December 7, 2022
De parte de Grup Antimilitarista Tortuga
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Carlos G. Santa Cecilia

La tarde del 22 de julio de 1921, despu├ęs de dos d├şas de intensos rumores, Espa├▒a tuvo la certidumbre de que en Marruecos se estaba consumando el desastre. Con la toma de Annual, los rife├▒os, al mando de Abd-El-Krim, hab├şan provocado la desbandada del ej├ęrcito espa├▒ol y marchaban sobre Melilla. Mientras el rey y buena parte del Gobierno veraneaban en San Sebasti├ín, en Madrid la multitud recorr├şa la calle de Alcal├í, de la Telef├│nica al palacio de Buenavista, sede del Ministerio de la Guerra, en busca de noticias. El d├şa 23 el ministro de la Guerra compareci├│ ante los periodistas para anunciar que las p├ęrdidas a├║n no hab├şan sido determinadas, pero que eran cuantiosas. Al d├şa siguiente se comunic├│ la desaparici├│n del general que mandaba las tropas, Manuel Fern├índez Silvestre, y poco a poco fue conoci├ęndose que la cifra de bajas pod├şa llegar a los 10.000 hombres. Los rife├▒os no tomaron Melilla porque, al parecer, no fueron conscientes de la debilidad defensiva de la plaza.

Terminaba as├ş la galopada del general Fern├índez Silvestre, un corpulento e intr├ępido veterano de la guerra de Cuba que gustaba mesarse los bigotes mientras impart├şa las ├│rdenes. Hab├şa llegado a ├üfrica en febrero de 1920 y en solo unos meses hab├şa logrado avanzar tanto como sus predecesores en doce a├▒os, llegando a dominar una extensi├│n de 6.500 kil├│metros cuadrados. La ├║ltima de sus bigotadas, como denominaban sus hombres a las arriesgadas misiones, hab├şa sido internarse en territorio enemigo hasta Annual, a 135 kil├│metros de Melilla. Quer├şa llegar a toda costa a la bah├şa de Alhucemas, con lo que conseguir├şa controlar la zona oriental de Marruecos.


El general Fernández Silvestre

Poco amigo de estrategias y planes establecidos, el general desoy├│ los consejos de quienes le advert├şan que su retaguardia era un rosario de posiciones mal fortificadas y peor guarnecidas. Muchas de ellas carec├şan de pozos o aljibes, y en ocasiones hab├şa que recorrer decenas de kil├│metros en camello para hacer la aguada. Silvestre segu├şa su loca carrera hacia el mar, alentado, cuando menos, por el rey Alfonso XIII, que le mand├│ un telegrama al tener noticia de la toma de Annual cuyo texto, en la versi├│n m├ís edulcorada, rezaba: ÔÇť┬íOl├ę los hombres!ÔÇŁ.

Es probable que nada hubiera ocurrido si el general Silvestre se hubiese encontrado enfrente con un jefe m├ís de las cabilas, que guerreaban, comerciaban o serv├şan a los espa├▒oles seg├║n sus intereses, y no con un aut├ęntico l├şder que pretend├şa fundar una naci├│n independiente y unir a su pueblo en la lucha contra el invasor. Licenciado en derecho musulm├ín y periodista, Abd-El-Krim hab├şa trabajado para el Estado espa├▒ol durante varios a├▒os en Melilla. Era consciente de que hab├şa llegado la hora y su grito de rebeli├│n se extendi├│ como el fuego. A mediados de junio de 1921 los rife├▒os atacaron Igueriben, la posici├│n m├ís avanzada del ej├ęrcito espa├▒ol, a solo cinco kil├│metros de Annual. Silvestre encabez├│ un convoy para abastecer a una guarnici├│n que, desesperada, hab├şa tenido que beber ÔÇťsus propios orines con az├║carÔÇŁ, como se puso de manifiesto en los informes posteriores. Hostigado por los rife├▒os, el general no pudo llegar, y autoriz├│ la evacuaci├│n. Antes de que la orden fuera transmitida, un centenar de hombres abandonaron desordenadamente los blocaos. Desde Annual se vio c├│mo iban siendo degollados. Solo llegaron un sargento y diez soldados.


Abd-El-Krim

Silvestre no pudo contener la estampida. Las posiciones espa├▒olas cayeron como las fichas del domin├│ y los rife├▒os se emplearon con crueldad persiguiendo a machetazos a los despavoridos soldados. Algunas plazas, como Monte Arruit, resistieron un tiempo, pero finalmente fueron asaltadas. El comandante Francisco Franco, que lleg├│ a toda prisa con el Tercio para reforzar Melilla, habl├│ de ÔÇťhombres en los que el terror ha dilatado sus pupilas, y que nos hablan con espanto de carreras, de moros que les persiguen, de moras que rematan a los heridos (ÔÇŽ) Llegan desnudos, en camisa, inconscientes, como pobres locosÔÇŁ.

El reguero de sangre de Annual lleg├│ a Espa├▒a y la sociedad despert├│ de una pesadilla colonial que hab├şa dejado en manos de unos mandos a menudo incapaces y corruptos la defensa y administraci├│n del ├║ltimo resto del imperio. Enseguida se pidieron responsabilidades, cay├│ el Gobierno y las fuerzas de izquierda se├▒alaron al rey como instigador de la aventura. El general Picasso, encargado de determinar las causas del desmoronamiento de las tropas espa├▒olas, concluy├│ que Silvestre hab├şa actuado de forma aut├│noma e imprudente, sin advertir a su superior jer├írquico, el general Berenguer, de su precaria situaci├│n, y confiando solo en su buena estrella.

Picasso, un hombre de extrema rectitud y de religi├│n protestante, puso el dedo en la llaga denunciando la desorganizaci├│n militar espa├▒ola en ├üfrica, a pesar de las cortapisas que rodearon su investigaci├│n. Los coroneles de los regimientos, escribi├│ en su informe, se enteraron de lo que pasaba cuando se hab├şa iniciado la retirada, ya que estaban siempre en Melilla y solo los tenientes coroneles y los comandantes se turnaban cada quince d├şas en el mando de las tropas. Picasso quiso llegar hasta las ├║ltimas consecuencias, pero la participaci├│n de Alfonso XIII nunca fue probada. El caj├│n de la mesa del secretario particular del rey, comandante Hern├índez, fue abierto en extra├▒as circunstancias y el telegrama que alud├şa a la hombr├şa de Silvestre desapareci├│ para siempre. Se form├│ una comisi├│n parlamentaria para esclarecer las responsabilidades pol├şticas mientras la prensa republicana segu├şa se├▒alando que Silvestre, ayudante de campo y gran amigo del rey, no pod├şa haber actuado solo.

El pronunciamiento militar del general Miguel Primo de Rivera, en septiembre de 1923, acall├│ el clamor popular contra los mandos del ej├ęrcito de ├üfrica y, para algunos historiadores, fue propiciado, entre otras causas, para que se diese carpetazo definitivo al informe Picasso. Primo de Rivera, que hab├şa manifestado en varias ocasiones que Espa├▒a deb├şa retirarse de ├üfrica, cambi├│ sin embargo de actitud tras su llegada al poder y el ej├ęrcito volvi├│ a avanzar, si bien con precauci├│n. Pero Abd-El-Krim hab├şa consolidado una fuerza militar organizada y disciplinada de 60.000 hombres que, a partir de septiembre de 1924, forz├│ un nuevo repliegue espa├▒ol en la Yebala. Solo la retirada de Xauen cost├│ dos mil bajas, y el p├ínico volvi├│ a hacer mella en una tropa que a├║n no se hab├şa recuperado del desastre de Annual.

En abril de 1925, Abd-El-Krim, que hab├şa dado a las tribus rife├▒as la apariencia de un Estado independiente y comenzaba a ganarse las simpat├şas de la izquierda europea, cometi├│ el error de emprender hostilidades contra Francia e inici├│ una ofensiva mediante la que lleg├│ a las puertas de Fez y a punto estuvo de provocar un descalabro similar al de Annual. Los gobiernos espa├▒ol y franc├ęs coordinaron sus ej├ęrcitos y el 8 de septiembre se inici├│ el desembarco de Alhucemas, dirigido personalmente por Primo de Rivera. Espa├▒a logr├│ por fin dominar Alhucemas y el dictador obtuvo el m├ís resonante ├ęxito de su mandato.

Obligado a replegarse, Abd-El-Krim intent├│ lograr una paz separada con Par├şs, pero los franceses hab├şan unido ya su destino colonial a Espa├▒a y rechazaron las pretensiones de Mohamed Azerkan, el Pajarito, ministro de Asuntos Extranjeros y cu├▒ado de Abd-El-Krim, para que se reconociese un Gobierno aut├│nomo del Rif. En abril de 1926 comenz├│ una nueva operaci├│n militar conjunta que permiti├│ a las tropas espa├▒olas, tras vencer la tenaz resistencia enemiga, alcanzar Annual y el resto de los escenarios de la derrota de 1921. Abd-El-Krim fue deportado a la lejana isla de Reuni├│n, y con ├ęl acab├│ el sue├▒o de una rep├║blica independiente del Rif.

A partir de 1927 pudo hablarse de la pacificaci├│n de la zona, pero en la memoria de los espa├▒oles hab├şan quedado grabados los horrores de una guerra a la que solo fueron llamadas las clases desfavorecidas, ya que era moneda corriente eximirse del servicio militar a cambio del pago de una cuota. Mientras los veteranos repet├şan las atrocidades que hab├şan vivido por los pueblos y aldeas de Espa├▒a, las organizaciones anarquistas y los partidos de izquierda llamaban a la resistencia y boicoteaban las movilizaciones. Servir en ├üfrica era para los oficiales y jefes, sin embargo, la mejor forma de conseguir ascensos, condecoraciones y gloria. Apelando a su honor, los africanistas se organizaron, cerrados como una pi├▒a ante cualquier injerencia civil, y constituyeron una seria amenaza para el r├ęgimen parlamentario.

Estos oficiales, entre los que descoll├│ Franco, fueron los que convencieron a Primo de Rivera para que modificara su inicial pretensi├│n de abandonar el territorio. Cierta leyenda afirma que en un banquete en el que Franco exigi├│ a Primo de Rivera la continuaci├│n de las campa├▒as, se sirvi├│ un men├║ confeccionado exclusivamente a base de huevos. El ej├ęrcito de ├üfrica consum├şa m├ís de la tercera parte del presupuesto nacional y los oficiales se paseaban en autom├│vil por ciudades en las que imperaba el juego y la prostituci├│n al tiempo que la enfermedad y la penuria diezmaban a las tropas del frente.

Exigencia un├ínime de la sociedad espa├▒ola fue esclarecer el confuso asunto de los prisioneros. A la hora de establecer el n├║mero de soldados que Silvestre hab├şa adentrado en zona enemiga, el informe Picasso se top├│ con un problema previo, ya que no era posible conocer siquiera el n├║mero de soldados destinados en ├üfrica. En dos estadillos fechados el mismo d├şa, 22 de julio de 1921, las fuerzas de la Comandancia de Melilla difer├şan en m├ís de tres mil hombres, lo que ven├şa a desenmascarar el floreciente negocio de algunos oficiales encargados de los suministros. A ra├şz de estas denuncias salieron a la luz casos de corrupci├│n tan graves como el desfalco de m├ís de un mill├│n de pesetas en la Intendencia de Larache.

Si no era posible saber el n├║mero de soldados, mucho menos el de los muertos y desaparecidos. Silvestre dirig├şa un ej├ęrcito de unos 20.000 hombres, de los que se perdieron entre 8.000 y 10.000 en la retirada de Annual y Monte Arruit, aunque algunos historiadores elevan esta cifra a 13.000. Los rife├▒os no enterraban a sus v├şctimas y cuando unas semanas m├ís tarde esta ├║ltima posici├│n fue reconquistada, los soldados encontraron restos de cad├íveres en putrefacci├│n esparcidos por la zona. Nunca se determin├│ el n├║mero de bajas de esta acci├│n; solo que los rife├▒os salvaron a los oficiales, sin duda m├ís valiosos para el rescate, y pasaron a cuchillo a la tropa casi en su totalidad tras su rendici├│n.


Restos de cadáveres de soldados españoles encontrados al regreso a Monte-Arruit

Se sab├şa, sin embargo, que hab├şa un peque├▒o grupo de prisioneros que eran trasladados de un lugar a otro en condiciones que estremec├şan a la opini├│n p├║blica. Lleg├│ a decirse que se les torturaba y vejaba a la vista de las posiciones espa├▒olas. La presi├│n sobre el Gobierno fue tan fuerte que se entablaron enseguida conversaciones para lograr su liberaci├│n. Abd-El-Krim, en la cumbre de su anhelo independentista, vio una ocasi├│n ├║nica para su reconocimiento internacional y exigi├│ que fueran liberados a cambio todos los rife├▒os presos o detenidos en Espa├▒a.

Fracasados los intentos del franciscano padre Revilla y de m├ís de un agiotista, los prisioneros fueron concentrados en Axdir, llamada a ser la capital de la nueva Rep├║blica del Rif. La primera noticia del n├║mero y estado de los prisioneros la dio en Espa├▒a el redactor de El Sol y capit├ín del ej├ęrcito Antonio Got, que asisti├│ a la entrega de un convoy de provisiones a finales de agosto o primeros de septiembre de 1921. El Gobierno intensific├│ las negociaciones al conocerse que adem├ís de los soldados hab├şa civiles, mujeres y ni├▒os. Abd-El-Krim ped├şa un rescate de cuatro millones de pesetas y exig├şa que no participara en el proceso ning├║n oficial espa├▒ol.

El ej├ęrcito era partidario de rescatar a los cautivos por las armas y consideraba una humillaci├│n cualquier tipo de pacto. Las negociaciones se estancaron hasta tal punto que el general Weyler, el 27 de junio de 1922, afirm├│ a El Imparcial: ÔÇťMientras est├ę el general Berenguer en la Alta Comisar├şa, no hay probabilidad de realizar gesti├│n ninguna para el rescate de los prisionerosÔÇŁ. Tras la sustituci├│n de Berenguer, un nuevo Gobierno presidido por el liberal Garc├şa Prieto encauz├│ las negociaciones por medio del industrial bilba├şno Horacio Echevarrieta, que estableci├│ contacto en Axdir con Abd-El-Krim, antiguo compa├▒ero suyo en la escuela de minas. La indignaci├│n estall├│ en los cuarteles, como recoge Arturo Barea en La forja de un rebelde. Mientras en Espa├▒a aparec├şa como un salvador, los africanistas acusaron a Echevarrieta de connivencia econ├│mica con Abd-El-Krim y le presentaron como el aut├ęntico due├▒o de algunas minas riqu├şsimas del Rif, lo que negaba el industrial.

Tras varias demoras se lleg├│ a un acuerdo y se pagaron 3.200.000 pesetas, aunque la negociaci├│n sigui├│ abierta hasta el ├║ltimo momento y Abd-El-Krim logr├│ sacar 270.000 pesetas m├ís a Echevarrieta mientras el barco espa├▒ol esperaba en el puerto para repatriar a los prisioneros. Alfonso XIII, seg├║n varios testimonios, coment├│ que ÔÇťera caro el precio que hab├şa que pagar por la carne de gallinaÔÇŁ. Por fin, el 28 de enero de 1923 fueron liberados 45 jefes y oficiales, 274 individuos de tropa y 38 paisanos, entre ellos nueve mujeres y ocho ni├▒os, seg├║n recoge la prensa de aquellos d├şas. Durante el cautiverio fallecieron 152 soldados y civiles.

Los relatos sobre un cautiverio en el que se establec├şan frecuentes comparaciones con la ├ępoca de Cervantes conmovieron a los espa├▒oles. Entre ellos destac├│ el del sargento Francisco Basallo, verdadero h├ęroe nacional, que era requerido en todas partes para rememorar su aventura. El sargento Basallo, que cay├│ prisionero el 25 de julio de 1921 en Dar Quebdani, fue el ├║nico que tuvo aliento para organizar los campamentos, conseguir agua y algo de comida e infundir ├ínimo a sus compatriotas. De su compa├▒├şa de 120 hombres s├│lo sobrevivieron el capit├ín, un teniente y un soldado, adem├ís de Basallo. En sus Memorias del cautiverio narra la peripecia de unos militares exhaustos y maltratados que vagan por caminos plagados de cad├íveres. El sargento se dedic├│ abnegadamente a la curaci├│n de los enfermos y, aunque no ten├şa formaci├│n previa, su fama le preced├şa en los lugares por los que pasaba y los nativos acud├şan a verle esperando una curaci├│n poco menos que milagrosa.


El sargento Basallo y su libro

Basallo logr├│ mantener el contacto con el ej├ęrcito espa├▒ol y asegura en su libro que tuvo ocasi├│n de escapar, pero que no quiso abandonar a sus compa├▒eros de infortunio. Al campamento llegaron algo m├ís tarde veinte hombres, trece mujeres y diez ni├▒os a los que el avance de Abd-El-Krim sorprendi├│ en la mina La Alicantina. La muerte y la desdicha hicieron mella en el grupo de cautivos. Especialmente estremecedor es el caso de Carmen ├Übeda, una agraciada joven que trabajaba de mecan├│grafa en la Relojer├şa Alemana de Melilla y que hab├şa llegado a la zona minera para visitar a unos t├şos suyos. Apetecida por todos los jefes rife├▒os, fue violada en varias ocasiones, e incluso expuesta y vendida en los zocos.

El sargento aporta tambi├ęn su testimonio sobre el destino del general Silvestre, al que el informe Picasso no daba por muerto sino que recomendaba que fuera procesado ÔÇťsi alguna vez era encontrado en vidaÔÇŁ. En uno de los contactos para la entrega de v├şveres se pidi├│ a Basallo, que hab├şa sido nombrado jefe del campamento, que investigara el destino de Silvestre e incluso se le entreg├│ una caja de cinc para que depositara los restos. El sargento recordaba que sus guardianes le hab├şan se├▒alado en Annual el cad├íver del general y que dej├│ en el lugar una piedra. Entre algunos restos dispersos, lo ├║nico que pudo distinguir al volver all├ş fue un cad├íver al que le faltaba el labio superior. Abd-El-Krim hab├şa jurado cortar los bigotes de su enemigo. Basallo concluye que no pudo obtener la menor prueba del destino de Silvestre, por lo que en Espa├▒a sigui├│ aliment├índose la leyenda. Lo ├║ltimo que se sab├şa a ciencia cierta era que se despidi├│ de su hijo y que entreg├│ a su ordenanza un malet├şn con su faj├şn de general, su insignia de ayudante del rey y una cruz. Se le vio pistola en mano, solo, gritando desde lo alto de la fortaleza de Annual: ÔÇť┬íCorred, corred, soldaditos, que viene el coco!ÔÇŁ.

Tal fue la popularidad y el reconocimiento p├║blico que alcanz├│ el sargento Basallo que su figura traspas├│ las gestas militares para consagrarse en la literatura. Don Ram├│n Mar├şa del Valle Incl├ín public├│ en la revista Espa├▒a en 1920 la primera versi├│n de Luces de bohemia, obra que marca el inicio de la literatura esperp├ęntica. En la versi├│n definitiva ÔÇôque public├│ en 1924, cuando estaba en auge el tema de los prisionerosÔÇô incluy├│ una menci├│n al sargento Basallo. En la escena cuarta, el protagonista de la obra, Max Estrella, le propone para ocupar la plaza que acababa de dejar vacante ÔÇťdon Benito el GarbanceroÔÇŁ [P├ęrez Gald├│s] en la Real Academia. Valle quiso sin duda caricaturizar la proporci├│n existente entre un hecho heroico y el c├║mulo de elogios, homenajes, galardones y charlataner├şas con el que se acompa├▒aba al sargento mientras cumpl├şa con el encargo de llevar el ├║ltimo testimonio o recuerdo a los familiares de los muertos.

Feroz instigador de las miserias pol├şticas y sociales de su tiempo, Valle da idea del grado de consagraci├│n al que fueron encumbrados algunos de los h├ęroes de Marruecos. Despu├ęs de Basallo llegaron las historias extraordinarias de prisioneros que hab├şan logrado escapar y regresar a Espa├▒a sufriendo mil avatares. El soldado de la localidad malague├▒a de Co├şn lleg├│ a ser habitual en las p├íginas de los peri├│dicos menos escrupulosos, as├ş como los relatos de relaciones amorosas con bellas mujeres musulmanas, de renegados que traicionaron a sus compa├▒eros de armas para abrazar el lslam, de huidas a la luz de la luna ante las harcas de rife├▒os sanguinarios blandiendo sus cuchillosÔÇŽ Cada soldado que volv├şa a Espa├▒a ten├şa una historia que contar.

Del general Silvestre se dijo que segu├şa vivo y que encabezaba un ej├ęrcito de algunos centenares de hombres que luchaban contra los franceses en las monta├▒as del Atlas. Seg├║n estas versiones, se hab├şa convertido al islam, formado un har├ęn y ocultado bajo un nombre ├írabe. Pero lo que m├ís preocupaba a la opini├│n p├║blica eran las frecuentes noticias de testigos que aseguraban haber visto caravanas de cautivos espa├▒oles conducidas por el desierto para ser probablemente vendidos como esclavos. Lo cierto es que no hubo m├ís que alg├║n peque├▒o intercambio de prisioneros despu├ęs del repliegue de las tropas en la zona occidental en 1924. En el avance tras el desembarco de Alhucemas, que culmin├│ con la derrota definitiva de Abd-El-Krim, solo se liber├│ a algunos presos que, seg├║n dijeron, no llevaban mucho tiempo en manos del enemigo ni hab├şan visto ni o├şdo hablar de las famosas caravanas.

Alimentados por la fantas├şa de los gacetilleros y ├ívidamente consumidos por los millares de familiares de los desaparecidos, que no perd├şan la esperanza, los relatos de los prisioneros traspasan la Espa├▒a republicana y las consecuencias del desastre de Annual fueron determinantes para el estallido de la Guerra Civil. Continuaron las declaraciones de personajes de todo tipo que les hab├şan visto cubiertos de cadenas y andrajosos camino de su destino infernal. El ej├ęrcito sigui├│ recogiendo testimonios y se produjeron comparecencias ante comisiones y delegaciones, sin que nadie fuese capaz de confirmar o desmentir el destino de unos compatriotas que sobrellevaban la pesada carga de la derrota.

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Fuente: Grupotortuga.com