July 23, 2022
De parte de Nodo50
216 puntos de vista

Dejo aqu铆 el largo art铆culo que he escrito para el libro 芦Hombres, masculinidad(es) e igualdad. Volumen coordinado por Isabel tajahuerce y Bakea Alonso y publicado por Aranzadi en 2022

La importancia de la instituci贸n prostitucional en la construcci贸n de las subjetividades patriarcales.
 

1-G茅nero y subjetividad

El feminismo avanza en oleadas seguidas de momentos de reacci贸n patriarcal que tratan de revertir los avances conseguidos. Muchos de estos se quedan, se consolidan y no parecen reversibles; en otras ocasiones asistimos a retrocesos evidentes sobre los que el feminismo sigue incidiendo. Pero despu茅s de siglos de lucha por la igualdad y contando con el apoyo de los organismos internacionales, con el feminismo activo pr谩cticamente en todos los pa铆ses del mundo,  y presente tambi茅n en la gobernanza mundial a trav茅s de las pol铆ticas p煤blicas, parece sin embargo que la igualdad se resiste e incluso, en ocasiones parece alejarse cuando nosotras avanzamos. Avanzamos en determinados aspectos pero retrocedemos en otros y, aunque el c贸mputo general es muy positivo, estamos en la obligaci贸n de preguntarnos por qu茅 nos cuesta tanto herir de muerte al patriarcado. Es m谩s, es posible que en la medida en que las razones igualitarias se vayan imponiendo, las emociones, por el contrario, tiendan a reforzar la desigualdad tal y como nos advirti贸 Hanna Arendt, que advirti贸 que cuando la igualdad se impone sobre el papel, la desigualdad, incrustada en el psiquismo de las personas, inventa nuevos mecanismos para hacerse visible, mecanismos que no necesitaba cuando era obvia. Es muy posible que eso est茅 ocurriendo con la desigualdad de g茅nero y m谩s a煤n porque la construcci贸n de la masculinidad hegem贸nica est谩 铆ntimamente ligada a privilegios de que los hombres adquieren de manera inconsciente y que forman parte del n煤cleo duro de la propia identidad. Mientras que la lucha por la igualdad material tiene una larga historia en el feminismo la lucha por la igualdad en las subjetividades es m谩s reciente; no olvidemos que el g茅nero es tambi茅n una conciencia.

En los 煤ltimos a帽os son muchas las feministas que asumen que ha llegado el momento de interpelar la identidad masculina. Porque las razones que defienden la igualdad y su traslaci贸n a las leyes son mayoritarias en hombres y mujeres, pero los comportamientos, las creencias 铆ntimas, las emociones de la mayor铆a de los hombres las estamos descubriendo mucho m谩s resistentes al cambio.  El feminismo se ha centrado en cambiar el mundo de la raz贸n y las vidas de las mujeres, y ha esperado que los hombres cambiasen presionados por estos cambios. El resultado es que las mujeres han cambiado mucho y los hombres no tanto y, adem谩s, debido a las presiones muchos de ellos se muestran dispuestos a engrosar las filas del antifeminismo activo y beligerante; se han llenado de rabia y han encontrado en el feminismo y en las mujeres el chivo expiatorio de su dolor interno. Si queremos combatir la desigualdad tendremos que luchar por modificar no s贸lo lo material  sino tambi茅n aquello a lo que se llega con m谩s dificultad pero que impregna nuestros comportamientos y tambi茅n nuestras percepciones del g茅nero, tanto respecto al propio como a la relaci贸n con el otro: la subjetividad y, especialmente, la construcci贸n de las emociones ligadas a la sexualidad, porque esta tiene un papel central en la configuraci贸n de la identidad masculina (tambi茅n en la femenina, aunque en otro sentido).

El orden patriarcal, como afirma Hernando (2015) act煤a de forma tal que modela nuestra subjetividad desde el inicio de nuestras vidas dado que es el orden l贸gico que rige el sistema social. As铆 pues, la subjetividad de cada uno de nosotros se construye a trav茅s de relaciones intersubjetivas entretejidas con sus propios hilos, de forma que nuestra materia prima subjetiva, por as铆 decirlo, es patriarcal. Y, siguiendo con esto, afirma tambi茅n Hernando que el orden patriarcal no experimentar谩 una quiebra real si s贸lo lo combatimos con la raz贸n, y no con la emoci贸n. Ya Bourdieu hablaba en La dominaci贸n masculina (1999) del sentimiento como apoyatura fundamental del patriarcado. Teresa Langle de Paz (2018), por su parte, afirma que lo emocional es un elemento b谩sico para la comprensi贸n del mundo; que las personas act煤an en funci贸n de diversas pr谩cticas y registros afectivos estrechamente ligados a los contextos socioculturales y que quienes desarrollen cualquier tipo de an谩lisis de g茅nero tienen que prestar atenci贸n a la emocionalidad. Desde que un hombre pone un pie en el mundo, experimenta el g茅nero con la naturalidad con la que el sol sale y se pone  y esa misma certeza gu铆a al feminismo para sostener que la experiencia de g茅nero debe ser desaprendida como verdad absoluta. Todas estas experiencias y posibilidades se levantan sobre subjetividades conformadas previamente por las expectativas y los roles sexuales patriarcales, no se conforman en el vac铆o.  Hay ya trabajos m谩s que suficientes dentro del 谩mbito del feminismo para demostrar que ni帽os y ni帽as no son socializados de igual manera respecto a sus emociones, afectos y deseos sexuales. Desde el comienzo se trata de desarrollar en las ni帽as la empat铆a con los estados emocionales de otras personas, mientras que en los ni帽os se busca limitar dicha empat铆a emocional. En los varones se refuerzan las relaciones instrumentales que se limitan, en cambio, en las ni帽as. Y, adem谩s, se potencia en las ni帽as la autopercepci贸n de objeto sexual en las relaciones (con todo lo que eso conlleva) y en los ni帽os la de ser sujeto. Esta construcci贸n gen茅rica, m谩s los elementos propios de la identidad neoliberal (consumista) conforman un caldo de cultivo perfecto para el uso desproblematizado de la instituci贸n prostitucional por parte de los varones. Una vez despojada esta  de cualquier carga moral o pecaminosa que hubiera podido tener en el pasado la 煤nica idea moral que ahora se le puede oponer es la de la igualdad, que no llega todav铆a al conjunto de los hombres.

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               La prostituci贸n es una instituci贸n que ha cambiado enormemente a lo largo de los siglos para poder seguir siendo funcional a un sistema patriarcal que est谩 en continuo cambio[1]. Su importancia en el reforzamiento de las subjetividades masculinas no ha sido siempre la misma porque estas subjetividades no han necesitado un refuerzo especial hasta la llegada de la modernidad tard铆a cuando han sido sometidas a enormes tensiones desde muy distintos frentes y se han visto fragilizadas. A mediados del siglo XX la mayor铆a de las soci贸logas, historiadoras y sex贸logas hab铆an llegado a la conclusi贸n de que la prostituci贸n era una instituci贸n destinada a extinguirse porque ya no era 煤til [2]. Los cambios sociales acaecidos despu茅s de la II Guerra Mundial transforman el r铆gido mundo  de los roles de g茅nero. El patriarcado, que es cambiante y tampoco es igual en todo el mundo, sufre transformaciones fundamentales, que lo debilitan, en todos los 贸rdenes y tambi茅n en el terreno de la sexualidad: las mujeres se reivindican como sujetos sexuales, desaparece el miedo al embarazo, se debilita el estigma social asociado a las mujeres sexuales, el matrimonio abandona su estatus de instituci贸n fundamental鈥odo esto implicaba que las antiguas justificaciones de la ideolog铆a prostitucional perd铆an gran parte de su sentido. Sin embargo, aunque s铆 que hubo un periodo de disminuci贸n en el uso de la prostituci贸n, esta tendencia cambia en los a帽os 70 cuando aumenta hasta niveles no conocidos nunca antes, lo que significa que ha adquirido nuevos sentidos que la convierten, de nuevo, en  funcional al sistema patriarcal.

Los cambios que ha experimentado la prostituci贸n son muchos y complejos pero el m谩s evidente tiene que ver con que adem谩s de sus evidentes v铆nculos con el patriarcado ha establecido nuevos v铆nculos con el neoliberalismo. Tanto el patriarcado como el neoliberalismo son ingredientes fundamentales en la creaci贸n de nuevas identidades propias de esta 茅poca, y tambi茅n en el reforzamiento de esas subjetividades masculinas tradicionales que se sienten acosadas. Uno de los cambios m谩s profundos que ha experimentado la prostituci贸n, aunque aqu铆 no vamos a analizarlo extensamente, es la conversi贸n que experimenta la instituci贸n cuando pasa de ser una actividad econ贸mica particular a una gran industria global que trabaja, como todas las industrias, para aumentar constantemente su demanda (potencialmente ilimitada) infiltr谩ndose en los canales habituales de consumo mediante la publicidad y t茅cnicas de marketing, as铆 como haciendo lobby pol铆tico para conseguir legislaciones favorables o permisivas (Cobo 2017). Como gran industria global la prostituci贸n busca expandirse y obtener m谩s y m谩s beneficios, para lo que necesita m谩s usuarios. Recordemos que pocas industrias pueden obtener una plusval铆a semejante. Estamos hablando de un mercado con una demanda potencialmente ilimitada (idealmente todos los hombres) con una materia prima tambi茅n casi potencialmente ilimitada (las mujeres) cuyos costes de producci贸n son cercanos a cero. Para que el negocio se mantenga y siga creciendo hacen falta cada vez m谩s consumidores que lo demanden y esto, en este tiempo neoliberal, se hace posible porque la vieja instituci贸n se utiliza ahora no s贸lo para satisfacer aquellas supuestas necesidades sexuales, sino nuevas necesidades de la masculinidad hegem贸nica. Las nuevas/viejas subjetividades masculinas se (re)construyen en el espacio prostitucional como espacio refugio para hombres cuyas identidades est谩n basadas en emociones patriarcales que est谩n siendo cuestionadas en otros espacios. En este sentido afirmamos que la prostituci贸n es una de las instituciones fundamentales del patriarcado (la que determina y sostiene el privilegio masculino de poder tener acceso a cuantos cuerpos femeninos se deseen) y que en las 煤ltimas d茅cadas se ha convertido, adem谩s, en parte importante para la (re)construcci贸n de la subjetividad masculina propia de la modernidad tard铆a que ha resultado especialmente herida no s贸lo por los avances del feminismo,  sino tambi茅n por los cambios que el sistema neoliberal ha impuesto en las subjetividades de esta 茅poca.

 El feminismo tiene que estudiar, conceptualizar e interpelar la manera en que los hombres construyen sus identidades y las herramientas que utilizan. Sostenemos que el uso de la prostituci贸n es una de las herramientas m谩s importantes en la (re)construcci贸n de las masculinidades m谩s resistentes al cambio y, en ese sentido, es una instituci贸n profundamente funcional al mantenimiento del orden social patriarcal en este momento hist贸rico.  En este art铆culo, vamos a examinar algunas de las maneras en que las identidades masculinas utilizan la prostituci贸n sin pretender hacer un exhaustivo estudio de las mismas [3] .

2-La prostituci贸n como herramienta para la creaci贸n y mantenimiento de la identidad consumista masculina t铆pica del capitalismo tard铆o

Las identidades de la modernidad tard铆a se forjan en gran parte sobre el consumo (Bauman 2007, Giddens 1995 Illouz 2009, Lipovetsky 2003).

Consumo de todo, porque todo es susceptible de convertirse en mercanc铆a[4],  consumo tambi茅n de emociones y sensaciones, entre las que el sexo juega un papel principal una vez despojado de su tradicional sentido trascendente, y tambi茅n de antiguas ideas que lo vinculaban a una supuesta revoluci贸n sexual (que en parte ya se produjo). La sexualidad aparece ahora cada vez m谩s vinculada al ocio, convertida en lo que Kaplan llama 鈥渟exualidad recreativa鈥, que a su vez tiene diversas manifestaciones: desde el consumo de pornograf铆a al consumo de mujeres en contextos de prostituci贸n o en cualquier lugar o espacio de socializaci贸n en el que el objetivo es tener sexo, pasando por el turismo sexual o por el consumo de diferentes productos relacionados con aquel: desde juguetes er贸ticos hasta ropa sexy. Esta identidad consumista no crece en el vac铆o, sino en una sociedad patriarcal, es decir fuertemente generizada, donde las subjetividades masculinas y femeninas no consumen ni necesitan lo mismo, ni tampoco ocupan la misma posici贸n social o simb贸lica en el mercado. Los mercados se apoyan en un patriarcado previo, y ah铆 el cuerpo de las mujeres y todo lo relacionado con 茅l se convierte en un nicho de negocio de proporciones estratosf茅ricas. No s贸lo el cuerpo para el mercado del sexo, sino tambi茅n para el mercado reproductivo y para el mercado de la imagen y todo lo relacionado con la (auto)cosificaci贸n de las mujeres, como sabemos. El putero no deja de ser un consumidor de mujeres y de emociones sexuales. Si bien la sexualidad recreativa no es sin贸nimo de sexo de pago y no es un concepto necesariamente negativo en tanto que incluye la posibilidad de disfrutar del sexo despoj谩ndolo de la trascendencia de 茅pocas pasadas,  lo cierto es que la identidad consumista posmoderna,  la necesidad de acumular capital sexual y la industria del sexo, colaboran en el crecimiento del uso de la prostituci贸n al convertirla en una actividad de ocio normalizada y aproblem谩tica.

En nuestra sociedad y en relaci贸n a esto, confluyen dos aspectos: por una parte el sexo ha llegado a condensar el valor y el 茅xito de una persona, es siempre una 鈥渕atriz de valores positivos 鈥(Illouz 1997) y en segundo lugar, esta sociedad ha entronizado el supremo 鈥渄erecho鈥 a consumir cualquier cosa que pueda pagarse, lo que legitima el consumo acr铆tico y la conversi贸n de todo en mercanc铆a, incluido el sexo y los cuerpos.  El mercado se legitima solo y tiene una capacidad enorme para construir identidades ligadas al consumo que se presentan como neutras. Ahora, la prostituci贸n se presenta como una pr谩ctica banal ligada al consumo, al ocio, a la moda, a la diversi贸n y a la libertad individual tal como la entiende el neoliberalismo: libertad para comprar y vender sin importar las condiciones estructurales de partida, ni los significados estructurantes de la opresi贸n o la dominaci贸n. Los burdeles se convierten en espacios legitimados de socializaci贸n masculina, de consumo, ocio y negocios (Segato 2016, 2018, Lagarde 1997) de los que desaparece todo  an谩lisis pol铆tico y/o de g茅nero subsumido en un modelo social basado en el mercado como regulador y al que se accede mediante la libertad individual centrada en el contrato, como en cualquier interacci贸n capitalista; que sea un producto que consumen los hombres en el que las mujeres son las consumidas, no parece ser motivo de cr铆tica pol铆tica excepto para las feministas, y no para todas.

En esta 茅poca el consumo pasa a explotar los elementos centrales de la identidad social seg煤n Illouz: sexo, g茅nero y deseo y trabaja directamente desde el n煤cleo mismo de los guiones culturales de la individualidad conformando las identidades sexuales del hombre y la mujer en forma de estrategias diferenciadas que producen y reproducen el g茅nero a trav茅s de diversas experiencias, entre ellas la de la sexualidad (Illouz 2019 ) Si el consumo es un derecho, el consumo de sexo es especialmente potenciado como tal porque se ha convertido en una de las mercanc铆as con una mayor demanda, es un producto universalmente deseado, s铆mbolo de 茅xito y apoyado por una poderosa industria. La llamada libertad sexual se ha convertido en una de las bases normativas del capitalismo contempor谩neo y uno de los espacios privilegiados en donde la identidad masculina tradicional se superpone a las identidades posmodernas. La sexualidad siempre ha sido una parte fundamental de la identidad masculina, pero ahora lo hace desde el consumo. El sexo convertido en mercanc铆a forma parte de esta nueva identidad masculina porque ofrece a los hombres, especialmente a los hombres de clase media aspiracional,  la posibilidad de atesorar 鈥渃apital sexual鈥 en forma de acumulaci贸n de experiencias sexuales y les permite verse a s铆 mismos como parte de una especie de 鈥渂urgues铆a sexual鈥 que comparte experiencias de glamour, de libertad y privilegio con hombres econ贸micamente  superiores (Agathangelou 2004). Las experiencias sexuales, cuantas m谩s mejor, conforman ese 鈥渃apital sexual鈥 que, de nuevo siguiendo a Illouz y a Kaplan, atesoran los hombres y mujeres, de forma diferente, llegando a definir la autoestima. El capital sexual de los hombres viene definido por su capacidad para acumular experiencias sexuales, experiencias que se compran con facilidad mediante la prostituci贸n, que les permite adquirir placer sexual a todos ellos en cualquier momento, a un precio accesible,  sin esfuerzo, y sin posibilidad de fracasar, algo que s铆 existe en las relaciones no mercantiles  [5] (Illouz y Kaplan 2020) La prostituci贸n ofrece garant铆a de 茅xito en obtener el placer buscado que no ofrecen las relaciones no mercantiles con su carga de incertidumbre y posible frustraci贸n, y todo ello en una sociedad que se niega a considerar la inevitabilidad de aquella. Cada vez m谩s, la prostituci贸n es un producto que los hombres consumen para obtener satisfacci贸n r谩pida y garantizada sin tener que esforzarse en resultar atractivos o siquiera en gustar. La prostituci贸n permite escoger a las mujeres como si fueran cualquier otro producto,  sin ofrecer nada m谩s que dinero a cambio, sin tener que ser, a su vez, escogidos; es decir, permite huir de la reciprocidad en la relaci贸n.

  1. El espacio de prostituci贸n como reconfigurador de subjetividades masculinas fragilizadas por el feminismo.

Hasta ahora hemos hablado de masculinidades posmodernas que utilizan la prostituci贸n (el cuerpo de las mujeres)  como una mercanc铆a m谩s dentro de un universo consumista y generizado, en donde dicho uso aparece como una forma de satisfacer, de manera aproblem谩tica, y mediante el consumo, deseos sexuales ligados a la acumulaci贸n de capital sexual, lo que permite aumentar y asegurar la masculinidad hegem贸nica; es decir, la creencia en la superioridad masculina en relaci贸n a las mujeres, entre otras cosas. Pero la prostituci贸n adquiere su m谩xima funcionalidad en esta 茅poca  en otros dos sentidos m谩s fuertemente ligados a las identidades masculinas tradicionales. Una es como de reconfiguradora de subjetividades masculinas fragilizadas por el feminismo y la otra  aquella en donde el machismo tradicional aparece como una v铆a de refuerzo subjetivo frente a las p茅rdidas del neoliberalismo.

Respecto a la primera, el patriarcado ha ido mutando debido al impacto de las sucesivas olas feministas que han ido derribando las barreras formales y las de las costumbres;  pero desde los a帽os 80, con el ascenso del neoliberalismo, confluyen feminismo y neoliberalismo para herir la subjetividad masculina tradicional como pocas veces antes hab铆a ocurrido.  Como consecuencia de ello desde mediados de los 80 se produce una importante reacci贸n patriarcal (Cobo 2011, Hernando et. al 2015, Faludi 1993, Walter 2010) que Lagarde (2011) ha definido como de 鈥渂rutalizaci贸n del patriarcado鈥, que, a grandes rasgos, implica una mayor cosificaci贸n de las mujeres en todos los 谩mbitos, mucha m谩s violencia y m谩s cruel. (Segato 2003, 2016, 2017) Finalmente, dicha reacci贸n, encuentra su expresi贸n pol铆tica en una especie de internacional del odio mis贸gino de la que habla el soci贸logo  Kimmel, una especie de magma inarticulado de 鈥渉ombres enfadados鈥 con las mujeres que tiene su traslaci贸n pol铆tica en el voto a la extrema derecha en todo el mundo.   La prostituci贸n aparece en este escenario como un espacio de feroz resistencia al feminismo.

La prostituci贸n es un espacio simb贸lico de relaci贸n intergen茅rico (entre hombres y mujeres) e intragen茅rico (entre hombres)[6],que ofrece la posibilidad de reconfigurar una identidad masculina tradicional que se ha quedado sin espacio en un mundo que reconoce formalmente la igualdad entre hombres y mujeres y que dise帽a pol铆ticas p煤blicas para conseguirlo. Las identidades masculinas tradicionales se sienten acosadas por el feminismo y han sufrido un proceso de desestabilizaci贸n profundo. En ese sentido, la prostituci贸n es un espacio resignificado como refugio de la vieja masculinidad, como fuente de poder identitario, como espacio vetado a la interpelaci贸n que el feminismo hace a las pr谩cticas de desigualdad.

3.1 Espacio de relaci贸n intergen茅rico:

Los avances del feminismo han transformado profundamente las subjetividades femeninas y tambi茅n las relaciones entre hombres y mujeres, as铆 como la sociedad en su conjunto. La sexualidad masculina hegem贸nica (Bonino 2002) ya no puede ser actuada[7]con cualquier mujer porque ellas est谩n en otro lugar. Esta sexualidad tradicional es un lugar de dominio. No olvidemos que el g茅nero es una relaci贸n, por lo que la masculinidad es construida en relaci贸n con las mujeres y en una relaci贸n de superioridad. Ser hombre es ser superior a las mujeres y la sexualidad es un espacio privilegiado en el que dicho dominio se representa; la sexualidad es, adem谩s, un espacio central en el ser hombre. La escuela de la sexualidad masculina es una escuela de dominaci贸n masculina como tan bien explic贸 Bourdieu. Cuando una persona experimenta deseo, dicho deseo puede activar o no el deseo del otro y esto exige una negociaci贸n y la posibilidad de ser rechazado, lo que te coloca en una posici贸n de vulberabilidad. Sin embargo, en el modelo hegem贸nico patriarcal, cuando el hombre experimenta deseo, la mujer experimenta deseo de ser deseada. El lugar del sujeto es la posici贸n masculina mientras que el lugar femenino es el lugar del objeto sexual, un mero medio para satisfacer deseos masculinos. El feminismo reivindic贸 para las mujeres la categor铆a de sujeto sexual, lo que supone que ellas se convirtieron en sujetos deseantes y preocupadas por su propio placer y el hecho de que los hombres no hayan cambiado a la misma velocidad resulta en subjetividades masculinas muy conflictuadas en sus relaciones con las mujeres y en la b煤squeda de espacios en los que poder mantener las relaciones tradicionales. Las normas han cambiado no s贸lo en el 谩mbito de la sexualidad, sino tambi茅n en el del cortejo, en el de las relaciones sociales con las mujeres鈥as mujeres exigen igualdad y esto genera ansiedad a muchos hombres que ans铆an espacios no conflictuados donde puedan ser los hombres que han aprendido a ser y que necesitan ser para sentir que su identidad no corre peligro. Y eso es lo que encuentran en los espacios de prostituci贸n y por eso acuden a ellos mucho m谩s que antes.

En la prostituci贸n se asegura que no haya imprevistos para los hombres (la variedad y multitud de mujeres asegura encontrar la que acepte cualquier deseo) En cambio, no existe una representaci贸n real del deseo femenino. Lo que aprenden ellos acerca de la sexualidad femenina en la prostituci贸n (y en la pornograf铆a) es que las mujeres desean lo que ellos desean, que son cuerpos penetrables y que est谩n ah铆  para su placer. La prostituci贸n sirve para ahorrarles a los hombres el riesgo de no ser deseados y es en ese sentido en el que podemos hablar de 鈥減lusval铆a de g茅nero鈥 (J贸nasd贸ttir 1993) La instituci贸n prostitucional les ofrece la posibilidad de una performance de g茅nero de la que siempre salen triunfantes. En cierto sentido, funciona a modo de estabilizador de g茅nero que (re)construye constantemente su subjetividad. La prostituci贸n, as铆, tiene una importancia fundamental en la regulaci贸n emocional patriarcal, porque ayuda a reconstruir los ideales del yo ligados a la masculinidad y a cumplir con los deseos sexualmente culturalmente asignados a aquella. Quien no tiene nada tiene al menos el cuerpo de las mujeres que le confirma que es alguien. Si ser hombre es ser importante, como dijo Josep`Vicent Marqu茅s (1997) la prostituci贸n permite que todos los hombres puedan mantener ese estatus de importancia subjetiva frente a la 鈥渙tra鈥 previamente devaluada.

La sexualidad masculina hegem贸nica, por otra parte, en su materialidad coitoc茅ntrica y faloc茅ntrica tiene la oportunidad de encontrar en la prostituci贸n a mujeres que representan justamente ese objeto sexual concreto, esa feminidad[8] que los clientes buscan en ellas. Estos hombres buscan  mujeres complacientes, mujeres incondicionales de los deseos masculinos y que, adem谩s, les ofrezcan una visi贸n engrandecida de s铆 mismos y de sus habilidades sexuales,

tal y como la masculinidad hegem贸nica necesita. Les permite tambi茅n practicar esa sexualidad desconectada que es un rasgo importante de ese tipo de masculinidad. La sexualidad masculina vertida sobre ese cuerpo femenino, expresa el acto domesticador, apropiador cuando insemina (aunque sea simb贸licamente) el territorio-cuerpo de la mujer (Segato, 2016).

3.2 Espacio de relaci贸n intragen茅rico. El burdel como espacio de socializaci贸n masculina

El patriarcado es un pacto entre varones, una alianza basada, entre otras cosas, en el intercambio simb贸lico de las mujeres en torno a un contrato sexual (Amor贸s 1990, Pateman, 1995) mediante el cual se garantiza que todos los hombres tengan acceso sexual a aquellas.  Para ser un hombre 鈥渄e verdad鈥 los hombres deben participar de dicha alianza que, debido a los avances del feminismo, entre otras cosas, est谩 ahora en cuesti贸n. Debido a esto algunos hombres necesitan, quiz谩 m谩s que nunca, poner en juego esa alianza, visibilizarla, mostrarla, sentirse parte de ella, porque no olvidemos que la masculinidad es algo que debe ser constantemente ratificado por otros hombres, aunque dicha ratificaci贸n se hace entre ellos por medio de las mujeres. Las prostitutas son esos objetos de mediaci贸n, y la prostituci贸n es una performance de poder patriarcal que les permite rehacer su virilidad y revalorizar su autoimagen (Lagarde, 1990). En realidad, la prostituci贸n es una performance del patriarcado en su conjunto,  como afirma Lagarde, un espacio privilegiado en el que poner en funcionamiento el pacto patriarcal. Es ah铆, hoy d铆a, donde las mujeres son verdaderamente intercambiables y p煤blicas, cuando eso ya no ocurre en otros espacios.   

               Muy a menudo los hombres buscan realizar pr谩cticas en compa帽铆a de otros hombres en los que las mujeres sean ese objeto de mediaci贸n e intercambio. Son celebraciones masculinas que incluyen sexo pagado y que se utilizan en despedidas de soltero, como forma de relajarse del estr茅s de un viaje de negocios, en forma de turismo sexual acompa帽ado de otros hombres, los viernes por la noche yendo a un club a tomarse una copa o teniendo relaciones sexuales que luego no se dejan de contar en las p谩ginas web cada vez m谩s numerosas[9]. Es la celebraci贸n masculina como espacio de amistad, de diversi贸n, de descanso entre los hombres en donde las prostitutas son objetos:  se apropian de ellas, las usan, las desechan, las juzgan. No importa tanto la satisfacci贸n del deseo, como crear y mantener la imagen de capacidad y potencia er贸tica, de superioridad. En cada acto ellos rehacen su virilidad, revalorizan su autoimagen. Y alimentan su machismo, de ah铆 su permanente retorno. En la prostituci贸n se reproduce el patriarcado en su conjunto, se recicla el sistema para que todo quede otra vez en su lugar

El burdel es una aut茅ntica escuela de desigualdad sexual para los chicos. Si bien hist贸ricamente el burdel sirvi贸 para disciplinar a todas las mujeres tambi茅n es un espacio que sirve para disciplinar el cuerpo y la subjetividad sexual masculina. El caso de la iniciaci贸n sexual masculina en el burdel es paradigm谩tico. El paso por el prost铆bulo era, muy a menudo, un rito de paso hacia la adultez que convert铆a a un chico en un hombre, en alguien que se separaba del 谩mbito femenino en el que est谩n los ni帽os y entraba en el 谩mbito del privilegio del adulto masculino, lo que otorgaba ventajas y honores en virtud de cosas como tener muchas relaciones sexuales sin importar la apetencia sexual de la mujer involucrada, que pasaba a convertirse en un medio en el camino de la exaltaci贸n de la masculinidad.  En la literatura existen numerosos relatos en los que se narra la primera visita a un burdel de muchos adolescentes, a veces casi ni帽os, llevados all铆 por el grupo de referencia o por los padres o abuelos. Y en muchas ocasiones dicha visita estaba lejos de ser agradable. Muchos de esos chicos no sent铆an ninguna atracci贸n por las mujeres que se les presentaban, sent铆an verg眉enza, sent铆an empat铆a hacia ellas, sent铆an dolor y, sin embargo, todo eso ten铆a que desecharse para ser sustituido por la obligatoriedad de tener y mantener una erecci贸n y de poder realizar un coito.  As铆 pues, esa visita al burdel ha sido tambi茅n, tradicionalmente, un ritual de disciplinamiento del cuerpo masculino, que se ve铆a obligado a 鈥渇uncionar鈥 aun sin verdadero deseo. Se trata de sustituir el asco, el miedo, la indiferencia, la empat铆a, la solidaridad que pudiera sentirse por esas mujeres (en ocasiones de la misma clase social y en condiciones muy duras de explotaci贸n) por un sentimiento de autovalor, de manera que poder tener una erecci贸n cuando se supone que hay que tenerla produzca la compensaci贸n de ser un hombre de verdad, de ser m谩s que ellas, que cualquiera de ellas; y esto no es poca cosa para la inmensa mayor铆a de los hombres, especialmente para quienes puede que esta sea su 煤nica fuente de autoestima. En caso de no poder cosificar del todo a la mujer y no ser capaz de tener una erecci贸n y eyaculaci贸n en esa situaci贸n era tratado de marica. As铆 pues, el uso de la prostituci贸n era tambi茅n un espacio de socializaci贸n masculina para disciplinar los sentimientos hacia las mujeres sexuales, pero tambi茅n para disciplinar las reacciones f铆sicas del propio cuerpo. El privilegio masculino era tambi茅n una obligaci贸n para quienes no quisieran pagar el precio de ser expulsados de esa alianza que conforma la masculinidad hegem贸nica.

Hoy d铆a los chicos han vuelto a acudir a los burdeles en grupo muy a menudo en los pueblos como acto de socializaci贸n del que dicen que no implica necesariamente sexo, van s贸lo a ver, a tomar una copa, a pasar la tarde. No importa que en muchas ocasiones no haya sexo, lo que importa es ir al Club, disponer de ese espacio vedado a las mujeres y donde los hombres pueden celebrar que ellas est谩n ah铆 para ellos. Se trata de que este acto (asistir a un prost铆bulo en compa帽铆a) se convierta en un escenario en el que los hombres puedan sentirse unidos unos a otros en su superioridad sobre las mujeres y de que unos a otros se otorguen el 鈥渃ertificado鈥 de masculinidad apropiado. El joven que acude al burdel con amigos lo hace casi de una manera ritual, lo hace para ir con sus pares, para ocupar su lugar en la hermandad viril, para adquirir una posici贸n destacada en una fratria masculina y para sofocar cualquier deseo de cercan铆a real con las mujeres. El burdel es el lugar de la no-empat铆a con las mujeres (Ranea, 2021)

Y lo mismo podr铆amos decir del uso del burdel como espacio masculino para cerrar negocios, cosa que es cada vez m谩s frecuente. En este caso, no es s贸lo el uso sexual de las mujeres que est谩n en el burdel lo que confiere la masculinidad a los hombres, sino tambi茅n la exclusi贸n de estas de los espacios de trabajo. Al escoger un burdel como espacio de trabajo y al ser este un lugar en el que las mujeres (excepto las prostitutas) tienen la entrada vedada, la sensaci贸n de rearme de la masculinidad se da por partida doble  (Fernandez-Martorell 2018).

  1. El espacio de prostituci贸n como reconfigurador de subjetividades masculinas fragilizadas por el neoliberalismo

               El sistema econ贸mico capitalista, a menudo lo olvidamos, ha supuesto tambi茅n una revoluci贸n en la construcci贸n de roles sociales, s铆mbolos, subjetividades鈥 que recaen sobre identidades previamente generizadas. Lo vimos cuando habl谩bamos de que el neoliberalismo produce una determinada identidad volcada en el consumo, en la maximizaci贸n del yo y en el atesoramiento del capital sexual. El neoliberalismo no s贸lo construye identidades nuevas adaptadas al sistema, tambi茅n destruye las anteriores (como hace el feminismo).

                Desde los a帽os 80 asistimos a una reestructuraci贸n completa del mercado laboral que ha tenido como consecuencia fundamental la precarizaci贸n de las vidas de millones de seres humanos a los que ha sumido en la pobreza. Han crecido la inseguridad en el empleo, los trabajos informales, las desigualdades sociales y, en definitiva, los cambios han contribuido a fragilizar y vulnerabilizar las vidas de la mayor铆a. Esta situaci贸n econ贸mica ha venido a cambiar fundamentalmente la estructura tradicional familiar de hombre sustentador que ya no puede, debido al desempleo, la precariedad, los magros salarios,  y el acceso de las mujeres al trabajo remunerado, ser el 煤nico proveedor familiar.  El trabajo femenino, siempre m谩s precario y m谩s barato, es aceptable mientras sea complementario. Sabemos que en determinados sectores el trabajo femenino es preferido al masculino precisamente por ser m谩s barato  y m谩s intercambiable, con la consecuencia de que de dichos sectores los hombres han sido expulsados. Adem谩s, las migraciones procedentes del sur global hacia el tercio rico del mundo tambi茅n han transformado las vidas de muchas comunidades. No siempre se ha ponderado adecuadamente el significado que tiene para la identidad masculina tradicional el rol de proveedor familiar. Fraser (2015) ha explicado muy bien en qu茅 sentido dicha identidad est谩 ligada a este rol de proveedor econ贸mico en casi todas las sociedades. Para la inmensa mayor铆a de los hombres la masculinidad consiste, aun, en salir de casa a trabajar y volver con un salario que sea suficiente para mantener a su familia. Para muchos hombres ese rol confer铆a un sentido de estar en el mundo que ahora se pierde. Existe una relaci贸n interna y muy profunda entre ser hombre y ser proveedor, lo que explica por qu茅 en las sociedades capitalistas el desempleo puede ser psicol贸gicamente tan devastador para ellos. De hecho, la situaci贸n de crisis econ贸mica (que es social y pol铆tica) recibe tal nombre s贸lo cuando afecta a los hombres porque, en realidad, si examinamos los elementos principales que se supone que la caracterizan (altas tasas de desempleo, trabajo barato, precario, inestable, que no permite tener un proyecto de vida)  nos encontramos con que las mujeres siempre hemos estado en crisis. Por eso, en cierto sentido, tiene raz贸n Segato cuando explica que el neoliberalismo ha supuesto una especie de emasculaci贸n de la condici贸n masculina porque ha situado a grandes masas de hombres en una posici贸n, material y simb贸lica, en la que antes s贸lo se encontraban las mujeres. Es un cambio radical que se ha producido sin que las mentalidades masculinas hayan cambiado lo suficiente, por lo que se ha provocado una crisis en las subjetividades masculinas con sus correspondientes estallidos de furia en forma de violencia contra las mujeres y tambi茅n en ese aumento de la prostituci贸n.

Fraser (2015) explica tambi茅n que hay conflictos propios del capitalismo tard铆o que responden m谩s a tendencias en la reproducci贸n simb贸lica que en la material, y la crisis de identidad del g茅nero masculino ser铆a una de esas tendencias. Esa crisis de identidad, producto de la guerra del capitalismo contra las personas, se produce porque los hombres no han cambiado esencialmente los elementos que componen unas identidades de g茅nero que ahora son acosadas por el sistema econ贸mico y por el feminismo; por tanto, para sanarse lo que buscan es una reconstrucci贸n permanente de aquellas, y eso lo hacen mediante las mujeres. Las mujeres son, como siempre,  el medio para reconstruir sus identidades fragilizadas. Desde ese momento, algunas instituciones y pr谩cticas patriarcales, la prostituci贸n entre ellas, adquieren m谩s importancia que nunca en tanto que funcionan como una espita que permite relajar el conflicto social . El objetivo es que una vez que a los hombres se les ha quitado todo, tengan al menos el cuerpo de las mujeres, el dominio sobre ellas,  como una forma de recuperar algo del poder perdido. La violencia es una forma, la prostituci贸n es otra y juega un papel fundamental en la ecuaci贸n.

               Para otros autores (Harvey 2020) la acumulaci贸n de capital sexual  (que determina la capacidad de obtener autoestima de nuestras elecciones y experiencias sexuales)  se ha convertido en una estrategia de los trabajadores para hacer frente a las inseguridades que les impone el capitalismo neoliberal. Tal visi贸n ya no considera la esfera sexual como auxiliar para la esfera de la producci贸n, sino como central.  Tambi茅n Illouz argumenta extensamente sobre la importancia del capital sexual en el capitalismo tardomoderno  donde el sexo produce capital sexual ya sea directamente en la esfera de la reproducci贸n a trav茅s de la regulaci贸n de la sexualidad,  como produciendo de manera colectiva trabajadores asalariados d贸ciles que est茅n dispuestos y sean capaces de mercantilizar su propia fuerza de trabajo. En una sociedad en la que el sexo es un bien necesario, la autoestima sexual es imprescindible para mantener un yo centrado y con la suficiente autoestima como para insertarse en el mundo productivo. En otras palabras, cuando el empleo es tan precario, muchas personas se quedan sin apenas nada m谩s que su capital sexual para reestablecer su autoridad. Por experiencias sexuales no se refiere Illouz expl铆citamente a la prostituci贸n, pero es evidente que dichas experiencias son a煤n m谩s necesarias para los perdedores de la globalizaci贸n, los que no tienen capital sexual de ning煤n tipo. Quien no tiene nada, tiene al menos a las putas.  Pensemos que el acceso a la prostituci贸n, es decir al cuerpo de las mujeres, es uno de los pocos privilegios que no est谩 ligado a la clase, que no depende del nivel econ贸mico. Si se es rico, se tendr谩 acceso a mujeres 鈥渃aras鈥, si se es pobre a mujeres 鈥渂aratas鈥, pero todos los hombres sobre el planeta tierra, ya vivan en la Quinta Avenida o en un poblado en Soweto tienen esa posibilidad de la que extraer sentido de su masculinidad valiosa: las mujeres est谩n all铆 para ellos. No as铆 para ellas, cuya autoestima, lo sabemos, no depende tanto de ejercer como sujeto sexual sino del deseo que puedan generar.

Al capitalismo siempre le ha interesado el sexo (masculino) porque sexo y rol social de dominio son fundamentales para la construcci贸n masculina y el sistema siempre ha considerado que satisfacer ese aspecto era imprescindible para una buena integraci贸n en el mismo, adem谩s de ser una v谩lvula de relajaci贸n social especialmente en una situaci贸n de potencial conflictividad social. Esa es una de las razones por la  que, tradicionalmente, el poder en cualquiera de sus manifestaciones  pod铆a explotar a los hombres al l铆mite, pod铆a dejarlos sin trabajo, pod铆a poner sus vidas en peligro, pero no los dejaba nunca sin mujeres. Digamos que esta parte del pacto patriarcal, por su importancia, el patriarcado no ha dejado nunca de cumplirla. En las minas, en los ej茅rcitos, en los lugares de explotaci贸n y estr茅s masculino, lo primero que se instalaba era un burdel. A un hombre se le puede arrebatar todo menos la percepci贸n de que es un hombre, es decir, superior a las mujeres. Han sido muchos los fil贸sofos y cient铆ficos a lo largo de la historia que estaban convencidos de que para trabajar adecuadamente los hombres tienen que llevar una vida sexual satisfactoria , lo que no es m谩s que una variante sobre la ideolog铆a tradicional que afirma que si el hombre no tiene sexo pasa algo grave. El sexo masculino no es puro desahogo f铆sico (o bastar铆a con masturbarse), el sexo masculino es idea de dominio sobre las mujeres.  Dicha idea de dominio resulta cada vez m谩s dif铆cil de cumplir debido a las circunstancias que se han tratado en este art铆culo, pero ah铆 est谩 la prostituci贸n para que ellos puedan extraer esa idea subjetiva de dominio sobre las mujeres que sigue siendo necesaria para que el sistema no estalle.

 

 

 

 

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[1] Sobre la historia de la prostituci贸n: Guere帽a, J.L (2003), Gimeno, B. (2012) Lerner, G (1990)

[2] Kinsey, por ejemplo, recoge en su informe de 1948 un importante declive de la prostituci贸n (1948:596-609), lo que le hace aventurar que 茅sta est谩 condenada a ir desapareciendo hasta convertirse en residual.

[3] Este estudio exhaustivo es el de Beatriz Ranea: La reconstrucci贸n del patriarcado en los espacios de prostituci贸n en la Espa帽a contempor谩nea: Estudio sobre el rol de los hombres que demandan prostituci贸n femenina.

[4] Eva Illouz denomina 鈥渆modity鈥 a la emoci贸n convertida en mercanc铆a.

[5] Las mujeres tambi茅n adquieren o construyen su capital sexual pero este pasa por convertirse en objetos sexuales de los que poder extraer beneficios, es decir, supone convertirse en emprendedoras de s铆 mismas. Y, adem谩s, exige una fuerte inversi贸n en s铆 mismas. Los hombres adquieren su capital sexual coleccionando experiencias sexuales en el mercado del sexo tanto en el amoroso como en el de pago.

[6] O, como dice Beatriz Ranea, que se construye sobre un eje vertical (frente a las mujeres) o sobre un eje horizontal (entre hombres)

[7] Seg煤n Bonino, los rasgos que caracterizan a esta sexualidad son entre otros: un yo centrado en s铆 mismo que prioriza los deseos propios, dominio y control de s铆 y de los dem谩s, escasa empat铆a, disociaci贸n raz贸n/emoci贸n, renuncia a motivaciones de apego, un deseo sexual legitimado y vivido como algo aut贸nomo y una creencia que considera a los hombres superiores a las mujeres  Por supuesto que los polos puros no existen y que todas las identidades son una mezcla de estos rasgos en mayor o menor medida junto con otros como la familia, la experiencia personal, los mandatos culturales, de clase etc

[8] Feminidad enfatizada, como dice Beatriz Ranea citando a Conell.

[9] Son muy habituales los portales en los que los puteros se cuentan unos a otros sus experiencias con prostitutas, las punt煤an seg煤n sus caracter铆sticas f铆sicas, sus 鈥渉abilidades鈥 y tambi茅n su representaci贸n de la hiperfeminidad




Fuente: Beatrizgimeno.es