November 26, 2020
De parte de El Radical Libre
257 puntos de vista

Presentaci贸n:

Es claro que la preocupaci贸n por la devastaci贸n del entorno no figuraba entre las prioridades de la pol铆tica socialdem贸crata de principios del siglo XX. Su 鈥渕arxismo鈥 consist铆a en una ideolog铆a que enaltec铆a el trabajo, sin poner en cuesti贸n ninguna categor铆a fundamental de la sociedad capitalista, concibiendo a la 鈥淣aturaleza鈥 solo como una fuente de recursos y depositando su fe en el progreso tecnol贸gico y la expansi贸n industrial. Esto es l贸gico, pues se trataba de una organizaci贸n propiamente burguesa. Pero no es menos cierto que en ella se produc铆an quiebres que permit铆an la expresi贸n de elementos genuinamente proletarios y revolucionarios. En este sentido, no sorprende tanto que sea uno de los comunistas m谩s l煤cidos y radicales de aquel periodo quien prestara atenci贸n a esta tem谩tica, y orientara su an谩lisis, sus premisas y sus conclusiones, en una certera perspectiva revolucionaria. Nos referimos a Anton Pannekoek, reconocido astr贸nomo neerland茅s, cuya carrera cient铆fica y militante la llevara a cabo durante mucho tiempo en Alemania, siendo uno de los principales impulsores del 鈥渃omunismo de consejos鈥, corriente cr铆tica de la variante bolchevique de la socialdemocracia.

En este temprano art铆culo, esboza con sorprendente claridad la causa de los nocivos efectos que ya se observaban en los ecosistemas alterados por la intervenci贸n de la econom铆a capitalista. 
Por supuesto, contiene elementos criticables, como la insuficiente cr铆tica de la econom铆a misma, lo que conduce a pensar en la posibilidad de una econom铆a socialista razonable. O al parecer tratar al estado como un 贸rgano impotente frente al capitalismo, al que debe servirle, y no derechamente como parte inseparable de la dominaci贸n capitalista. Pero, en s铆 mismo, es un sobresaliente aporte a la comprensi贸n global del problema y un testimonio contundente de que la destrucci贸n del ambiente nunca fue algo ajeno a los an谩lisis de teor铆a revolucionaria (al respecto, sugerimos leer la reciente serie de textos que se encuentra publicando el grupo Barbaria, cuya primera entrega es 鈥La tierra en la crisis del valor鈥).
La destrucci贸n de la naturaleza*
Anton Pannekoek (1909)
Numerosos escritos cient铆ficos se quejan efusivamente de la creciente destrucci贸n de los bosques. Pero no es solamente el goce que todo amante de la naturaleza siente por el bosque lo que debe tenerse en cuenta. Hay implicados importantes intereses materiales, incluso intereses vitales para la humanidad. Con la desaparici贸n de los abundantes bosques, pa铆ses conocidos en la antig眉edad por su fertilidad, densamente poblados, verdaderos graneros para las grandes ciudades, se han transformado en desiertos pedregosos. La lluvia rara vez cae all铆, pero cuando lo hace, es en forma de fuertes y devastadoras lluvias que remueven las finas capas de humus que, por el contrario, deber铆a fertilizar. All铆 donde los bosques monta帽osos han sido destruidos, los torrentes alimentados por las lluvias de verano arrastran enormes masas de piedra y arena, que devastan los valles alpinos, deforestando y destruyendo poblados de inocentes habitantes, “debido a que el beneficio personal y la ignorancia han destruido el bosque en los valles altos y en la cabecera de los r铆os”.
“Inter茅s personal e ignorancia”: los autores, que describen elocuentemente este desastre, no atienden sin embargo a sus causas. Probablemente, creen que poner 茅nfasis en las consecuencias sea suficiente para reemplazar la ignorancia con una mejor comprensi贸n y anular los efectos. No lo ven como un fen贸meno parcial, uno de los muchos efectos similares que el capitalismo, este modo de producci贸n que constituye la m谩s alta etapa de la b煤squeda de ganancias, tiene sobre la naturaleza.
驴C贸mo ha devenido Francia en un pa铆s pobre en bosques, al punto de importar cada a帽o cientos de millones de francos de madera y gastar mucho m谩s para mitigar, por medio de la reforestaci贸n, las consecuencias desastrosas de la deforestaci贸n de los Alpes?  Bajo el Antiguo R茅gimen, hab铆a muchos bosques estatales. Pero la burgues铆a, que tom贸 las riendas de la Revoluci贸n Francesa, vio en estos solo un instrumento de enriquecimiento privado. Los especuladores han arrasado tres millones de hect谩reas para convertir la madera en oro. El futuro era la menor de sus preocupaciones, solo la ganancia inmediata contaba.
Para el capitalismo, todos los recursos naturales no son m谩s que oro. Cuanto m谩s r谩pido los explote, m谩s r谩pido fluir谩 este. La existencia de la econom铆a privada resulta en que cada individuo intenta obtener el mayor beneficio posible sin siquiera pensar por un momento en el inter茅s general, el inter茅s de la humanidad. Como consecuencia, cada animal salvaje que presente un valor monetario y cada planta silvestre que d茅 lugar a ganancias se convierte inmediatamente en el objeto de una carrera hacia el exterminio. Los elefantes africanos casi han desaparecido, v铆ctimas de la caza sistem谩tica por su marfil. La situaci贸n es similar para los 谩rboles de caucho, que son v铆ctimas de una econom铆a depredadora en la que todo el mundo se dedica solo a destruirlos, sin plantar otros nuevos. En Siberia, se informa que los animales considerados de peleter铆a son cada vez m谩s raros debido a su caza intensiva y que las especies m谩s valiosas podr铆an pronto desaparecer. En Canad谩[1], los vastos bosques v铆rgenes est谩n siendo reducidos a cenizas, no solo por los colonos que quieren cultivar el suelo, sino tambi茅n por los “prospectores” en b煤squeda de dep贸sitos de mineral, quienes transforman las laderas monta帽osas en roca desnuda para obtener una mejor visi贸n general del terreno. En Nueva Guinea[2], fue organizada una masacre de aves del para铆so para satisfacer los deseos de ostentaci贸n de una multimillonaria estadounidense[3]. Las locuras de la moda, t铆picas del capitalismo que desperdicia plusvalor, ya han conducido al exterminio de especies raras; Las aves marinas en la costa este de los Estados Unidos debieron su supervivencia solo a la estricta intervenci贸n del estado. Tales ejemplos podr铆an multiplicarse hasta el infinito.
驴Pero no est谩n las plantas y los animales para que los humanos los utilicen para sus propios fines? Aqu铆, dejamos completamente de lado la cuesti贸n de la conservaci贸n de la naturaleza tal como ser铆a sin la intervenci贸n humana. Sabemos que los humanos son los amos de la tierra y que transforman completamente la naturaleza seg煤n sus necesidades. Para vivir, dependemos completamente de las fuerzas de la naturaleza y de los recursos naturales; Tenemos que usarlos y consumirlos. No es de esto de lo que hablamos, sino de la forma en que los utiliza el capitalismo.
Un orden social razonable tendr谩 que usar los tesoros de la naturaleza puestos a su disposici贸n de tal manera que lo que se consume sea reemplazado al mismo tiempo, para que la sociedad no se empobrezca a s铆 misma y pueda enriquecerse. Una econom铆a cerrada que consume una porci贸n del ma铆z destinado a la siembra se est谩 empobreciendo e, inevitablemente, se arruinar谩. Pero esta es la forma en que el capitalismo opera. Esta es una econom铆a que no piensa en el futuro, sino que solo vive en el presente inmediato. En el orden econ贸mico actual, la naturaleza no est谩 al servicio de la humanidad, sino del capital. No son la ropa, los alimentos ni las necesidades culturales de la humanidad, sino el apetito del capital por la ganancia, por el oro, lo que gobierna la producci贸n.
Los recursos naturales son explotados tal como si las reservas fueran infinitas e inagotables. Con las da帽inas consecuencias de la deforestaci贸n para la agricultura y la destrucci贸n de animales y plantas 煤tiles, se pone de manifiesto el car谩cter finito de las reservas disponibles y el fracaso de este tipo de econom铆a. Roosevelt[4] reconoce esta bancarrota cuando busca convocar una conferencia internacional para evaluar el estado de los recursos naturales a煤n disponibles y tomar medidas para evitar su desperdicio.
Por supuesto, este plan es en s铆 mismo una patra帽a. El estado puede hacer mucho para prevenir el despiadado exterminio de las especies raras. Pero el estado capitalista es, al fin y al cabo, solo un triste representante del bien com煤n. Tiene que detenerse frente a los intereses esenciales del capital.
El capitalismo es una econom铆a sin cabeza que no puede regular sus acciones por la conciencia de sus efectos. Pero su car谩cter devastador no se deriva de este solo hecho. En los siglos pasados, los seres humanos han explotado tontamente la naturaleza sin pensar en el futuro de la humanidad en su conjunto. Pero su poder era limitado. La naturaleza era tan vasta y poderosa que con sus pobres medios t茅cnicos solo pod铆an infligir un da帽o excepcional. El capitalismo, por otro lado, ha reemplazado las necesidades locales con necesidades globales, y ha creado t茅cnicas modernas para explotar la naturaleza. De esta manera, son ahora enormes masas de materia las que est谩n sujetas a colosales medios de destrucci贸n y son desplazadas por poderosos medios de transporte. La sociedad bajo el capitalismo puede ser comparada con un gigantesco cuerpo sin raz贸n; A medida que el capitalismo desarrolla su poder sin l铆mite, devasta sin sentido alguno cada vez m谩s el ambiente del que vive. S贸lo el socialismo, que puede dotar a este cuerpo de conciencia y acci贸n reflexiva, reemplazar谩 al mismo tiempo la devastaci贸n de la naturaleza por una econom铆a razonable.
[1] La deforestaci贸n en Canad谩 representa hoy la mayor parte de los bosques v铆ctimas de deforestaci贸n a nivel mundial. El llamado bosque intacto disminuy贸 un 7,3% entre 2000 y 2013. En 2014, Canad谩 ocup贸 el primer lugar en la destrucci贸n de bosques v铆rgenes en todo el mundo, por delante de Rusia y Brasil.
[2] Nueva Guinea en 1909 estaba en manos de los Pa铆ses Bajos, el Imperio Brit谩nico (Australia) y Alemania.
[3] En efecto, esta destrucci贸n respondi贸 a las demandas de los burgueses ricos, tanto europeos como estadounidenses. Durante d茅cadas, el mercado de la moda femenina impuls贸 una b煤squeda sistem谩tica por las necesidades de un negocio extremadamente lucrativo. Culmin贸 a principios de 1900: 80.000 pieles se exportaban cada a帽o desde Nueva Guinea para adornar los sombreros de las damas europeas. En 1908, en las 谩reas de Nueva Guinea que administraban, los brit谩nicos declararon la caza ilegal. Los holandeses los imitaron s贸lo en 1931.
[4] Theodore Roosevelt (1858-1919), ex jefe de la polic铆a de Nueva York, secretario de la Armada, luego se ofreci贸 como voluntario en 1898 en la guerra contra Espa帽a y Cuba, vicepresidente de MacKinley (que ser谩 asesinado), es dos veces Presidente de los Estados Unidos de 1901 a 1909. Su presidencia es particularmente marcada a nivel internacional, por su mediaci贸n en la guerra ruso-japonesa, que le vali贸 el Premio Nobel de la Paz, y su apoyo a la primera conferencia de La Haya recurriendo al arbitraje para resolver una disputa entre los Estados Unidos y M茅xico. Todo esto en los bien entendidos intereses del poder estadounidense. Su pol铆tica imperialista, conocida como “Big Stick”, y luego el endurecimiento de la doctrina Monroe, permiti贸 el control total del Canal de Panam谩 por parte del Estado yanqui. En pol铆tica dom茅stica, su mandato est谩 marcado por una pol铆tica proactiva de “preservaci贸n de los recursos naturales” y la adopci贸n de dos leyes importantes sobre la protecci贸n del consumidor. Ideol贸gicamente, justifica la masacre de los amerindios por el capital yanqui simplemente neg谩ndolo: “ninguna naci贸n conquistadora y colonizadora ha tratado a los salvajes que originalmente pose铆an las tierras con tanta generosidad como Estados Unidos”. (鈥The Winning of the West鈥, Putnam, Nueva York, 1889).
* Zeitungskorrespondenz n掳 75, 10 Julio 1909, p. 1-2.
Versi贸n basada principalmente de la traducci贸n al ingl茅s, que puede leerse en Libcom.org, cotejada con la traducci贸n francesa y el original alem谩n, que se encuentran AQU脥. Las notas al pie corresponden a las realizadas por Ph. Bourrinet en su traducci贸n al franc茅s.



Fuente: El-radical-libre.blogspot.com