July 15, 2021
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La actriz, productora y directora ha visto reconocida su trayectoria con la Palma de Oro de honor del Festival de Cannes.

Jodie Foster, en la alfombra roja de Cannes.

En la víspera de su primer viaje a Cannes en 1976, Jodie Foster (Los Ángeles, 1962) se quedó conmocionada porque su yorkshire terrier murió al caer por unas escaleras. “Compungida, me hice una promesa solemne: iba a sacrificarme y viajar al festival a pesar de que solo tenía ganas de quedarme llorando encerrada en el baño. En homenaje a Napoleón, el ser que más amaba en el mundo, me propuse que los siguientes fueran los mejores días de mi vida”, ha compartido la actriz estadounidense en una clase magistral impartida durante la muestra internacional de cine de Cannes, riéndose de la niña que fue.

Cumplir aquel juramento no le resultó demasiado difícil. En total, participaba en el certamen con tres películas, Taxi Driver (Martin Scorsese), Bugsy Malone (Alan Parker) y Ecos de un verano (Don Taylor). La primera se alzó con la Palma de Oro y supuso su entrada de en el cine por la puerta grande.

Su visita a la Costa Azul,  a la que acudió con su esposa, Alexandra Hedison, en esta ocasión viene motivada por la concesión de una nueva Palma de Oro, pero esta vez, de honor, y a su persona. La actriz recibió el galardón en la ceremonia inaugural de manos de Pedro Almodóvar, del que la laureada ha destacado su don para retratar el alma femenina: “Sus películas fueron las primeras en las que comprobé que un hombre podía hablar de manera honesta de la experiencia de ser mujer. Rara vez son capaces de meterse en nuestra cabeza y plasmar toda su complejidad. Almodóvar es el primer cineasta feminista”.

La actriz, productora y directora ha realizado toda su intervención en la lengua de Molière, que habla a la perfección. No en vano, estudió en el Liceo Francés de Los Ángeles, donde ha recordado que las palabras que más escuchaba eran el pareado «Foster, il faut se taire» (Foster, cállate), en alusión a su talante parlanchín.

De resultas de ese bilingüismo, ella misma se dobla al francés y ha rodado tres películas en ese idioma: Moi, fleur bleue (Éric Le Hung, 1977), La sangre de otros (Claude Chabrol, 1984) y Largo domingo de noviazgo (Jean-Pierre Jeunet, 2004).

Foster nunca quiso ser actriz. De no haber empezado en este oficio a los tres años, asegura que hubiera hecho algo más intelectual, “porque va con mi personalidad”, se ha justificado.

Considera que esa querencia la ha favorecido, puesto que se ha acercado a la interpretación desde un interés creativo y no, como muchos otros actores y actrices, para ser mirados. “Lleva años deshacerse de esa inmadurez”, ha criticado. A diferencia de muchos juguetes rotos de Hollywood, su infancia no se vio afectada por la exposición pública. Bajo su parecer, “hace falta proteger a los niños actores, procurar que sean felices y tengan herramientas emocionales, así como trabajar con los padres para recordárselo”. En su caso, desde los tres hasta los 12 años, tuvo la suerte de estar al cuidado de una agente que le procuró esa atención.

Una niña en una industria de hombres

Acusados (Jonathan Kaplan, 1988) fue la película que le supuso su primer Oscar. Aquel drama judicial basado en el caso real de la violación pública de una joven resuena de manera espeluznante en nuestro presente. No obstante, su protagonista aprecia la concienciación que ha vivido la sociedad desde la aparición del movimiento #MeToo. “Es una película sobre un momento histórico. Hubo críticos de cine que decían que se lo había buscado por llevar una falda tan corta y que la actitud de los que jaleaban la agresión era una conducta normal”.

También aprecia una evolución en Hollywood en términos de paridad en ciertas áreas, pero no en el número de directoras. “Cuando yo empecé a trabajar en el cine, no había mujeres, la maquilladora y la script a lo sumo. Con el tiempo se fueron incorporando productoras y jefas de estudio, pero hoy, siguen faltando realizadoras. Ni siquiera considero que sea una decisión consciente, sino que en Estados Unidos conciben un riesgo inasumible encomendarle la dirección a una mujer. Por suerte, en Europa no es así. Si lo piensas, el primer filme narrativo lo firmó en Francia una mujer, Alice Guy”.

Foster es consciente de los privilegios que la han acompañado en el acceso a la dirección de cine. La estrella no ha vivido la experiencia de hacerse un hueco en una industria dominada por los hombres, porque para cuando decidió dar el paso detrás de la cámara, ya tenía tanto el prestigio como los contactos.

Así y todo, le sorprendieron las microagresiones. “No están acostumbrados a que las mujeres lideren y consideran que sus ideas son justas, interesantes e importantes, así que me he encontrado con productores que querían algo diferente y en lugar de comunicarse e intentar resolverlo, como tienen miedo a lo difícil y a lo nuevo, han tomado decisiones a mis espaldas. Durante mi carrera he ido educando a las personas con las que he ido trabajando. No lloro ni me altero, sino que les llevo la contraria con calma, soy directa y digo la verdad”.

Desde su experiencia como productora, aconseja a las aspirantes a cineastas que propongan desde las vivencias propias y la verosimilitud. “Ahora es el momento de las mujeres, de hacer escuchar nuestras historias. Puede sonar a cliché, pero lo cierto es que en lugar de buscar complacer a los demás, hemos de contar algo que resuene en nuestro interior”.

El miedo es mutuo

El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) le procuró su segundo Oscar. Durante el rodaje de secuencias tan icónicas como la conversación con el caníbal a través de los barrotes de su celda, sus protagonistas sintieron la corazonada de estar escribiendo un nuevo capítulo en la historia del cine: “Era tal la tensión, la fricción y el pudor que experimentábamos, que sabíamos que algo importante estaba sucediendo. Pero no qué sucedería con el material en la mesa de edición. Demme venía de hacer comedias y, de hecho, nos había hecho rodar varias tomas humorísticas, así que sentía cierta angustia, porque no quería que se hiciera una broma del asesinato de mujeres”.

El día que conoció al actor que interpretaría a su némesis en el filme, Anthony Hopkins, el inglés estaba ensayando y no llegaron a hablar. La intensidad de su interpretación le provocó escalofríos y le infundió un temor irracional hacia su compañero de reparto. El veterano intérprete no regresó al rodaje hasta la recta final y, de nuevo, no tuvieron tiempo de cruzar palabra fuera del set, así que el último día le confío que le inspiraba miedo, a lo que Hannibal Lecter le replicó que él también sentía miedo hacia ella.

El éxito de la que hoy se considera obra cumbre del terror, la llevó a hacer las cosas con más calma, a dedicar más tiempo a lo personal y a fundar su propia productora, Egg Pictures, en la que ha disfrutado con la posibilidad de dar salida a una visión personal. Aunque a veces lo ha vivido como un fracaso, porque sus películas no han hecho mucha taquilla. A pesar de estos reveses, está muy orgullosa de su productora, “porque apoyamos crossovers y cine independiente”. Entre los títulos respaldados por Egg Pictures hay cuatro suyos: El pequeño Tate (1991), A casa por vacaciones (1995), El castor (2011) y Money Monster (2016).

Foster también fue precoz al descubrir su vocación. En el encuentro ha explicado cómo a los seis años se sorprendió al descubrir que un compañero del elenco de un programa de televisión iba a dirigir un capítulo. “Nunca había pensado que una mujer podía llegar a ser directora. Mi madre me dijo que no podría serlo, a no ser que escribiera, así que comencé a escribir y ya no he parado”.

Se define como una directora rápida. Generalmente, prefiere rodar una o dos tomas, “porque son las mejores para mantener la espontaneidad y no pensar demasiado, porque si te paras a hacerlo, de repente, temes estar haciendo el ridículo”.

Su carrera ha sido una escuela de cine. Entre sus principales referentes en la dirección ha destacado a David Fincher y a Neil Jordan. Al primero, junto al que rodó La habitación del pánico (2002), “porque no hay nadie que sepa más de técnica y por tener una personalidad muy marcada y confianza en sí mismo, fundamental para afianzarse como realizador”. Del irlandés, con el que rodó La extraña que hay en ti (2007), ha destacado que en su escritura cree en la técnica narrativa de la corriente de la conciencia y, a la hora de dirigir a sus actores, “realiza preguntas banales para que encuentren a sus personajes de manera instintiva en su interior”.

Mujeres reales

Hay guiones en los que ha trabajado durante años, pero no han llegado a buen puerto. El que más le duele es el biopic de la directora alemana Leni Riefenstahl, autora de obras maestras del cine al servicio del nazismo. “Hubiera sido un cuento con moraleja: era una mujer ambiciosa en un oficio de hombres antes de la II Guerra Mundial, pero utilizó su nombre y su carrera para lo peor”. Ahora considera que ya no tiene edad para protagonizar una película sobre la vida de la autora de El triunfo de la voluntad (1935), pero ha bromeado con poder interpretarla en la recta final de su vida, ya que Riefenstahl murió a los 101 años y en plena forma, pues seguía practicando submarinismo.

Su última película como actriz, The Mauritanian (Kevin Macdonald, 2020) ha sido su primera de corte político. Jodie afirma que no es que rehúya el género, sino que solo le interesa si la emoción se entrelaza con lo social y lo político, “porque contar una noticia no tiene interés, para eso la audiencia ya puede leerla directamente en el periódico”. Su personaje en el drama judicial sobre un preso encerrado 15 años sin cargos en Guantánamo es el segunda basado en una mujer real. La primera fue la profesora del siglo XIX Anna Leonowens, maestra del rey Mongkut de Siam, en Ana y el rey (Andy Tennant, 1999), “muerta hace 200 años”. Su abogada le ha supuesto un mayor dilema: “Es molesto interpretar a alguien vivo, porque me gusta cambiar detalles. Le pregunté a la defensora que interpreto, Nancy Hollander, si podía convertir a mi personaje en alguien poco amable y me dio permiso, porque estábamos trabajando al servicio de la historia de Mohamedou Ould Slahi”.

Su presencia en Cannes coincide con la que se conoce como la edición del renacimiento tras la suspensión el año pasado del festival de cine más importante del mundo como consecuencia de la pandemia. A pesar del anuncio agorero del fin del séptimo arte por el cierre prolongado de las salas y el auge de las plataformas de streaming, Foster no teme por su futuro. “El cine evoluciona con la cultura y con la tecnología. Y ahora tiene otras vías. La pandemia ha acelerado un camino que ya estaba en ciernes. Ahora han cambiado los hábitos de la gente. Los grandes estudios van a seguir con sus películas de superhéroes, pero no van a hacer películas de autor porque siempre están con el bastón controlando hasta dejar fuera toda creatividad. En cambio, plataformas como HBO, Amazon y Netflix están acogiendo a las voces independientes. Hay sitio para todos”.


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Fuente: Pikaramagazine.com