January 12, 2022
De parte de Acrata Libertario
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Algo cercano a los 3 meses, los municipios de Madrid, Facatativá, Bojacá, Funza y Mosquera vivieron una de las jornadas de movilización popular que se han quedado en la retina de sus habitantes: mientras el sonido de las aturdidoras, el vuelo de helicópteros, el patrullaje de camionetas sin placa y el olor a gas lacrimógeno eran la constante, la resistencia popular se tejía y expandía por las grietas que el establecimiento no podía entender, a veces ni ver o escuchar.

Una de esas grietas, invisibles y pequeñas en la gran pared del entramado corrupto y autoritario de la sabana de occidente, pero que abre brecha, son los mercados agroecológicos y artesanales, que, aunque vienen dándose desde hace tiempo atrás, cobraron protagonismo en medio del paro nacional, poniendo de relieve debates, encuentros y saberes que florecen desde el campo hacia el corazón de la protesta.

Estos mercados se pueden simplificar, muy someramente, como iniciativas de comercio e intercambio entre campesinos, artesanales, pequeños productores y habitantes de los diferentes barrios donde se realizan, pero que excede lo económico: es la palabra y la escucha quien da alma a estos espacios, generando conversatorios, charlas, asambleas, discusiones y palabreo entre jóvenes, niños y niñas, comunidades indígenas, campesinas y todo aquel que pone sus pies y corazón en estos momentos.

Volver a las raíces:

Para quienes habitamos la sabana de occidente con unas décadas contadas encima, recordamos y tenemos una memoria viva del territorio un poco diferente a como la ve la clase dominante de la región. Si bien existe una cercanía a la capital del país, la sabana de occidente, que se llama así porque es una meseta llana que separa los escarpados páramos de Sumapaz y Cruz Verde de las zonas colindante al valle del río Magdalena, y se encuentra precisamente por la salida occidental de Bogotá, ha sido históricamente un reservorio agrícola donde se cultivan todo tipo de productos de tierra fría como lo es la papa pastusa y criolla, yuca, arveja, maíz, calabaza, fresa, mora, acelga, apio, lechuga, breva, cilantro y un sinfín más, que alimentan la gran urbe y su consumo desenfrenado que ha venido experimentando conforme crece.

Sin embargo, dada la gran fertilidad de estas tierras, la vocación eminentemente agrícola se vio desplazada desde los años 70 con la bonanza floricultora, donde grandes capitales nacionales pusieron sus manos para expandir el monocultivo de rosa, astromelia y orquídea, con fines de exportación y en alianza con la clase política local, en un ejercicio del primer volteo de tierras que favoreció a las floras conforme se permitió la compra a precios muy bajos de propietarios campesinos, muchos de los cuales usufructuaron eso para entrar dentro de la burguesía local.

A pesar de que, al igual que la papa, las flores crecen en la tierra, esto trajo dos consecuencias profundas: primero, que se partió el territorio entre la floricultura de gran extensión del minifundio campesino, que pasó de un cultivo relativamente productivo a fincas cada vez más pequeñas y cercadas por las floras que acaparaban los recursos hídricos, además de contaminarlos; segundo, que a diferencia del cultivo agrícola, cuya mano de obra es especialmente local, por tanto, puede sostenerse de forma periódica con pocas personas, el cultivo de flores intensivo requiere de la misma fuerza laboral de una empresa grande, es decir, que ya los trabajadores no eran campesinos jornaleros sino proletariado en el propio sentido de la palabra. Esto conllevó a que pueblos como Faca, Madrid o Funza pasaran de ser pequeños caseríos de escasas cuadras y con la mayoría de su población en el campo, a municipios con decenas de miles de habitantes y un campo que se deshabitó rápidamente, invirtiendo la relación conforme llegaban personas de otras partes del país buscando asiento en esta bonanza de las flores.

Por cerca de 3 o 4 décadas este fue el común denominador: cientos de buses que recogían trabajadoras (principalmente desplazadas por la falta de oportunidades o el conflicto armado de otras partes del país) a las 4 am para llevarlas a las veredas, cumpliendo turnos de más de 12 horas y volver a las noches a sus casas, para ser renumeradas con un insipiente salario mínimo que medianamente para pagar un arriendo en el casco urbano, o en el mejor de los casos, comprar una casa endeudándose con los bancos. Esta dinámica de opresión, exclusión y explotación se veía acompañada, como no, de políticas antisindicales y paramilitares que mantenían a raya cualquier forma de organización para la exigencia de derechos, especialmente en los años 80 y principios de los 90, donde se cometieron múltiples asesinatos a lideresas de la región y militantes políticos de izquierda en consonancia con lo que pasaba en el país.

Sin embargo, entrada la primera década del nuevo milenio y conforme Uribe declara la guerra abierta al campo con los Tratados de Libre Comercio, la clase política local se dio cuenta que incluso la vocación floricultura ya no era la prioridad para el territorio, sino la urbanización e industrialización. Primero, adecuando las en otrora floras mejores ubicadas como zonas francas e industriales, aumentando la capacidad de sostener la mano de obra barata con viviendas de interés social, eso sí, sobrepobladas y sin acceso a derechos sociales; y segundo, más reciente, adecuando las mejores haciendas como barrios pudientes, hechos para familias con altos niveles adquisitivos de Bogotá que se iban afincando como patrones y burócratas en la sabana. Mientras los barrios populares iban barriendo con cuanto árbol o fuente hídrica se veía, las casas de estrato 5 y 6 se venden como “campestres”, “cercanas de la naturaleza”, con “vista al bosque de la sabana” y para “alejarse de Bogotá y acercase al aire puro”, cuando todo lo contrario: estas metiendo a la sabana dentro de Bogotá.

Todo lo anterior llevó a que las ciudades se poblaran, con control geográfico como si se viera desde un drone, pero sin control social y económico, concentrando riqueza y derechos sociales para pocos y negándolos para muchos, lo que, como la historia lo señala, no es otra cosa que una bomba de tiempo.

La tierra contraataca

Como en todo espacio de cemento, la hierba crece en medio de las grietas, así mismo, esa tradición rural en la sabana ha resistido durante los años. En primera medida, los pequeños campesinos se han negado a vender todos los terrenos a las floricultoras y las industrias, dignificando la labor de la tierra y tejiendo redes de apoyo; por otro lado, decenas de jóvenes, tanto de quienes nacieron en estas tierras como quienes han llegado producto de la urbanización, se han preocupado por retornar a las raíces, bien sea con iniciativas como huertas urbanas, trabajo en red de mercados artesanales, discusiones y protesta contra el modelo agroindustrial y agresor, entre otras cosas.

No en vano, municipios como Madrid y Facatativá fueron protagonistas durante las jornadas del paro nacional agrario del 2013, tanto por los elementos detallados anteriormente como por la participación activa de papicultores, lecheros y otros productores. Esta combinación de factores llevó a que la sabana de occidente fuera de nuevo protagonista, como nunca antes quizá, en el marco del paro nacional del 2021 [Más información: Madrid Bella Flor de la Resistencia].

Como ya se ha dicho, este paro se saldó con 2 muchachos asesinados por la policía nacional, que además de todo, sus familias y ellos mismos eran trabajadores de la industria floricultora y de zona francas, lo que enlaza todos los eslabones cada vez más: el modelo agresor contra el campo, contra las fuentes hídricas y los bosques, es también asesino de los hijos e hijas del pueblo que oprime y hacina en cordones populares [El papel de las jóvenes y las hijas de las trabajadoras de las flores].

En medio de este paro nacional del 2021, los diferentes procesos sociales e individualidades que se acercaron a dar su cuerpo y alma de frente en la barricada, también se preocuparon por este debate y la manera de articular este esfuerzo junto con la defensa del territorio. Mientras durante los bloqueos de vías, las aturdidoras y las balas eran la constante en la vía panamericana, detrás de la barricada, en los barrios, se organizaban conversatorios, actividades con niños y niñas, ollas populares y como no, mercados agroecológicos y campesinos.

Por ejemplo, en Madrid se puede hablar de que, durante cerca de 3 meses y un poco más de paro total que vivió el municipio, se realizaron unos 6 mercados de este estilo, organizados por diferentes colectividades y procesos comunitarios, en su mayoría en los propios epicentros de la movilización, contando con una excelente participación de los barrios donde se realizaron y acercando los debates dados. Esto permite conectar dos mundos que, aparentemente lejanos, como se ha visto son más cercanos: el mundo rural y campesino de la sabana, en defensa del territorio; y el mundo urbano, movilizado por la coyuntura mediática que estaba marcándose en el país. Sin embargo, esta conexión tiene puentes explícitos: las huertas urbanas, las comunidades muiscas presentes en la lucha, los jóvenes que, aun siendo obreros o estudiantes, se vienen conectando con estas raíces.

Y es que sería imposible entender la lucha contra la reforma tributaria, contra el régimen uribista, el modelo extractivista, por derechos sociales para las mayorías explotadas en las ciudades, sino lo entendemos en perspectiva de la defensa del territorio. Esta defensa no es un abstracto: debe hacerse precisamente contra el modelo urbanizador, industrializador y depredador que imponen las elites desde arriba contra la madre tierra. Es, precisamente, la defensa del territorio la resistencia por vivienda digna contra los conjuntos cerrados hipercaros, negocio de las constructoras y bancos; es la soberanía alimentaria una alternativa tanto económica como social, ecológica, laboral y política contra las bodegas, floricultoras, obras y comercializadoras que explotan y pagan muy poco a sus trabajadoras, además contra la concentración de la tierra y el monocultivo; es la asamblea y la conversa otra forma de organización contra la política clientelista y electorera; es la memoria la que lucha contra el olvido.

La hierba que crece por las grietas del cemento: de la ciudad al campo

Es plausible que haya dos caminos para asumir esta lucha que pretende interconectar estos cercanos mundos: por un lado, muchos jóvenes, mayores e incluso procesos sociales enteros han optado por dedicarse completamente al trabajo en las veredas, asumiendo una resignificación del ser exiliándose del laboratorio citadino de los municipios; por otro lado, otros procesos vienen asumiendo practicas agroecológicas y económicas precisamente desde las urbes. En ambos sentidos, es necesario entender que se debe romper el modelo capitalista de la ciudad, no solo para transformarlo, sino directamente desaparecerlo [¿Qué es el territorio?].

Las ciudades, tanto gigantes y monstruosas como Bogotá, pero también las microurbes en que se vienen convirtiendo ya ni siquiera los municipios, sino las ciudadelas dentro de estos, con sus propios centros comerciales, complejos deportivos, hospitales y escuelas, son medios de producción, distribución y consumo del capitalismo, hechas específicamente para optimizar los modelos de explotación y comercio, porque si por un lado hacina al pueblo, también ofrece bellas casas “campestres” a la elite política y empresarial de la región, garantizándole mejores condiciones de servicios que a la plebe común, organizando el territorio para perpetuar la injusticia y la desigualdad. Es por ello por lo que los Planes de Ordenamiento Territorial POT tienen una profunda orientación económica y productiva, por sobre una proyección social o comunitaria, donde pesan más los comerciantes y las empresas sobre la posición de los barrios y comunidades; nada más basta ver la distribución de la densidad poblacional en los municipios y como las vías se orientan para la construcción de nuevas industrias y zonas francas.

Es por ello que una posición crítica contra los POT debe privilegiar una posición en defensa de los derechos sociales básicos, como lo son los servicios públicos, la protección de zonas forestales y la desurbanización agresiva; por otro lado, se debe garantizar un respiro hacia los sectores rurales, parando el modelo impuesto desde Bogotá: si los ricos quieren vivir fuera de la capital, que lo hagan en las mismas condiciones de vivienda en las que llevamos hace décadas, compartiendo el mismo acceso a los mismos derechos, y no ofreciéndoles los mejores espacios del territorio. Quizá una alternativa es ver los planes de vida propuestos desde diferentes movimientos sociales en el país, donde es la comunidad quien orienta su territorio según sus propios intereses, incluso si eso implica ir contracorriente de la institucionalidad estatal.

Por supuesto, no es una lucha fácil, menos si la clase política de la región es la principal impulsora de este régimen, es por ello por lo que los objetivos de defender el territorio solamente se hacen más claros en la medida en que se cualifica el trabajo político-comunitario, donde se conectan más el campo y la ciudad, y como no, donde la protesta y acción directa se hace cada vez más necesaria y organizada. Para ello, iniciativas como los mercados campesinos, artesanales o agroecológicos, las ollas populares, la creación de colectivos y el trabajo de base juegan un rol indispensable, que no puede -ni debe- reemplazarse por las luchas intestinas electorales, más bien, forjando pueblo por medio del encuentro económico y social, subsanando un necesidad con una oferta mediada por algo más que la compra y venta, mediada por otros valores [Pensando y practicando el espacio y el territorio más allá del paradigma estatal].

Precisamente, la apuesta solidaria de los mercados campesinos y artesanales recoge ello: permiten la cualificación, el aprendizaje, el diálogo, tejen puentes, increpan los modelos de territorio, fortalecen el entramado comunitario, crean nuevas iniciativas y nos hacen encontrarnos desde la acción. También han permanecido luego del paro y antes de este, aportando experiencia y propuestas, como testigos, pero también profetas de una lucha en defensa de todo lo dicho, en ofensiva por todo lo que se puede alcanzar.

Steven Crux

Enero 2021




Fuente: Acratalibertario.wordpress.com