December 6, 2021
De parte de Grup Antimilitarista Tortuga
353 puntos de vista


Así, la teoría que hace del «desarrollo de las fuerzas productivas» el motor de la historia presupone implícitamente un tipo invariable de motivación fundamental de los hombres, en líneas generales la motivación económica: en todos los tiempos, las sociedades humanas habrían apuntado (consciente o inconscientemente, poco importa) primero y ante todo al incremento de su producción y de su consumo. Pero esta idea no es simplemente falsa materialmente; olvida que los tipos de motivación (y los valores correspondientes que polarizan y orientan la vida de los hombres) son creaciones sociales, que cada cultura instituye unos valores que le son propios y adiestra a los individuos en función de ellos. Estos adiestramientos son prácticamente todopoderosos (Ninguna cultura puede evidentemente adiestrar a los individuos a que caminen sobre la cabeza o a que ayunen eternamente.

Pero, en el interior de esos límites, se encuentran en la historia todos los tipos de adiestramiento que pueda imaginarse.), pues no hay una «naturaleza humana» que pueda ofrecerles una resistencia, pues, dicho de otra manera, el hombre no nace llevando en sí el sentido definido de su vida. El máximo de consumo, de poder o de santidad no son objetivos innatos al niño, es la cultura en la cual crecerá lo que le enseñará que los «necesita». Y es inadmisible mezclar con el examen de la historia (Como lo hace Sartre, en la Critique de la raison dialectique, p. ej. pp. 166 y sigs., Ed. Gallimard, París. 44) la «necesidad» biológica o el «instinto» de conservación. La «necesidad» biológica o el «instinto» de conservación es el presupuesto abstracto y universal de toda sociedad humana, y de toda especie viviente en general, y no puede decir nada sobre alguna en particular. Es absurdo querer fundamentar sobre la permanencia de un «instinto» de conservación, por definición el mismo en todas partes, la historia, por definición siempre diferente, como sería absurdo querer explicar por la constancia de la libido la infinita variedad de los tipos de organización familiar, de neurosis o de perversiones sexuales que se encuentran en las sociedades humanas.

Cuando, pues, una teoría postula que el desarrollo de las fuerzas productivas fue determinante en todas partes, no quiere decir que los hombres siempre tuvieron necesidad de alimentarse (en cuyo caso hubiesen seguido siendo monos). Quiere decir por el contrario que los hombres fueron siempre más allá de las «necesidades» biológicas, que se formaron «necesidades» de otra naturaleza -y, en esto, es efectivamente una teoría que habla de la historia de los hombres. Pero dice al mismo tiempo que estas otras «necesidades» fueron, en todas partes y siempre de manera predominante, necesidades económicas. Y, en esto, no habla de la historia en general, no habla más que de la historia del capitalismo. Decir, en efecto, que los hombres siempre buscaron el mayor desarrollo posible de las fuerzas productivas, y que no encontraron otro obstáculo que el estado de la técnica; o que las sociedades siempre estuvieron «objetivamente» dominadas por esta tendencia, y dispuestas en función de ella, es extrapolar abusivamente al conjunto de la historia, las motivaciones y los valores, el movimiento y la disposición de la sociedad actual -más exactamente, de la mitad capitalista de la sociedad actual. La idea de que el sentido de la vida consiste en la acumulación y la conservación de las riquezas seria locura para los indios kwakiutl, que amasan riquezas para poder destruirlas; la idea de buscar el poder y el mando sería locura para los, indios zuni, entre los cuales, para convertir a alguien en jefe de la tribu, hay que apalearle hasta que acepta (Véase Ruth Benediet, Patterns of Culture. Traducción española: El hombre y la cultura, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1967. [La demostración de la imposibilidad de proyectar retroactivamente las motivaciones y las categorías económicas capitalistas sobre las otras sociedades, especialmente las «arcaicas», es una de las aportaciones más importantes de ciertas corrientes de la «antropología económica»

contemporánea.]).

Unos “marxistas” miopes ríen sarcásticamente cuando se citan ejemplos que ellos consideran como curiosidades etnológicas. Pero, si alguna curiosidad etnológica hay en este asunto, son precisamente esos «revolucionarios» que erigieron la mentalidad capitalista en contenido eterno de una naturaleza humana idéntica en todas partes y que, charlando interminablemente sobre la cuestión colonial y el problema de los países atrasados, olvidan en sus razonamientos a los dos tercios de la población del globo. Pues uno de los mayores obstáculos que encontró, y que vuelve siempre a encontrar, la penetración del capitalismo es la ausencia de las motivaciones económicas y de la mentalidad de tipo capitalista entre los pueblos de los países atrasados. Es clásico, y siempre actual, el caso de los africanos que, obreros durante un tiempo, dejan el trabajo en el momento, en el que han reunido la suma que tenían prevista y vuelven a su pueblo para reanudar lo que a sus ojos es la única vida normal. Cuando logró constituir en los pueblos una clase de obreros asalariados, el capitalismo no solamente debió, como Marx lo mostraba ya, reducirlos a la miseria destruyendo sistemáticamente las bases materiales de su existencia independiente. Debió, al mismo tiempo, destruir sin piedad los valores y las significaciones de su cultura y de su vida – es decir, hacer de ellos efectivamente ese conjunto de un aparato digestivo hambriento y de músculos dispuestos para un trabajo privado de sentido que es la imagen capitalista del hombre (Véase Margaret Mead y otras, Cultural Patterns and Technical Change, UNESCO, 1953).

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Texto tomado del libro de Cornelius Castoriadis “La Institución imaginaria de la sociedad”. Tusquets, Barcelona 2013.




Fuente: Grupotortuga.com