October 3, 2021
De parte de Nodo50
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“Aprendemos los valores más importantes en casa”. “En el mundo occidental no nacen suficientes niños y la sociedad envejece, esto amenaza con la desaparición de las naciones a largo plazo”. Aunque comparten buena parte del marco cultural, estos no son extractos del muy comentado discurso de la escritora manchega Ana Iris Simón ante Pedro Sánchez en La Moncloa, sino de la bienvenida de Katalin Novák a la Cumbre Demográfica en Budapest que se celebró del 23 al 24 de septiembre de 2021 en el bazar del Castillo de Buda. Novák es la ministra sin cartera de Asuntos de la Familia de Hungría y vicepresidenta del partido Fidesz. La cumbre demográfica de Budapest fue un punto de encuentro de la extrema derecha europea y una oportunidad para la Hungría de Viktor Orbán para seguir ganando peso entre sus correligionarios en otros puntos de Europa.

En un panel titulado “Familia: la clave para la sostenibilidad”, el propio primer ministro húngaro defendió un Estado “protector de la familia, base de la supervivencia de la nación”, frente al “invierno demográfico” y los ataques de la izquierda y el progresismo. Además de arengar contra la inmigración, Orbán, en su marco habitual, remarcó con argumentos natalistas que, a pesar del “lobby LGTB y de género”, la familia es la unión de un hombre y una mujer.

Pero la cumbre de Budapest no fue un acto de autoconsumo para el Fidesz y los suyos, sino que contó también con la participación del exvicepresidente estadounidense Mike Pence, que elogió con honores a Orbán, su política antiabortista y a modo trasnochado, afirmó, aún en el año 2021, que los pocos matrimonios, los divorcios y el aborto “golpean el corazón mismo de la civilización”.

Una de las imágenes de la cumbre fue protagonizada por dos invitados de Orbán: Éric Zemmour y Marion Maréchal, conocida hasta 2018 como Marion Maréchal-Le Pen

El elenco de representantes de la derecha radical y del populismo iliberal fue enorme. Orbán estuvo acompañado en su panel del primer ministro checo, Andrej Babiš —apodado “Babisconi”, en honor al multimillonario italiano convertido en primer ministro Silvio Berlusconi—; el primer ministro esloveno, Janez Janša –considerado por muchos como el “mini-Orbán”–; del presidente serbio, Aleksandar Vučić; y Milorad Dodik, el representante serbio de la presidencia colegiada de Bosnia y Herzegovina. Todos, a su manera, aprovecharon la oportunidad para atacar lo woke: el supuesto “nuevo marxismo liberal”, la migración, las políticas verdes y por supuesto, el feminismo. El primer ministro de Polonia, Mateusz Morawiecki, estuvo ausente, al parecer debido a la disputa con Praga sobre la mina de lignito Turów.

Salen Zemmour y Maréchal

Pero los protagonistas (mediáticos) fueron otros. Una de las imágenes de la cumbre fue protagonizada por dos invitados de Orbán: Éric Zemmour y Marion Maréchal –conocida hasta 2018 como Marion Maréchal-Le Pen– hecho que escenificó un nuevo hito en la guerra fría entre Maréchal y su tía, Marine Le Pen.

Maréchal le echa en cara a Le Pen seguir con esa “lepenización” del partido para penetrar y arrancar votos entre la clase trabajadora, es decir, seguir resignificando conceptos de la izquierda en búsqueda de un frente transversal que supere el eje izquierda-derecha, y aboga, en cambio, por deslepenizar el partido y convertirlo en la fuerza hegemónica de la derecha y del conservadurismo. Orbán es la figura y espejo de esa reacción contra la asimilación de postulados transversales que defiende Marine Le Pen. 

Cabe recordar que Maréchal es la impulsora del instituto ISSEP en Madrid. Una institución privada que ofrece de formación para la élite ultraderechista del mañana, que, aunque su director académico, Miguel Ángel Quintana Paz, se empeñe en desmarcar de Vox, comparte entorno y nombres con el partido de Santiago Abascal.

Una reciente encuesta publicada por Harris Interactive sugirió que Zemmour obtendría el 11% de los votos en una elección presidencial, contra el 18% de Le Pen

Pero, como Maréchal ya no está en Reagrupación Nacional y Le Pen sigue en sus trece, despunta Zemmour, como parte de un consenso del nuevo iliberalismo autoritario, para reconectar, à la Steve Bannon, a los votantes de derecha desencantados y pescar, como defiende su asesora Sarah Knafo, en Los Republicanos y hasta en el macronismo.

En menos de veinticuatro horas, Zemmour –controvertido ensayista ultraderechista y posible, porque aún no lo ha anunciado, candidato independiente para las presidenciales– pasó de un debate televisado en París con Jean-Luc Mélenchon, el candidato de La Francia Insumisa, a un tête-à-tête con Orbán al lado del Danubio.

Una reciente encuesta publicada por Harris Interactive sugirió que Zemmour obtendría el 11% de los votos en una elección presidencial, contra el 18% de Le Pen. Las presidenciales son en abril de 2022.

Zemmour, sesentón de origen pied-noir y ascendencia judía –francés primero–, radiotelevisivo y parte de la Ilustración oscura, es autor de un best seller titulado Le Suicide français, en el que argumentó que Francia está siendo destruida por la multiculturalidad: la halalización de Francia. Una denuncia lapidaria, reprobadora, despectiva o insultante del Mayo del 68, que, además de contener un discurso reaccionario, neoreacionario, defiende la repatriación –“la reemigración”– de los musulmanes no asimilados.

El “Gran Reemplazo”

Antiguo columnista de Le Figaro, también es el autor de esta afirmación y por eso le invitan en Budapest: “la feminización del hombre es una catástrofe. Hay que recuperar la virilidad. Por negarla, estamos creando generaciones de impotentes y de homosexuales, y se están masificando los divorcios”.

Jacobino, gaullista, hasta pétainista (sostiene que el mariscal Philippe Pétain protegió a los judíos franceses durante la ocupación del Tercer Reich), Zemmour, que cuenta con el apoyo del tolosano Benjamin Cauchy, uno de los líderes mediáticos de chalecos amarillos, para su candidatura, es ciertamente, un defensor de la teoría del “Gran Reemplazo”, la tesis de un libro homónimo de 2011 escrito por Renaud Camus que preconiza que “la población autóctona europea y judeocristiana –la civilización blanca occidental– será sustituida por una de foránea y musulmana, que se reproducen más rápido”.

Ya en 2010, Thilo Sarrazin, hasta 2020 miembro del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), autor de otro best seller titulado Deutschland schafft sich ab, dijo que “los inmigrantes musulmanes son menos inteligentes y se integran peor, pero tienen más hijos y esto lleva a Alemania hacia la destrucción”. Es así como la gota malaya de la derecha identitaria, hoy anclada en gran parte de la sociedad —el diario racismo de los pequeños gestos que, con eufemismos e hipérboles, criminaliza a la pobreza y culpabiliza al extranjero de los problemas sociales y de bienestar colectivo—, fue legitimada ideológicamente y presentable socialmente por un socialdemócrata.

Pero más allá de Orbán, Novák y Zemmour –el portavoz superestrella del “Gran Reemplazo”–, distintos y conocidos políticos, hasta –y quizá de rebote– elementos de la llamada izquierda rojiparda o reaccionaria, se han hecho eco de esta teoría conspiracionista. Hasta los tiradores ultraderechistas y blancosupremacistas de Oslo y Utøya, Charleston, Pittsburgh, Christchurch, El Paso, Halle o Hanau se han remitido al “Gran Reemplazo” como motivación principal y vector de cambio revolucionario para legitimar sus atentados.

La dicotomía

Last but not least, estos no fueron los únicos protagonistas en Budapest de la cumbre pro-familia (ni hijos nacidos fuera del matrimonio, ni familias monoparentales, ni a la natalidad “importada de fuera”). Además de un montón de apparátchiks del Fidesz, se congregaron en Budapest para escenificar la nueva versión de la idea de la “decadencia de Occidente” de Oswald Spengler –o quizás de Sumisión, la novela de Michel Houellebecq–, distintos representantes y ex-representantes gubernamentales como Hunor Kelemen, viceprimer ministro de Rumania; Milan Krajniak, ministro de Trabajo, Asuntos Sociales y Familia, del partido Somos Familia; Gatis Eglītis, ministro de Bienestar de Letonia, del Nuevo Partido Conservador; Lorenzo Fontana, el subsecretario de la Liga de Salvini y ex-ministro de Asuntos Europeos y ex-ministro de Familia y el veterano político español del PP y panelista en el ISSEP de Maréchal, Jaime Mayor Oreja.

Habló también el director ejecutivo de la Unión Conservadora Estadounidense (ACU) Dan Schneider o Karl-Heinz B. van Lier, el jefe en Renania-Palatinado de la Fundación Konrad Adenauer, el think tank de la CDU, el partido de la saliente Angela Merkel –que estos días de despidos y elogios hasta ha sido catalogada en Twitter de antifascista y en su día, como recordó Àngel Ferrero en El Salto, llegó a ser retratada como una nueva Madre Teresa de Calcuta–.

Y es que la derecha radical, más allá de la demografía, se debate entre los que prefieren seguir lepenizándose —véase, valga la redundancia, Le Pen y el “modelo Perpiñán” o el nuevo programa social de Alternativa por Alemania (AfD)— y el grupo que ve que el giro obrerista ya no le es suficiente para ganar y optan por orbanizarse, véase Zemmour o Salvini, que ha aparcado sus alianzas con AfD, Le Pen y Geert Wilders y se ha acercado estratégicamente a Orbán y Morawiecki. Desde este febrero de 2021, Giancarlo Giorgietti, de la Liga de Salvini, es ministro de Desarrollo Económico en el gobierno de unidad nacional de Mario Draghi, dónde están representados todos los partidos de la cámara parlamentaria menos Hermanos de Italia.




Fuente: Elsaltodiario.com