July 9, 2021
De parte de La Haine
253 puntos de vista


Fragmento tomado de “La otra historia de los Estados Unidos”. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004. pp. 467-479.

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El t铆tulo de este cap铆tulo no responde a una predicci贸n sino a una esperanza que explicar茅 a continuaci贸n.

Respecto al t铆tulo del libro en s铆, hay que decir que no es muy exacto; 芦La otra historia…禄 promete m谩s de lo que puede aportar una sola persona, siendo adem谩s la clase de historia m谩s dif铆cil de plasmar. De todas formas, es as铆 como lo he titulado porque, a煤n con sus limitaciones, se trata de una historia irrespetuosa para con los gobiernos y respetuosa con los movimientos de resistencia del pueblo.

Eso lo convierte en un informe parcial, un informe que se inclina en cierta direcci贸n. Pero eso no me preocupa, ya que la monta帽a de libros de historia bajo la cual nos encontramos se inclina claramente en la otra direcci贸n. Son libros respetuosos –a pie juntillas– con los estados y los hombres de estado y tan irrespetuosos –por su falta de atenci贸n– hacia los movimientos populares, que necesitamos alguna clase de fuerza opuesta para no ser aplastados en la sumisi贸n.

Todas esas historias de este pa铆s, centradas en los Padres Fundadores y en los Presidentes, pesan de manera opresiva en la capacidad de actuar del ciudadano medio. Sugieren que en tiempos de crisis debemos buscar a alguien que nos salve: en la crisis revolucionaria nos encontramos con los Fundadores; en la crisis de los esclavos, con Lincoln; en la Depresi贸n, con Roosevelt; en la crisis de Vietnam y Watergate, con Carter. Sugieren igualmente que entre las crisis ocasionales todo est谩 bien y que nos resulta suficiente con volver a un estado normal. Nos ense帽an que el acto supremo de ciudadan铆a es elegir entre salvadores, acerc谩ndonos a una cabina electoral cada cuatro a帽os para elegir entre dos anglosajones blancos y ricos, de sexo masculino, personalidad inofensiva y opiniones ortodoxas.

La idea de los salvadores ha sido incorporada en toda la cultura, m谩s all谩 del fen贸meno pol铆tico. Hemos aprendido a mirar a las estrellas, a los l铆deres y expertos en cada campo de manera que renunciamos a nuestra propia fuerza, rebajamos nuestras propias habilidades y nos eliminamos nosotros mismos. Pero de vez en cuando los 芦americanos禄 rechazan esta idea y se rebelan.

Hasta ahora estas rebeliones han sido reprimidas. El sistema 芦americano禄 es el m谩s ingenioso sistema de control de la historia mundial. En un pa铆s tan rico en recursos naturales, talento y mano de obra, el sistema puede distribuir la riqueza justa a la cantidad de personas justa para contener el descontento de una minor铆a molesta. Es un pa铆s tan poderoso, tan grande y que tanto agrada a tantos de sus ciudadanos que puede permitirse el lujo de conceder la libertad de la disidencia a una peque帽a minor铆a que no est谩 satisfecha.

No existe ning煤n otro sistema de control que tenga tantas oportunidades, tantos resquicios, tantos m谩rgenes, tantas flexibilidades, tantas recompensas y tantos billetes ganadores en las loter铆as. No hay ning煤n otro sistema que infiltre sus controles con tanta complejidad a trav茅s del sistema de votaci贸n, de la situaci贸n laboral, de la iglesia, de la familia, de la escuela y de los medios de comunicaci贸n; ninguno que apacig眉e con tanto 茅xito a la oposici贸n con reformas, aislando a unas personas de las otras, creando una lealtad patri贸tica.

Un uno por ciento de la naci贸n posee una tercera parte de la riqueza. El resto de la riqueza est谩 distribuida de tal manera que crea rivalidades entre el 99 por ciento restante: un peque帽o propietario se enfrenta a uno que no posee nada; el negro se enfrenta al blanco; los nativos se enfrentan a los nacidos en el extranjero; los intelectuales y profesionales se enfrentan a los incultos y los trabajadores no cualificados. Estos grupos se oponen entre s铆 y luchan con tanta vehemencia y violencia que su posici贸n com煤n de rivales por conseguir las sobras en un pa铆s muy rico queda oculta.

Para hacer frente a la realidad de esa batalla desesperada y amarga por unos recursos que escasean por culpa del control ejercido por la 茅lite, yo me tomo la libertad de denominar al conjunto de ese 99 por ciento restante 芦el pueblo禄. He escrito una historia que intenta representar su sumergido y desviado inter茅s com煤n. El hecho de destacar el terreno que tiene en com煤n ese 99 por ciento junto con el de declarar su profunda enemistad con el uno por ciento restante, es hacer exactamente lo que han querido evitar –desde tiempos de los Padres Fundadores– los gobiernos de EEUU y la acaudalada 茅lite vinculada a ellos. Madison tem铆a una 芦facci贸n mayoritaria禄 y esperaba que la nueva Constituci贸n la meter铆a en cintura. Madison y sus colegas comenzaron el Pre谩mbulo a la Constituci贸n con las siguientes palabras: 芦Nosotros, el pueblo…禄. Con ello intentaban simular que el nuevo gobierno representaba a todos los 芦americanos禄. Esperaban que este mito, al ser dado por bueno, asegurar铆a la 芦tranquilidad dom茅stica禄.

El enga帽o continu贸 generaci贸n tras generaci贸n, con la ayuda de los s铆mbolos globales, bien fueran de car谩cter f铆sico o de car谩cter verbal: la bandera, el patriotismo, la democracia, el inter茅s nacional, la defensa nacional, la seguridad nacional, etc茅tera. Atrincheraron los esl贸ganes en la tierra de la cultura americana como si se tratara de hacer un c铆rculo de carromatos en las llanuras del oeste. Desde su interior los 芦americanos禄 blancos y ligeramente privilegiados pod铆an disparar a matar contra el enemigo de fuera: contra los indios, los negros, los extranjeros u otros blancos que no tuviesen la suerte de verse admitidos dentro del c铆rculo. Los jefes de la caravana observar铆an desde una distancia prudente, y cuando la batalla hubiese terminado y el campo estuviese cubierto de cad谩veres por ambos lados, se apoderar铆an de la tierra y preparar铆an otra expedici贸n en otro territorio.

Esta estratagema nunca funcionaba a la perfecci贸n. La Revoluci贸n y la Constituci贸n, en su intento de lograr la estabilidad mediante el control de la ira de las clases de la 茅poca colonial –esclavizando a los negros, aniquilando o desplazando a los indios– no acababa de funcionar a la perfecci贸n a juzgar por las rebeliones de los arrendatarios, las revueltas de los esclavos, las agitaciones abolicionistas, la ola feminista y la lucha de las guerrillas indias en los a帽os anteriores a la Guerra Civil. Tras la Guerra Civil, y mientras aparec铆a en el Sur una nueva coalici贸n de 茅lites sure帽as y norte帽as, los blancos y negros de las clases humildes estaban ocupados con el conflicto racial, los trabajadores nativos y los trabajadores inmigrantes chocaban en el Norte y los granjeros se dispersaban por un pa铆s de grandes dimensiones. Y mientras ocurr铆an estas cosas, el sistema capitalista se iba consolidando en la industria y en el gobierno. Pero entonces lleg贸 la rebeli贸n de los trabajadores industriales y el gran movimiento de oposici贸n de los granjeros.

Al final del siglo, la pacificaci贸n violenta de los negros y de los indios y el uso de las elecciones y de la guerra para absorber y desviar a los rebeldes blancos no fueron suficiente –dadas las condiciones de la industria moderna– para evitar la gran ola del socialismo, la lucha masiva de los trabajadores que tuvo lugar antes de la Primera Guerra Mundial. Ni esa guerra, ni la prosperidad relativa de los a帽os veinte, ni la aparente destrucci贸n del movimiento socialista, pudieron evitar que en los a帽os treinta, en plena crisis econ贸mica, se produjera otro despertar radical y otro resurgir obrerista.

La Segunda Guerra Mundial cre贸 una nueva unidad que fue seguida por un intento aparentemente exitoso –en el contexto de la guerra fr铆a– de aniquilar la conflictividad de los a帽os de guerra. Pero en los a帽os sesenta –para sorpresa de todos– lleg贸 la gran revuelta de sectores de poblaci贸n que se supon铆a dominados u ocultos a la vista: los negros, las mujeres, los 芦americanos禄 nativos, los presos, los soldados, etc茅tera. Apareci贸 un nuevo radicalismo que amenazaba con extenderse por todos los sectores de una poblaci贸n desenga帽ada por la guerra de Vietnam y la pol铆tica de Watergate.

La deposici贸n de Nixon, la celebraci贸n del Bicentenario y la presidencia de Carter fueron episodios cuyo 煤nico objetivo era la restauraci贸n. Pero la restauraci贸n del antiguo orden no era ninguna soluci贸n para contrarrestar la incertidumbre y la alienaci贸n que se intensificaban en los a帽os de Reagan y Bush. La elecci贸n de Clinton –en 1992– conllevaba una vaga promesa de cambio. Pero no cumpli贸 las expectativas de los que hab铆an puesto sus esperanzas en 茅l.

Ante este estado de continuo malestar, es muy importante para el establishment –ese inquieto club de ejecutivos, generales y pol铆ticos– mantener las pretensiones hist贸ricas de una unidad nacional seg煤n la cual el gobierno representa a todo el pueblo y el enemigo est谩 en el extranjero y no en casa; donde los desastres econ贸micos y las guerras son desafortunados errores o tr谩gicos accidentes que deben ser corregidos por los miembros de ese mismo club que trajo los desastres. Tambi茅n es importante para ellos asegurarse de que la unidad artificial de los muy privilegiados y los no tan privilegiados sea la 煤nica unidad: y que el 99 por ciento restante contin煤e dividido en m煤ltiples facetas y que se vuelvan los unos contra los otros para dar rienda suelta a su ira.

隆Qu茅 habilidad la de pedir impuestos a la clase media para pagar las ayudas a los pobres de tal forma que se cree resentimiento adem谩s de humillaci贸n! Qu茅 destreza la de desplazar en autob煤s a los j贸venes negros pobres a vecindarios blancos pobres, en un violento intercambio de escuelas pobres, mientras las escuelas de los ricos permanecen intocables y la riqueza de la naci贸n –que se reparte con cuentagotas all谩 donde los ni帽os necesitan leche gratis– se agota en portaaviones que valen miles de millones de d贸lares. Cu谩n ingenioso es hacer frente a las demandas de igualdad de los negros y de las mujeres, d谩ndoles peque帽os beneficios especiales y haci茅ndoles competir con todos los dem谩s cuando se trata de buscar trabajo, trabajo que es escaso por culpa de un sistema que es irracional y derrochador. Qu茅 sabio es desviar el miedo y la ira de la mayor铆a hacia una clase de criminales que se reproducen –debido a la injusticia econ贸mica– a mayor ritmo que el necesario para despacharlos, haciendo que la gente no se fije en los enormes robos de recursos naturales cometidos dentro de la ley por hombres con cargos ejecutivos.

A pesar de todos los controles del poder, los castigos, las tentaciones, las concesiones, las desviaciones y los se帽uelos que llevan utiliz谩ndose durante todo el transcurso de la historia americana, el establishment no ha podido librarse de las revueltas. Cada vez que parec铆a que lo hab铆a conseguido, las mismas personas a las que cre铆a haber seducido o controlado se despertaban y se rebelaban. Los negros, engatusados por las decisiones del Tribunal Supremo y los estatutos del Congreso, se rebelaron. Las mujeres, que eran cortejadas e ignoradas, y a las que se trataba con romanticismo para luego maltratarlas, se rebelaron. Los indios, tenidos por muertos, reaparecieron desafiantes. Los j贸venes, a pesar de los alicientes de una carrera y la comodidad, disintieron. Los trabajadores, a pesar de verse castrados por las reformas, regulados por la ley y controlados por sus propios sindicatos, se declararon en huelga. Los intelectuales gubernamentales, que hab铆an jurado guardar los secretos del Estado, empezaron a desvelarlos. Los curas cambiaron la piedad por la protesta.

Recordar esto equivale a recordar a la gente lo que el establishment quisiera que olvidaran: la enorme capacidad de la gente aparentemente desamparada para resistir, y la de la gente aparentemente satisfecha para exigir cambios. Descubrir esta historia equivale a encontrar un poderoso impulso humano para afirmar la propia humanidad. Significa aferrarse a la posibilidad de una sorpresa incluso en tiempos de profundo pesimismo.

La verdad es que ser铆a enga帽oso sobreestimar la conciencia de clase o exagerar la rebeli贸n y sus 茅xitos. No explicar铆a el hecho de que el mundo –no s贸lo EEUU, sino todos los dem谩s pa铆ses– est茅 a煤n en manos de las 茅lites, ni tampoco el hecho de que los movimientos populares, a pesar de mostrar una capacidad infinita para reproducirse, hayan sido derrotados o absorbidos o pervertidos. Tampoco explicar铆a el hecho de que los revolucionarios hayan traicionado al socialismo y que las revoluciones nacionalistas hayan desembocado en nuevas dictaduras.

Pero la mayor铆a de las historias subestiman la revuelta, destacan el sentido de Estado de los gobernantes y as铆 fomentan la impotencia entre los ciudadanos. Cuando observamos de cerca los movimientos de resistencia o incluso algunas modalidades aisladas de rebeli贸n, descubrimos que la conciencia de clase –o cualquier otra forma de conciencia de la injusticia– tiene muchos niveles. Tiene muchas formas de expresi贸n, muchas formas de manifestarse: de manera abierta, sutil, directa o distorsionada. En un sistema de intimidaci贸n y control, las personas no revelan sus conocimientos ni la profundidad de sus sentimientos hasta que su sentido pr谩ctico les informa de que pueden hacerlo sin ser destruidas.

La historia que mantiene vivos los recuerdos de la resistencia popular sugiere nuevas definiciones del poder. Seg煤n las definiciones tradicionales, quien posea fuerza militar y riquezas, quien tenga control de la ideolog铆a oficial y de la cultura, tiene el poder. Si utilizamos estos criterios como medida, la rebeli贸n popular nunca parece lo suficientemente fuerte como para sobrevivir.

A pesar de ello, las inesperadas victorias –incluso las temporales– de los 芦insurgentes禄 muestran la vulnerabilidad de los supuestamente poderosos. En una sociedad altamente desarrollada, el establishment no puede sobrevivir sin la obediencia y la lealtad de millones de personas a las que se otorgan peque帽as recompensas para que el sistema siga funcionando: los soldados y la polic铆a, los maestros y los ministros, los administradores y trabajadores sociales, los t茅cnicos y los obreros, los m茅dicos, abogados y enfermeras, los transportistas y los trabajadores de los medios de comunicaci贸n, los basureros y los bomberos.

Estas personas –los que tienen trabajo y de alguna manera son privilegiados– forman una alianza con la 茅lite. Se convierten en los guardianes del sistema, y hacen de amortiguadores entre las clases alta y baja. Si dejan de obedecer, el sistema se derrumba.

Pienso que esto s贸lo ocurrir谩 cuando todos los que tenemos peque帽os privilegios y seamos un poco inquietos empecemos a ver que somos como los carceleros en el levantamiento de la c谩rcel de Attica: prescindibles; cuando comprendamos que el establishment, a pesar de las recompensas que pueda darnos, tambi茅n nos matar谩 si es necesario para mantener el control.

Hoy en d铆a hay ciertos factores nuevos que pueden emerger de forma tan preclara como para conducir a una retirada generalizada de la lealtad hacia el sistema. En la era at贸mica, las nuevas condiciones de la tecnolog铆a, la econom铆a y la guerra hacen cada vez m谩s dif铆cil que los guardianes del sistema –los intelectuales, los propietarios de viviendas, los contribuyentes, los trabajadores especializados, los profesionales y los funcionarios de gobierno– permanezcan inmunes a la violencia (f铆sica o ps铆quica) que se ejerce contra los negros, los pobres, los criminales y el enemigo extranjero. La internacionalizaci贸n de la econom铆a, el movimiento de los refugiados y de los inmigrantes ilegales por las fronteras hacen que cada vez sea m谩s dif铆cil que las personas de los pa铆ses industrializados se olviden del hambre y las enfermedades que existen en los pa铆ses pobres del mundo.

En las nuevas condiciones, todos somos rehenes de la tecnolog铆a apocal铆ptica, de la econom铆a clandestina, de la contaminaci贸n terrestre y de las guerras incontrolables. Las armas at贸micas, las radiaciones invisibles y la anarqu铆a econ贸mica no distinguen a los prisioneros de los guardianes, y los que mandan no tendr谩n escr煤pulos a la hora de hacer distinciones. Ah铆 est谩 la inolvidable respuesta del alto mando estadounidense a la noticia de que pod铆an quedar prisioneros de guerra 芦americanos禄 cerca de Nagasaki: 芦Los objetivos previamente asignados para la operaci贸n Centerboard siguen sin cambios禄.

Hay pruebas de una insatisfacci贸n creciente entre los guardianes. Durante alg煤n tiempo hemos sabido que entre los no votantes se encontraban los pobres y los ignorados, marginados de un sistema pol铆tico que sent铆an no se ocupaba de ellos y frente al que poco pod铆an hacer. Ahora esa alienaci贸n se ha extendido hacia arriba, hacia las familias que est谩n por encima del umbral de la pobreza. Se trata de los trabajadores blancos, que no son pobres ni ricos, pero que muestran su enfado ante la inseguridad econ贸mica y no se sienten satisfechos con su trabajo, que se preocupan por sus vecindarios y son hostiles hacia el gobierno, combinando elementos de racismo con elementos de conciencia de clase, el desprecio por las clases bajas con la desconfianza hacia la 茅lite, de manera que est谩n abiertos a las soluciones que se puedan aportar desde cualquier direcci贸n, bien sea desde la derecha o desde la izquierda.

En los a帽os veinte se dio una situaci贸n similar en las clases medias, que pod铆a haberse encaminado en varias direcciones: por aquel entonces, el Ku Klux Klan contaba con millones de miembros. Pero en los a帽os treinta la labor de un movimiento izquierdista bien organizado traslad贸 una gran parte de este sentimiento hacia los sindicatos, los sindicatos de agricultores y los movimientos socialistas. En los pr贸ximos a帽os quiz谩s veamos una escalada en la movilizaci贸n del descontento de la clase media.

Las razones de ese descontento son claras. Las encuestas realizadas desde principios de los a帽os setenta muestran que entre un 70 por ciento y un 80 por ciento de los 芦americanos禄 no conf铆an en el gobierno, ni en los negocios, ni en el ej茅rcito. Esto significa que la desconfianza va m谩s all谩 de los negros, los pobres y los radicales. Se ha extendido entre los trabajadores especializados, los trabajadores de oficina y los profesionales; quiz谩s por primera vez en la historia de la naci贸n, tanto la clase baja como la media, tanto los prisioneros como los guardianes, estaban desilusionados con el sistema.

Tambi茅n hay otros s铆ntomas: los altos 铆ndices de alcoholismo, de divorcios (de 33 por ciento se estaba subiendo al 50 por ciento de matrimonios que acaban en divorcio), de uso y abuso de las drogas, de crisis nerviosas y de enfermedades mentales. Millones de personas han estado buscando soluciones desesperadamente para esta sensaci贸n de impotencia, para su soledad, su frustraci贸n, su alejamiento de las dem谩s personas, del mundo, de su trabajo y de s铆 mismos. Han adoptado nuevas religiones, uni茅ndose a grupos de autoayuda de todo tipo. Parece como si toda la naci贸n estuviera atravesando un punto cr铆tico en su edad mediana, una crisis existencial de dudas y examen de conciencia.

Todo esto est谩 teniendo lugar en un momento en el que la clase media est谩 cada vez m谩s insegura econ贸micamente. En su irracionalidad, el sistema se ha visto forzado –por el beneficio– a construir rascacielos de acero para las compa帽铆as de seguros mientras las ciudades se deterioran; a gastar miles de millones de d贸lares en armas de destrucci贸n, pero casi nada en parques para ni帽os; a pagar enormes sueldos a hombres que construyen cosas peligrosas o in煤tiles y muy poco dinero a artistas, a m煤sicos, a escritores y a actores. El capitalismo siempre ha sido un desastre para la clase baja. Ahora est谩 empezando a fallar para la clase media.

La amenaza del desempleo, que siempre ha estado presente en las casas de los pobres, se ha extendido a las de los trabajadores de oficina y a los profesionales. La educaci贸n universitaria ha dejado de ser una garant铆a de trabajo. Un sistema que no puede ofrecer un futuro a los j贸venes que dejan la escuela se enfrenta a grandes dificultades. Si esto s贸lo les ocurre a los hijos de los pobres, el problema es asumible: para eso est谩n las c谩rceles. Si esto les ocurre a los hijos de la clase media, las cosas puede que se les escapen de las manos. Los pobres est谩n acostumbrados a las estrecheces y siempre andan faltos de dinero. Pero en los 煤ltimos a帽os, tambi茅n la clase media ha empezado a sentir la presi贸n de los altos precios y los impuestos.

En los a帽os setenta, ochenta y principios de los noventa tuvo lugar un dram谩tico y espantoso aumento en el n煤mero de cr铆menes. Esta situaci贸n se palpaba muy bien al pasear por cualquier gran ciudad. Saltaban a la vista los contrastes entre la riqueza y la pobreza, la cultura de la posesi贸n y el frenes铆 publicitario. Tambi茅n exist铆a una feroz competencia econ贸mica en la que la violencia legal del estado y el robo legal de las corporaciones se ve铆an acompa帽ados por los cr铆menes ilegales de los pobres. En la mayor铆a de casos, los cr铆menes eran de robo. Un n煤mero desproporcionado de los presos en las c谩rceles 芦americanas禄 eran pobres y no blancos, gente de escasa educaci贸n. La mitad de ellos se encontraba sin empleo en el mes anterior a la detenci贸n.

Los cr铆menes m谩s comunes y los que m谩s publicidad han recibido son los cr铆menes violentos de los j贸venes y de los pobres –un verdadero terror en las grandes ciudades– en los que los desesperados o los drogadictos atacan y roban a la clase media o incluso a pobres como ellos. Una sociedad tan estratificada por la riqueza y la educaci贸n se presta de forma natural a las envidias y la ira entre clases.

La cuesti贸n cr铆tica en nuestra 茅poca es saber si la clase media –a la que se ha hecho creer durante tanto tiempo que la soluci贸n de estos cr铆menes es la construcci贸n de m谩s c谩rceles y penas m谩s largas– empezar谩 a ver, debido al car谩cter puramente incontrolable de los cr铆menes, que la 煤nica perspectiva es un interminable c铆rculo de crimen y castigo. Entonces puede que lleguen a la conclusi贸n de que la seguridad f铆sica para una persona que trabaja en la ciudad s贸lo puede conseguirse cuando toda la ciudad est茅 trabajando. Y eso requerir铆a una transformaci贸n de las prioridades nacionales, un cambio en el sistema.

En las 煤ltimas d茅cadas un miedo a煤n mayor se ha unido al miedo a los ataques criminales. Las muertes por c谩ncer se han multiplicado y las investigaciones m茅dicas parecen impotentes a la hora de encontrar la causa. Era evidente que una cantidad cada vez mayor de estas muertes ten铆an su origen en un ambiente contaminado por los experimentos militares y la codicia industrial. El agua que beb铆a la gente, el aire que respiraba, las part铆culas de polvo de los edificios donde trabajaba, hab铆an sido contaminadas –en silencio y a lo largo de los a帽os– por un sistema tan desesperado por crecer y obtener beneficios que no hab铆a tenido en cuenta la seguridad y la salud de los seres humanos. Luego apareci贸 una nueva y mortal plaga, el virus del SIDA, que se extendi贸 con especial rapidez entre los homosexuales y los drogadictos.

A principios de los noventa, el falso socialismo del sistema sovi茅tico se derrumb贸. Paralelamente, el sistema 芦americano禄 parec铆a estar fuera de control: lo caracterizaba un capitalismo incontrolado, una tecnolog铆a incontrolada, un militarismo incontrolado, un divorcio entre el gobierno y la gente que dec铆a representar. El crimen estaba fuera de control, el c谩ncer y el SIDA estaban fuera de control. El deterioro de las ciudades y la ruptura de las familias estaban fuera de control. Y la gente parec铆a percibir esta situaci贸n.

Quiz谩s una gran parte de la desconfianza general hacia el gobierno, de la que se hab铆a informado en los 煤ltimos a帽os, naciera de un creciente reconocimiento de la verdad expresada por el bombardero de las Fuerzas A茅reas de los EEUU, Yossarian, en la novela Catch-22. Dice a un amigo que acaba de acusarle de dar ayuda y consuelo al enemigo: 芦El enemigo es cualquiera que intente matarte, sin importar de qu茅 lado est茅. Y no te olvides de eso porque cuanto m谩s lo recuerdes, m谩s tiempo vivir谩s禄. La siguiente l铆nea de la novela dice: 芦Pero Clevinger s铆 lo olvid贸, y ahora estaba muerto禄.

Imagin茅monos la posibilidad –por primera vez en la historia de nuestra naci贸n– de una poblaci贸n unida en favor de un cambio fundamental. 驴Volver铆a la 茅lite, como tantas otras veces, a su arma favorita –la intervenci贸n en el extranjero– para unir al pueblo con el establishment en una guerra? Eso se intent贸 hacer en 1991, con la guerra contra Irak. Pero, como dijo June Jordan, se trataba de 芦un golpe en el mismo sentido que el crack… y su efecto no dura mucho禄.

Debido a la incapacidad del establishment para resolver los graves problemas econ贸micos dom茅sticos o de encontrar una v谩lvula de escape del descontento nacional en el extranjero, los 芦americanos禄 podr铆an estar dispuestos a exigir no ya un retoque m谩s, ni m谩s leyes reformistas, ni cambios para no cambiar nada, ni otro New Deal, sino un cambio aut茅nticamente radical. Seamos ut贸picos durante un momento para que cuando volvamos a la realidad, no nos encontremos con esa modalidad de 芦realismo禄 tan 煤til para un Estado que quiere desactivar cualquier acci贸n, ese 芦realismo禄 tan anclado en cierto tipo de historia despojado de sorpresas. Imagin茅monos lo que requerir铆a de todos nosotros un cambio radical.

Las palancas del poder de la sociedad tendr铆an que ser arrebatadas de las manos de aquellos cuyo comportamiento nos ha llevado a nuestro estado actual: las corporaciones gigantes, el ej茅rcito y sus colaboradores, y los pol铆ticos. Necesitar铆amos reconstruir la econom铆a con el esfuerzo coordinado de los grupos locales en todo el pa铆s para que sea eficaz y justa, y para que produzca de forma cooperativa todo aquello que sea m谩s necesario para la gente. Empezar铆amos por nuestros barrios, nuestras ciudades y nuestros lugares de trabajo. Todo el mundo necesitar铆a alg煤n tipo de trabajo, incluso las personas ahora marginadas del mundo laboral: los ni帽os, los ancianos, los 芦discapacitados禄. La sociedad podr铆a utilizar la enorme energ铆a que ahora queda desaprovechada, las habilidades y los talentos que no se explotan. Todos podr铆an participar en los trabajos rutinarios pero necesarios durante unas pocas horas al d铆a, y reservar la mayor parte del tiempo libre para el ocio, la creatividad y los ardores del amor y, a煤n as铆, producir铆an lo suficiente para una distribuci贸n equitativa y abundante de los bienes. Algunos efectos b谩sicos ser铆an lo suficientemente abundantes como para sustraerlos del sistema monetario y hacerlos disponibles –gratuitamente– a todo el mundo: la comida, las viviendas, la sanidad, la educaci贸n y el transporte.

El mayor problema ser铆a encontrar la forma de posibilitarlo sin una burocracia centralizada. No se utilizar铆an los incentivos de la c谩rcel y el castigo, sino los incentivos de la cooperaci贸n que se derivan de la voluntad humana natural, incentivos que en el pasado ha utilizado el estado –en tiempos de guerra– como tambi茅n lo han hecho los movimientos sociales, dando pistas sobre c贸mo se comportar铆a la gente en condiciones diferentes. Las decisiones las tomar铆an peque帽os grupos de personas en sus lugares de trabajo, en sus barrios. Habr铆a una red de cooperativas intercomunicadas, un socialismo comunitario que evitar铆a las jerarqu铆as clasistas del capitalismo y las rudas dictaduras que han adoptado el nombre de 芦socialistas禄.

Puede que con el tiempo la gente que viviese en estas comunidades amistosas creara una nueva cultura diversificada y basada en la no violencia, en la que ser铆an posibles todas las formas de expresi贸n, bien fueran personales o colectivas. Los hombres y las mujeres, negros y blancos, ancianos y j贸venes, podr铆an entonces vivir sus diferencias como atributos positivos y no como razones para el dominio. Podr铆an aparecer nuevos valores de cooperaci贸n y libertad en las relaciones interpersonales y en la educaci贸n de los ni帽os.

Para posibilitar todo esto en el contexto de las complejas condiciones de control existentes en los EEUU, har铆a falta una combinaci贸n de la energ铆a de todos los antiguos movimientos de la historia 芦americana禄 –los obreros rebeldes, los activistas negros, los americanos nativos, las mujeres, los j贸venes, etc茅tera– junto con la nueva energ铆a de una clase media enojada. Ser铆a necesario que la gente comenzara a transformar su entorno inmediato –el lugar de trabajo, la familia, la escuela, la comunidad– por medio de una serie de luchas en contra de la autoridad absentista, y que se otorgase el control de estos lugares a las personas que viven y trabajan en ellos.

Estas luchas conllevar铆an todas las t谩cticas utilizadas en diferentes 茅pocas del pasado por los movimientos populares: las manifestaciones, las concentraciones, la desobediencia civil; las huelgas, el boicot y las huelgas generales; la acci贸n directa para redistribuir la riqueza, para reconstruir instituciones, para renovar las relaciones; se crear铆a en la m煤sica, la literatura, el teatro, en todas las artes y en todas las 谩reas laborales y recreativas de la vida cotidiana una nueva cultura basada en el reparto y el respeto, una nueva alegr铆a en la colaboraci贸n personal, para ayudarse a s铆 mismas, y para ayudar al pr贸jimo.

Habr铆a muchas derrotas. Pero cuando semejante movimiento se asentara en cientos de miles de lugares por todo el pa铆s ser铆a imposible de contener, ya que los mismos guardianes de los que depende el sistema para aplastar este movimiento se encontrar铆an entre los rebeldes. Ser铆a una nueva clase de revoluci贸n, la 煤nica –creo yo– que podr铆a ocurrir en un pa铆s como EEUU. Har铆a falta una enorme cantidad de energ铆a, sacrificio, compromiso y paciencia. Pero al tratarse de un proceso a largo plazo, que empezar铆a sin tardanza, se contar铆a con la inmediata satisfacci贸n que las personas siempre han encontrado en los lazos afectuosos de los grupos que se esfuerzan juntos por un objetivo com煤n.

Todo esto nos lleva lejos de la historia 芦americana禄, al reino de la imaginaci贸n. Pero no se encuentra totalmente aislado de la historia. Por lo menos hay indicios en el pasado de semejantes posibilidades. En los a帽os sesenta y setenta, por primera vez el Estado no logr贸 crear un sentimiento de unidad nacional y fervor patri贸tico para una guerra. Hubo un gran flujo de influencias y cambios culturales nunca vistos en el pa铆s: en el sexo, la familia y las relaciones personales, precisamente en las situaciones m谩s dif铆ciles de controlar desde los habituales centros de poder. Jam谩s hab铆a tenido lugar una p茅rdida de confianza tan importante en tantos elementos del sistema pol铆tico y econ贸mico. En cada per铆odo hist贸rico, las personas siempre han encontrado alguna manera de ayudarse las unas a las otras –incluso en medio de una cultura de competitividad y violencia y aunque haya sido durante per铆odos cortos– para encontrar alegr铆a en el trabajo, en la lucha, en el compa帽erismo y en la naturaleza.

Las perspectivas que se nos abren son de tiempos de confusi贸n y lucha, pero tambi茅n de inspiraci贸n. Cabe la posibilidad de que un movimiento de estas caracter铆sticas pudiera tener 茅xito y conseguir lo que el sistema nunca ha podido hacer: efectuar un gran cambio con poca violencia. Esto ser谩 posible a medida que un sector cada vez mayor de ese segmento del 99 por ciento de la poblaci贸n vea que comparten las mismas necesidades; y cuanto m谩s vean la similitud de sus intereses guardianes y prisioneros, m谩s aislado e ineficaz se volver谩 el establishment.




Fuente: Lahaine.org