October 13, 2020
De parte de Cultura Y Anarquismo
1,727 puntos de vista

 



El
Estado
con
mascarilla



La
actual
crisis
ha
significado
unas
cuantas
vueltas
de
tuerca
en
el
control
social
por
parte
del
Estado.
Lo
principal
en
esa
materia
ya
estaba
bastante
bien
implantado
porque
las
condiciones
econ贸micas
y
sociales
que
hoy
imperan
as铆
lo
exig铆an;
la
crisis
no
ha
hecho
m谩s
que
acelerar
el
proceso.
Estamos
participando
a
la
fuerza
como
masa
de
maniobra
en
un
ensayo
general
de
defensa
del
orden
dominante
frente
a
una
amenaza
global.
El
coronavirus
19
ha
sido
el
motivo
para
el
rearme
de
la
dominaci贸n,
pero
igual
hubiera
servido
una
cat谩strofe
nuclear,
un
impasse
clim谩tico,
un
movimiento
migratorio
imparable,
una
revuelta
persistente
o
una
burbuja
financiera
dif铆cil
de
manejar.
No
obstante
la
causa
no
es
lo
de
menos,
y
la
m谩s
ver铆dica
es
la
tendencia
mundial
a
la
concentraci贸n
de
capitales,
aquello
a
lo
que
los
dirigentes
llaman
indistintamente
mundializaci贸n
o
progreso.
Dicha
tendencia
halla
su
correlato
en
la
tendencia
a
la
concentraci贸n
de
poder,
as铆
pues,
al
refuerzo
de
los
aparatos
de
contenci贸n,
desinformaci贸n
y
represi贸n
estatales.
Si
el
capital
es
la
sustancia
de
tal
huevo,
el
Estado
es
la
c谩scara.
Una
crisis
que
ponga
en
peligro
la
econom铆a
globalizada,
una
crisis
sist茅mica
como
dicen
ahora,
provoca
una
reacci贸n
defensiva
casi
autom谩tica
y
pone
en
marcha
mecanismos
disciplinarios
y
punitivos
de
antemano
ya
preparados.
El
capital
pasa
a
segundo
plano
y
entonces
es
cuando
el
Estado
aparece
en
toda
su
plenitud.
Las
leyes
eternas
del
mercado
pueden
tomarse
unas
vacaciones
sin
que
su
vigencia
quede
alterada.



El
Estado
pretende
mostrarse
como
la
tabla
salvadora
a
la
que
la
poblaci贸n
debe
de
agarrarse
cuando
el
mercado
se
pone
a
dormir
en
la
madriguera
bancaria
y
burs谩til.
Mientras
se
trabaja
en
el
retorno
al
orden
de
antes,
o
sea,
como
dicen
los
inform谩ticos,
mientras
se
intenta
crear
un
punto
de
restauraci贸n
del
sistema,
el
Estado
interpreta
el
papel
de
protagonista
protector,
aunque
en
la
realidad
este
se
asemeje
m谩s
al
de
buf贸n
macarra.
A
pesar
de
todo,
y
por
m谩s
que
lo
diga,
el
Estado
no
interviene
en
defensa
de
la
poblaci贸n,
ni
siquiera
de
las
instituciones
pol铆ticas,
sino
en
defensa
de
la
econom铆a
capitalista,
y
por
lo
tanto,
en
defensa
del
trabajo
dependiente
y
del
consumo
inducido
que
caracterizan
el
modo
de
vida
determinado
por
aquella.
De
alguna
forma,
se
protege
de
una
posible
crisis
social
fruto
de
otra
sanitaria,
es
decir,
se
defiende
de
la
poblaci贸n.
La
seguridad
que
realmente
cuenta
para
茅l
no
es
la
de
las
personas,
sino
la
del
sistema
econ贸mico,
esa
a
la
que
suelen
referirse
como
seguridad
鈥渘acional鈥.
En
consecuencia,
la
vuelta
a
la
normalidad
no
ser谩
otra
cosa
que
la
vuelta
al
capitalismo:
a
los
bloques
colmena
y
a
las
segundas
residencias,
al
ruido
del
tr谩fico,
a
la
comida
industrial,
al
trasporte
privado,
al
turismo
de
masas,
al

panem
et
circenses

Las
formas
extremas
de
control
como
el
confinamiento
y
la
distancia
interindividual
terminar谩n,
pero
el
control
continuar谩.
Nada
es
transitorio:
un
Estado
no
se
desarma
por
propia
voluntad,
ni
prescinde
gustosamente
de
las
prerrogativas
que
la
crisis
le
ha
otorgado.
Simplemente,
鈥渉ibernar谩鈥
las
menos
populares,
tal
como
ha
hecho
siempre.
Tengamos
en
cuenta
que
la
poblaci贸n
no
ha
sido
movilizada,
sino
inmovilizada,
por
lo
que
es
l贸gico
pensar
que
el
Estado
del
capital,
m谩s
en
guerra
contra
ella
que
contra
el
coronavirus,
trata
de
curarse
en
salud
imponi茅ndole
condiciones
cada
vez
m谩s
antinaturales
de
supervivencia.



El
enemigo
p煤blico

designado
por
el
sistema

es
el
individuo
desobediente,
el
indisciplinado
que
hace
caso
omiso
de
las
贸rdenes
unilaterales
de
arriba
y
rechaza
el
confinamiento,
se
niega
a
permanecer
en
los
hospitales
y
no
guarda
las
distancias.
El
que
no
comulga
con
la
versi贸n
oficial
y
no
se
cree
sus
cifras. 



Evidentemente,
nadie
se帽alar谩
a
los
responsables
de
dejar
a
los
sanitarios
y
cuidadores
sin
equipos
de
protecci贸n
y
a
los
hospitales
sin
camas
ni
unidades
de
cuidados
intensivos
suficientes,
a
los
mandamases
culpables
de
la
falta
de
tests
de
diagn贸stico
y
respiradores,
o
a
los
jerarcas
administrativos
que
se
despreocuparon
de
los
ancianos
de
las
residencias.
Tampoco
apuntar谩
el
dedo
informativo
a
expertos
desinformadores,
a
empresarios
que
especulan
con
los
cierres,
a
los
fondos
buitre,
a
los
que
se
beneficiaron
con
el
desmantelamiento
de
la
sanidad
p煤blica,
a
quienes
comercian
con
la
salud
o
a
las
multinacionales
farmac茅uticas鈥
La
atenci贸n
estar谩
siempre
dirigida,
o
mejor
teledirigida,
a
cualquier
otro
lado,
a
la
interpretaci贸n
optimista
de
las
estad铆sticas,
al
disimulo
de
las
contradicciones,
a
los
mensajes
paternalistas
gubernamentales,
a
la
incitaci贸n
sonriente
a
la
docilidad
de
las
figuras
medi谩ticas,
al
comentario
chistoso
de
las
banalidades
que
circulan
por
las
redes
sociales,
al
papel
higi茅nico,
etc.
El
objetivo
es
que
la
crisis
sanitaria
se
compense
con
un
grado
mayor
de
domesticaci贸n.
Que
no
se
cuestione
un
谩pice
la
labor
de
los
dirigentes.
Que
se
soporte
el
mal
y
que
se
ignore
a
los
causantes.



La
pandemia
no
tiene
nada
de
natural;
es
un
fen贸meno
t铆pico
de
la
forma
insalubre
de
vida
impuesta
por
el
turbocapitalismo.
No
es
el
primero,
ni
ser谩
el
煤ltimo.
Las
v铆ctimas
son
menos
del
virus
que
de
la
privatizaci贸n
de
la
sanidad,
la
desregulaci贸n
laboral,
el
despilfarro
de
recursos,
la
poluci贸n
creciente,
la
urbanizaci贸n
desbocada,
la
hipermovilidad,
el
hacinamiento
concentracionario
metropolitano
y
la
alimentaci贸n
industrial,
particularmente
la
que
deriva
de
las
macrogranjas,
lugares
donde
los
virus
encuentran
su
inmejorable
hogar
reproductor.
Condiciones
todas
ellas
id贸neas
para
las
pandemias.
La
vida
que
deriva
de
un
modelo
industrializador
donde
los
mercados
mandan
es
aislada
de
por
s铆,
pulverizada,
estabulada,
tecnodependiente
y
propensa
a
la
neurosis,
cualidades
todas
que
favorecen
la
resignaci贸n,
la
sumisi贸n
y
el
ciudadanismo
鈥渞esponsable鈥.
Si
bien
estamos
gobernados
por
in煤tiles,
ineptos
e
incapaces,
el
谩rbol
de
la
estupidez
gobernante
no
ha
de
impedirnos
ver
el
bosque
de
la
servidumbre
ciudadana,
la
masa
impotente
dispuesta
a
someterse
incondicionalmente
y
encerrarse
en
pos
de
la
seguridad
aparente
que
le
promete
la
autoridad
estatal.
Esta,
en
cambio,
no
suele
premiar
la
fidelidad,
sino
guardarse
de
los
infieles.
Y,
para
ella,
en
potencia,
infieles
lo
somos
todos.



En
cierto
modo,
la
pandemia
es
una
consecuencia
del
empuje
del
capitalismo
de
estado
chino
en
el
mercado
mundial.
La
aportaci贸n
oriental
a
la
pol铆tica
consiste
sobre
todo
en
la
capacidad
de
reforzar
la
autoridad
estatal
hasta
l铆mites
insospechados
mediante
el
control
absoluto
de
las
personas
por
la
v铆a
de
la
digitalizaci贸n
total.
A
esa
clase
de
virtud
burocr谩tico-policial
podr铆a
a帽adirse
la
habilidad
de
la
burocracia
china
en
poner
la
misma
pandemia
al
servicio
de
la
econom铆a.



El
r茅gimen
chino
es
todo
un
ejemplo
de
capitalismo
tutelado,
autoritario
y
ultradesarrollista
al
que
se
llega
tras
la
militarizaci贸n
de
la
sociedad.
En
China
la
dominaci贸n
tendr谩
su
futura
edad
de
oro.
Siempre
hay
pusil谩nimes
retardados
que
lamentar谩n
el
retroceso
de
la
鈥渄emocracia鈥
que
el
modelo
chino
conlleva,
como
si
lo
que
ellos
denominan
as铆
no
fuera
otra
cosa
que
la
forma
pol铆tica
de
un
periodo
obsoleto,
el
que
correspond铆a
a
la
partitocracia
consentida
en
la
que
ellos
participaban
gustosamente
hasta
ayer.
Pues
bien,
si
el
parlamentarismo
empieza
a
ser
impopular
y
maloliente
para
los
dirigidos
en
su
mayor铆a,
y
por
consiguiente,
resulta
cada
vez
menos
eficaz
como
herramienta
de
domesticaci贸n
pol铆tica,
en
gran
parte
es
debido
a
la
preponderancia
que
ha
adquirido
en
los
nuevos
tiempos
el
control
policial
y
la
censura
sobre
malabarismo
de
los
partidos.
Los
gobiernos
tienden
a
utilizar
los
estados
de
alarma
como
herramienta
habitual
de
gobierno,
pues
las
medidas
que
implican
son
las
煤nicas
que
funcionan
correctamente
para
la
dominaci贸n
en
los
momentos
cr铆ticos.
Ocultan
la
debilidad
real
del
Estado,
la
vitalidad
que
contiene
la
sociedad
civil
y
el
hecho
de
que
al
sistema
no
le
sostiene
su
fuerza,
sino
la
atomizaci贸n
de
sus
s煤bditos
descontentos.
En
una
fase
pol铆tica
donde
el
miedo,
el
chantaje
emocional
y
los
big
data
son
fundamentales
para
gobernar,
los
partidos
pol铆ticos
son
mucho
menos
煤tiles
que
los
t茅cnicos,
los
comunicadores,
los
jueces
o
la
polic铆a.



Lo
que
m谩s
debe
de
preocuparnos
ahora
es
que
la
pandemia
no
solo
culmine
algunos
procesos
que
vienen
de
antiguo,
como
por
ejemplo,
el
de
la
producci贸n
industrial
estandardizada
de
alimentos,
el
de
la
medicalizaci贸n
social
y
el
de
la
regimentaci贸n
de
la
vida
cotidiana,
sino
que
avance
considerablemente
en
el
proceso
de
la
digitalizaci贸n
social.
Si
la
comida
basura
como
dieta
mundial,
el
uso
generalizado
de
remedios
farmacol贸gicos
y
la
coerci贸n
institucional
constituyen
los
ingredientes
b谩sicos
del
pastel
de
la
cotidianidad
posmoderna,
la
vigilancia
digital
(la
coordinaci贸n
t茅cnica
de
las
videoc谩maras,
el
reconocimiento
facial
y
el
rastreo
de
los
tel茅fonos
m贸viles)
viene
a
ser
la
guinda.
De
aquellos
polvos,
estos
lodos.
Cuando
pase
la
crisis
casi
todo
ser谩
como
antes,
pero
la
sensaci贸n
de
fragilidad
y
desasosiego
permanecer谩
m谩s
de
lo
que
la
clase
dominante
desear铆a.
Ese
malestar
de
la
conciencia
restar谩
credibilidad
a
los
partes
de
victoria
de
los
ministros
y
portavoces,
pero
est谩
por
ver
si
por
s铆
solo
puede
echarlos
de
la
silla
en
la
que
se
han
aposentado.
En
caso
contrario,
o
sea,
si
conservaran
su
poltrona,
el
porvenir
del
g茅nero
humano
seguir铆a
en
manos
de
impostores,
pues
una
sociedad
capaz
de
hacerse
cargo
de
su
propio
destino
no
podr谩
formarse
nunca
dentro
del
capitalismo
y
en
el
marco
de
un
Estado.
La
vida
de
la
gente
no
empezar谩
a
caminar
por
senderos
de
justicia,
autonom铆a
y
libertad
sin
desprenderse
del
fetichismo
de
la
mercanc铆a,
apostatar
de
la
religi贸n
estatista
y
vaciar
sus
grandes
superficies
y
sus
iglesias.



 




Miquel
Amor贸s




Fuente: Culturayanarquismo.blogspot.com