July 23, 2021
De parte de Nodo50
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Hoy vengo con una entrevista leída el pasado fin de semana. En concreto, el fruto del encuentro entre el periodista Enekoitz Telleria Sarriegi y la pastora Josebe Blanco (Caserío Pikunieta) publicado por el diario Berria: «Gure bizitzaren gaineko boterea supermerkatuei eman diegu».

Voy a repetir banda sonora en una traducción: y lo hago porque este vídeo de Anari está grabado en Pikunieta a resultas de un concierto que dio en noviembre de 2017 dentro del programa Baserriko Uzta (La cosecha del caserío, en euskera). Josebe aparece meneando la cabeza al ritmo de la música alrededor del minuto y veinte segundos.

Una entrevista en el mirador del Caserío Pikunieta (Antzuola, Gipuzkoa). Una entrevista con café y pastas. También con las llamadas de la fotógrafa perdida en alguna pista forestal. Josebe Blanco (Salceda de Caselas, Galicia, 1973) dice claramente que hay que fiarse más de las personas y no tanto de la pantalla del GPS. @hausnarrean [rumiando] es su perfil de Twitter y también rumia en su blog de la plataforma Zuzeu. Rumiar consiste en digerir la comida en dos etapas. Desde luego que es una palabra que viene como anillo al dedo.

Enekoitz Telleria Sarriegi: La relación con el campo, ¿te viene de tu padre y de tu madre?

Josebe Blanco: Ambos eran de familias campesinas. Pequeños labradores: unas cuantas vacas, gallinas, cerdos, la huerta… Eran hijos de la posguerra y habían pasado mucha hambre. Galicia quedó como quedó durante muchos años; el empobrecimiento fue tremendo. Les tocó emigrar. Mi madre se fue a Alemania y volvió. Mi padre cumplió el servicio militar en la Marina, en Cartagena. Acabó y se apuntó a un barco mercante, y se puso a trabajar. Pasó muchos años enrolado. Según la empresa, le tocaba un puerto u otro. Durante mucho tiempo, su base estaba en Barcelona y mis padres se trasladaron allí. Luego les tóco Pasaia (Pasajes, Gipuzkoa) y se vinieron al País Vasco. Yo estaba a punto de nacer y mi padre decidió dejar la mar y volver a trabajar en tierra. Vinieron a Antzuola (Gipuzkoa). Aunque nací en Galicia, un mes de agosto, no he vivido nunca allí. Hablo gallego porque es la lengua materna, la lengua de casa.

ETS: ¿Cuándo, cómo y por qué decidiste apostar por el caserío?

JB: En mi vida el mundo agrícola ha estado muy presente siempre. Porque provengo de una familia campesina y, aunque vivíamos en el pueblo, teníamos huerta, había que acarrear leña para el fuego, teníamos pollos, conejos… Eso fue lo que viví de niña y no me resulta algo extraño. Íbamos muchos veranos a Galicia y allí recogíamos maíz, patata… Es un mundo muy cercano: es parte de mí. Durante mi etapa universitaria, en Vitoria, me tocó la otra parte. Tenía muy presente el mundo agrario, pero desde otro punto de vista: ¿qué como? Entonces mi relación con el caserío era a través de la comida. En un momento dado, pedí una excedencia y, cuando estaba a punto de finalizar, llegó el momento de tomar una decisión: volver al euskaltegi [academia para la enseñanza del euskera a personas adultas] o quedarme en casa. Recuerdo que estábamos de vacaciones en Atharratze [Zuberoa, norte de Euskal Herria] y que me tocó hacer esa llamada para decir que aquello se acababa.

ETS: Y te viniste para Pikunieta.

JB: La historia de este caserío es muy curiosa. Era de otra familia, y tres chavales de Azkoitia, de 20 años, decidieron que querían vivir en el monte y del monte de manera colectiva. Venían de los movimientos antimilitarista, ecologista, del gaztetxe… El caserío estaba quemado, cuatro paredes rodeadas de tierras que habían sido pinares. Y fue aquí donde comenzaron hace 32 años. Ha pasado mucha gente. Algunos se fueron, otros se quedaron, y mi pareja fue uno de estos. Nos conocimos y me vine hace ocho años.

ETS: Eres mujer, madre y baserritarra [campesina]. ¿Cómo condiciona el género tu actividad diaria?

JB: He trabajado mucho en ocupaciones que no tienen relación con el mundo del caserío. Principalmente como trabajadora social y terapeuta, más tarde como profesora. Como las mujeres de otros ámbitos, he vivido el machismo y la exclusión estructural que hay en la sociedad; es una mochila que viene con nosotras. Pero no he sentido una exclusión específica relacionada con mi trabajo por el hecho de ser mujer. En mis trabajos ser mujer no ha sido una carga, o quizás no he sido consciente de ello, pero no lo he vivido así.

ETS: ¿Y en el caserío?

JB: No sé si en el caserío ha sido una carga, pero sí que ha sido una dificultad. Hay siempre una duda sobre ti, sobre si sabes o no sabes, sobre tu capacidad… Dentro de EHKOlektiboa, organizamos una reunión de pastoras y ganaderas en Nafarroa Beherea [Baja Navarra en euskera]. El objetivo era charlar, reflexionar y compartir lo vivido. Tuvo lugar en el caserío Irabazi Arte [Hasta la victoria en euskera]. Una compañera que estaba a punto de jubilarse dijo que cuando las máquinas, la tecnología, los abonos químicos… llegaron a los caseríos, las mujeres nos quedamos atrás. La fuerza, la mecánica… eran cosas de los hombres. No era digno ordeñar vacas a mano, se requerían máquinas. ¿Y quién iba a ocuparse de la máquina? Los hombres. ¿Quién iba a conducir el tractor? Los hombres. Fue una idea a la que le di muchas vueltas. Mi madre se ocupaba de las vacas, también lo hacía mi abuela… El cuidado de los animales también era una labor nuestra, de las mujeres, y teníamos una sabiduría muy relacionada con la tierra, con el entorno, con las plantas… Todo ello desapareció. Todo se convirtió en veterinarios, medicinas y lo adquirido en la Cooperativa.

ETS: ¿Y ahora?

JB: Ahora, cuando dices que eres pastora, lo primero que te preguntan es si conduces un tractor. Pero, ¿para qué quiero conducir un tractor si soy pastora? Está bien, claro que sí, al igual que saber alemán. Lo que yo necesito es entender a la oveja, cuidarla bien, madurar la leche, hacer queso. La sabiduría es otra cosa. Eso es algo muy destacado en los estudiantes que vienen a casa: es a Exkerra [su pareja] al que le preguntan sobre las ovejas; yo no existo. A mí me relacionan con la quesería. ¿Por qué? ¿Será porque equiparan la quesería y la cocina? Es una distinción muy pobre; hay mecanismos que no se entienden bien.

Fotografía de Enekoitz Telleria Sarriegi para Berria.

ETS: ¿La producción ecológica es una decisión política?

JB: Sin ninguna duda. Producir y también comprar.

ETS: ¿Pero lo ecológico no es una marca?

JB: [Se ríe] ¿Tienes suficiente batería en la grabadora?

ETS: Le pondremos otras pilas.

JB: Todo lo que hacemos es consecuencia de una decisión política. Otra cosa es si somos conscientes de ello, o si queremos asumir esa responsabilidad. Si nosotras trabajamos de manera ecológica, no es sólo por la salud de la tierra, no es sólo por la salud de los animales, no es sólo por la salud de las personas. Es la suma de todo ello y de muchas más cosas. Somos campesinas y nuestro labor y nuestra responsabilidad consiste en hacer comida saludable en esta sociedad para alimentar a nuestros conciudadanos, no para llenar la tripa: para alimentarlos. En la medida en que la gente se alimente bien, estará más sana. Y eso tiene sus consecuencias en el sistema sanitario; tiene consecuencias económicas para toda la sociedad. Y esto que nosotras hacemos desde nuestra pequeñez tiene detrás una forma de vertebrar nuestra sociedad.

ETS: Entonces, ¿no es una marca?

JB: Yo diferenciaría dos cosas: la agricultura capitalista y la no capitalista. Y dentro de la agricultura capitalista habrá algunos ecológicos, algunos químicos… Habrá de todo. El objetivo de ese tipo de agricultura es el dinero, el dinero es el eje. Llega un momento en que algunas empresas que no trabajan en lo ecológico se dan cuenta: «¡Ahí va! Aquí hay otra forma de comercializar esto y, además, los consumidores están dispuestos a pagar más. Se dan cuenta de que haciendo un cambio mínimo en sus estructuras son capaces de ofrecer cereal ecológico, de no utilizar abonos químicos… Su objetivo es ganar más dinero y continuarán haciendo lo mismo que antes. Eso les permite que la soja, el maíz… todo lo que necesiten tengan el sello ecológico, pero traído desde la otra punta del mundo. Me gustaría saber en qué condiciones trabajan las personas que producen esas materias primas, cuántos kilómetros cuadrados son necesarios para hacer todo eso, a qué precio vienen, cómo se hacen esos viajes y eso qué les supone a las pequeñas y pequeños agricultores de allí.

ETS: ¿Y cuando llega aquí?

JB: Cuando esa comida llega aquí, normalmente va a los supermercados. ¿Dónde quedan las personas ahí? Empezando por las personas que están en la caja —habitualmente mujeres— y echando para atrás en la cadena.

ETS: Entonces, ¿qué es trabajar en lo ecológico?

JB: Trabajar en lo ecológico consiste en que nosotras nos adaptamos a la naturaleza, trabajamos con ella, no al revés. En nuestro caso, nos tenemos que adaptar al ritmo de las ovejas y no las ovejas a nuestro ritmo. Te pondré un ejemplo: en el modelo ecológico, yo no entiendo cómo se puede esquilar las ovejas dos veces al año. Eso es algo cada vez más extendido en el País Vasco. No entiendo que eso se pueda a dar en lo ecológico. Si yo rapo a las ovejas en octubre o en noviembre, esas ovejas no saldrán afuera. Y aquí tenemos el clima que tenemos. ¿Cuántos meses pasará esa oveja en el interior? ¿Qué tiene eso de ecológico? ¿Dónde queda el carácter de la oveja? Eso no es una oveja y eso no es trabajar en lo ecológico.

ETS: ¿Qué es el ruralismo?

JB: Una forma de estar en el ámbito rural y en la naturaleza. Unida a ella. ¿Qué pasa? Pues que la relación con lo rural y con la naturaleza es una relación de explotación. Si nos acercamos al ámbito rural, lo hacemos para sacar algo de allí, no para dar algo. El punto de partida no es que somos parte de eso. Entiendo que para vivir aquí necesito leña para el fuego, que necesito hierba… Pero también zarzas para la alimentación de las ovejas, acacias para hacer estacas… ¿Ves ese redil de ahí? Está hecho con la madera del alerce local, y lo mismo esa mesa de ahí… Pero eso no nos da derecho a destrozar los montes para conseguir madera, plantar eucaliptos y pinos, a pesar de que sabemos que eso nos hace daño y está unido a un determinado modelo que consiste en crecer de la manera más rápida posible a cambio del mínimo dinero.

ETS: Por tanto, el mundo rural…

JB: ¿Para qué queremos el entorno rural? Deberíamos comenzar por hacernos esta pregunta. La sensación que yo tengo, y lo vivo así, es que el ámbito rural no es ya como antaño un lugar para crear materias primas y la comida necesaria -y hablo de comida, no de productos, comida para alimentar a la gente y seguir vivos-, sino que el entorno rural se está convirtiendo en un ámbito al servicio de la ciudad. ¿Qué necesita la ciudad? Un basurero. Pues, hagamos el vertedero en el entorno rural. ¿Qué necesita la ciudad? Ocio. Pues, ocio en el entorno rural. ¿Qué necesita la ciudad? Energía verde. Pues, llenemos el entorno rural de placas solares, los montes de molinos de viento… Para eso vale hoy el mundo rural. Y aquí, alrededor de nuestra casa, hay cuatro casas vacías. Todas están vacías. Nos dicen que todas esas cosas darán trabajo, que la gente vendrá a vivir al mundo rural, pero no es verdad. No vendrá más gente porque nos hayan puesto placas solares, molinos de viento o vertederos. No. La gente vendrá cuando pongan servicio de autobuses para los críos, médicos, pediatras, oficinas de correos… Y eso hoy en día no se cumple.

ETS: ¿Cuándo se dio esa ruptura? ¿Cómo puede atenuarse?

JB: No sé cuándo se produjo, pero ahora mismo estamos en un punto en el que la gente ha perdido la conciencia de a qué está ligada su vida. No somos conscientes de que si no comemos, nos morimos. Listo. Y que si comemos comida mala, enfermamos. Hemos perdido conciencia de ello, y eso nos debilita. Oímos que los políticos hablan de independencia, autonomía, autogobierno… Auto, auto y auto… Pero luego, en lo básico para hacer nuestra vida, en la comida, en eso no somos autónomos. Es más, hemos dado a las multinacionales, a los supermercados, a los grandes distribuidores el poder sobre nuestras vidas. También nos hemos quitado de encima la responsabilidad sobre nuestra salud. Son otros los que saben; son otros los que nos curarán. No somos capaces de centrarnos en nuestro cuerpo y de sentir si hacer esto o lo otro es beneficioso o perjudicial. Somos muy dependientes.

JB: En la fase más cruda de la pandemia, tomaste parte en la serie Termometroa del periódico. Ha pasado un tiempo. ¿Qué hemos perdido con la pandemia?

ETS: En aquella época no bajábamos a la calle, y eso nos protegía mucho. Lo pasaba muy mal. Iba y volvía con miedo. He perdido a varias personas. De alguna manera, han dejado de ser de carne y hueso. Ahora tienen ojos.

ETS: Por tanto, ¿la pandemia nos ha convertido en más miedosos?

JB: El miedo está más presente ahora en el caso de quienes somos personas miedosas. Pero tengo la sensación de que hemos escondido ese miedo con la tecnología, el ocio, las autoridades… Que decidan las autoridades qué, cómo y dónde; ellos nos protegerán. Y eso me parece muy peligroso, porque el miedo es parte de la vida. No es nada malo sentir miedo y decir que lo tienes.

ETS: ¿Y hemos ganado algo con la pandemia?

JB: ¿Recuerdas cómo cerraron los mercados? ¿Cómo nos prohibieron ir a las huertas? Pues en aquel momento 300 agentes se reunieron alrededor de un manifiesto, tanto personas que vivían en las calles de Bilbao como campesinos y campesinas. Ahí no había grietas, porque desaparecieron cuando nos dimos cuenta de lo que nos unía: que debemos comer, que tenemos derecho a cultivar nuestra comida y a elegir. Cuando nos prohibieron eso… ¡pumba! Aquello fue muy emocionante. Mira cuántos meses han pasado. Ya son varias las personas que me han dicho que ha comenzado a acudir menos gente a los mercados y las tiendas pequeñas. ¿Se nos ha olvidado todo aquello? ¿Vamos a volver atrás nuevamente? Después de habernos concienciado, hacer esa reivindicación, ¿adónde vamos ahora? Yo gané aquello, y ahora no sé dónde se ha quedado.




Fuente: Javierortiz.net