November 4, 2020
De parte de La Haine
191 puntos de vista


Cuando mi primo Jos茅 Manuel y yo llegamos a Sopimpa, Escambray, hab铆a pasado menos de un mes de Playa Gir贸n. Casi lo primero que hicimos fue buscar la ca帽abrava m谩s alta que hubiera por los alrededores, y plantar la banderita de Territorio Libre de Analfabetismo que todos llev谩bamos en las mochilas. La consigna de nuestra brigada de alfabetizadores era que la bandera m谩s alta era la que ganaba. Al otro d铆a, la milicia serrana pas贸 por cada uno de nuestros boh铆os, y tumb贸 a machetazos aquellas gloriosas banderitas, con apenas una frase de explicaci贸n: 芦No se puede.禄

Esa noche, Chal铆n, el guajiro que yo alfabetizaba, me inform贸 que 铆bamos a dormir en casa de su hermano, porque 茅l ten铆a guardia en el hospital. 芦Me la tienen jurada, y no puedo dejar a la mujer y los vejigos solos aqu铆.禄 Cuando le protest茅 por no dejarme acompa帽arlo, se sonri贸, y me pregunt贸 si yo sab铆a manejar el R-2. Esa noche de mi primera guardia como parte de una escuadra de guajiros milicianos, en el edificio apenas terminado de un hospital serrano, todav铆a vac铆o, vigilando un valle iluminado por la luna llena, con un fusil semiautom谩tico checo M-52 que tocaba por primera vez, me dej贸 una huella de esas imborrables. Yo ten铆a 13 a帽os.

Mi primo, de mi misma edad, recuerda todav铆a la tarde en que el esposo de Mar铆a, su alfabetizada, lo llev贸 a conocer a los viejos de ella, a un par de leguas de donde est谩bamos. El motivo de aquella visita era pedirles que intercedieran con su otro hijo, para asegurar que a mi primo y los dem谩s alfabetizadores no les fuera a pasar nada. El viejo mir贸 a mi primo con un gesto hura帽o, y asinti贸, sin m谩s palabras. El hermano de Mar铆a era uno de los cinco principales jefes de alzados del Escambray.

Desde entonces me persigue la pregunta: 驴c贸mo es que aquellas familias de Mar铆a y de Chal铆n, que com铆an los mismos boniatos y la misma harina de ma铆z, en aquellas serran铆as a las que solo se llegaba en mulos o a pie, donde a dos a帽os de haber empezado la revoluci贸n ya se hab铆a construido un hospital y una tropa de maestros hab铆amos ca铆do del cielo, estaban en bandos opuestos? 驴Qu茅 hab铆a causado aquella divisi贸n a fondo de una comunidad campesina que compart铆a una vida de miseria, desamparo y olvido, de la que hoy no existe imagen ni semejanza? 驴Por qu茅 y c贸mo aquellos milicianos y alzados salidos de un mismo mundo de atraso y desesperanza se enzarzaron en una vertiginosa espiral de violencia, que se prolong贸 tres veces m谩s que la guerra revolucionaria contra la dictadura?

Claro que, aunque parecen las mismas, esas preguntas han ido teniendo nuevas significaciones en el tiempo, y adquieren otro alcance 59 a帽os despu茅s: 驴Qu茅 fue aquella guerra civil? 驴Cu谩l fue su huella en el proceso revolucionario? 驴C贸mo marc贸 el socialismo cubano, entonces y en lo adelante?

Los que han aprendido a considerar la ideolog铆a como motor de la historia, y a atribuirle las causas del cambio social y de la pol铆tica a la polaridad ideol贸gica, seguramente tienen respuestas para todas estas preguntas, o m谩s bien, una respuesta: aquel conflicto surgi贸 del enfrentamiento comunismo-anticomunismo, es decir, se explica por la Guerra fr铆a, y el af谩n del enemigo imperialista, empe帽ado en no cederle el territorio de la isla a la ideolog铆a marxista-leninista. Cuando razonan sobre aquellos a帽os 60 donde todo se fragu贸, algunos aqu铆 y all谩 deducen que fue esa ideolog铆a marxista-leninista la que, anticip谩ndose al Quinquenio gris (1971-76), dio lugar a todo lo humano y lo divino en aquella 茅poca, incluidos los vientos de cuaresma que ya empezaron a soplar en 1966, y que batieron al socialismo cubano desde 1968 en lo adelante.

Analizar el conflicto de intereses enfrentados, y los factores sociales que alinearon a numerosos cubanos de un lado y otro de las tensiones que atravesaban el proceso, en lugar de reducirlos a simples contenidos ideol贸gicos, podr铆a explicar que milicianos y alzados, sin ideas claras y distintas sobre el comunismo y el anticomunismo, combatieran una guerra sangrienta y feroz durante seis a帽os en todas las provincias del pa铆s. Para esa explicaci贸n, desde luego, no basta una historia de las ideas o de los discursos, ni una cronolog铆a de hechos puntuales, o una saga literaria de h茅roes y antih茅roes. Se requiere establecer la l贸gica del cambio real, tanto arriba como, sobre todo, abajo; en otras palabras, una historia social del proceso, hasta hoy inexistente.

Seg煤n el c谩lculo de Pedro Etcheverry V谩zquez y Santiago Guti茅rrez Oceguera, en el libro Bandidismo: derrota de la CIA en Cuba; en 1960-65, hubo 4 mil alzados en todo el pa铆s, 2 mil de los cuales en la regi贸n central. Algunos expertos que conozco estiman off the record que la cifra de presos por motivos pol铆ticos en esa d茅cada debe haber alcanzado los 20 mil. Uno de ellos me comentaba que si por cada preso se estimara que hab铆a al menos tres m谩s no capturados ni sancionados, la fuerza de la contrarrevoluci贸n habr铆a sido formidable. Me han dicho tambi茅n que a la altura de 1961-62, la contrarrevoluci贸n interna hab铆a sido derrotada, en el sentido de no representar un desaf铆o al poder revolucionario, al punto de ser capaz de desestabilizarlo; y que si sigui贸 viva y coleando, fue por los norteamericanos.


芦El hombre de Maisinic煤禄 (1977), filme cubano dirigido por Manuel P茅rez

Sin duda, el factor norteamericano resulta inseparable del teatro de la guerra y del conflicto pol铆tico que lo enmarca. Fueron los 贸rganos de mando de la seguridad nacional de EEUU los que apoyaron con todo y desde el primer momento a la extensa familia de la contrarrevoluci贸n cubana, mediante sus alianzas con pol铆ticos y oficiales de los aparatos de represi贸n batistianos, los viejos partidos, los segmentos de la clase alta que se fueron desmarcando frente a la Revoluci贸n, y muy especialmente, con los disidentes de las organizaciones insurreccionales, que representaron el mayor reto y el m谩s violento en el campo pol铆tico-militar. Toda esta heterog茅nea y conflictiva familia, que encontr贸 abrigo bajo el ala de EEUU, constituy贸 siempre un bloque dif铆cil de acoplar, por razones, digamos, estructurales: ten铆an intereses e ideas muy diferentes. Solo los reun铆a su oposici贸n com煤n a algo llamado 芦el comunismo,禄 que si bien facilitaba una f贸rmula donde se solapaban esas diferencias, manten铆a intactos sus objetivos y aspiraciones particulares.

Naturalmente que en la potencia y arrastre de aquella contrarrevoluci贸n result贸 clave el respaldo norteamericano, expresado en el proyecto de una intervenci贸n en gran escala, como colof贸n de todos los planes concebidos por la CIA y el Grupo Especial Cuba del National Security Council, entre 1959 y 1962. Esta expectativa pes贸 no solo en las mentes de sus numerosos l铆deres y organizaciones, estimadas en 86 solo en Las Villas1, sino en las de aquellos que se apresuraron a alzarse, seguros de que era cuesti贸n de meses. As铆, el antiguo capataz de Jes煤s Azqueta, due帽o del central Trinidad y de la Papelera Pulpa Cuba, estaba listo para coger las armas, a pesar de haber rebasado los cuarenta a帽os, en v铆speras del 17 de abril de 1961, anticip谩ndose a un probable desembarco por el puerto de Casilda. La expectativa de una invasi贸n norteamericana con tropas que sucedi贸 a Playa Gir贸n lo decidir铆a finalmente a meterse en el monte, llevando consigo a sus dos hijos varones, muy j贸venes. Uno de ellos, Che铆to Le贸n, alcanzar铆a posteriormente una oscura fama como jefe de alzados.

Al mismo tiempo, sin embargo, expertos de all谩 y de ac谩 tambi茅n me han asegurado que la eficacia de los suministos de recursos financieros y medios militares a los grupos armados languideci贸 desde 1963. Seg煤n documentos desclasificados que investigu茅 en la Biblioteca Presidencial Kennedy, en Boston, y en la dedicada a los papeles de Lyndon Johnson, en la Universidad de Texas, Austin, luego de la Crisis de octubre, el denominado Plan Mangosta, eje vertebral de la estrategia dise帽ada por Robert Kennedy, y aprobada por su hermano JFK en 1961-62, se desvaneci贸. Aunque las acciones terroristas y los planes de asesinato siguieron adelante, como si fueran una rueda suelta, el agotamiento de Mangosta convertir铆a al embargo multilateral (bloqueo) en la pieza maestra de la pol铆tica hacia Cuba. Johnson y su equipo, cada vez m谩s concentrados en Vietnam, lo mantendr铆an intacto, junto al aislamiento diplom谩tico y el Programa de refugiados cubanos obra de JFK, coronado luego con el acuerdo migratorio de noviembre de 1965, y convoyado con la Ley de Ajuste Cubano (1966), cuyo efecto combinado sacar铆a de la Isla m谩s de un cuarto de mill贸n de personas en 1965-73.

El protagonismo de una potencia como EEUU, y la propia naturaleza del proceso revolucionario como conflicto social y cambio radical, han contribuido a desdibujar la dimensi贸n de guerra civil de este enfrentamiento armado. Sin embargo, entre los rasgos particulares de este conflicto hay varios que permiten caracterizarla.

Un reciente serial de la televisi贸n ha recordado, con sorprendente fidelidad para una historia tan complicada y simplificada, que hubo alzados en Matanzas y otras provincias, y no solo en Las Villas; que entre ellos hab铆a algunos que cre铆an en lo que estaban haciendo, aunque estuvieran equivocados; que los terratenientes, burgueses o sus parientes, afectados por las leyes revolucionarias, brillaban por su ausencia en el campo de batalla, e incluso en muchas de las decisiones tomadas; y que algunos de los que combatieron hasta la muerte, de un lado y de otro, estaban ligados por relaciones de parentesco.

驴C贸mo entender que la ecuaci贸n lineal revoluci贸n-contrarrevoluci贸n, Cuba-EEUU, socialismo-capitalismo no explica del todo la compleja din谩mica de aquellos a帽os, donde tantas cosas imprevistas se desencadenaron, y con tal carga para lo que vino despu茅s?, se requiere volver a mirarlos detenidamente, con nuevos espejuelos.

II

Mi primo y yo volvimos a encontrarnos con nuestros alumnos, 59 a帽os despu茅s de haber alfabetizado en aquellas lomas de Sopimpa. No en mulos o a pie, pues hay un terrapl茅n hasta la misma comunidad, con casas de mamposter铆a, luz el茅ctrica y agua corriente. Casi nadie anda vestido de guajiro; no parecen gente de campo, al menos hasta que hablan, porque siguen teniendo el mismo dejo, y las mismas frases a la carrera.

Volvimos a ver el hospital serrano reci茅n construido en 1961 y otras cosas que no ten铆an, como escuelas, parques y tiendas, as铆 como a algunos parientes de Miami, que los estaban visitando por fin de a帽o. Cuando logramos que nos reconocieran, todos hablaban hasta por los codos. Nos daban se帽as de la parentela; los muertos y los vivos que siguen all铆, o se mudaron, como si el tiempo se plegara, y el pasado se pudiera tocar. Ah铆 supimos de los que hab铆an estado cuando la guerra, los que la vivieron siendo ni帽os, los que fueron sancionados o reubicados lejos, los que regresaron y los que no, los que nacieron y tienen ahora aquella edad.

Para reinterpretar el conflicto de los a帽os 60 se requiere, naturalmente, investigar. Estudios poco conocidos sobre la estructura social de alzados y colaboradores revelan una composici贸n singular. Por ejemplo, en la antigua provincia de Oriente, una de las tres m谩s agitadas por alzamientos en la etapa 1959-abril de 1961, estaban integrados por 33,4 % de peque帽os agricultores, 23,7 % de obreros agr铆colas, 10,9 % de exmiembros del Ej茅rcito Rebelde y 6,3 % de exmilitares de la dictadura. Entre los m谩s de 600 alzados acumulados en esa provincia entre 1959 y 1964, solo 5 eran comerciantes y campesinos medios, 4 profesionales, 2 sacerdotes cat贸licos y uno era hijo de un terrateniente. Entre los colaboradores, 33 % eran peque帽os agricultores, 13,2 % obreros agr铆colas, 6,7 % empleados estatales, 6,1 % comerciantes y 5 % trabajadores por cuenta propia. De esos 1200 colaboradores en total, solo 64 eran campesinos medios y ricos, 46 exmiembros del Ej茅rcito Rebelde, 17 exmilitares de la dictadura y 15 terratenientes.2

El predominio de campesinos y otras personas con bajo nivel escolar, incluyendo a exmiembros del Ej茅rcito Rebelde y de las fuerzas armadas de la dictadura, caracteriz贸 a los grupos de alzados y a sus colaboradores, no solo en Oriente, sino en el resto del pa铆s.

Conocidos jefes de alzados eran campesinos: los hermanos Blas y Benjam铆n 鈥淧ang眉in鈥 Tard铆o, Margarito Lanza, 鈥淭ondike鈥, Manuel 鈥淓l Congo鈥 Pacheco y Rigoberto 鈥淓l Negro鈥 Tartabull. Ese era el origen social de muchos soldados y sargentos del ej茅rcito de Batista, quienes, sin responsabilidad criminal en la represi贸n bajo la dictadura, se alzaron luego contra la Revoluci贸n, como Plinio Prieto y Porfirio Guill茅n. Por otra parte, no eran pocos los alzados provenientes de las filas del Ej茅rcito Rebelde, incluidos algunos jefes destacados, como Osvaldo Ram铆rez, Sinesio Walsh, Arnoldo Mart铆nez Andrade, Benito Campos, 鈥淐ampito鈥, y Juan Jos茅 鈥淧ichi鈥 Catal谩.

En aquella abigarrada contrarrevoluci贸n, desparramada en sierras y llanos, campos de entrenamiento en la Florida y Centroam茅rica, reuniones secretas en Miramar y la estaci贸n JM/WAVE de la CIA, instalada en la Universidad de Miami, convergieron pol铆ticos batistianos, como los fundadores de La Rosa Blanca; combatientes clandestinos cat贸licos contra la dictadura, como Reynol Gonz谩lez; exministros del gabinete revolucionario, como Manuel Ray; administradores de la reforma agraria y luego alzados, como Tom谩s P茅rez D铆az, 鈥淪an Gil鈥 y el propio Osvaldo Ram铆rez; militares de la dictadura como Julio Emilio Carretero; combatientes del Segundo Frente del Escambray, como Eloy Guti茅rrez Menoyo; oficiales del Ej茅rcito Rebelde como Manuel Artime y su Movimiento de Recuperaci贸n Revolucionaria (MRR). Este 煤ltimo era el preferido de la CIA para jefe de la Brigada 2506, poner alzados en el Escambray y reclutar jovencitos como Carlos Alberto Montaner para acciones urbanas.

Algunos autores que escriben sobre la Revoluci贸n sin haberla investigado mucho le han llamado 鈥減rimera oposici贸n cubana鈥 a ese conjunto incongruente y violento que he apuntado, como si se tratara nada m谩s de una alianza de partidos que buscan una soluci贸n pol铆tica y pudieran encontrarse bajo otra bandera, m谩s all谩 de su anticomunismo. Esa 鈥減rimera oposici贸n鈥, mezcla de intereses y grupos a los que EEUU intentaba, in煤tilmente, dotar de un mando unificado y un plan central, acab贸 desencadenando un conflicto que la desbord贸. Precipit贸 una guerra civil atroz, con cientos de v铆ctimas no beligerantes, incluidos campesinos y alfabetizadores, en una espiral de violencia incontrolada. Como es l贸gico, sin considerar los ingredientes sociales y pol铆ticos que concurrieron en el origen y la prolongaci贸n del conflicto armado, no es posible explic谩rselo.

Medidas fundamentales del programa revolucionario original, como la primera Reforma Agraria, de mayo de 1959, fueron aplicadas a veces de manera arbitraria, extremista o malintencionada, especialmente en algunas zonas serranas de la Isla. El fraccionalismo dentro del movimiento revolucionario, que provoc贸 el cisma del Segundo Frente con el Directorio 13 de marzo, y luego con el Movimiento 26 de Julio, en la fase final de la guerra, dej贸 una huella de temor y confusi贸n en segmentos de la comunidad rural del Escambray, que pervivi贸 luego del triunfo.


Alzados, milicianos y milicianas. Sierra Maestra, 1960. Foto: Ra煤l Corrales.

La ola revolucionaria arrastr贸 a numerosos combatientes con poca o ninguna conciencia pol铆tica, y sembr贸 entre algunos la noci贸n de que el alzamiento armado era el camino m谩s corto para capturar el poder. El sectarismo y el personalismo padecidos por algunas organizaciones revolucionarias, antes y despu茅s de fundarse las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), en julio de 1961, provocaron tempranos resentimientos y malestares.

A todo ese c煤mulo de problemas se sumaba el clientelismo propiciado por terratenientes y pol铆ticos antes de 1959 en zonas rurales; el regionalismo y el proselitismo de algunos oficiales del Ej茅rcito Rebelde (como el comandante Huber Matos, en Camag眉ey); el alineamiento de la Iglesia cat贸lica y su activa presencia en las organizaciones armadas (como la del sacerdote espa帽ol Francisco L贸pez Blazquez), capell谩n de la tropa de alzados de Evelio Duque, en la sierra del Escambray. Estas causas, entre otras, explican la fractura de grupos sociales que protagonizaron y fueron arrastrados por la contienda.

Si la contra tuvo fuerza, la Revoluci贸n lleg贸 a movilizar, desde las primeras campa帽as 鈥攁ntes de abril de 1961鈥 a m谩s de 60 000 tropas de una sola vez, la mayor铆a milicianos. Si la guerra dur贸 seis a帽os, los que la llevaron a su fin fueron tambi茅n, en gran medida, campesinos movilizados en esas milicias, familiarizados con el lomer铆o y habituados a caminarlo. Las pol铆ticas dirigidas a corregir errores y sectarismos, a implementar los planes nacionales orientados a la educaci贸n, la salud, las comunicaciones, el desarrollo social y la erradicaci贸n de la pobreza eran parte del programa original de la Revoluci贸n, pero tambi茅n de una lucha pol铆tica que, a la larga, permitir铆a terminar la guerra civil.

Como se sabe, ninguna guerra es nada m谩s un conflicto armado, una serie de maniobras y despliegues de fuerzas en un teatro de operaciones, cuyo desenlace depende de la log铆stica y el arte militar de los comandantes. La noci贸n de la guerra como 鈥渓a pol铆tica por otros medios鈥 (Clausewitz), o el axioma de que 鈥渓a guerrilla es el pez y la comunidad campesina es el agua鈥 (Mao) nos recuerdan que el espacio abarcado por el conflicto, adem谩s de un monte lleno de cuevas y escondrijos, consiste en una tupida red de relaciones sociales, a menudo invisibles. La guerra civil las tensa, en la medida en que las fuerzas enfrentadas requieren gu铆as que dominen el terreno, suministros y, sobre todo, informaci贸n de inteligencia militar, de la que depende su curso y desenlace. Pero tambi茅n porque, al hacerlo, involucra estas relaciones sociales como ingredientes del conflicto, con sus propias causas y azares.

Lo que los antrop贸logos llaman 鈥渞elaciones elementales de parentesco鈥, as铆 como la red de amistad (o enemistad) entre familias vecinas, resultan nexos clave en la comunidad rural, de los cuales puede depender la sobrevivencia. Muchos colaboradores respond铆an a v铆nculos familiares, amistades tejidas desde la infancia, compromisos y deudas econ贸micas o morales, que ellos o sus familias establecieron a lo largo de generaciones, y que eran parte del acervo tradicional donde la comunidad rural se nutre y se sustenta. Como resulta tambi茅n t铆pico en las guerras civiles, esas conexiones no responden a una determinada conciencia pol铆tica o a una posici贸n ideol贸gica definida.


Milicias campesinas. Sierra Maestra, 1960. Foto: Ra煤l Corrales.

Muchos colaboradores de alzados obedec铆an al miedo ante la coacci贸n, las amenazas y el peligro de muerte para ellos y sus familias. Las operaciones de los grupos armados, integrados por apenas una decena de hombres cada uno, desde fines de 1961, no se dirig铆an a tomar poblaciones o puntos estrat茅gicos, a sitiar centros urbanos o presentarles combate a las fuerzas revolucionarias. Ante la dificultad de dominar un territorio fijo, su acci贸n buscaba interferir en el control estable y permanente de las milicias en tantas zonas como fuera posible. Su t谩ctica era escapar constantemente de esas milicias, para lo cual necesitaban poner a la comunidad rural en funci贸n suya, someterla, convertirla en base de apoyo y evitar que se pusiera del lado de la Revoluci贸n.

Para cumplir su rol paramilitar en el derrocamiento del r茅gimen revolucionario, igual que a las organizaciones armadas en las ciudades, les resultaba org谩nica una pol铆tica de terror. Cuando se percataron de que los norteamericanos no iban a venir, ya era demasiado tarde para abandonar una espiral de violencia que hab铆a traspasado el umbral de no retorno, como suele ocurrir en las guerras civiles.

Seg煤n autoridades en la materia, aunque las guerras civiles puedan originarse en conflictos pol铆ticos o religiosos, la escalada de violencia llega a adquirir autonom铆a propia. En condiciones mucho menos brutales y sangrientas que los chuanes frente a la Revoluci贸n francesa, o los cristeros frente a la Revoluci贸n mexicana, la guerra civil en las zonas rurales cubanas tambi茅n se nutri贸 de circunstancias sociales y culturales propias del mundo campesino. Como parte de la estrategia para ganarla, y evitar su repunte, cientos de colaboradores fueron relocalizados en pueblos de Pinar del R铆o y Camag眉ey. Aunque, en el tiempo, una parte de los relocalizados pudieron y decidieron regresar a su tierra natal, el desarraigo, la separaci贸n de los parientes y el alejamiento de la comunidad fueron parte del costo humano de aquella guerra.

Antes me pregunt茅 cu谩l fue la huella del conflicto de los 60 en el proceso, c贸mo lo marc贸 en lo adelante. Anot茅 que el argumento sobre la ideolog铆a marxista-leninista y el anticomunismo no explica la circunstancia hist贸rica y el cambio social, el sustrato real del proceso pol铆tico y su radicalizaci贸n. El socialismo que sali贸 de aquella guerra civil fue otro, no originado en el modelo sovi茅tico o chino, pero s铆 con un alto componente de defensa y seguridad nacional.

Sin esa historia, no es posible comprender el conflicto con los EEUU, sus numerosas luces, y tambi茅n sus sombras, incluidas las Unidades Militares de Ayuda a la Producci贸n (UMAP), el endurecimiento de la pol铆tica cultural desde 1968, las relaciones con la URSS, e incluso rasgos que se siguen atribuyendo a un 鈥渕odelo sovi茅tico鈥, algunos de los cuales sobreviven 30 a帽os despu茅s del derrumbe del socialismo en Europa. Investigar, dar a conocer y entender esa historia equivalen a otra alfabetizaci贸n.

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Notas:

1 芦Organizaciones contrarrevolucionarias que existieron en Las Villas vinculadas al bandidismo.禄 Documento del Buro de Bandas, MININT, s/f, Fondo del Museo de LCB, Trinidad

2 Leonor Hern谩ndez de Zayas, 芦El bandidismo en Oriente禄, 1990, Fondo del Museo de la LCB, Trinidad.

Rafael Hern谩ndez es el director de la prestigiosa revista cubana Temas.




Fuente: Lahaine.org