July 9, 2021
De parte de Nodo50
307 puntos de vista


“No
sé cuál es la impresión que yo debo producir a los demás, pero a
mis ojos no soy más que
un
niño jugando en la playa

y que se divierte al descubrir de vez en cuando un guijarro más liso
o una concha más bonita de lo habitual, mientras
el
gran océano de la verdad se extiende imperturbable ante mí
”.

Isaac
Newton (1)

A
pesar del planetario fracaso de la Escuela de Chicago los meritados
académicos de esta doctrina descompuesta siguen empecinados en que
sus conocimientos sobre la economía son los correctos desde el punto
de vista científico. Las ciencias sociales ya no son un
enfrentamiento con la realidad, sino el arte de hacer ver como real
lo que, a todas luces, es ficticio, mediante el embrujo de curvas,
números y estadísticas. Lo que en la Edad Media se presentaba como
prodigios de ángeles y santos, se presenta ahora en forma de
gráficos matemáticos, fórmulas y parábolas celestiales como la
que los economistas llaman «la eficiencia de Pareto»; la que
aumenta cuando nadie sale perjudicado y la situación de alguien
mejora.

Niños
jugando en la Playa

Sin
embargo, los efectos del tiempo sobre los procesos cognitivos y del
razonamiento también pasan factura a todos los idealismos y sueños
de razón hegemónica, o verdad de conveniencia. Es por ello que cada
día que pasa resulta más patético oír a estos académicos y
expertos titulados –también incrustados en gobiernos de todo signo
político–, repetir hasta la saciedad las lógicas reiteradamente
fracasadas para el conjunto social solo para mantener un estatus quo
absolutamente insostenible. Paradójicamente académicos y expertos
de la fracasada doctrina económica siguen la inercia de los niños
de Newton que juegan en la playa totalmente ajenos al gran océano
de la verdad que se extiende imperturbable ante ellos.

Pese
a todo el discurso oficial sobre la eficiencia de la economía desde
los años 80 del siglo XX hasta hoy, lo que la realidad nos muestra
es que solo hay una economía con mayor desigualdad, menor inversión,
menor productividad y cada vez menor empleo, que bajo el consenso del
New Deal de Roosevelt que también se extendió en Europa con el
nombre de «economía mixta» hasta la crisis de finales de la
década de 1970.

Lo
único cierto es que en pleno siglo XXI no hay ciencia económica
involucrada en la creación, conservación y defensa de un estándar
sostenible de bienestar social. En el gran océano no hay ni una sola
patera pescando nuevas verdades, aunque, eso sí, las playas están
abarrotadas de chiringuitos que venden recetas contables,
curvas y estadísticas al mejor comprador bajo el axioma fundamental
del mejor bazar capitalista. Es decir; «lo que alguien
esté dispuesto a pagar por algo depende de la cantidad de dinero que
tenga».

El
misterio de la cara oculta de lo privado y el mundo de las partes sin
un todo

Para
los de la Escuela de Chicago lo público ha sido siempre la cara
oculta de lo privado, pero lo realmente preocupante es que así lo ve
también una gran mayoría de la población. Y ese ha sido, y es, su
gran éxito histórico. No importa la formación, ni la capacidad
intelectual; el hecho paradójico es que una gran mayoría de la
población de los llamados países avanzados no percibe lo
público como principio de eficacia.

Consecuentemente
el éxito del neoliberalismo no reside en sus doctrinas económicas
sino en el hecho contradictorio de que cuanto más interconectada
está la humanidad más soledad perciben los individuos, y más
tensas, o inestables, se tornan las relaciones sociales. El
neoliberalismo es un potente disolvente cáustico de la sociedad.
Todo son particularidades autónomas, o partes sin un todo. La
racionalidad adopta aquí una posición de estafa intelectual al
eliminar el conjunto y centralizarse sobre las partes de la misma
forma que un tribunal de justicia extrae a los justiciables y
confronta sus versiones como sistemas aislados de la realidad que les
rodea. El último ejemplo de esta técnica lo tenemos con el acuerdo
de las pensiones y el enfoque del ministro Escrivá confrontando la
situación de los baby boomers contra los intereses de sus
hijos.

Es
la misma estafa intelectual por la que los frutos de la investigación
científica pública, nacional o internacional, pasan a la cara
oculta de «lo privado» para reaparecer privatizados mediante el
ungüento mágico de las leyes de protección de la propiedad
intelectual. El más reciente de estos grandes milagros de la
racionalidad neoliberal es el caso del desarrollo y producción de
las vacunas contra el virus del COVID que pese a las investigaciones,
de larga data, de las universidades públicas y al impulso económico
de los fondos públicos, el protagonismo y la rentabilidad tienen
finalmente grandes marcas privadas. Aquí lo relevante no son las
ganancias, sino el hecho de que todo el mundo admita como racional la
irracionalidad misma del sistema.

Las
normas del Olimpo y la injusticia sublunar

Pero
esto es lo que significa la democracia liberal bajo el enfoque de la
racionalidad instrumental del simple conteo de votos cada cierto
tiempo. Ciertamente hay igualdad de voto pese a la profunda
desigualdad de los votantes. El principio es tan puramente algebraico
como sutilmente trilero, toda vez que convierte el resultado de la
suma en la propia categoría del todo social, sin tener en cuenta que
desigualdad e insostenibilidad están vinculadas. De ahí la
fragilidad de la democracia liberal y su alto grado de inestabilidad.

Sin
embargo, esta maniobra trilera es consentida por todos porque el
cumplimiento de las normas –es decir; el sometimiento–, genera
adicción por la sensación de bienestar –es decir; orden–,
incluso si la norma no es armónica, o in–justa, ya que el desorden
genera ansiedad. Consecuentemente la base del sistema no descansa
sobre ninguna racionalidad, sino sobre la sensación de estabilidad
proveniente del sometimiento al orden establecido, siendo que este
sometimiento genera, a su vez, la racionalidad instrumental del
pragmatismo, o lo que es lo mismo; la versión «inteligente»
del sometimiento yoista.

Pero
las normas constitucionales carecen de equidad -o justicia–, tanto
como los ángeles carecen de sexo. Pertenecen al Olimpo de la
modernidad idealizada, razón por la que ningún tribunal estará
dispuesto a reconocer el quebrantamiento real del ideal; lo que
sucede con el art. 47 de la Constitución Española, por ejemplo. Sí
el que estipula el derecho universal a la vivienda digna. La
injusticia es, en todo caso, un efecto de la aplicación «sublunar»
del ideal Olímpico normativo. Efecto que sólo incide, y se
incrusta, en la esfera individual del justiciable por interpretación
de un tribunal. Es decir; que, en la práctica, tanto la justicia
como la injusticia son fenómenos relativos que nunca se hacen
universales porque difícilmente traspasan la versión particular de
los justiciables.

La
exorbitante montaña de jurisprudencia da testimonio de la
ineficiencia estructural del sistema judicial. Ineficiencia
intencional por la que queda doblemente blindada la Democracia
liberal contra cualquier tipo de lógica racional pese a que el
sistema constituye en sí mismo una gigantesca «contradictio in
adjecto».
El misterio de este entuerto reside en que todas las
partes –o lo que es lo mismo; los miles de millones de individuos
yoistas–, comparten la misma racionalidad
instrumental pese a no tener los mismos intereses. Razón que explica
el fenómeno de que los perjudicados puedan votar a sus
perjudicadores. Todos juegan en la arena de la playa el divertido
juego del malabarismo mágico a espaldas del gran océano de lo real.
Sin perspectiva, no hay alternativa, solo una inmensidad de granos de
arena.

El
principio de la gravedad neoliberal

Según
Newton la fuerza de atracción entre dos objetos cualesquiera depende
de la masa. Paradójicamente ocurre lo mismo en el paradigma
neoliberal solo que cambiando el concepto de masa por el concepto de
estatus –o lo que es lo mismo; la masa privada de
patrimonio y capital–, sustituyendo luego la «fuerza de
atracción»
por el concepto de «fuerza de dominio».
Así, pues, en la física social del mundo neoliberal, el principio
de gravedad dice que la fuerza de dominio entre dos personas
cualesquiera depende del estatus. Un principio que
reconoce ipso facto el orden neoliberal de la verticalidad
jerárquica. Un principio que cuando impregna las normas implanta una
lógica que destruye toda posibilidad de igualdad real haciendo
irracional toda idea comunitaria. La democracia liberal es, pues, el
oxímoron de la democracia del orden jerárquico neoliberal donde no
existe horizontalidad posible. O lo que es lo mismo; la democracia
liberal es la democracia de la desigualdad radical.

Asimismo,
la globalización y la tecnología, han comportado que la distancia
–es decir el espacio real–, ya no sea un concepto determinante ni
siquiera en el ámbito local, sino un accidente de la física, una
experiencia turística, una fuente de migraciones o un negocio de
explotación. Todo son utilidades, y al amparo de la idea sagrada del
beneficio privado no solo se justifica una brutal sobre–explotación
agroganadera del planeta, sino también una hiperbólica
sobre–explotación de los trabajadores. Esto significa, sin duda,
que la jerarquía ya no es un fenómeno de orden local, regional, o
nacional sino un factor de orden planetario cuya consolidación está
en juego en el siglo XXI. Estados Unidos, Rusia y China disputan ya
la cúpula de este orden jerárquico hegemónico en lo económico, lo
político y lo jurídico. Pero también muestra que el único
fundamento del beneficio económico es la injusticia social.

Sin
embargo, el espacio real es también el «anfitrión» receptor
de todos los contaminantes, residuos y basuras que genera el ideal de
producción y consumo del neoliberalismo, tanto en su versión dura
del capitalismo occidental, como en la versión china del «One
Belt, One Road
» (Una Franja, Una Ruta). Para el ideal de
progreso del yoismo liberal, tampoco importa mucho los
desequilibrios que la desorbitada fantasía productivista vierte en
la naturaleza con las mastodónticas cantidades de desechos que
genera continuamente el sistema, y que tardan siglos en biodegradarse
o desaparecer. A casi nadie parece importarle esto, y la contabilidad
del beneficio económico ignora inexcusablemente la cara oculta de la
destrucción de los equilibrios del planeta en todos los ámbitos y
sentidos. Se trata de una contabilidad «fake», o lo
que es lo mismo; ¡FALSA!. Ni siquiera es necesario acudir a
la teoría marxista del valor porque el beneficio no emerge, en
ningún caso, de la mercancía, sino del ordenamiento jurídico. Es
decir; de la «Ley»; La cara oculta del
capitalismo;
¡Accionistas y jueces son hermanos siameses!

La
revolución ausente de las ciencias sociales. Sin pensamiento no hay
futuro.

Lo
que está claro es que en pleno siglo XXI no existe ningún cuerpo de
pensamiento que sustituya al marxismo en el planteamiento de un
cambio de paradigma en las ciencias sociales. Siguiendo la estela de
Thomas Kuhn en su trabajo de «La estructura de las revoluciones
científicas»
(1962), y poder identificar la gran anomalía del
paradigma neoliberal, quizás sea necesario acudir al concepto de
Einstein sobre la curvatura del espacio–tiempo sustituyéndolo aquí
por un concepto de curvatura del espacio jurídico–económico
que atrapa las masas de estatus –es decir las masas
de patrimonio y capital–, creando el espacio
jerárquico–temporal
que las justifica jurídicamente;
redefiniendo en cada momento el orden eficiente de la estructura
jerárquica.

En
este espacio jurídico–económico la separación de poderes
es un viejo embeleco de feria de pueblo, ya que el Estado solo es un
instrumento al servicio de la consolidación del espacio
jerárquico–temporal
. Así el «estatus» –es
decir el binomio patrimonio mas capital–, le dice al Estado cómo
tiene que doblar la curvatura –es decir; legislar–, y el Estado
le dice al «estatus» cómo tiene que moverse para
alcanzar sus fines, que no son otros que los de explotar
económicamente a la masa de individuos abducidos por el liberalismo
yoista. La riqueza ya no se encuentra tanto en la
explotación de los recursos naturales, como en la explotación de
los recursos humanos.

La
cuestión a inicios del siglo XXI, es que cuanto más éxito tiene el
neoliberalismo generando ricos, superricos y ricos estratosféricos,
más dificultades tiene para adaptar la clase de lógica que
justifica la gran brecha entre el 1% y el 99% de la población. En
realidad, el neoliberalismo se encuentra en la misma situación en
que se encontraba Ptolomeo añadiendo más y más epiciclos a
su epicíclica visión del universo antiguo, solo que ahora, en la
modernidad, no se añaden epiciclos, sino cantidades astronómicas de
dinero ficticio en forma de Expansión Cuantitativa, Fondos
NextGenerationEU, y toda clase de las llamadas «medidas de
estimulo económico»
. Todas provenientes de la cara oculta de
lo privado, es decir; de lo público.

Economía para ricos y justicia para paletos

¿Qué
puede sentir un vecino de la Cañada Real, en Madrid, o de las Tres
Mil Viviendas, en Sevilla, o de los suburbios de cualquier parte del
mundo cuando ve por la tele la excentricidad de Jeff Bezos dentro de
la capsula New Sephard anunciando su proyecto privado de paseos
espaciales? ¿Es esto progreso, o la viva muestra del fracaso más
rotundo de la humanidad; de toda la humanidad?

Este
abismo astronómico entre el 1% de los más ricos y el quintil más
bajo de los más pobres es inabarcable desde todo punto de vista.
Jamás ha habido semejante distancia entre la población humana del
planeta, ni tampoco es posible hallarla en ninguna especie animal de
todos los que han habitado y habitan la tierra. Ni siquiera en los
idearios religiosos es posible encontrar justificación para tal
barbaridad ontológica que revela con claridad la gravísima
disfunción patológica de la sociedad neoliberal actual. Jeff
Bezos
trata de convertirse en el nuevo Dios neoliberal no
resucitado
que asciende a los cielos por cuenta propia y sin
diagnóstico psiquiátrico.

No
hay mercados, ni concepto de justicia, que puedan explicar la lógica
de semejante volumen de acaparamiento privado potenciador de la
voluntad. Ni siquiera la viagra alcanza a potenciar el deseo con la
mega intensidad que la riqueza parece potenciar la voluntad del
yoista neoliberal. Sin embargo, la constatación de la
realidad de estos volúmenes de acaparamiento de riqueza si dan
testimonio de que los mercados no garantizan el intercambio
equilibrado de mercancías, ni que la justicia basada en normas sea
mínimamente imparcial y garantice el equilibrio entre las partes.
Muy al contrario, la realidad muestra con hechos contundentes el
monumental fracaso tanto de la economía como de la justicia que
siempre han actuado en favor de la potenciación desmesudada del
«estatus», o lo que es lo mismo; en favor de la
acumulación de riqueza.

Las evidencias son tan claras como invisibles en el mundo del liberalismo yoista donde todo el mundo divierte su vida jugando en la playa a la acumulación de granos de arena sin levantar la cabeza, ni tomar perspectiva, siquiera sobre el sentido de su propia existencia. Tampoco la izquierda europea, o americana –mucho menos la española–, plantean otra cosa que un mejor intercambio de esos diminutos fragmentos de limo o arena de playa. Es decir, de mejor reparto de ganancias. Pero sin levantar la vista no hay revolución posible porque nadie ve la playa ni el horizonte del mar, o la frontera ente la playa y el océano de Newton. Mucho menos la curvatura einsteiniana del espacio jurídico–económico que atrapa y protege las masas de estatus. O lo que es lo mismo; las masas de patrimonio y capital.

NOTAS:

(1) https://rebelion.org/la-batalla-de-la-gravedad-newton-vs-einstein/

NOTA ACLARATORIA: este artículo
sigue la senda iniciada por el artículo:

1º.- EL LIBERALISMO Y LA DOCTRINA ECONÓMICA DE LOS TRES TANTOS
https://rebelion.org/el-liberalismo-y-la-doctrina-economica-de-los-tres-tantos/Que a su vez toma impulso del artículo:

Que a su vez trae impulso de:

2º.- VAROUFAKIS Y LA OTRA REALIDAD. LA REVOLUCIÓN ECONÓMICA EN EL SIGLO XXI

https://rebelion.org/varoufakis-y-la-otra-realidad-la-revolucion-economica-en-el-siglo-xxi/




Fuente: Rebelion.org