n Bonaparte fue investido emperador, en uno de los cap铆tulos de la revoluci贸n francesa del siglo XVIII, Luis Bonaparte, quien ya era presidente electo, dio un golpe de estado mediante el que se hizo dictador, luego se nombr贸 emperador, y todo en nombre del sufragio universal y de los intereses del pueblo.

Su desempe帽o como tirano fue descrito por Maurice Joly en el Di谩logo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, libro cuya autor铆a lo llev贸 a la c谩rcel bajo la dictadura y que luego fue plagiado por antisemitas para el libelo ap贸crifo llamado Los protocolos de los sabios de Si贸n.

Es c茅lebre la frase de Marx de que si Hegel afirm贸 que la historia se realiza dos veces, la primera es como tragedia y la segunda como farsa. Y es que Luis Bonaparte era, a los ojos del autor de El Capital, no una caricatura de Napole贸n sino Napole贸n en caricatura.

Marx se opone a otras versiones sobre el periodo que va de 1848 a 1852, de autores como V铆ctor Hugo y Pierre Joseph Proudhon, porque no analizan la lucha de clases y ven el golpe de estado como un hecho intempestivo, con lo cual, m谩s que criticar a Luis Bonaparte, terminan haci茅ndolo aparecer como un sujeto agigantado.

Carlos Marx no est谩 de acuerdo con conceptos como 鈥渃esarismo鈥 para designar a los tiranos que monopolizan el poder como dictadores o emperadores, porque el contexto posterior a la revoluci贸n burguesa de 1789 es completamente diferente a la antig眉edad romana. Las clases sociales, burgueses y proletarios, est谩n bien definidas y su din谩mica en la lucha de clases es muy diferente a cualquier periodo anterior de la historia europea.

En 1848 hubo en Francia una nueva revoluci贸n, el pueblo franc茅s derroc贸 a la monarqu铆a de Julio y estableci贸 un gobierno provisional en una Asamblea Constituyente. En un principio estuvieron ah铆 representadas todas las clases sociales, y las tendencias m谩s opuestas fueron la de la alta burgues铆a y el proletariado, que quer铆a una rep煤blica social.

Mientras la Asamblea dio a luz a una nueva Constituci贸n, en las calles hubo estado de sitio y el ej茅rcito reprimi贸, mat贸, encarcel贸 y desterr贸 obreros. Las bayonetas fueron las parteras de una nueva Constituci贸n que conced铆a muchos derechos, pero todos los condicionaba remitiendo sus l铆mites a leyes que se har铆an despu茅s. Con esa derrota, el proletariado qued贸 excluido de la Asamblea, pero se uni贸 despu茅s a cada partido que se opuso y sufri贸 la derrota con cada uno de ellos.

Marx vio esta nueva revoluci贸n como una repetici贸n en clave de farsa de la de 1789 porque en la primera revoluci贸n burguesa, cada nueva vanguardia que desplaz贸 a la anterior era m谩s radical y profundiz贸 los cambios para abrir la sociedad a las condiciones de un mundo capitalista, barriendo con los restos del r茅gimen feudal. Por el contrario, en esta revoluci贸n de 1848-1852 el grupo m谩s conservador, el partido del orden, formado por la burgues铆a propietaria de la tierra (monarquistas legitimistas) y la financiera e industrial (monarquistas orleanistas), fue derrotando, mediante la represi贸n, primero al proletariado socialista, luego a la alianza entre republicanos y socialistas (la Monta帽a, primera aparici贸n de la socialdemocracia) y a las dem谩s facciones republicanas, pero tambi茅n cerr贸 el camino a la 煤nica forma de dominaci贸n burguesa, la rep煤blica, que permiti贸 la unidad de esas dos facciones burguesas, con intereses materiales incompatibles, velados bajo sus fidelidades mon谩rquicas.

Mientras tanto, Luis Bonaparte pas贸 de ser un arribista que lleg贸 con un peque帽o grupo a intentar un golpe de estado fallido a ser electo presidente con el voto mayoritario del campesinado. Luego fue rivalizando con la alta burgues铆a. Le cobr贸 caro a la Asamblea legislativa desaparecer el sufragio universal y, con el dinero que recibi贸, form贸 un grupo de choque reclutando a individuos del lumpenproletariado y fue cerrando filas para preparar el golpe de estado, ganando apoyo popular frente a un partido del orden que ten铆a cada vez m谩s enemigos, menos simpat铆as, m谩s temor a que su dictadura de clase quedara descubierta, menos capacidad para generar concordia, menos capacidad de permanecer unido, menos apoyo incluso de la burgues铆a y m谩s temor de enfrentar directamente a Luis Bonaparte.

El golpe de estado se fue cocinando con declaraciones demag贸gicas, rumores y una masa de militares y un grupo de choque lumpen (que el caudillo declar贸 鈥渄isuelto鈥, pero no disolvi贸), seducidos con salchichones adobados en ajo, bebidas embriagantes, fiestas, con dinero p煤blico y dinero obtenido en rifas fraudulentas de boletos para venir a California a buscar oro.

El 18 brumario de Luis Bonaparte se convirti贸, ya para la 茅poca de Antonio Gramsci, en un cl谩sico. Su an谩lisis dio origen al concepto de 鈥渂onapartismo鈥, que desarrollaron Engels, Lenin, Trotsky y us贸 el propio Gramsci. Cuando en la lucha de clases los distintos bandos se desgastan y llegan a un empate negativo, una situaci贸n en la que ning煤n grupo o partido tiene la fuerza para ejercer el dominio y la hegemon铆a, como el poder pol铆tico tiene 鈥渉orror al vac铆o鈥, dijo N茅stor Kohan, un hombre providencial asume el mando desp贸tico, dictatorial, mon谩rquico (no importa si se llama emperador, presidente, secretario general o primer ministro) y hace prevalecer como inter茅s general el del capital, al menos ese fue el caso de Luis Bonaparte.

Dado que siempre aprovech贸 el prestigio de Napole贸n Bonaparte entre los campesinos, se declar贸 emperador como Napole贸n III, impuls贸 megaproyectos modernizadores como el reordenamiento urbano gentrificador de Par铆s (encargado a Georges-Eug猫ne Haussmann), abri贸 el canal de Suez e incluso so帽贸 con un canal en el Istmo de Tehuantepec, pues intervino en M茅xico apoyando a Maximiliano de Habsburgo. Al final de su reinado afloj贸 o hizo parecer que aflojaba el rigor dictatorial.

En sus intervenciones en Europa, Luis Bonaparte favoreci贸 la unificaci贸n de Italia, el sue帽o de Maquiavelo, pero en la guerra contra Prusia fue derrotado por el ej茅rcito de Bismarck y hecho prisionero. El pueblo franc茅s se levant贸 e impuso la tercera rep煤blica. Cumpliendo una profec铆a de Marx, el pueblo derrib贸 la estatua de Napole贸n Bonaparte.

El bonapartismo es un concepto que describe bien (como el de pr铆ncipe, de Maquiavelo, Gramsci, Adolfo Gilly y Rhina Roux) el gobierno de los caudillos mexicanos. Dictadores y presidentes, militares y civiles, liberales y conservadores como Iturbide, Maximiliano, Ju谩rez, Porfirio D铆az (lleg贸 al poder como Luis Bonaparte, apelando al derecho al sufragio), Plutarco El铆as Calles (el Maximato), L谩zaro C谩rdenas (gobierno cuyo an谩lisis ayud贸 a Trotsky a definir el bonapartismo), los presidentes.

El bonapartismo es el gobierno del poder ejecutivo sin contrapesos ni equilibrios, que subordina y trata como empleados a los integrantes del poder legislativo y del judicial, avasalla a toda la burocracia del estado mexicano y a los gobernantes de entidades federativas y municipios, tiene un ej茅rcito leal y un s茅quito de intelectuales que le elaboran su narrativa.

Embebidos en una pol铆tica bonapartista y principesca, los mexicanos, como dice de los brasile帽os Paulo Freir茅 en Educaci贸n como pr谩ctica de la libertad, no pueden aprender en un d铆a el ejercicio de ser ciudadanos y no seguidores o vasallos, tienen que adquirir una conciencie democr谩tica que los haga comprender que sus gobernantes son sus servidores, sus representantes y delegados, no sus amos.

Pocos mexicanos, como los magonistas o los actuales zapatistas, pueden decir con toda verdad que no est谩n buscando cambiar de amo sino ser libres, autogobernarse. Por ello, pueden expresar, como los zapatistas chiapanecos, que cambiar de capataz no cambia el finquero. Porque la oligarqu铆a, como el dinosaurio de Monterroso, sigue ah铆, y en periodos convulsos, echar谩 mano de un hombre providencial para sacar adelante el inter茅s general de la burgues铆a y el capital, en nombre del pueblo, el nacionalismo y la patria, pero con proyectos capitalistas que hoy en ning煤n rinc贸n del planeta pueden ocultar su faz ecocida, feminicida, genocida.

Tal vez es tiempo de que vayan a tierra las efigies de todos los napoleones y de sus caricaturas. Pero como escribi贸 Simone Weil, las condiciones subjetivas son objetivas: sin un pueblo libre que se asuma como sujeto para provocar ese derribamiento, los napoleones en caricatura tienen todav铆a lugar en los palacios.




Fuente: Centrodemedioslibres.org