March 29, 2021
De parte de ANRed
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Autobús antifeminista creado por HazteOír. HAZTEOÍR.ORG / Licencia CC BY-SA 2.0

Aunque chocan en las cuestiones nacionales, la agenda antifeminista y contra los derechos LGTBI son el punto en común de la extrema derecha global. Por Dani Domínguez (La Marea).


En una ocasión la xenofobia y el racismo acabaron con la ultraderecha en el Parlamento Europeo. Fue en 2007, cuando tras el asesinato de una ciudadana italiana, la eurodiputada Alessandra Mussolini, nieta del dictador Benito Mussolini, aseguró que los rumanos “no son bienvenidos en el país”. Y con este comentario, la extrema derecha italiana enfadó a la extrema derecha rumana.

Ante el agravio, el Partido de la Gran Rumania â€“ultranacionalista y, por ende, racista– decidió abandonar el grupo de la ultraderecha en el Parlamento Europeo, conocido como Identidad, Tradición y Soberanía (ITS)La salida de los cinco eurodiputados rumanos provocó la disolución del grupo, que no contaba con la participación mínima para ser considerado como tal.

Más recientemente, el líder de Vox, Santiago Abascal, pidió a su colega Matteo Salvini (Lega) que metiese sus “narices en los asuntos italianos” y dejase de comportarse “como un burócrata globalista” luego de que este apoyase el proceso independentista en Catalunya.

Este tipo de acontecimientos y luchas entre las diferentes extremas derechas nacionales llevan a autores como el historiador y politólogo Robert O. Paxton a defender que “el fascismo, a diferencia de los otros ‘ismos’, no es para la exportación”. El autor de Anatomía del fascismo considera que “cada movimiento guarda celosamente su propia receta para el resurgir nacional y los dirigentes fascistas parecen sentir poco parentesco, o ninguno, con sus primos extranjeros”. Ante ello, sostiene que ha resultado imposible conseguir que funcionase “una internacional fascista”.

Sin embargo, y a pesar de las diferencias que puedan darse en cada país, un eje sí vehicula la política ultraderechista sin importar el lugar: un ideario misógino contra el feminismo. Este es el principal núcleo vertebrador de la extrema derecha global, el único nexo de unión claro que no provoca división en esa alianza reaccionaria. Así lo defienden desde la Fundación Rosa Luxemburgo en su informe De los neocón a los neonazis: “Tratan de agitar consensos de forma reaccionaria, virulenta e instrumentalizadora de los derechos de las mujeres” con la intención de “permear en nuestro ideario colectivo y en nuestra subjetividad”.

Una opinión que también sostiene la periodista y doctora en Antropología Nuria Alabao: “Estas opciones nacionalistas muchas veces tienen problemas a la hora de articular espacios de coordinación a nivel europeo o a nivel global. En la cuestión que más fácilmente se ponen de acuerdo es en todo lo relacionado con lo que ellos denominan ‘cuestiones de género”, donde también incluyen aquello que tiene que ver con los derechos de las personas LGTBI.

Ataque a los derechos de las mujeres

Siendo clara cuál es la columna vertebral de la reacción machista de la ultraderecha y amparada esta batalla bajo el concepto de la â€œideología de género”, los marcos utilizados en ella son diferentes. Algunos están más o menos presentes en cada país o incluso en cada formación, dependiendo de la herencia histórica adquirida. Bajo el paraguas de la “ideología de género” se enmarcan, por ejemplo, los ataques a derechos como el del aborto o a leyes como la de la violencia de género, luchas cruciales del movimiento feminista.

En España, la extrema derecha parlamentaria ha heredado el ataque a determinados derechos de las mujeres –eminentemente reproductivos– del neoconservadurismo y del ultracatolicismo, cuyo rearme comenzó tras la victoria de José Luis Rodríguez Zapatero en 2004. Su confrontación contra este tipo de consensos les permite “codificar en términos culturales un escenario de conflicto que les diferencia”, explica Alabao en el informe de la Fundación Rosa Luxemburgo.

«Marcha por la vida» organizada en 2009 en Madrid. HAZTEOIR.ORG / Licencia CC BY-SA 2.0

En España, el legado nacionalcatólico de la dictadura asemeja a Vox a partidos como el de Bolsonaro. Mientras, en otros estados del norte de Europa, donde la igualdad de género está mucho más arraigada, la extrema derecha utiliza esto como “afirmación de superioridad” frente al resto, explica Alabao. En países del Este de Europa, sin embargo, han agarrado con fuerza “discursos que son radicalmente opuestos a los derechos reproductivos de las mujeres o personas LGTBI”.

La “racialización del sexismo”

“Quiero defender a las mujeres francesas”. Marine Le Pen terminó por enterrar parte del pasado del partido que había recibido de su padre, y el cual contaba con un claro componente machista. Su hija optó, sin embargo, por “defender a las mujeres”, aunque solo a las francesas. Y defenderlas no del machismo o de los hombres en general, sino de los inmigrantes. Detrás de esta nueva apuesta se esconde una agenda racista y, sobre todo, islamófoba.

Es lo que la investigadora Marisa Pérez Colina denomina como “racialización del sexismo”, es decir, la instrumentalización de los derechos de las mujeres a través de una “defensa cosmética” que trata de unir conceptos como delincuencia y machismo a inmigración. Por ello, defiende Pérez Colina en Familia, raza y nación en tiempos de posfacismo (Traficantes de Sueños), “resulta en extremo difícil, por no decir imposible, encontrar un argumento aparentemente en defensa de los derechos de ‘las mujeres’ […] que no vaya inmediatamente sucedido del prejuicio racista y esencialmente islamófobo que pretende apuntalar”.

A la izquierda, un tuit del PiS (Polonia) contra «los planes de estudio LGTBI. A la derecha, un tuit de Alice Weidel, líder de AfD (Alemania) en contra del aborto.

Esta táctica criminalizadora con el de fuera, tal y como se explica en el estudio de la Fundación Rosa Luxemburgo, lleva asociada una estrategia de populismo punitivo que apuesta por expulsar a inmigrantes de los países de destino si estos cometen algún delito y por endurecer las penas para determinados delitos como supuesto elemento disuasorio: “El feminismo radical nos quiere, sí, pero sumisas a su agenda ideológica, calladas ante discriminaciones machistas de otras culturas como el islam y aplaudiendo rebajas penales a los violadores”, defendía la diputada de Vox Rocío Monasterio el 8 de marzo de 2020.

Lo femenino frente a lo feminista

Dentro de los marcos de la extrema derecha, la mujer es buena si encarna determinados valores, como la defensa de la patria. O si encaja en los roles de género que la convierten en punta de lanza de la defensa de la familia tradicional bajo el mito natalista que la destina a ser madre. “Mientras Marine Le Pen (RN) presume constantemente de ser madre y Therese Borg, de los Demócratas Suecos (SD), advierte de los prejuicios sociales de ignorar las diferencias biológicas reales, Andreas Wild (AfD) llega un poco más lejos al ensañarse con las mujeres cuya baja natalidad […] estaría poniendo en peligro la raza alemana. Según el partido Amanecer Dorado, la mujer detenta el valor superior de reproducir la raza y, de acuerdo con España 2000, su función primordial es la de madre y educadora de sus hijos, siempre obviamente en el marco de la familia heterosexual”, explica Pérez Colina en el mencionado libro.

La estrategia es poco novedosa desde el punto de vista histórico, puesto que este era el ideal femenino pregonado por la Sección Femenina de la Falange comandada por Pilar Primo de Rivera. “La SF […] hizo a la mujer-esposa-madre la culpable de las desgracias que pudieran ocurrir en el ámbito familiar, pues era ella la guardiana de este espacio y por tanto la máxima responsable del bienestar familiar”, explica Begoña Barrera, autora de La sección femenina 1937-1977 (Alianza Editorial). Para la investigadora, doctora en Historia Contemporánea, “la culpabilización de las víctimas de violencia de género que hoy vemos” también hunde sus raíces en el pensamiento falangista “en tanto que hace a las mujeres las responsables de la agresión o se minimiza, a veces hasta el punto de exculpar, la responsabilidad del agresor, alegando motivos como la provocación por parte de las mujeres”.

Cartel de los ultraderechistas de Alternativa por Alemania (AfD) con el texto «¿Cuál es tu lucha por Alemania?», clara representación del arquetipo de la «doncella guerrera» que no pierde el rol de mujer.

Tal y como explica Nuria Alabao, el marco de la “defensa de la familia tradicional” es el más importante porque “les permite hablar en términos positivos y lanzar propuestas que en realidad lo que esconden es un retorno a los roles tradicionales de la mujer como cuidadora, la que se encarga de las tareas del hogar…”.

La ideología falangista también ha legado a la extrema derecha española la contraposición entre lo femenino y lo feminista. El ataque al físico de las mujeres republicanas se convirtió en un elemento utilizado por las falangistas a partir del 38, muy similar a lo que hace Vox en la actualidad. “Fealdad, chabacanería, zafiedad. Esto es la ideología de género que retrata nuestra triste época de personas perdidas”, publicaba en Twitter la diputada ultraderechista Carla Toscano, acompañando el texto de dos fotos de Samantha Hudson y Estíbaliz Quesada en la gala de los Premios Feroz.

Porque a la extrema derecha no le gustan las mujeres rojas que Jardiel Poncela definió como “lectoras de los rusos”, “feas conscientes de serlo” y “amargadas de la vida”. Por eso Pilar Primero de Rivera aseguraba que, “gracias a Falange, las mujeres van a ser más limpias”. Y, frente a la mujer roja se encontraría la “azul”, la que “comprende cuál es la misión del hombre como hombre, la de la mujer como mujer y la de la mujer como apoyo del hombre; la que es femenina sin ser feminista”, en palabras de Poncela.

Begoña Barrea, en su trabajo, encuentra en diferentes mujeres a lo largo de la historia el patrón de la “doncella guerrera”. Se trata de mujeres que fueron presentadas “como arquetipos de una feminidad que, a pesar de transgredir eventualmente los lindes de se género por una causa ‘noble’ retornaba siempre a la ortodoxia y a su ‘verdadera identidad sexual’ al finalizar con su compromiso bélico”. La propia Isabel Díaz Ayuso, representante del ala más dura del Partido Popular, ha asegurado identificarse con una de ellas: Isabel la Católica, también venerada por Vox para sostener sus postulados islamófobos.

En el proceso de renovación y de desdiabolización, la extrema derecha global ha comenzado a situar a mujeres –doncellas guerreras en su mayoría– en posiciones de poder e incluso al frente de sus formaciones: “Las falangistas de SF tuvieron que hacer muchos equilibrios discursivos para explicar por qué ellas no cumplían con el destino de matrimonio y familia que predicaban. […] Las mujeres que hoy lideran partidos conservadores también tienen que hacer equilibrios discursivos en lo referente a su estatus. Es complicado (por incoherente) estigmatizar el movimiento feminista cuando justamente gracias a él las mujeres han podido empezar a ser reconocidas en pie de igualdad para tareas públicas como la política”, termina Barrera.





Fuente: Anred.org