April 27, 2021
De parte de Grup Antimilitarista Tortuga
269 puntos de vista


Autor: Michael G. Knox

Traducción y presentación: Agustín Velloso, para Tortuga.

Es sabido por todos que Estados Unidos es el país con el presupuesto de guerra más elevado del mundo a gran distancia del resto, que más guerras de agresión ha lanzado y que ataca de diversas maneras cuando y donde quiere a cualquier país, movimiento político y grupo ‘terrorista’. También ataca a individuos concretos a quienes secuestra, encarcela sin juicio durante años o asesina según su criterio y en contra de la ley internacional.

Tan habituales son sus acciones bélicas de todo tipo que las noticias apenas se ocupan de definirlas como lo que son, guerras de agresión, ejecuciones extrajudiciales, crímenes de guerra, etc., sino que hablan de ataques quirúrgicos, efectos colaterales, objetivos a abatir, etc. Los bautizan con nombres como “Tormenta del Desierto” (Kuwait, 1991), “Restaurar la Esperanza” (Somalia, 1993), “Libertad Iraquí” (2003) “Odisea del Amanecer” (Libia, 2011) etc. No es creíble que semejante orgía de escarnio sea inocente, pero en todo caso es lo menos grave.

Sin embargo hay ciudadanos estadounidenses que denuncian estos crímenes y se organizan en grupos contrarios a ese afán guerrero. Uno de éstos es la Fundación para Conmemorar la Paz. Su fundador y presidente es el Dr. Michael G. Knox, el autor del siguiente alegato.

Lo que me llamó la atención de su texto es que no lo edifica con citas, ejemplos egregios, teorías sobre la paz, la justicia, etc., sino que se trata de una alocución construida a partir del sentido común, el menos común de los sentidos, que llega a cualquiera, salvo quizás los que viven de la guerra. No se puede eludir ni discutir lo que dice de sencillo que es.

Aunque el público al que se dirige es el estadounidense, es fácil trasladarlo al nuestro y a cualquier otro. Empieza por denunciar una maldición que es universal, la glorificación de la guerra, aunque hay diversos grados según el país que se considere. A renglón seguido realiza una propuesta: dar la vuelta a aquélla con la glorificación del antibelicismo. El resto consiste en una diatriba contra la primera y el ensalzamiento de lo segundo. También propone diversas acciones sencillas.

Otro elemento igualmente importante de su discurso es que sus propuestas no están dirigidas a grupos de activistas antimilitaristas, supongo que Knox ya cuenta con ellos, sino que se dirige a todas las personas sin relación con el activismo político y social. Les invita suavemente apelando a su humanidad y a su capacidad como ciudadanos a que intervengan a favor del antibelicismo en la vida política en toda su amplitud y desde cualquier estamento.

Su conclusión llega pronto: “Es cuestión de educar a nuestros jóvenes, desarrollar modelos de conducta y reforzar el comportamiento antibélico para que nuestra nación no acepte más guerras de agresión ni la injerencia para desestabilizar gobiernos de otros países.”

Alienta a los dudosos con un repaso a los cambios sociales y culturales de Estados Unidos habidos en los años de su propia vida (es profesor jubilado). Aquí también se puede pensar en los enormes cambios habidos desde la muerte de Franco en las costumbres, la sociedad, la política… pero ¿en la cuestión militar?

El texto deja claro que para cambiar una cultura belicista por la contraria no es preciso más que una población consciente de la anormalidad que es la guerra y por tanto el ejército.

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En Estados Unidos se glorifica la guerra. Imagina un cambio tan trascendental en nuestra cultura que los estadounidenses que defienden la paz sean homenajeados en lugar de ser denunciados como antipatriotas, antimilitaristas o antiamericanos. Imaginemos un mundo en el que expresar una posición antibélica anime a nuestros hijos a respetarla, admirarla y emularla, en lugar de ser despreciada, como si la propuesta fuera una moral anticuada hippie de los años 60. Imagina un mundo en el que los niños desarrollen y encarnen un fuerte compromiso con la no violencia que continúe durante toda su vida. Imagina un mundo en el que la brutalidad y la agresión militar, policial y personal se consideren inaceptables, excepto quizás en situaciones de verdadera defensa en las que ningún otro método haya tenido éxito. Imagina…

A menudo, cuando se realizan actos públicos en nuestras ciudades, se hace un esfuerzo por reconocer y agradecer el trabajo de los militares en activo, así como el de los veteranos. Esto es crucial para reforzar la cultura de la guerra. Cuando los jóvenes asisten a este tipo de actos se les envía un claro mensaje: el ‘servicio’ militar es una de las ocupaciones más valiosas y respetadas que una persona puede elegir. Por el mero hecho de alistarse en las fuerzas armadas a uno se le otorga automáticamente una posición de respeto y honor, independientemente de quién sea o de lo que haya hecho.

Muchos funcionarios electos citan su historial militar en la propaganda electoral y en sus discursos, no sólo como un punto de orgullo, sino como un mérito para ocupar un puesto de liderazgo. Sus despachos suelen estar decorados con placas, certificados, fotos y premios que muestran su devoción a los militares. Los candidatos políticos masculinos a altos cargos que no son veteranos de guerra a menudo tienen que defender su patriotismo y proporcionar una justificación de por qué no se alistaron en el ejército, lo que implica que no se le considera suficientemente patriota sin un historial militar.

Cuando los políticos de cualquier nivel y tendencia se dirigen a una audiencia en público, suelen pedir a los uniformados y a los veteranos que se pongan en pie para recibir un reconocimiento. Los señalan y dicen: ‘Sois los verdaderos héroes americanos. Sois lo mejor que este país puede ofrecer. Gracias por vuestro servicio’. Joe Biden terminó su discurso de investidura, su discurso de victoria presidencial y su discurso de aceptación de la candidatura a la Convención Nacional Demócrata con las palabras ‘que Dios proteja a nuestras tropas’. Donald Trump suele terminar sus discursos con ‘que Dios bendiga a nuestro gran ejército.’ Las ceremonias patrióticas y los reconocimientos públicos a los militares son tan habituales que pocos estadounidenses piensan en ello y mucho menos lo cuestionan.

¿Significa esto que estos políticos se preocupan realmente por los veteranos, su salud y bienestar no sólo en el campo de batalla sino también en casa? ¿Están simplemente reforzando la cultura de la guerra que apoya el militarismo y las industrias que se benefician de la guerra y financian sus campañas políticas? ¿Están sencillamente haciendo un gesto vacío porque esos elogios ‘patrióticos’ se dan por descontado en nuestra cultura? En otras palabras: ¿los políticos destacan y elogian a los militares simplemente porque se espera que sea así y está arraigado como parte de nuestra cultura estadounidense?

En septiembre de 2020, The Atlantic (www.theatlantic.com/world/) informó de que durante una visita a Francia, el entonces presidente Trump se refirió a los estadounidenses que murieron en la guerra como ‘perdedores’ y ‘tontos’. Trump, que se enorgullecía de decir cosas sin preocuparse por lo políticamente correcto, ha despreciado repetidamente a los militares en muchas conversaciones privadas. Sin embargo, en declaraciones públicas se hizo eco de los sentimientos de los anteriores presidentes.

Cuando los ciudadanos y los políticos se sienten obligados a honrar a los soldados es mucho menos probable que critiquen la guerra. Los imperativos culturales comúnmente aceptados de que ‘la paz se gana ganando la guerra’ y que ‘la guerra trae la paz’, contribuyen a mantener el militarismo.

Para cambiar nuestra arraigada cultura de guerra por una cultura de paz debemos empezar a cuestionar a las personas y organizaciones que elegimos para aplaudir y alabar. Uno podría preguntarse: ‘¿Por qué no reconocemos a los profesores, a los profesionales de la salud, a los padres, a los abuelos, a los voluntarios, a los agricultores, a los comerciantes, a los empleados públicos y a los demás trabajadores esenciales?’ Al fin y al cabo hacen contribuciones importantes e indispensables a nuestra comunidad. En cambio las expresiones de elogio público se reservan para los soldados, los veteranos y, ocasionalmente, para los ‘primeros movilizados’ semi-militarizados: policías, paramédicos y personal del cuerpo de bomberos que ‘combaten’ los incendios.

A lo largo de la historia de Estados Unidos innumerables ciudadanos se han manifestado en contra de la guerra. ¿Qué pasaría si cambiáramos la forma de actuar en público y pidiéramos a todas las personas que han trabajado por la paz que se pusieran en pie y recibieran un reconocimiento? ¿Si nos refiriéramos a ellos como héroes por su coraje y valentía y luego todos los asistentes aplaudieran para agradecerles su servicio? ¿Si nos atreviéramos a ponernos en pie y a hablar en favor de la paz en los mismos escenarios en los que se reconoce a los militares: día de la Independencia, día del Armisticio, día de los Caídos y hasta en el descanso de la Super Bowl aunque no figure en el programa oficial?

Una de las razones por las que la defensa de la paz está marginada y por las que Estados Unidos libra tantas guerras, es que pocos ciudadanos se manifiestan hoy en día públicamente contra la guerra. La mayoría de los estadounidenses permanecen en silencio mientras nuestros militares hieren y matan a civiles inocentes en países empobrecidos que nunca han invadido o amenazado con invadir a Estados Unidos o a sus aliados, y que no tienen los recursos para hacerlo.

En un gobierno representativo como el nuestro, en el que los miembros de la Cámara de Representantes se presentan a las elecciones cada dos años, los votantes tienen un poder enorme y potencialmente transformador. Pero los ciudadanos deben reconocer y usar ese poder o será usurpado por corporaciones e intereses especiales con mucho dinero. Los candidatos que se presentan a los cargos electivos responderían al sentimiento antibélico generalizado porque éste influiría en los resultados de las elecciones. Imagínese el impacto que tendría si sólo el 1% de la población -más de tres millones de personas- se uniera en una manifestación contra la guerra. ¿Qué pasaría si el 1% de los votantes se pusiera en contacto con sus representantes en el Congreso y exigiera el fin de las guerras actuales?

Para establecer una cultura de paz hay que cambiar la actual cultura de guerra. Hay que eliminar las barreras sociales para que los ciudadanos no teman las represalias por alzar la voz. Un primer paso en este proceso es reconocer, honrar y documentar el trabajo de los estadounidenses que han demostrado el valor de hablar contra la guerra y trabajar por la paz. Además de ser modelos de conducta y animar a otros, algunos de estos líderes y activistas pueden optar por presentarse a las elecciones y ayudar a impulsar nuestro proyecto de cambio cultural.

Tenemos estadounidenses valientes en los que fijarnos como ejemplo, como la galardonada con el Premio de la Paz de Estados Unidos, la Honorable Coronel (retirada) Ann Wright que, tras veintinueve años en el Ejército y en la Reserva del Ejército y otros dieciséis como diplomática en el Departamento de Estado, dimitió en protesta por la invasión de Irak. Ahora es una incansable e intrépida defensora de la paz en todo el mundo, desde Cuba hasta Gaza, pasando por Corea y Standing Rock. Ann Wright no es más que un ejemplo de alguien que merece la pena honrar y tomar como modelo.

Pensemos en CODEPINK, Mujeres por la Paz, fundada en 2002 por Medea Benjamin, Jodie Evans y otras activistas. Se ha convertido en una de las organizaciones antibélicas más innovadoras, eficaces y visibles que ha conocido este país. Los miembros que llevan el color rosa característico del grupo pueden verse en concentraciones y participando en actos de desobediencia civil, poniendo sus vidas en peligro para llamar la atención sobre el militarismo, la agresión y la inhumanidad de Estados Unidos, pero siempre con un énfasis en la alegría y el humor. CODEPINK recibió el Premio de la Paz de Estados Unidos en 2014.

La cultura estadounidense y el comportamiento hacia los demás han cambiado a lo largo de nuestra vida. Cuando yo crecí en la década de 1960, muy poca gente podía imaginar que veríamos cambios significativos y palpables en derechos civiles: raza, género y orientación sexual. Si logramos avanzar en otros ámbitos culturales, podremos avanzar hacia una cultura de paz. Es cuestión de educar a nuestros jóvenes, desarrollar modelos de conducta y reforzar el comportamiento antibélico para que nuestra nación no acepte más guerras de agresión ni la injerencia para desestabilizar gobiernos de otros países.

Hay muchos ejemplos de cambios culturales positivos que se han producido en unas pocas décadas y cambios en actividades humanas que han salvado innumerables vidas. La prevención de enfermedades viene inmediatamente a la mente, especialmente para aquellos que vivieron la pandemia del VIH en una época en la que no se disponía de tratamientos médicos eficaces. Para muchos, la adopción de los preservativos sustituyó la práctica del sexo sin protección. También hay que tener en cuenta la rápida reducción de la estigmatización de la marihuana y su uso legal generalizado en los últimos años. Las normas culturales pueden cambiar radicalmente y con una velocidad sorprendente.

¿No hubo una época en la que la mayoría de los estadounidenses fumaba tabaco? No hace tanto que la posesión de un solo porro de marihuana era un delito. Otro ejemplo: cuando yo era un joven conductor los coches no tenían cinturones de seguridad. Cuando se pusieron a disposición a finales de los años 50, la mayoría de los estadounidenses, incluido yo, no los utilizaban. Cuando mis hijos iban al colegio se les educó sobre la importancia de llevar el cinturón de seguridad y siempre que los llevaba en coche insistían para que me pusiera el cinturón. La educación de los jóvenes influyó especialmente en mi comportamiento humano de adulto, lo que cambió mis propios hábitos.

La educación de los niños ha tenido un impacto cultural positivo, al igual que criticar el acoso escolar, promover los derechos civiles y explorar las opciones de planificación familiar. Hay que enseñar a los jóvenes que pueden determinar el tipo de mundo que quieren. Es necesario que aprendan a tener un pensamiento crítico y que se les anime a cuestionar la norma. Tenemos que educar a todos nuestros hijos sobre los medios probados para establecer culturas de paz y la importancia de alzar la voz contra las culturas que promueven la violencia y la dominación, no sólo diciéndoselo, sino siendo un ejemplo para ellos.

Es de esperar que tras el coronavirus Estados Unidos vea desaparecer el apretón de manos como acto social. Se trata de una costumbre que se remonta a la antigüedad y que originalmente significaba la falta de un arma. Incluso antes del COVID-19 este ritual era uno de los principales modos de transmisión de enfermedades que matan a miles de estadounidenses cada año. Los esfuerzos realizados en algunas partes del mundo para cambiar drástica y rápidamente el comportamiento humano -suspender las rutinas diarias mediante el distanciamiento social, el uso de máscaras y la permanencia en casa para frenar la propagación del nuevo coronavirus- demuestran lo que se puede hacer cuando hay vidas en juego.

Hemos visto alguna esperanza de cambio cuando la protesta masiva que siguió a la ejecución de George Floyd venció a la policía y a los soldados agresivos y pareció obtener el apoyo de la nación, lo que finalmente llevó a la condena de Derek Chauvin. Qué gran modelo de acción si el pueblo estadounidense se indigna alguna vez por los asesinatos masivos y la violencia de Estados Unidos en el extranjero. Podría ser una progresión natural teniendo en cuenta que las personas negras y latinas se ven afectadas de forma desproporcionada por la guerra y la militarización.

Esperemos que algún día las guerras de Estados Unidos se consideren una actividad no esencial en cuanto el Congreso recorte los fondos para el ejército. Debemos eliminar la guerra, las disparidades en la atención sanitaria, el racismo sistémico, la agresividad policial, la pobreza, el cambio climático y las pandemias. Estas son las cosas que están aterrorizando a los estadounidenses.

Este artículo es un extracto del libro de Michael Knox, Ending U.S. Wars by Honoring Americans Who Work for Peace (Terminar con las guerras de Estados Unidos honrando a los americanos que trabajan por la paz).

El Dr. Michael D. Knox es el fundador y presidente de la US Peace Memorial Foundation y profesor universitario emérito de la Universidad del Sur de Florida: @DrMichaelDKnox knox@uspeacememorial.org

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Desde 2005, la US Peace Memorial Foundation (Fundación para Conmemorar la Paz) ha dirigido un esfuerzo nacional para honrar a los estadounidenses que defienden la paz mediante la publicación del Registro de la Paz de Estados Unidos, la concesión del Premio de la Paz de Estados Unidos y la recaudación de fondos para el Monumento a la Paz de Estados Unidos en Washington, DC. Reconocemos a los estadounidenses reflexivos y valientes y a las organizaciones estadounidenses que han adoptado una postura pública contra una o más guerras de Estados Unidos o que han dedicado su tiempo, energía y otros recursos a encontrar soluciones pacíficas a los conflictos internacionales. Celebramos estos modelos de conducta para inspirar a otros estadounidenses a pronunciarse contra la guerra y a trabajar por la paz. Si desea obtener información completa, consulte la sección PONER FIN A LAS GUERRAS ESTADOUNIDENSES HONRANDO A LOS ESTADOUNIDENSES QUE TRABAJAN POR LA PAZ en www.uspeacememorial.org/About_us.htm

Gracias al traductor deepl.com





Fuente: Grupotortuga.com