March 20, 2022
De parte de ANRed
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El tabú alrededor de la muerte en una sociedad que cada vez individualiza y obliga a acelerar más los duelos puede derivar en procesos muy difíciles para las personas que han perdido a un ser querido. Naturalizar y colectivizar la muerte, en cambio, ha mostrado efectos positivos ante un hecho que es tan difícil como natural. Por Lis Gaibar (El Salto).


Hay temas tabú. Y la muerte es uno de ellos. A veces se rechaza su abordaje en público por una especie de superstición: no hables de ella, a ver si la vas a llamar. Otras se teme herir a alguien que haya vivido o esté viviendo un duelo. En la mayoría de ocasiones, el motivo es más sencillo: no es un tema alegre. No es algo divertido ni cómodo, ni resulta nunca fácil de abordar. No encaja en el negocio de la felicidad, en la convivencia con una sociedad donde se habla del éxito y se esconde el fracaso. Hablar de la muerte es recordar que hay un fin, que es inevitable y que puede ser inesperado. Pero, ¿qué tiene exactamente de malo tener presente que la vida acaba? ¿En qué momento un asunto tan natural como lo es la propia vida se relegó al ostracismo y al ámbito puramente individual? ¿Qué consecuencias tiene?

“Hasta el siglo XVIII, en Europa, las personas estaban familiarizadas con la idea de su propia muerte y era uno mismo quien organizaba una ceremonia pública donde los familiares y amigos, incluido niñas y niños, se ponían alrededor de la cama del moribundo”, señala la socióloga Laura Arnez Vargas en su trabajo Cómo socializamos la muerte y el duelo. Una comparativa entre culturas: Bolivia y España. No hace falta irse tan lejos en el tiempo —cuatro siglos— ni geográficamente —Bolivia— para ser consciente de la manera en la que ha cambiado la socialización del duelo. â€œAquí en Galiza, en los pueblos, hasta hace no mucho se velaba a los cadáveres en las casas, eran jornadas en las que todo el vecindario acudía a atender a las familias que estaban en duelo”, introduce María Jesús Taboada, psicóloga especializada en trauma.

Aunque la individualización del duelo es un fenómeno que lleva años produciéndose, la pandemia lo ha acusado de manera excepcional.

Eso, dice, ayudaba a digerir la muerte del ser querido: los rituales son los grandes facilitadores del duelo. Aunque la individualización del duelo es un fenómeno que lleva años dándose, la pandemia lo ha acusado de manera excepcional. Miles de familias han visto negada la posibilidad de celebrar rituales, de despedirse de sus seres queridos. Como Clara, cuyo abuelo murió en abril de 2020. No pudo ir a verlo al hospital, ni visitarlo en su casa antes del ingreso, ni estar presente en su incineración. No hubo velatorio ni funeral entonces. “Mi historia será la historia de tanta otra gente”, reflexiona, en alusión a las muertes durante el periodo más crítico de la pandemia.

Tabú vs mitos

Laura Campo Martín tiene 23 años. Su madre murió el 29 de enero por un linfoma, un tipo de cáncer en la sangre. Tenía 55 años y todo sucedió muy rápido: “Yo en Navidad estaba comiendo tranquilamente con ella y de repente en un mes ya no está”. Para Laura, la manera en la que está llevando su duelo tiene mucho que ver con la forma en la que acompañó la muerte de su madre, que empezó a encontrarse muy débil a finales de diciembre. En aquel momento los médicos no pensaron que fuera nada grave hasta que, después de acudir en repetidas ocasiones a urgencias y conseguir ingresarla en un hospital privado, la médica le comunicó a Laura y su familia que su madre tenía una metástasis en el hígado y podría fallecer en cualquier momento. Laura estuvo presente en todo el proceso. Acompañó a su madre desde el momento en el que empezaron los síntomas hasta su muerte, pasó largas jornadas en el hospital, la cuidaba y compartía su día a día con ella “como si estuviéramos en casa”. “No quería que notara una mala energía mía, quería que dentro de lo malo estuviera bien, que viera que estoy ahí”. Tras un intento fallido de recurrir a la quimioterapia, las pulsaciones de su madre cesaron mientras ella y su hermano recordaban anécdotas de su infancia en la habitación del hospital.

Hay mil formas de pasar el duelo, opina Laura. Y aunque ninguna es más válida que otra, el hecho de no educar en la muerte dificulta los procesos: “Hay un tabú tan grande sobre el sufrimiento que se hace complicado que la persona pueda pasar un duelo lo menos tóxico posible, por decirlo de alguna manera, sobre todo si la muerte toca cuando no tendría que tocar de manera natural”. Claudia Pradas, que trabaja atendiendo la salud mental de jóvenes, recuerda que, cuando estudiaba psicología, una profesora le contó que un duelo conlleva siempre un trauma, aun cuando la muerte sea previsible o fuera sosegada. “Esa persona deja de existir en ese plano, y tu cerebro tiene que hacer un esfuerzo por ubicarla en uno nuevo”. Para Pradas sí se habla de la muerte pero, de la misma forma que ocurre con el suicidio, no se aborda con la suficiente profundidad ni sensibilidad. Más que un tabú, teoriza, existen mitos alrededor del duelo: “El mito de las fases, como si fuera la Luna, como si fuera algo espontáneo que hace tu cerebro y ya está”, ejemplifica. Según la teoría de las fases, toda persona que tiene un duelo experimenta cinco cosas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. “Eso tiene que frustrar mucho, puedes cuestionarte si estás haciendo algo mal con tu duelo, cuando cada pérdida es única y hay un montón de variables que interfieren hasta que consigues ubicar al ser querido en el nuevo plano”, expone Pradas. La forma de sobrellevar el duelo depende de muchas cosas: el tipo de muerte, la relación que se tenía en vida con la persona fallecida, si ha habido despedida en vida o no, y las funciones que asumía en el día a día ese ser querido.

La forma de sobrellevar el duelo depende de muchas cosas: el tipo de muerte, la relación que se tenía en vida con la persona fallecida, si ha habido despedida en vida o no, y las funciones que asumía en el día a día ese ser querido.

Taboada alerta de la importancia de la forma en la que se afronte el primer duelo por fallecimiento, pues esta condicionará el resto de muertes que se vivan: “No asumir el cambio de una forma adaptativa puede derivar en problemas de salud mental, siendo lo más suave una depresión”. La tristeza no es siempre, en contra de lo que se suele pensar, la única emoción ante una muerte. Tampoco la protagónica. A veces, de hecho, el enfado, la incomprensión, la culpa e incluso el alivio son los sentimientos principales. Cada duelo, repite Taboada, es diferente. Pero para evitar el bloqueo y poder aceptar la pérdida, la psicóloga insiste en la importancia de dos cosas: naturalizar la muerte y celebrar rituales.

Rituales negados

De su comparativa entre la manera de socializar la muerte en la cultura española y la boliviana, Arnez saca la conclusión que ninguna de ellas es idónea. En el contexto español, la muerte ha quedado relegada al ámbito hospitalario, y socialmente solo se acepta en caso de vejez o enfermedad. De hecho, Clara y su familia no querían que su abuelo muriera en el hospital, querían que muriera en casa, en su cama. Pero cada vez son menos los fallecimientos que no se producen en los centros médicos en países europeos. Sin embargo, en Bolivia, según el trabajo académico de la socióloga, es un proceso que se hace más público y resulta más duradero a través de rituales repetidos, vestimentas y discursos; y resulta más común que la muerte suceda en el hogar que en un hospital. A juicio de Arnez, el número de rituales debe estar condicionado a la forma en la que los dolientes deseen llevar el fallecimiento del ser querido. De hecho, para Laura, el velatorio y el entierro era casi un trámite obligado, pero no siente que sea algo que a ella le sirviera. “Habrá gente a la que le venga bien, pero yo después de estar una semana y media acompañando en el proceso a mi madre solo quería empezar mi vida cuanto antes, llorar lo que tuviera que llorar y ser consciente del vacío, pero no alargar el empezar el duelo”.

La percepción de los rituales tiene un punto subjetivo y uno más social. A ello hacen alusión las expertas cuando introducen el factor de la laicidad en la sociedad española: el cambio generacional está trayendo una desvinculación de las creencias religiosas, y con ello de los ritos que se han vinculado tradicionalmente a estas. Pero más allá del principio religioso, la realidad es que los rituales, sean del tipo que sean, favorecen la integración de la pérdida. Sin embargo, a juicio de las expertas, en la sociedad actual los rituales se han ido acortando, simplificando e individualizando, pero no solo eso: el entorno exige, consciente o inconscientemente, que pases tu duelo lo antes posible. La muerte es vista como un castigo y el duelo es percibido casi como una enfermedad. “Te van preguntando todos los días cómo te sientes, si ya estás mejor, como si te hubieras puesto enfermo. Y no es una enfermedad, es un sentimiento”, resume Arnez. 

La muerte es vista como un castigo y el duelo es percibido casi como una enfermedad, lo que a veces deriva en que se receten pastillas para pasar el duelo rápido “y que vuelvas a ser productivo lo antes posible”, opina Pradas.

Este concepto de la muerte explicaría el motivo de que se receten pastillas para sobrellevar el duelo, una táctica desaconsejada por la Organización Mundial de la Salud porque “bloquea el duelo”, explica Taboada. También se podría justificar por el rechazo a la no funcionalidad del sistema capitalista: “Entra en el saco de la sobremedicalización en salud mental; te mando una pastilla para que vuelvas a ser productivo lo antes posible”, expone Pradas.

El Estatuto de los Trabajadores establece el derecho para la población asalariada de dos días libres por fallecimiento de un familiar. Para Clara, más que un tabú de la muerte y el duelo, hay un tabú a mostrar tristeza. “Y también hay repartidores de carnés de qué te puede poner triste y qué no te puede poner triste. Y durante cuánto tiempo es aceptable que estés triste”, reflexiona. “Creo que, involuntariamente, casi todas las personas emitimos un juicio de valor sobre por qué es lícito ponerse triste y durante cuánto tiempo: un padre seis meses, un abuelo tres meses, si muere tu perro ni siquiera te puedes sentir triste. Hay un tabú a mostrar tristeza y espero que esto cambie, porque también se está mal en la vida, lo que pasa es que para producir viene mal estar mal”. Laura concuerda con la percepción de Clara, y pide igualmente que no se juzgue un duelo: tan mal te miran por pasar “demasiado tiempo” triste como por reír con tus amigos si acabas de sufrir una pérdida.

Educar en duelo

Tanto Clara como Laura han sentido el apoyo de su círculo a la hora de acompañarles en el duelo, pero no siempre es fácil hacerlo. Para Arnez, es habitual sentir como doliente que tu entorno te presiona para que estés bien: “Si alguien de tu entorno ha perdido a un ser querido, tú quieres ayudarle, pero a menudo no sabes qué hacer. Lo primero que se te viene a la cabeza es distraer a esa persona, y la intención es buena, pero es que es imposible; por negar la muerte, o evitar hablar de ella, no va a desaparecer”.

Esta es la premisa de la que parten las expertas cuando abordan la necesidad de educar en la muerte desde las etapas más tempranas. â€œSi no se incluye la muerte en educación, no se está educando para la vida”, sentenció en 2008 la experta en didáctica Mar Cortina. En el contexto de pandemia, y mientras hacía prácticas para finalizar su formación como futura maestra infantil, Andrea Loureiro se dio cuenta de que en la escuela no existía ningún protocolo para abordar la muerte en clase. Y si a un adulto le resulta difícil abordar y digerir la muerte, ¿cómo sería en el caso de un infante? Percibió que el personal docente no había recibido ningún tipo de formación en duelo, y el currículo educativo no contempla nada parecido al abordaje en muerte dentro de las aulas. Decidió hacer su Trabajo de Fin de Grado sobre eso: una revisión de literatura y una propuesta práctica para aplicar en su escuela —pero adaptable a otros centros— con la que abordar el duelo en los primeros cursos de infantil. Realizó encuestas a profesores y familiares del alumnado: en este segundo grupo, la inmensa mayoría reconoció que evitaba hablar de la muerte a sus criaturas a no ser que fuera totalmente imprescindible.

Para las expertas en salud mental, es una estrategia perfectamente comprensible pero errónea. “La idea es ‘hacer que los niños no se enteren’, pero los niños se enteran absolutamente de todo”, defiende Taboada. Una criatura, explica, es como una caja de resonancia: “La vinculación es como la melodía que se genera entre la mamá o el cuidador principal y la criatura. Esa melodía puede estar afinada, puede estar desafinada o puede tener cortes”, metaforiza la profesional. “Vivimos con el miedo a que el niño sufra, pero realmente es más el sufrimiento de los progenitores de tener que admitir la pérdida, de tener que digerir su duelo y el de sus hijos”. Loureiro explica: el ser humano nace sin miedo a la muerte, lo va adquiriendo conforme pasa el tiempo, por eso es importante ser consciente de que la muerte existe, de que nadie está a salvo, pero que eso no debe impedir vivir. “En edades tan tempranas, los niños y niñas tienen una serie de características que les impide adquirir ciertos conocimientos que tiene un adulto. Por ejemplo, no comprenden el principio de irreversibilidad, no son capaces de entender que la muerte no sea algo temporal”. Las criaturas, defiende la joven maestra, tienen derecho a entender lo que pasa en tu entorno.

“La idea es ‘hacer que los niños no se enteren’, pero los niños se enteran absolutamente de todo”, defiende Taboada. Por eso, desde la sensibilidad y con las herramientas, discursos y materiales acordes a su desarrollo, se les debe explicar la muerte.

Por eso, desde la sensibilidad y con las herramientas, discursos y materiales acordes a su desarrollo, se les debe explicar la muerte. “Es una etapa crítica en el aprendizaje, por eso hay que evitar la construcción del discurso a través de la fantasía”, expone Pradas. Loureiro lo detalla: “Si le decimos que su abuelo se va a ir al cielo, el niño lo que va a pensar es que el abuelo está volando y que va a volver. Si le decimos que está en un lugar mejor, se va a plantear dónde se está mejor que en casa. También hay que hacerles entender que no todas las personas enfermas mueren. Partimos de la premisa de que hay que contarles siempre la verdad, con unos recursos pedagógicos acordes a su edad, pero la verdad”. Y no hay que evitar la palabra muerte, por mucho que cueste pronunciarla, añade Taboada.

Para Arnez, la falta de educación en muerte durante la infancia es uno de los motivos que explican la transformación social de los duelos, su pérdida de colectivización. “Si desde pequeño no has vivido ningún tipo de duelo, y tampoco te han querido explicar la muerte porque se ve como algo negativo, como algo traumatizante e incómodo, no vas a saber cómo abordar el tema”. La socióloga habla de una especie de “censura social” â€”“a excepción de los eventos institucionalizados como el 1 de noviembre”— que se traduce en que en el momento de adolescencia o preadolescencia, cuando suele tocar afrontar los primeros duelos, no sepas muy bien qué sentir ante un fallecimiento. “No te lo han explicado en casa ni en el colegio, solo lo has visto en productos audiovisuales, en videojuegos; y no se asemejan a la realidad”. “La despedida con mi madre en el hospital no tuvo nada que ver con el rollo del discurso superprofundo que sale en las películas. Tú estás ahí y a tu cerebro le está costando asimilar eso”, cuenta Laura.

Los pasos que vienen después tampoco salen en las películas: llamar a la funeraria, abrir los nichos, incinerar el cuerpo, pedir la partida de defunción, preparar la placa, buscar el documento de últimas voluntades, recoger el hogar de la persona fallecida. Las personas a las que entrevistó Laura Arnoz para su trabajo académico subrayaron lo frívolo de los tanatorios: “Me dijeron que era como tener un menú y ver el precio, llegar a la conclusión de que morir también sale caro”. Por eso, para la socióloga hablar de la muerte es también “una especie de forma de prevención, de planificar cómo hay qué actuar, qué voy a sentir, a qué problemas me voy a enfrentar”. Después de un largo proceso sin poder hacer un ritual colectivo a su abuelo, la familia de Clara por fin pudo abrir el nicho, casi dos años después, para depositar las cenizas de su abuelo. Ella quiso informarse del procedimiento, pagar las tasas de inhumación y encargar la placa conmemorativa que colocarán en el cementerio: “Me hace muy feliz poder encargarme de estas cosas porque me conecta con que mi abuelo se murió, con que le echo de menos y que le he querido”.

La única certeza

Todas las personas que han participado en este reportaje coinciden en una cosa: vivir de cerca una muerte ayuda a ser más consciente de la vida. Que la muerte existe y es ineludible es una de las pocas certezas que tenemos, pero le damos la espalda. “Como si todo el mundo tuviera que ser feliz todo el rato, y eso no es verdad. En la vida hay un cierto grado de sufrimiento, y el sufrimiento tiene también un potencial; del sufrimiento salen cosas buenas también”, defiende Taboada. Utiliza una metáfora: transitamos, vamos caminando todos los días hacia la muerte, no sabemos cuándo va a llegar pero sabemos que va a hacerlo. El problema, dice, es cuando vivimos como si no fuéramos a morir, algo que no permite tampoco vivir el momento presente. También con recorridos, y reafirmando el discurso de la psicóloga, ejemplifica Laura su experiencia: “Me he dado cuenta de que hay un montón de gente que sigue aquí en el camino de la vida, que me ayuda y me quiere, aunque mi madre le haya tocado bajarse del tren ahora”.

“Cada vez hay más personajes públicos que cuentan sus vivencias, y creo que eso puede servir a mucha gente a sentirse menos sola, más comprendida, darte cuenta de que no te está pasando solo a ti”

¿Ha sido la pandemia una oportunidad para naturalizar la muerte? Arnoz no sabe hasta qué punto. “Durante un tiempo se habló mucho de la muerte, pero de una manera muy fría”. En lo que sí coinciden la mayoría de entrevistadas es que hay un cambio generacional al hablar de la muerte. Lo achacan al auge de las redes sociales: si bien es cierto que se acostumbran a compartir banalidades o buenas noticias, al estar configurándose como una especie de diario público, cada vez son más las personas, sobre todo jóvenes, que también comparten lo malo. Andrea Loureiro percibe una especie de parón en la externalización y colectivización del duelo en la generación de sus padres —tiene 22 años—, que ahora se está retomando pero de otra forma: antes se velaba a la persona fallecida, ahora se comparte el malestar que genera que lo haya hecho. “Cada vez hay más personajes públicos que cuentan sus vivencias, y creo que eso puede servir a mucha gente a sentirse menos sola, más comprendida, darte cuenta de que no te está pasando solo a ti”.

Cuando Laura fue capaz de volver a coger el móvil, decidió compartir un breve post diciendo que su madre había fallecido de cáncer. Dice que le sorprendió la cantidad de la gente que le contestó diciendo que estaba viviendo o había vivido algo parecido. Eso, opina, humaniza a las redes, y compartir puede facilitar el proceso. Para Claudia Pradas, ante una sociedad en la que se intenta individualizar todo sentimiento colectivo, la salida pasa por “hacer piñita”. Sentir que no se está viviendo el duelo en solitario, recordar que la salud mental no es solo de una persona sino que también depende del entorno, respetar los procesos de aquellos que sufren un duelo, entender que la muerte de un ser querido no se supera, solo se aprende a vivir con ella; y ayudar a quien acaba de perder a alguien importante a conectar con sus emociones y naturalizar que la vida es un proceso que tiene su fin. Taboada incide en esta idea: “Mientras como sociedad no seamos capaces de afrontar la muerte, nunca sabremos morirnos bien y no podremos aceptar la muerte de otros”. Para Laura esta es la clave: si la gente lo pasa tan mal ante el fallecimiento de un ser querido esporque no entiende la muerte, o lo que es peor, lo entiende como lo opuesto a la vida. Cuando es algo, recuerda, que va de la mano.





Fuente: Anred.org