October 3, 2022
De parte de Lobo Suelto
189 puntos de vista

El deseo posa la mirada, y en esa detenci贸n confiere a alg煤n objeto o persona fuera de s铆 cierta dignidad o inter茅s (lo inviste). En el mirar est谩 implicada la proyecci贸n, la acci贸n de poner afuera; por eso, el deseo est谩 vinculado, de manera esencial, a la paranoia.

En contraste con el paranoico deseante y mir贸n, que proyecta su odio afuera, el alma bella (carente de odio por definici贸n) se entrega a la confianza ciega. Este es el caso de Blancanieves, que jam谩s sospecha de la reina envidiosa que la envenena repetidamente; si lo hiciera, revelar铆a una impureza propia, es decir que ella misma se descubrir铆a como no confiable. Solo en ese sentido existe un parentesco entre la maldad y la inteligencia: quien no reconoce el odio dentro de s铆 est谩 condenado a comer manzanas podridas (sin que haya en eso, por supuesto, m茅rito alguno). La pureza no existe m谩s que en los cuentos de hadas, por eso la idea de que se debe confiar en los dem谩s sin miramientos es simple mala conciencia, negaci贸n (y por lo tanto saber culposo) de la propia sombra.

Si mirar, desear, envidiar, proyectar y desconfiar forman parte de un mismo c铆rculo tan infernal como inevitable, pretender darle la espalda comporta las peores consecuencias. Sin embargo, negarse a adoptar el gesto del alma bella y asimilar la oscuridad intr铆nseca al deseo no nos salva del peligro. La confianza siempre es, en 煤ltima instancia, ciega (y sin ella, no habr谩 v铆nculo alguno). La idea de una confianza 鈥済anada鈥 (no ciega) vela aquel aspecto esencial que la vincula a la fe, es decir, a un salto riesgoso, carente de garant铆as, imprescindible en la constituci贸n de todo lazo. Quien no logra vivir sin garant铆as, es decir, quien no consigue abstenerse de mirar, pierde fatalmente aquello que ama. As铆 le ocurre a Orfeo. Luego de la muerte de su amada Eur铆dice, desciende al reino de los muertos para recuperarla. Hades le concede prodigiosamente el deseo de restituirla a la tierra, pero con una condici贸n: debe partir 茅l primero sin volver atr谩s la mirada 鈥揺s decir, sin comprobar la presencia de Eur铆dice detr谩s de 茅l鈥 hasta haber traspasado las puertas del infierno. Logra atravesar as铆 gran parte del camino, pero cuando ya casi ha llegado no puede refrenar el impulso, gira su cabeza y ve a Eur铆dice desvanecerse para siempre.

II

El mecanismo de la proyecci贸n est谩 expuesto con claridad en Otelo, un drama que, como se sabe, no trata sobre los celos sino m谩s bien sobre la envidia, que consiste en primer lugar en posar fuertemente la mirada (el mal de ojo). Su verdadero protagonista es Yago, el envidioso que busca enga帽ar a Otelo y hacerle creer que Desd茅mona le es infiel. Como corresponde a una figura genuinamente shakespeareana, Yago conoce el funcionamiento de la proyecci贸n, y su estrategia consiste entonces en no ser jam谩s 茅l mismo quien difama: aquel que maldice se delata en su odio envidioso; as铆, 茅l se construye a los ojos de Otelo como absolutamente cre铆ble (鈥渆l honesto Yago鈥, irritante mantra de la obra). Su participaci贸n consiste en sugerir, incluso en reflejar apenas los temores ajenos: 鈥渆res mi eco鈥, le dice el cr茅dulo Otelo. Aquello que Yago coloca delante de Otelo a modo de 鈥減ruebas emp铆ricas鈥 de sus sospechas 鈥搖n pa帽uelo, una conversaci贸n que no oye pero ve鈥 funciona como fuente del malentendido. Yago aprovecha las proyecciones de Otelo sobre el presunto dato. En un ir贸nico gesto antipositivista avant la lettre, afirma Otelo: 鈥渄ebo ver antes de dudar; cuando dudo, debo tener pruebas鈥.

Si el malentendido es un elemento fundamental de toda trama narrativa es por su car谩cter proyectivo: hay malentendido porque atribuimos intenciones a los dem谩s, porque los interpretamos de alg煤n modo. No es un recurso que inventa un conflicto donde no lo hay, sino que m谩s bien devela el origen de todo conflicto: la alucinaci贸n intr铆nseca al deseo. Yago encarna entonces precisamente aquello que hace avanzar la intriga (palabra que nombra tambi茅n el deseo del espectador o lector de la obra). El odio funciona como motor (de la trama y de la vida) porque viene primero; el amor realiza un corte posterior con esa primitiva proyecci贸n odiante y deseante. La confianza amorosa detiene el impulso curioso y posesivo del deseo y deja ser a la alteridad.

III

鈥淓sta noche helada nos va a volver a todos locos鈥, clama el rey Lear, a punto de desatarse definitivamente su demencia. El aire fr铆o enloquece porque nombra la distancia que nos separa del otro, la imposibilidad de la fusi贸n que conduce a la desconfianza paranoide. El fr铆o es posiblemente la primera sensaci贸n del reci茅n nacido, cifra de la hostilidad del afuera (en contraste con la c谩lida simbiosis del nido). La paranoia hunde sus ra铆ces en la experiencia de la separaci贸n, que trae consigo una vulnerabilidad radical. El alma bella, en cambio, en una suerte de renegaci贸n de esa vulnerabilidad, se descuida a s铆 misma. Las intenciones del otro son siempre proyecciones, pero que las hay, las hay.

El fr铆o del aislamiento paranoide solo puede combatirse a trav茅s del lazo amoroso, y no es casual que grandes mitos modernos sobre la soledad (Robinson Crusoe, Frankenstein, El principito, etc.) hayan detectado que ese lazo procede de la amistad. 鈥淪ean amigos m铆os, estoy solo鈥 (El principito). La fragilidad de la relaci贸n er贸tica no puede brindar la calidez del afecto incondicional; por definici贸n, est谩 determinada por la condici贸n que no es otra que el deseo. El juramento er贸tico es absurdo: si el deseo es soberano, no pueden existir, en rigor, ni promesa ni traici贸n. Cuando el amante (estrictamente hablando, el deseante) habla de desconfianza se refiere en realidad a su temor a perder al ser deseado, a su inquietud frente al hecho de que la intenci贸n posesiva de su deseo est谩 condenada a fracasar, ya que apunta a algo tan inasible como el deseo del otro: 鈥淎y, qu茅 maldici贸n el matrimonio, que podamos llamar nuestras a estas delicadas criaturas, y no a sus apetitos鈥, exclama Otelo. En todo caso, se conf铆a en el amor, en que el amor ser谩 m谩s fuerte que el deseo si este decae; es decir que, en 煤ltima instancia, se conf铆a en la amistad, que cultivan tambi茅n los deseantes entre s铆 cuando no quieren ser devorados por la pasi贸n. Si la traici贸n implica un primado del yo sobre el otro o sobre el nosotros, la amistad hace fracasar el ego铆smo. El afecto amistoso (la phil铆a) puede ser er贸tico (en la medida en que el amigo nos divierta), pero no est谩 regido por el erotismo en su aspecto pasional, que implica posesi贸n y rivalidad; por el contrario, establece la alianza c贸mplice. El amor amistoso nos rescata de la proyecci贸n persecutoria y brinda por lo tanto la paz, el descanso. Por eso la confianza encuentra su mejor expresi贸n en la posibilidad de dormir en presencia del otro. Lo esencial 鈥搇a uni贸n entre personas鈥 es invisible a los ojos: no tanto porque estos sean incapaces de percibirlo, sino porque se lo alcanza a ojos cerrados.




Fuente: Lobosuelto.com