May 4, 2022
De parte de SAS Madrid
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Antes de la pandemia de covid ya se advertía de una epidemia de aislamiento que perjudicaba el bienestar físico y la esperanza de vida.

NUEVA YORK — Durante dos años no viste a tus amigos como acostumbrabas. Extrañaste a tus compañeros de trabajo, incluso al barista que veías de camino a la oficina.

Estabas aislado. Todos lo estábamos.

Esto es lo que los neurocientíficos creen que ocurría en tu cerebro.

El cerebro humano, que ha evolucionado para buscar la seguridad en los grupos, registra la soledad como una amenaza. Los centros neuronales que vigilan el peligro, entre ellos la amígdala, se activan de manera exagerada, provocando la liberación de las hormonas del estrés de “lucha o huida”. El ritmo cardiaco aumenta, la presión arterial y el nivel de azúcar en la sangre se incrementan para proporcionar energía en caso de que la necesites. El cuerpo produce más células inflamatorias para reparar los daños en los tejidos y evitar las infecciones, y genera menos anticuerpos para combatir los virus. Inconscientemente, empiezas a ver a los demás un poco más como posibles amenazas —fuentes de rechazo o apatía— y menos como amigos, remedios para tu soledad.

Y en un giro cruel, tus medidas de protección para aislarte del coronavirus en realidad pueden hacerte menos resistente a él, o menos receptivo a la vacuna, porque tienes menos anticuerpos para combatirlo.

Durante dos años, la ciudad de Nueva York, donde un millón de personas viven solas, fue un experimento sobre la soledad: nueve millones de personas aisladas con celulares y servicios de entrega a domicilio las 24 horas, apartadas de los lugares donde solían reunirse. Los terapeutas estaban saturados, incluso cuando decenas de miles de neoyorquinos lloraban la muerte de un mejor amigo, un cónyuge, una pareja o un padre.

Para Julie Anderson, directora de documentales, el dolor se manifiesta todos los días a las cinco de la tarde, la hora en que solía pensar en cenar con amigos, planes para la noche que ahora se reducen a ver la televisión sola. Stephen Lipman, artista plástico del Bronx, lo siente en las horas muertas, que antes eran un momento muy apreciado para trabajar en su arte y ahora están vacías de ideas o motivación. Eduardo Lazo, cuya esposa murió de cáncer de páncreas a principios de la pandemia, lo siente a cada minuto, como el fin del mundo que crearon juntos.

“¿Quién no ve el suicidio como una opción en esa coyuntura de la vida?”, preguntó. “Pero soy creyente, y eso acabaría con cualquier posibilidad de estar con mi mujer o mis seres queridos cuando muera. No puedo poner en peligro esa posibilidad”.

Robin Solod, que vive sola en el Upper East Side de Manhattan, pensaba que era una candidata poco probable para sentir soledad.

“Estaba demasiado ocupada cotorreando”, dijo sobre su vida antes de la pandemia. “Sopa de pollo en el Mansion Diner. Íbamos a Zabar’s en el West Side todas las semanas, comprábamos un bagel, nos sentábamos y charlábamos. ¿Quién estaba en casa? Yo nunca estaba en casa. Entonces, de repente, todo se detuvo”.

Ahora que por fin se levantan algunas de las restricciones de la pandemia y Nueva York vuelve a tener cierta apariencia de normalidad, se desconocen los efectos duraderos de dos años de aislamiento prolongado y la soledad que conllevaron. Algunas personas suspendieron casi toda interacción física, otras fueron más sociables, pero pocas superaron los diversos confinamientos y picos sin experimentar cierta sensación de pérdida por las conexiones humanas que les hacían falta.

Para Solod, que creía que “la gente es mi aire”, uno de los golpes más duros llegó justo antes de la pandemia, cuando tuvo que separarse de su fiel compañera, una shih tzu rescatada llamada Annie. Solod, de 67 años, tiene problemas de salud que la mantienen en una silla de ruedas, y llegó a un punto en que sintió que ya no podía cuidar de la perrita.

“Ahora Annie vive en Long Island, y me siento muy sola sin ella”, comentó. “Nunca he vivido sin un perro. Mi entorno siempre ha sido mi perro, el parque, la gente con perros en el edificio. Esa era la conexión. Todo ha cambiado”.

La biología de una epidemia

La soledad, como la definen los profesionales de la salud mental, es una brecha entre el nivel de conexión que deseas y el que tienes. No es lo mismo que el aislamiento social, que está codificado en las ciencias sociales como una medida de los contactos de una persona. La soledad es un sentimiento subjetivo. Las personas pueden tener mucho contacto y aun así sentirse solas, o estar perfectamente satisfechas cuando están por su cuenta.

Para muchos neoyorquinos, la pandemia trajo demasiado contacto con los demás, en departamentos, lugares de trabajo o trenes subterráneos llenos de gente. Pero los contactos no eran necesariamente satisfactorios o deseados y tal vez parecían peligrosos. Eso también es una condición de la soledad.

En pequeñas dosis, la soledad es como el hambre o la sed, una señal saludable de que te falta algo y debes buscar lo que necesitas. Pero si se prolonga más tiempo, la soledad puede ser perjudicial no solo para la salud mental, sino también para la salud física.

Incluso antes de la pandemia, la máxima autoridad de Salud de Estados Unidos, Vivek Murthy, dijo que el país estaba experimentando una “epidemia de soledad”, impulsada por el ritmo acelerado de la vida y la propagación de la tecnología a todas nuestras interacciones sociales. Con esta aceleración, afirmó, la eficiencia y la conveniencia han “desplazado” el desorden de las relaciones reales, que requieren mucho tiempo.

El resultado es una crisis de salud pública al nivel de la crisis de opioides o la obesidad, comentó Murthy. En un estudio de 2018 realizado por la Kaiser Family Foundation, uno de cada cinco estadounidenses afirmó que siempre o con frecuencia se sentía solo o socialmente aislado.

La pandemia exacerbó esas emociones. En una encuesta reciente realizada en toda la ciudad por el Departamento de Salud de Nueva York, el 57 por ciento de las personas señalaron que se sentían solas parte o la mayor parte del tiempo, y dos tercios dijeron haberse sentido socialmente aislados en el mes anterior.

“La soledad tiene consecuencias reales para nuestra salud y bienestar”, aseguró Murthy.

Estar solo, como otras formas de estrés, aumenta el riesgo de padecer trastornos emocionales como depresión, ansiedad y abuso de sustancias. De manera menos obvia, también pone a las personas en mayor riesgo de sufrir dolencias físicas que parecen no estar relacionadas, como enfermedades cardiacas, cáncer, derrames cerebrales, hipertensión, demencia y muerte prematura. En experimentos de laboratorio, las personas solitarias que estuvieron expuestas a un virus del resfriado tenían más probabilidades de desarrollar síntomas que las personas que no estaban solas.

Un meta análisis, citado a menudo, realizado por Julianne Holt-Lunstad, de la Universidad Brigham Young, comparó los efectos de riesgo de la soledad, el aislamiento y de tener redes sociales débiles con fumar 15 cigarrillos al día.

“El público en general reconoce cómo la soledad puede influir en nuestros niveles de angustia, en nuestra salud emocional o mental”, dijo Holt-Lunstad. “Pero probablemente no reconocemos las sólidas pruebas de los efectos en nuestra salud física”.

Tampoco reconocemos el costo económico.

En Estados Unidos, el aislamiento social y la soledad se asocian a un gasto adicional de 6700 millones de dólares en Medicare y le cuestan a los empresarios más de 154.000 millones de dólares anuales en bajas laborales relacionadas con el estrés, y más en rotación de personal, según estudios de AARP y el gigante de los seguros Cigna.

Sin embargo, la cultura se ha movido lentamente para abordar la epidemia, dijo Murthy, al tratar a la soledad como un sentimiento desagradable en lugar de una crisis de salud pública. “Hay más adultos que luchan contra la soledad que los que tienen diabetes”, dijo. “Sin embargo, pensemos en la discrepancia en la atención que prestamos a estos dos trastornos”.

Una erosión

Antes de la pandemia, a Solod no le preocupaba nada de esto. Vivía sola, lo que la ponía en mayor riesgo de aislamiento, pero siempre se había rodeado de gente. “Un millón de amigos”, afirmó.

Había tenido un negocio de electrólisis, había cortado el pelo en Bergdorf Goodman y tenía una licencia de agente inmobiliaria. Incluso había trabajado como recepcionista en Chippendale’s.

“Era más que dinámica”, relató.

Pero Nueva York puede erosionar la red social de una persona. Los amigos quedan atrapados en el trabajo, se mudan, encuentran amantes, cambian de parque para perros. Los hombres son más propensos a estar socialmente aislados, pero las mujeres son más propensas a sentirse solas.

Para las personas mayores de 60 años, como Solod, que son uno de los grupos de mayor riesgo, el aislamiento suele empezar por su salud.

Hace seis años, Solod empezó a tratarse por un cáncer de pulmón y luego por un mieloma múltiple. De repente, su vida giraba en torno a los tratamientos médicos, no a la socialización, y necesitaba una silla de ruedas para desplazarse.

Sin embargo, seguía disfrutando de la ciudad con amigos o con su madre, que vivía cerca. “Podía oír la voz de mi madre: ‘No te quedes en casa’”, relató. Un año antes de la pandemia, su madre murió. Era una conexión que no podía sustituir, un papel que nadie más podía desempeñar. Seguía teniendo muchos contactos sociales, pero le faltaba una conexión significativa que necesitaba. El nombre de ese vacío es soledad.

“La peor parte eran las festividades judías”, agregó, cuando todas sus pérdidas parecían acumularse. “Alguna vez tuve una vida, tuve un esposo, una madre, vecinos, amigos y parientes. Eso deja de existir de la misma manera cuando desaparece el punto focal de la madre, esa persona central. Cuando eso se ha ido, las épocas festivas ya nunca son iguales”.

Entonces llegó la pandemia.

Soledad en los genes

Turhan Canli, profesor de Neurociencia Integradora en la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook, se preguntó si había un gen que se activaba o desactivaba cuando una persona se sentía sola. Investigadores anteriores habían demostrado que la soledad, al igual que otras formas de estrés, estaba asociada con la depresión, la inflamación, el deterioro cognitivo y las enfermedades del corazón. ¿Pero de qué modo? ¿Qué caminos se abrían o cerraban cuando las personas estaban solas, qué genes se activaban o desactivaban? A través del Proyecto de Memoria y Envejecimiento de la Universidad Rush en Chicago, pudo obtener tejidos de los cerebros de adultos mayores que en sus últimos años habían respondido preguntas sobre sus niveles de soledad.

Su análisis proporcionó una idea de la naturaleza física y celular de la soledad. Encontró claras diferencias entre los cerebros de personas solitarias y no solitarias. En las personas solitarias, algunos genes que promueven la proliferación de células cancerosas estaban más activados, mientras que los genes que regulan la inflamación estaban desactivados.

“Encontramos cientos de genes que se expresaban de forma diferente según el grado de soledad de estas personas”, explicó. “Estos genes estaban asociados con el cáncer, la inflamación, las enfermedades cardíacas, así como con la función cognitiva”.

Advirtió que, al igual que muchos estudios sobre la soledad, el suyo no probaba que la soledad causara estas diferencias en la expresión de los genes; quizá solo era más frecuente en las personas que las tenían.

Anderson, la realizadora de documentales, describió noches en su departamento en las que sentía una soledad tan agobiante que no contestaba el teléfono, aunque la conversación pudiera mejorar su estado de ánimo. “Uno pensaría que levantaría el teléfono y llamaría a la gente”, dijo. “Siento que la soledad se siente tan pesada, que si llamo a alguien voy a estar tan deprimida que no querrán hablar conmigo. Es justo lo que debo hacer. Simplemente no tengo ganas”.

Para Solod, que tenía dificultades desde antes de la covid, la pandemia trajo niveles nuevos de soledad. Los encuentros casuales con vecinos, comerciantes, meseros de su restaurante favorito o charcutería predilecta cesaron abruptamente. Y los amigos que solían visitarla, de repente eran solo voces en el teléfono.

En diciembre de 2021, Solod estuvo hospitalizada durante dos semanas en la unidad de covid del Memorial Sloan Kettering Cancer Center, para recibir tratamiento contra el cáncer y el coronavirus. Debido a esa experiencia, dijo: “Estoy aterrada”.

Por eso, incluso cuando vio que los vecinos volvían a tener cierta actividad social, siguió siendo extremadamente cautelosa. A veces llevaba su silla de ruedas a la recepción de su edificio para observar a los perros, y luego volvía a subir, echando de menos a su propia mascota. Y siempre, dijo, era consciente de cuánta gente había muerto.

“Hablo con mis amigos todo el tiempo”, dijo. “Me llaman. Pero es muy diferente, ese tipo de conexión. No tienes las mismas emociones, los mismos sentimientos, que cuando ves a alguien en persona. Y también, cuando puedes abrazar a alguien, es muy diferente”.

La pandemia ha puesto de manifiesto lo importantes que son incluso las conexiones casuales para el bienestar emocional, dijo Anne Marie Albano, directora de la Clínica de Ansiedad y Trastornos Relacionados de la Universidad de Columbia. “Incluso las pequeñas cosas, como hacer sitio para que alguien se siente a tu lado en el metro, o que alguien haga eso por ti, ese tipo de cosas no están ocurriendo”, dijo Albano. “Y eso hace que un individuo que es propenso a sentirse solo lo sienta con mayor intensidad”.

¿La nueva normalidad?

A pesar de que el número de casos en Nueva York se ha mantenido muy por debajo de su punto máximo, la soledad de Solod no ha disminuido. En todo caso, afirmó, ver a la gente haciendo sus cosas, sin cubrebocas, la ha hecho sentir aún más aislada.

“Mucha gente que conozco dice: ‘Ay, no te preocupes’, y empiezan a citar al alcalde y a hablar de los niños en la escuela. Pero incluso dejando de lado el cáncer y mi enfermedad, diría que sigo teniendo mucho miedo del virus. No quiero tener que volver a ese mundo de aislamiento”.

Durante el Año Nuevo iraní, a finales de marzo, una amiga iraní le llevó comida, lo que ella agradeció. “Pero luego a la gente no le gusta quedarse”, dijo. “Es casi como si nos hubieran inculcado salir corriendo. Es un hola rápido y hasta luego. En mi mundo, nadie se queda en realidad”.

Incluso si la vida vuelve a ser como antes de la pandemia, no está claro hasta cuándo se disipará la soledad de los últimos dos años, o qué huellas podría dejar. Según Stephanie Cacioppo, profesora adjunta de psiquiatría y neurociencia del comportamiento en la Universidad de Chicago, la soledad, como otras formas de estrés, puede dejar daños a largo plazo.

Un primer indicador es la vida en el campus universitario, señaló Cacioppo. “Ahora que los estudiantes están de vuelta, escuchamos que se vive mucha soledad y aislamiento relacionados con la decepción. La universidad no es lo que los chicos esperaban”. Así que el aislamiento social se redujo, pero una forma de soledad ha persistido en la brecha entre la vida social deseada y la real.

El sueño de curar la soledad

Una paradoja: la gente está más conectada que nunca —a través de los teléfonos, las redes sociales, Zoom y demás— y, sin embargo, la soledad sigue en aumento. Entre los más conectados digitalmente, los adolescentes y los adultos jóvenes, la soledad casi duplicó su prevalencia entre 2012 y 2018, algo que coincide con la explosión del uso de las redes sociales.

Hace cuatro años, el gobierno británico nombró a una ministra de la Soledad para enfrentar la creciente preocupación del público. Una ciudad instaló bancos “Happy to Chat (Feliz de charlar)”, con carteles que decían: “Siéntate aquí si no te importa que alguien se detenga a saludarte”. El modelo resultó popular y se extendió por toda Inglaterra, Canadá y Polonia.

En Estados Unidos, el sistema de salud se ha centrado en el aislamiento social de las personas mayores, pero ha sido más lento a la hora de abordar la soledad como un problema general de salud pública.

Sin embargo, hay intervenciones que pueden ayudar, dijo Cacioppo.

“Durante años, la gente pensaba que lo mejor que se podía hacer por una persona solitaria era darle apoyo”, dijo. “En realidad, hemos descubierto que se trata de recibir y también de devolver. Así que lo mejor que puedes hacer por alguien que se siente solo no es darle ayuda, sino pedirle ayuda. Así les das un sentido de valía y una oportunidad de ser altruistas. Aunque recibamos los mejores cuidados, seguimos sintiéndonos solos si no podemos dar algo a cambio. Los cuidados son muy valiosos, pero no son suficientes”.

También sugirió la práctica regular de la gratitud y el altruismo, que contrarrestan la mentalidad de ver a los demás como una amenaza.

Pero los verdaderos remedios al problema de la soledad, subrayó Murthy, deben dirigirse no únicamente a las personas solitarias, sino a la cultura que las hace sentirse solas.

“Pedimos a la gente que haga ejercicio y siga una dieta saludable y tome sus medicamentos”, dijo. “Pero si realmente queremos estar sanos, felices y realizados como sociedad, tenemos que reestructurar nuestras vidas en torno a las personas. Ahora mismo nuestras vidas se centran en el trabajo”.

En palabras de la autoridad máxima de salud de Estados Unidos, se trata de un llamamiento para invertir patrones culturales que llevan décadas formándose y que benefician a algunas de las mayores empresas del país.

Robert Putnam, en su libro de 2000 Solo en la bolera: Colapso y resurgimiento de la comunidad norteamericana, trazó una erosión constante de los vínculos sociales que se remonta a 1950.

Hannah Arendt calificó la soledad generalizada como una condición subyacente al totalitarismo.

El llamado de Murthy exige un cambio total en las prioridades de la sociedad. Pero la alternativa, dijo, es literalmente matar a la gente. Las personas con vínculos viven más tiempo, más felices y más sanas. Así que es necesario un cambio, empezando por nuestros hogares y lugares de trabajo.

“Tenemos esta poderosa fuerza para mejorar la salud y el bienestar, en sus relaciones”, dijo. “Pero, ¿con qué frecuencia invertimos en ello?”.

Para Robin Solod, sola en su apartamento del East Side, esta es una necesidad que llegó a reconocer de la peor manera.

Siempre había estado demasiado ocupada corriendo de un lado a otro para pensar en lo mucho que dependía de sus conexiones con la gente, y lo frágiles que podían ser, dijo. “Pero cuando se quita eso, ¿qué queda? ¿Con qué lo sustituyes?”.

Ella misma respondió a su pregunta. “Sin la conexión con otras personas”, dijo, “no tienes nada”.

John Leland, reportero de la sección Metro, trabaja para el Times desde 2000. Su libro más reciente está basado en una serie de reportajes que hizo para el diario sobre los neoyorquinos más longevos. @johnleland

Enlace relacionado NYTimes.com 03/05/2022.




Fuente: Sasmadrid.org