October 13, 2020
De parte de La Haine
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La recuperaci贸n de la memoria comenz贸 a exhibir a los grandes conquistadores como lo que fueron, unos asesinos

De Canad谩 a Chile la herida crece y el clamor tambi茅n. Las estatuas de los esclavistas, los exterminadores y los pacificadores van cayendo, una tras otra, al basurero de la Historia.

El 12 de octubre de 2020 pudo ser el d铆a que cayera Crist贸bal Col贸n de su pedestal en el Paseo de la Reforma. Las autoridades capitalinas prefirieron adelantarse al derribamiento anunciado durante la movilizaci贸n anual que de un tiempo a esta parte sustituye al D铆a de la Raza, que ya nadie se atreve a conmemorarlo as铆. Los distinguidos Caballeros de Col贸n (apodados por la plebe resentida como las Mulas de don Crist贸bal), una 茅lite de ultraderecha que dominaba las festividades guadalupanas y colombinas, fueron borrados de la escena. En el calendario c铆vico, el descubrimiento de Am茅rica cedi贸 paso al eufem铆stico encuentro de dos mundos.

La revuelta se hab铆a iniciado y no ten铆a reversa. Contra todo pron贸stico antropol贸gico, pol铆tico o demogr谩fico, los pueblos originarios del continente recuperaron voz y presencia. Mejor dicho, ganaron una voz y una presencia que nunca antes hab铆an tenido.

Aunque la transformaci贸n en la conciencia colectiva de los llamados indios (ind铆genas, nativos americanos, abor铆genes, pueblos originarios) databa de antes 鈥揺n algunos casos, como en la regi贸n andina, de la d茅cada de 1930鈥, la fecha de quiebre es 1992. Los fastos por el Quinto Centenario de la corona restaurada y los afanosos gobiernos hispanoamericanos se cebaron ante un despertar continental sin precedente, que el 12 de octubre de ese a帽o se manifest贸 en Quito y San Crist贸bal de Las Casas con un nuevo impulso: el de la reivindicaci贸n colectiva de la Am茅rica profunda.

En Ecuador los pueblos sacaron arcos y flechas. En Chiapas, los mecates y los marros. En la vieja Ciudad Real, la conmemoraci贸n ind铆gena rescribi贸 la Historia. Los indios ariscos espantaron a la poblaci贸n ladina y el gobierno los mir贸 con desprecio. En una acci贸n que fue percibida como excesiva, un grupo de manifestantes mayas derrib贸 la estatua del conquistador y genocida Diego de Mazariegos.

Estatua de Col贸n del Paseo de la Reforma, M茅xico DF, sin Col贸n.

La recuperaci贸n de la memoria comenz贸 a exhibir a los grandes conquistadores como lo que fueron, unos asesinos. Col贸n el primero (o sus esbirros), y si 茅l no fue el peor es porque le falt贸 el tiempo que tuvieron de sobra los espa帽oles y portugueses que lo siguieron. Tiempo despu茅s se sumar铆an holandeses, franceses e ingleses a cual m谩s de despiadados.

Como el imperio romano prueba mejor que nadie, la Historia la escriben los vencedores. Eso no salva de la decadencia y la derrota a los imperios, as铆 pasen muchos a帽os. Para las sociedades dominantes del hemisferio, los ind铆genas siguen siendo un inconveniente mal resuelto, pero las estatuas caen como los bolos a 煤ltimas fechas, as铆 como los descubridores tumbaron 铆dolos y templos en su momento. Esto habla no s贸lo de un despertar, sino de una p茅rdida del miedo. La ca铆da de Mazariegos en la plaza de Santo Domingo retumb贸 un a帽o despu茅s cuando el levantamiento armado del Ej茅rcito Zapatista de Liberaci贸n Nacional ocup贸 San Crist贸bal y otras plazas.

En Am茅rica entera el arrebato ind铆gena ya no se detuvo. La nueva conciencia permiti贸 ver al fin como crueles asesinos a los h茅roes del hombre blanco, fueran Andrew Jackson o los generales Roca y D铆az. La literatura, de Ercilla a Borges, cay贸 de pronto en el lado equivocado. En M茅xico la Revoluci贸n origin贸 una suerte de vicaria reivindicaci贸n con el indigenismo institucional, acad茅mico y literario, m谩s cercano a la l谩stima y el 谩nimo sepulturero. El genocidio, aun si lento, nunca se fue, y sigue agazapado en las paternalistas buenas intenciones de L贸pez Obrador, que se parecen a las de Echeverr铆a, que se parec铆an a las de C谩rdenas, que se parec铆an a las de鈥

Esta mentalidad ya caduc贸. Al menos para los sectores m谩s conscientes y libres de la indianidad americana. De Canad谩 a Chile la herida crece y el clamor tambi茅n. Las estatuas de los esclavistas, los exterminadores y los pacificadores van cayendo, una tras otra, al basurero de la Historia.

Fierros viejos, nostalgia p谩lida, verg眉enza mal disimulada en los intentos criollos de pedir perd贸n y demandarlo al Viejo Mundo, resultan in煤tiles disculpas sin correlato con la realidad medio milenio despu茅s. M谩s all谩 de los reyes cuestionados y los pont铆fices interpelados, la victoria de los pueblos se prolonga en su vida sostenida y la recuperaci贸n de la memoria. Como desaf铆o urban铆stico y a la ley y el orden, las estatuas seguir谩n cayendo. Se han convertido en otro escenario del debate pol铆tico. Donde puede, el Estado las defiende, pero en manos ind铆genas la Historia de Am茅rica est谩 en radical remodelaci贸n.

La Jornada




Fuente: Lahaine.org