November 14, 2021
De parte de ANRed
1,849 puntos de vista

Amelia Tiganus. | Foto: Cèlia Atset

La activista Amelia Tiganus publica su primer libro, ‘La revuelta de las putas’, y habla de cuál es la propuesta que recoge en este ensayo para abolir el sistema prostitucional, del que ella formó parte durante cinco años. Por Teresa Villaverde (Pikara Magazine)


“Un reto de las abolicionistas [del sistema prostitucional] es ser capaces de explicar el abolicionismo y bajarlo a tierra”, dice Amelia Tiganus. Y añade entre risas: “Algunas lo hacemos muy bien. Aquí mi humildad se ha ido a la mierda”. Ya lo avisa en su libro, La revuelta de las putas. De víctima a activista, donde escribe que lleva “en la piel la chulería del proletariado y su manera de andar, sentarse y estar”. Algo de eso hay, pero más que chulería, y se esté de acuerdo con ella o no, lo que destilan sus palabras es claridad.

Subraya que el libro, publicado en septiembre por la editorial Ediciones B, no es una recopilación de memorias, sino “un ensayo teórico, político” en el que hace “un análisis global de una institución patriarcal y de un sistema prostitucional. De una multinacional criminal”. A veces se expresa así de contundente, otras veces tiene comentarios para casi todo, por lo que sus frases se alargan y acogen digresiones y matices, entre comas y pausas. Tiganus habla desde su experiencia, pero trata de hacerlo de forma universal, de politizar lo que ha vivido. Su libro, por tanto, no es una autobiografía, pero sí recoge historias de su infancia en Rumanía, descripciones de su trabajo como prostituta –ejerció en el Estado español en distintos burdeles durante cinco años–, y reflexiones y anécdotas de su recorrido como activista por la abolición de la prostitución. Estas reflexiones siempre le sirven para explicar los conceptos, como su radiografía de los puteros o de la construcción de la prostituta. Todo el ensayo se dirige hacia una propuesta que, según explica la activista, lleva trabajando desde hace cinco años “aplicándola a pequeña escala. Y funciona”.

Arranquemos por la base… ¿qué es abolir la prostitución?

Abolición no es lo opuesto a regulación, reglamentación, derechos o prosex. Estamos acostumbradas a pensar en dicotomías, o esto o esto, y de la misma forma que el feminismo no es lo opuesto al machismo, sino otro camino, el abolicionismo no es lo opuesto al reglamentarismo sino otro camino. Lo opuesto al regulacionismo sería el prohibicionismo, que en la historia del patriarcado han ido de la mano. La prostitución ha estado o prohibida o regulada según intereses. Muchas veces ha sido la propia iglesia la que la ha regulado porque entendía que era un mal menor que garantizaba que las buenas mujeres no sufrieran agresiones sexuales.

Hace unos días, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, dijo que quería abolir la prostitución, pero no especificó nada más. En el libro tú sí hablas de claves y de otras leyes, como la de extranjería. ¿Qué opinas, entonces, de la propuesta?

Creo que es bueno que el presidente haya puesto sobre la mesa esta palabra, la abolición de la prostitución, para generar un debate social que se salga de los círculos que hasta ahora teníamos plena conciencia de ello. Nuestro gran reto ahora, hablo por las abolicionistas, es conseguir que estas medidas abolicionistas estén acordes a nuestra agenda política.

¿Cuáles son esas medidas? ¿Sirve la misma agenda para todo tipo de prostitución o deberíamos distinguir?

Esto no tiene que ver con deseos y necesidades individuales, sino con cómo legislamos para que no aumente la desigualdad entre los sexos y entre las clases sociales. A partir de ahí la agenda abolicionista exige derechos para las mujeres. Cada vez hay más mujeres desesperadas que no encuentran otra salida para sobrevivir, que solo se les deja el lugar de chuparles la polla a los señores, porque les sobra el dinero que a nosotras nos falta. Ese dinero está mal repartido, y lo sabemos las feministas. Entendemos por derechos una ayuda económica, como sería la renta básica, que sabemos que no soluciona nada, sino que es una base mínima para poder agarrarse a algo. Pero también exigimos el acceso a una vivienda digna, con terapia, asesoramiento jurídico, acompañamiento psicosocial, trabajo genuino, todo esto en políticas públicas. Porque esto no es cuestión de oenegés, de buenismo. No es eso, es que este sistema nos arroja a ese lugar de la vida.

El segundo eje de nuestra agenda política es que se persigan todas las formas de proxenetismo. Y entendemos que la tercería locativa, es decir, alquilar espacios a terceros y de esta forma lucrarse con la prostitución ajena, tiene que estar penada por ley –por no estar penada tenemos más de 1700 prostíbulos a lo largo y ancho de nuestra geografía y cada vez proliferan más pisos–. Aquí no hablo de mujeres que en su vida quieran cobrar por sexo… Nadie se va a meter en la cama de nadie, en con quién follan, en cuánto dinero tenían antes en la cartera y cuánto después.

Entonces, ¿no podemos considerar que las prostitutas autogestionadas estén ejerciendo un trabajo?

El problema es que, si consideramos esto un trabajo, entonces sí se metería en nuestra cama Hacienda. Y justamente nos llaman [a las abolicionistas] puritanas, nos dicen que nos metemos en la cama de la gente. Y no. También entendemos que habría que penalizar el rufianismo. Muchas mujeres están doblemente explotadas por aquellos llamados empresarios de alterne, empresarios de locales de sexo o agencias de escorts, y luego son víctimas de sus parejas. También haría falta una reforma del Código Penal porque, en el 2015, el Partido Popular –esta gente que va a misa y luego al puticlub– despenalizó lo que se llama el proxenetismo no coercitivo, es decir, el consentido. ¿Cómo podemos dejar sobre los hombros de las propias víctimas de explotación sexual esa carga del consentimiento? El consentimiento muchísimas veces es sinónimo de sometimiento. Porque a las mujeres, para sobrevivir, no nos queda otro remedio que someternos. A este sistema y a toda esta basura que hay para nosotras. Es un desajuste de poder. Otro punto, el que más desacuerdos genera en una parte, es que hay que multar a los puteros. ¿Por qué? Porque entendemos que abusan de su situación de poder, de los privilegios que les da el patriarcado. Anteponen sus deseos sexuales a la condición humana de las mujeres. Esto tiene que ver con los derechos humanos, no es un capricho.

Hablas de facilitar ayudas económicas, pero en el libro cuentas cómo en algunas comunidades donde ya se hace, como en Navarra, los propios proxenetas las piden por las mujeres y se las quedan. ¿Cómo se controla esto?

Cuando hablamos de estos tres ejes siempre tienen que formar parte de una ley integral. No pueden ir por partes. Si reformamos el Código Penal y perseguimos todas las formas de proxenetismo, es un paso adelante, pero la situación seguiría siendo la misma porque las mujeres seguirían sin los derechos que he mencionado. Ahora, gracias entre comillas a la llamada ley mordaza, sí se multa a los puteros, esos hombres de este país que no quieren escuchar un no, que no quieren aprender a relacionarse con las mujeres de igual a igual, negociando el placer, negociando incluso el buen trato, el reconocer al otro. Pero el gran problema es que también se multa a las mujeres. Hay que descriminalizar a las mujeres en prostitución. Lo último que se les puede hacer en esa situación de abandono absoluto, exclusión y crueldad es, además, multarlas. Y, además, la ley mordaza no multa al putero porque entiende que es un agresor sexual que abusa de su poder y que vulnera los derechos humanos de las mujeres. No, porque esta ley está creada por el PP, que tiene una visión prohibicionista, que no pone en el centro del análisis los derechos humanos, la igualdad o el feminismo, sino que simplemente no quiere que [la prostitución] se vea.

¿Y qué hacemos con la ley de extranjería?

Resulta que si reformamos –porque no sé si es muy posible derogarla de golpe, pero sí en un futuro– la ley de extranjería, porque es una de las que más vulnera los derechos humanos de personas migradas de Europa y del mundo, sin tener una ley integral abolicionista del sistema prostitucional, lo que estaríamos favoreciendo es que lleguen más mujeres, les salga más barato para los proxenetas y que lo único que les estemos dando es la esquina o la rotonda o el puticlub o el piso para servir sexualmente a nuestros maridos, hermanos, policías, médicos, profesores, jueces, fiscales… La reforma tiene que formar parte de esta ley integral. Si pudiéramos saber cuántas mujeres hay, porque no lo sabemos, cuáles son las repercusiones sobre la salud física y psicológica de las mujeres… Últimamente estoy escuchando por parte de la izquierda, y no solo, medidas destinadas a la salud y el bienestar social de las personas, como pueden ser cerrar los locales de juegos, que es muy acertado, o prohibir la publicidad de alimentos perjudiciales, también en nombre de la salud. ¿Y a quién le importa la salud de las mujeres más vulneradas y empobrecidas de este planeta? ¿De quién estamos hablando cuando hablamos de las mujeres prostituidas? Qué casualidad que elijamos a las mujeres del sur global, que incluye al este de Europa, y especialmente a Rumanía, como gran exportador de mercancía, que somos nosotras, las mujeres y las niñas.

Sobre la tercería locativa que se recupera en la ‘ley del solo sí es sí’ propuesta por el Ministerio de Igualdad, hay quien dice que habría que matizarla, porque si una prostituta ejerce en su piso de alquiler, puede que a la persona arrendadora se le acuse de proxenetismo, o a quien les lleva en el taxi.

Eso es una falacia. Si yo en mi piso pago un alquiler de 500 euros, ¿a quién le importa quién viene y quién sale de mi casa realmente? El problema es cuando me cobran 3.000 euros porque saben que ejerzo la prostitución y abusan de eso y se lucran con la prostitución ajena. O el taxista, si te cobra un precio único, que es lo que pasa cuando trabajan con los prostíbulos, que no ponen ni si quiera el contador porque nosotras no sabemos si el viaje valía 5 euros o 20 euros, eso sí. Pero mientras cada casero cobre lo acorde a lo que vale un alquiler o el taxista cobre lo que vale el viaje sin abusar y sin lucrarse de la prostitución, no hay problema.

En tu libro hablas también de que ahora mismo mucha prostitución se gestiona a través de aplicaciones y páginas web. ¿Es más difícil atajar la prostitución ahí?

No, no es tan difícil de controlar, es que no hay interés. Ahora mismo es muy fácil que haya quien se lucre a través de servidores y páginas donde las mujeres se anuncian y se les cobra un pastizal. Esto está ligado también con los foros de puteros, donde se puntúa a las mujeres. Y un mal comentario ya sabemos lo que significa para los negocios. Entonces, muchas veces, los que moderan los foros exigen a las mujeres prostituidas una mamada para quitar el comentario. Es atroz caer en esa espiral y que además nadie te crea porque van con el discurso de tú te lo has buscado.

¿De qué foros estamos hablando?

Forocoches o Putalocura.com son de los más conocidos, pero están proliferando. En Bilbao hay uno donde se dan consejos para que su parienta –así la llaman, porque la mayoría de los hombres tienen un compromiso con una mujer o varias– no les pille. “Llévate tu gel de ducha para que no huelas a otro distinto”, “pon bien la OTA para que no te llegue la multa y que te diga ‘¿pero qué hacías en tal calle si se supone que estabas trabajando?’”. Hay una complicidad machirula misógina tremenda para ver cómo nos utilizan a todas y nos engañan y tienen una doble vida.

Cuando se habla de abolicionismo, quienes se definen como proderechos o regulacionistas suelen señalar que no se habla de abolir también el matrimonio como sistema, como la otra cara del problema. ¿Qué opinas?

En el libro lo abordo desde mi subjetividad y conocimientos teóricos. Cuando me convertí en una buena mujer, cuando me casé, me di cuenta de cómo se me miraba de otra forma. Y muchas mujeres que son criadas para el matrimonio, aunque no se den cuenta porque lo viven con total normalidad, no son capaces de criticar lo bastante esta institución patriarcal. Yo creo que cada vez hay más mujeres jóvenes que se suman al abolicionismo y que llevan integrada esa parte también, no solo de criticar el matrimonio, sino de deslegitimarlo. Abolir, si buscáramos un sinónimo, sería deslegitimar con todos los recursos posibles. Yo creo que el abolicionismo –que surgió en la mente de las mujeres que tenían el estómago lleno y donde caerse muertas, porque es lo que permite poder pensar–, ahora se está trasladando a las clases populares. Y me parece injusto decir “lucháis por eso, pero por lo otro no”. Es que hay muchísimas causas muy justas en este mundo y muchas luchas y podemos apoyarlas, pero no podemos estar en todas.

En el libro también describes cómo se construye una puta y lo haces desde tu infancia y las agresiones que sufriste en Rumanía.

Cuando conceptualicé, porque es un concepto mío, este término de la fabricación de las putas, me hacía gracia porque la gente lo banaliza todo como si estuviéramos hechas de otra pasta. Pero no, oye, ninguna niña sueña con ser puta. Y muchas veces escuchaba que es la pobreza la que nos empuja a la prostitución. Reflexionando sobre ello pensé que no todas las mujeres pobres acaban en la prostitución. Es verdad que desde el origen del patriarcado se fundan estas dos instituciones claves para dominar y controlar la capacidad sexual y reproductiva de las mujeres, que son el matrimonio y la prostitución. Y ese origen sí tuvo que ver con la clase, porque los padres que no tenían propiedades y no podían casar a sus hijas en concepto de hacer negocio, pues las prostituían para sobrevivir. Pero no todas las mujeres pobres acaban ahí. Sin embargo, todas las que sí lo hacen hemos sufrido la violencia sexual. La pobreza no nos empuja a la prostitución, son los hombres pobres los que nos instrumentalizan para así obtener algo de poder de los hombres ricos. Es un intercambio. Es la misma lógica que cuando se implementó el patriarcado.

Hablas también del trauma que provocan esas agresiones.

Hay un gran desconocimiento de qué pasa en la mente humana cuando te agreden sexualmente. Hay quien dice “qué va, esta no tiene trauma”, porque te ven fuerte. Justamente esa desconexión que hay entre las emociones y el propio cuerpo es una señal del trauma. Mucha gente da por hecho que una mujer que ha sufrido violencia sexual rechaza de raíz tener cualquier encuentro con los hombres. Y ese puede ser un extremo del trauma, pero es el menos presente. El hecho de acabar repitiendo hasta la saciedad, compulsivamente, aquello que nos dañó, es la respuesta más común. El sistema aprovecha ese trauma, porque la propia sociedad nos expulsa y nos margina. A los proxenetas entonces les es muy fácil vendernos la salvación. Cuando vemos a nuestros maltratadores como personas que nos cuidan y nos salvan de algo, salir de ahí es mucho más difícil. Es equivalente a cualquier relación de malos tratos. En la pareja lo hemos podido ver. Ahora hace falta verlo en la prostitución.

Escribes una frase que me gusta mucho relacionada con el tema de la clase: “Dicen que las putas somos clase trabajadora, pero somos las hijas de la clase trabajadora”. Me recuerda a Flora Tristán cuando dice que las mujeres son las obreras del proletariado.

Sí, porque últimamente estoy escuchando mucho eso: “Las putas somos la clase trabajadora”. Sí, pero somos la clase trabajadora que no tenemos trabajo. Me horroriza que hombres de izquierdas, sindicalistas, comunistas, anarquistas no sean capaces de ver dónde está el problema. No ya cuando los hombres de clases sociales altas abusan de sus compañeras, de su propia clase, sino cuando los de las clases bajas se van con esos de la mano para abusar sexualmente de las mujeres de su propia clase. Eso me revienta, no lo soporto. Deja de manifiesto cómo en la izquierda está impregnado el machismo más atroz que les impide ver dónde está el problema.

En el libro cuentas que en la firma de tu cómic, Amelia. Historia de una lucha, apareció un chico, acompañando a una amiga que le había llevado hasta allí, que te explicó sus visitas a un burdel. Le llamas el putero arrepentido. En ese momento le explicas lo que siempre cuentas y dices que sientes que has pasado de puta a sacerdotisa. ¿Qué le dirías al putero que nos lea? Porque alguno nos leerá, seguro.

Sí, son cuatro hombres de cada diez, o sea que…

Pero las cifras son poco fiables y no están muy actualizadas, estaría bien que se hicieran estudios más recientes.

Sobre todo porque tengo la sensación de que son más. Pero como no hay estudios recientes sobre ello, lo dejamos en el último que tenemos. Se consumen cinco millones de euros al día [en prostitución en el Estado español] y están incluidos en el cálculo del PIB, forman parte de la economía global. Y si introducimos el dinero que mueve también la pornografía en esta industria de la explotación sexual, mueve más dinero que las drogas y las armas.

Pedí esa cifra al Instituto Nacional de Estadística y dijeron que no me la podían dar.

Claro, saben que están con la mierda debajo de la alfombra.

Y volviendo al putero que nos lea, ¿qué le dirías?

Digo lo que se puede o lo que… [risas]

Lo que quieras que salga publicado.

Espera, que tengo que regular mis emociones ahora mismo. Creo que hay hombres que consumen prostitución porque no se han parado a pensarlo y lo tienen naturalizado. Y cuando se dan cuenta le dan un sentido a aquel vacío emocional que ellos mismos sintieron cuando fueron de putas, empujados por las dinámicas de grupo. Luego hay hombres a los que les da igual porque se sienten muy cómodos ahí, porque no les cuesta ningún esfuerzo cumplir con los estereotipos del macho de verdad. Pero a los que les cuesta más es posible que sea más fácil que tomen conciencia y digan, “mira, yo me quito esto de encima”. Esos hombres que no consumen, que son mayoría, y los que lo han hecho pero han tomado conciencia, tienen que señalar y, sobre todo, cuestionar a los que seguirán. No es suficiente con que no te vayas de putas, con que te arrepientas, tienes que posicionarte. Y, sobre todo, señalar a quienes ensucian el nombre de los hombres.

También haces una propuesta abolicionista concreta para llegar a la revuelta de las putas, ¿puedes resumirla?

Es un llamamiento a las mujeres que no están ni van a estar en prostitución jamás: que se bajen al suelo prostitucional, pero no para corear todas somos putas sino para darnos la mano y que podamos empoderarnos en el feminismo y crear un orgullo. Yo hablo de que la industria de la explotación sexual tiene muy fácil crear el orgullo de la puta. Los seres humanos necesitamos formar parte de algo y ser valoradas, aunque esa valoración nos la dé quien nos explota y maltrata, pero es una necesidad de supervivencia. Más allá de la postura que podamos tener sobre la prostitución, hace falta que las mujeres conozcan el feminismo y puedan tener herramientas para analizar el marco económico, político, sociocultural para así liberarse también de la carga de la culpa. Y que sean las mujeres en prostitución las que, acompañadas, sin ser juzgadas –porque muchas veces escucho “ay, está en prostitución, hay que sacarla, por favor” – articulen un discurso de qué es lo que quieren, pero conociendo todo. En este mundo resulta que las mujeres hemos nacido para satisfacer a los hombres. De hecho, nos han dividido en dos.

Pero conozco a mujeres, algunas con estudios, algunas nacidas aquí, feministas, que se prostituyen por cuenta propia. Y lo hacen porque quieren. Por una necesidad relativa. Ganan más por menos tiempo de trabajo y pueden estudiar a la vez, por ejemplo. O, simplemente, trabajar menos horas y por su cuenta.

No voy a meterme en el debate de lo que a una le puede venir o dejar de venir bien. El problema no es ese, y esas seguirán pudiendo hacerlo. Esto no es algo personal. Si es lo que prefieren y lo desean, adelante. Antes dije que hay que descriminalizar a las mujeres. Una mujer en esa situación, que lo elige, incluso va a tener herramientas jurídicas para que, si el putero de repente le exige algo que ella no quiere –porque eso es lo que les pone a los puteros, que las putas pongamos límites para romperlos–, ella tendría la ley en la mano para denunciar a ese putero y él estaría sancionado y ella no. Porque las mujeres jamás van a ser perseguidas o multadas en un marco de una ley abolicionista del sistema prostitucional. Pero también tiene que ver con que los seres humanos tenemos que ser vistos para ser reconocidos, entonces a las mujeres solo se nos ve en cuanto que somos objetos sexuales y despertamos deseo sexual en los hombres. Hablando de modelos y referentes, las mujeres somos pobres no solo por la feminización de la pobreza, sino también por la falta de referentes, y las chicas adolescentes de hoy en día reciben ese mensaje constantemente por internet y redes sociales. Entonces estamos vendiendo un modelo de empoderamiento totalmente acorde al capitalismo neoliberal, que tiene en su raíz el modelo patriarcal: que las mujeres hemos nacido para servir a los hombres, sexualmente, para cuidar, criar, parir.





Fuente: Anred.org