December 4, 2022
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Ian Gibson en un fotograma del documental ‘Donde acaba la memoria’. SURTSEY FILMS

Ian Gibson (Dublín, 1939) lleva 60 años dedicado a indagar en las vidas de los más importantes artistas españoles del siglo XX: Lorca, Buñuel, Dalí, Machado… A él, que tantas biografías ha escrito, no le gustaría, sin embargo, ser objeto de una de ellas. Por prurito profesional, también desconfía de las memorias. «Todas las autobiografías mienten», asegura. Sí ha accedido, en cambio, a que el director Pablo Romero-Fresco le haga un retrato cinematográfico. Donde acaba la memoria es una semblanza que, centrada en la figura del historiador irlandés, alcanza a toda España. Un país que, desde 1984, también es oficialmente el suyo. Sentimentalmente ya lo era desde mucho antes.

En cualquier caso, Gibson reconoce que hay algo de pose en esa oposición a ser objeto de análisis. «En mi juventud me sentía un segundón. Quería ser algo en esta vida, que alguien me escuchase. Porque a mí, de pequeño, no me escuchaba nadie. Pertenezco a una familia protestante, puritana, y eso de destacar y de aparentar no estaba bien visto. Pero yo quería destacar. He querido hacer mi trabajo para conseguir un nombre y que alguien me hiciera caso. Así que, en realidad, no les fue difícil convencerme para hacer el documental», confiesa con humor.

La idea inicial de Romero-Fresco era seguir los pasos de Gibson y de su colega Mike Dibb por Las Hurdes, la comarca extremeña en la que Luis Buñuel rodó Tierra sin pan (1933). Ambos habían grabado sendos documentales para la BBC sobre Lorca y Dalí. Buñuel era la pieza que les faltaba para cerrar aquel triángulo fundamental de la cultura española. Pero metidos en faena, el objetivo de Romero-Fresco fue poco a poco trasladándose hacia Gibson. «Y estuvo de acuerdo en que así fuera si lo poníamos al servicio de la memoria histórica. No iba a ser un documental típico, con fotos de Ian Gibson de pequeño y mil personas diciendo lo bueno que es», relata el director. «Que, por otra parte, ¡sería un coñazo!», ríe el historiador. El documental, pues, no es sólo una estampa del hispanista sino un recorrido por los lugares que vertebran la memoria (trágica a menudo) de todo un país: Las Hurdes, la Residencia de Estudiantes, la Huerta de San Vicente o el Valle de los Caídos, que el protagonista observa horrorizado desde la carretera.

Poner el foco en la historia de España era para él lo fundamental, precisamente por las reticencias del pueblo español a tocar ese tema. Así pues, vemos a Gibson en Las Hurdes, hablando con los vecinos y experimentando en directo la esencia de nuestro carácter: la discusión. Muchos hurdanos, incluso hoy, no pueden aceptar el retrato de la pobreza que hizo Buñuel. «Otros, en cambio, decían que se quedó corto. Que la realidad era muchísimo peor. Ese momento de la película es fabuloso», relata Gibson. «Cuando colocas la cámara allí te transportas directamente a la época de Buñuel», añade Romero-Fresco. «Tienes la impresión de que te miran pensando ‘¿A qué venís otra vez aquí? ¿Es que somos un zoológico?’. Mucha gente está cansada. Por eso Aurelia [una vecina entrevistada] nos dijo: ‘Como me vean mis amigas en televisión, me matan’. Todo aquello dejó un poso».

A quebrar esa resistencia ha dedicado Gibson toda su vida. Ha viajado por todo el país recogiendo testimonios, visitando hemerotecas, comparando relatos. Desenrollar la madeja en torno a la muerte de Federico García Lorca fue su mayor reto porque las fuentes a menudo mezclan cosas, o las inventan, o las maquillan. «Una noche te tomas un vino con alguien y te cuenta una cosa. Al día siguiente haces lo mismo con otra persona y te da una versión completamente diferente». El relato, entonces, puede llegar a quedar tan embrollado que es imposible sacar algo en claro. «Bueno, es que ha habido gente que se ha vuelto loca», asegura Gibson. «Le pasó a Agustín Penón, que fue mi antecesor en Granada. Llegó diez años antes y luego desapareció, habiendo recogido muchísimo material. Se vio sobrepasado y yo lo entiendo. Yo empecé a investigar en 1965, a Franco aún le quedaban diez años de vida, y la gente tenía mucho miedo de hablar».

Gibson dice que él recopila fechas, datos y testimonios y que «es el lector el que debe llegar a sus propias conclusiones». Quizás peque de modesto. En el caso de Lorca, por ejemplo, consiguió señalar con suficiente precisión el paraje en el que está enterrado. «En 1966 me llevó al sitio la persona [Manuel Castilla Blanco] que decía haber participado en el entierro. Manolo el comunista, lo llamaban. Era peligroso ir allí. Estaba prohibido. Pero él lo hizo. Estaba convencido de haber enterrado a Lorca y a sus tres compañeros de infortunio allí, al lado de un olivo que todavía está en pie. Y grabé su testimonio. Esa grabación está en mi archivo en Fuente Vaqueros y aparece en la película. Y aquel hombre no mentía. Podría errar en el lugar exacto, porque había algún otro olivo en esa zona, pero no mentía».

Investigaciones como ésta requieren mucho tiempo. O lo que es lo mismo, mucho dinero. Gibson se lamenta por no haber podido escribir la segunda parte de su biografía de Luis Buñuel por falta de financiación: «El Gobierno de Aragón acordó una subvención que luego no llegó. Me traicionaron. Y sin ella no podía continuar. Imagínese lo que es afrontar la biografía de un artista que ha trabajado en tres países [España, México y Francia] y en dos idiomas. Piense sólo en los muchos actores que habría que entrevistar. En los viajes que habría que hacer. La gente no se da cuenta de lo caro que es hacer un trabajo así. Si mañana llegara un multimillonario, tipo Carlos Slim, y lo financiara, estaría encantado. Nada me haría más feliz».

Una búsqueda obsesiva de la verdad

Parece evidente que este trabajo, aun con todos sus obstáculos, le llena de gozo. Tanto como para escalar, entusiasmado, el precipicio por el que Buñuel empujó una cabra en Tierra sin pan. No hay detalle que no le sirva. Su esposa se lamenta del mucho tiempo que tarda en verificar un dato. Puede estar cinco semanas para poner una nota a pie de página. «Quizás exagere un poco. Cinco semanas es mucho. Pero sí, hay que ser un obsesivo para escribir una biografía. Tener una fecha exacta, por ejemplo, puede ser absolutamente fundamental para poder continuar trabajando. Cuando ves un error en alguna fuente tratas de solucionarlo, pero esto trae muchos desvelos. Pesadillas incluso. Ese ha sido mi caso».

Esta ética de trabajo (quizás heredada de su formación protestante) sube varios grados de exigencia cuando hay que ejercitarla en un país como España. «¿Quién entiende, por ejemplo, el siglo XIX español? Con liberales, absolutistas, carlistas… Es un país muy difícil, muy jodido. Por algo Gerald Brenan lo llamó El laberinto español». Y al caos histórico hay que añadir dos características sustanciales del pueblo español: el ruido embrutecedor y el silencio por intimidación.

En España, dice Gibson en el documental, es imposible debatir. El español tiene siempre mucho que decir y ninguna inclinación por escuchar. «La España soñada por la Institución Libre de Enseñanza, por la Residencia de Estudiantes, por Machado, por Ortega y por tantos otros, era una España dialogante, culta, con lazos con Europa y con América. La España de hoy no es así», afirma Gibson. «Cuarenta años de dictadura son demasiados. Entonces, algunas familias favorecidas por el régimen amasaron fortunas formidables, pagando muy pocos impuestos. Y la prole que salió de allí sigue pensando más o menos igual. Son neofranquistas. Además, los jóvenes de hoy no saben nada de la España franquista. ¿Cómo va a cambiar eso? Yo no lo sé, pero espero que cambie. Yo también sigo soñando con una España culta y dialogante».


‘Donde acaba la memoria’ se estrena en salas el viernes 2 de diciembre.




Fuente: Lamarea.com