January 24, 2022
De parte de Traficantes
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Una ciudad, un barrio, la escalera de un portal. Este es el punto de partida de En mar abierto, una novela coral construida con episodios reales que, con mirada certera y desprejuiciada, narra las vicisitudes de unas personas a quienes nuestro mundo parece haberles dado la espalda.

Rachid, Ahmed y Simo, que encuentran refugio en el piso superior del edificio, han cruzado solos el Estrecho siendo aún niños. En el ojo del huracán de la policía —y de toda una sociedad que les coloca el estigma de ser menas—, tratan de construir una vida propia sin plegarse a los dictados de quienes quieren disciplinarlos o, directamente, expulsarlos del país. Carmen, la vecina del tercero, y Lamp, el apacible vendedor ambulante con el que se cruza en la escalera, van tejiendo su tierna amistad. Juan, siempre asomado a su ventana, reparte gañidos a todo el que pasa por debajo. Hay una anciana en el primero que aparta la cortina, pero jamás se asoma. Justo encima vive Rafa, el joven camarero que, cansado de su padre y de las vacas, ha emigrado del pueblo a la ciudad. Pronto conocerá a Jenny, la mujer que ha cruzado el charco con el único afán de sostener a quienes ha dejado atrás. Todos —y muchos más— conforman una historia de gentes que, en mar abierto, tratan de sobrevivir al temporal.

La nueva normalidad

El coronavirus es un gran promotor del civismo. Ayer la policía intervino en Gijón en una casa en la que se juntaban veintiocho gitanos. Migrantes y gitanos. Gente que se toca todo el rato, que se abraza, que grita y mete ruido. El virus se contagia mucho más si gritas y te magreas. El civismo europeo, por el contrario, es de naturaleza silenciosa e individualista. Nada de apelotonarse o tocarse, nada de dar voces. Los cívicos agentes de las multinacionales firman desde su teléfono la destrucción de los humedales de toda una región. Se saludan con el codo mientras acaparan millones de hectáreas de una antigua colonia. Talan un bosque desde Londres, y plantan en él palma africana. Agujerean una montaña para abrir una mina. Deslocalizan en el Sur industrias distópicas que producen decenas de millones de cerdos y de pollos. Luego echan la culpa del origen del ébola y del coronavirus a los murciélagos y a los pangolines. Y miran con horror a esa gente que, venida de cualquier rincón del mundo, no sabe lo que es el civismo.




Fuente: Traficantes.net