June 24, 2022
De parte de Nodo50
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I keep telling him, it’s rape the women and set fire to the houses鈥. (鈥淪igo dici茅ndoselo: hay que violar a las mujeres y prender fuego a las casas鈥.) Cohen el B谩rbaro, uno de los antih茅roes de la literatura fant谩stica de Terry Pratchett, lo ten铆a claro: la devastaci贸n del enemigo pasaba por sus pastos, sus hogares, su ganado, y, sobre todo, por los cuerpos de sus mujeres. 

Pero si entre los deberes de cualquier h茅roe 茅pico estaba desflorar a las v铆rgenes de cada aldea arrasada, profanar la propiedad del enemigo y batallar por la promesa futuro rodeado de valkirias en el Valhalla, la ficci贸n y la realidad no distan demasiado. 脡pica y fantas铆a aparte, en la deshumanizaci贸n del otro que supone cualquier guerra, foll谩rselo, metaf贸rica y literalmente, es mucho m谩s que tener sexo. 鈥淣uestros valientes legionarios y regulares han ense帽ado a los cobardes de los rojos lo que significa ser hombre. Y, de paso, tambi茅n a las mujeres. Despu茅s de todo, estas comunistas y anarquistas se lo merecen, 驴no han estado jugando al amor libre? Ahora por lo menos sabr谩n lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas. No se van a librar por mucho que forcejeen y pataleen鈥. As铆 arengaba, a trav茅s de la radio Queipo de Llano a los sublevados nacionales de la guerra civil.

Por eso hoy 鈥搚 no antes鈥, en la guerra m谩s h铆brida de todas las guerras, la de Ucrania, la violencia sexual se ha colocado en el punto de mira. No es casual: el desgaste en el frente, la ca铆da del inter茅s p煤blico por las noticias o el desv铆o de atenci贸n a dramas m谩s cotidianos, como la inflaci贸n o la crisis de suministros, han llevado a los titulares y a las reuniones del Consejo de Seguridad la ONU una realidad que se trataba a menudo como un da帽o colateral, como un problema aparte, como algo que posponer a tiempos de posguerra y paz.

Pero esto no es nuevo, ni se circunscribe al 24 de febrero en que arrancara la invasi贸n rusa. Informes de Naciones Unidas de 2018 en la regi贸n de Donb谩s, donde la guerra de baja intensidad (pero alt铆simas consecuencias) se mantuvo activa desde 2014 pese a los acuerdos de paz firmados en Minsk, reconoc铆an que exist铆an suficientes indicios y pruebas de violencia sexual como para alarmarse. Por parte de ambos bandos. Y no solo a civiles. Y no solo a mujeres. Ya en otro reporte similar de 2016, Naciones Unidas reconoc铆a igualmente la existencia de casos probados por parte de las SBU (el Servicio de Seguridad Ucraniano) en Donetsk. Ese mismo a帽o, la OSCE recog铆a tambi茅n testimonios de prisioneros en el este del pa铆s que reportaban abusos sexuales, torturas y constantes amenazas de violaci贸n hacia ellos y sus familias. Desde febrero, la misi贸n de Naciones Unidas en el terreno recoge decenas de testimonios aunque advierte de que la gran mayor铆a de los casos no se trasladan a las autoridades. 鈥淓l tiempo鈥 鈥dice una de las 煤ltimas notas de prensa鈥 鈥渁clarar谩 la dimensi贸n de estas agresiones鈥. Pero si algo avanza en contra de la justicia y de la reparaci贸n, y cronifica el silencio, es precisamente el tiempo.

Leyendo a investigadoras, activistas y trabajadoras con muchos conflictos armados a sus espaldas (perm铆tanme citar a algunas: DeLargy, Grabitzer, Segato, Brownmiller, Mocnik) surgen algunas ideas importantes sobre la violaci贸n en tiempo de guerra, que van m谩s all谩 de la obviedad de su existencia. 

Hay ej茅rcitos y milicias que violan como parte de su estrategia de terror y algunos que no lo hacen, o incluso, lo castigan entre sus filas

En primer lugar, que, si bien es un fen贸meno intr铆nseco a casi toda guerra, no es homog茅neo ni sucede en las mismas proporciones en todos los conflictos. Hay ej茅rcitos y milicias que violan como parte de su estrategia de terror, (pensemos, por ejemplo, en Daesh y el secuestro de mujeres yazid铆es para la esclavitud sexual y los embarazos forzados) y algunos que no lo hacen, o incluso, lo castigan entre sus filas. El propio Gerry Adams reconoci贸 que el IRA realizaba 鈥juicios paralelos鈥 a los agresores sexuales que acababan a menudo en fusilamientos o exilio. Por lo tanto, la violaci贸n es un arma de guerra, pero no siempre responde a una estrategia militar orquestada. DeLargy habla de un 鈥渙portunismo de guerra鈥 en el que los muchachos de verde devienen agresores sexuales aprovechando la coyuntura, bien por su cuenta, o bien en grupo. De la relaci贸n entre las violaciones grupales y los ritos de masculinidad militares se han escrito cientos de ensayos, aunque, me temo, para eso no hay que esperar a que estalle ninguna guerra.

Otra cuesti贸n esencial es entender la dificultad para establecer cifras reales sobre el fen贸meno, pues es una violencia extremadamente compleja de reportar. No hay cad谩veres, ni heridos en combate registrados en los hospitales, ni atestados policiales. Aunque en este conflicto, las c谩maras gopro que portan muchos soldados y los smartphones con los que graban agresiones que han terminado circulando en la red pueden ser pruebas incriminatorias con las que no se contaba en Ruanda o Yugoslavia, donde s贸lo quedaron las experiencias, las propias y las cercanas 鈥搕u amiga, tu vecina, tu madre鈥, borradas a menudo por la verg眉enza, o el miedo, por haber puesto tierra de por medio, o por las ganas de olvidar.  

Muy pocas autoras han escrito sobre sexualidad tras la violaci贸n de guerra: parece que las supervivientes est谩n condenadas a ser esa a la que violaron

S铆 existen estimaciones, (m谩s de medio mill贸n de v铆ctimas en Ruanda, Congo o Sud谩n, 60.000 en Bosnia o 7.000 en Kenia, s贸lo durante el periodo electoral) basadas en la recogida de testimonios, estudios de campo, o datos m茅dicos como las infecciones por ETS (enfermedades de transmisi贸n sexual), los embarazos no deseados o las asistencias cl铆nicas, todos ellos, l贸gicamente, atravesados por el contexto de guerra. Si es complejo dimensionar la violencia sexual en tiempos de paz en pa铆ses como el nuestro 鈥搒eg煤n el Ministerio de Igualdad en su macroencuesta de 2019, s贸lo el 11% de las agresiones sexuales se denuncian鈥 es mucho m谩s dif铆cil hacerlo en territorios de inestabilidad, donde operan factores como el territorio, la percepci贸n de la propia comunidad, la situaci贸n pre y post conflicto o la falta de redes de reparaci贸n en las que confiar. Las mujeres de Sierra Leona negaban incluso sus violaciones, por miedo al escarnio p煤blico, y los maridos kosovares rechazaban creer que sus mujeres hubieran podido ser abusadas. Muchos no habr铆an querido regresar con ellas. Muy pocas autoras han escrito sobre la sexualidad tras la violaci贸n de guerra: parece que las supervivientes est谩n condenadas a ser, solo y para siempre, esa a la que violaron.

Propaganda 

Otra verdad inc贸moda es precisamente la politizaci贸n de esos datos. La guerra de cifras suele librarse en medios y reportes y rara vez en la jurisdicci贸n internacional y, como con todas las violencias contra civiles en tiempos de conflicto armado, se utilizan con m谩s ah铆nco para atacar al enemigo que para reparar el da帽o en el bando propio. El sensacionalismo y la fascinaci贸n hacen el resto. El reciente cese en Ucrania de la defensora del pueblo, Denisova, por parte de Zelensky, refuerza esta idea de la violaci贸n, tambi茅n, como propaganda b茅lica. Denisova fue obligada a abandonar el cargo acusada de centrarse demasiado en 鈥渄elitos sexuales cometidos de forma antinatural鈥 y 鈥渧iolaciones de ni帽os鈥 sin investigaciones que la respaldasen. 

Denisova ya hab铆a sido interpelada por varias corresponsales que le afearon la forma en que narraba y detallaba las agresiones en sede parlamentaria: morbosa, e innecesariamente descriptiva 鈥揷ucharas, candelabros, beb茅s鈥, parec铆a hacer de la violencia sexual rusa una compilaci贸n de perversiones, lo cual generaba un efecto precisamente contrario al que se pretend铆a denunciar. Las periodistas solicitaban hechos concretos y reportes, que Denisova no fue capaz de aportar. En su primera entrevista tras su cese, reconoc铆a que 鈥渆xager贸鈥 utilizando un lenguaje 鈥渕uy duro鈥 para poder recabar toda la ayuda posible en Europa. Afirma que le funcion贸: tras una de sus intervenciones, varios parlamentarios italianos cambiaron su postura en torno al env铆o de armas al pa铆s.

Justificando el fin con los medios, Denisova invent贸 cifras y evoc贸 fantas铆as gore. No hac铆a falta. Fuentes m谩s fiables, como La Strada Internacional, (la organizaci贸n que funciona como referencia ante la violencia machista en un pa铆s sin recursos estatales para abordarla) registra el aumento de llamadas al tel茅fono de ayuda para reportar casos de violaci贸n. En Polonia, donde las refugiadas y desplazas acuden a abortar, los movimientos cat贸licos ultraconservadores han bloqueado cl铆nicas para evitar su acceso, incluso aunque la legislaci贸n polaca observe, al menos en teor铆a, el aborto prematuro en caso de violaci贸n. Las periodistas encuentran a mujeres que les cuentan su experiencia en los pueblos, en las fronteras, en los refugios. 

Rusia niega todas las acusaciones y las rebate como parte de la 鈥減ropaganda occidental鈥. Sin embargo, ya en 2017 una ONG (Eastern-Ukrainian Centre for Civic Initiatives) redact贸 un detallado informe de testimonios en el que se recog铆a la violencia sexual infringida a mujeres y hombres por parte tanto de las milicias de Donb谩s como de los batallones ucranianos, especialmente en los espacios de detenci贸n y tortura. Uno de esos testimonios es el de una mujer acusada de ser informadora de Kiev al principio de la guerra, que acab贸 siendo encerrada y violada en el domicilio de un oficial militar. Puede verse narrado en primera persona en el documental franc茅s Zero Tolerance, que recorre los conflictos armados de todo el mundo para poner de manifiesto la tolerancia a la violencia sexual en todos ellos. Este documental es una rara avis, especialmente interesante por su crudeza, no recreando las agresiones, sino se帽alando la carga propagand铆stica y pol铆tica y pintando un retrato 鈥搉o solo de este, sino de todos los conflictos鈥 complejo, que incomoda a todas las partes. Su equipo recogi贸 historias de violaciones en el este de Ucrania desde 2014, y hasta lleg贸 a reunirse con un miembro arrepentido del batall贸n Aidar, que hablaba de soldados en estado de shock, de alcoholismo, de 鈥渄esfogarse鈥 con prisioneras pol铆ticas cuyos cargos a menudo eran espiar o conspirar para el otro. 

Ucrania se帽ala con el dedo acusador y la prensa multiplica su mensaje, pero su gobierno no ha reconocido un solo caso de violencia sexual en su propio ej茅rcito, pese a todos los informes citados que dan cuenta de ello y pese a haber contado desde el inicio de esta guerra con paramilicias filonazis (Tornado, A茂dar, Azov) y haber liberado presos comunes con experiencia militar y delitos sexuales a sus espaldas para unirse al ej茅rcito regular. En el relato her贸ico de sus chicos 鈥搚 chicas鈥 movilizados en el frente no caben fisuras, por eso no se habla de desertores, de violadores, ni de insumisos.

Si bien la jefa de Misi贸n en el terreno, Matilda Bogner, afirmaba al Washington Post que no ten铆an evidencias de que la violaci贸n fuese una estrategia coordinada a nivel militar, ello no quiere decir que no existan gran cantidad de casos del mencionado 鈥opportunistic rape鈥 o de que incluso unidades o batallones enteros s铆 contemplen la violaci贸n como una pr谩ctica com煤n y tolerada entre s铆. Como t谩ctica militar, es barata, es f谩cil y es eficaz, no se gasta munici贸n, y funciona, adem谩s, como ese 鈥渟alario libidinal鈥 (idea que tomo prestada a S谩nchez Cedillo) para el soldado, que toma los cuerpos del enemigo como toma su territorio y sus s铆mbolos, porque puede, porque se lo merece, y porque nada ni nadie parece imped铆rselo. En la rabia de la derrota, como ocurri贸 en Jap贸n, o en el fragor de la victoria, como ocurri贸 en Berl铆n.

Si de verdades inc贸modas se trata, quiz谩 una de las m谩s delicadas es la de la violaci贸n entre hombres, Recordemos las im谩genes filtradas de la prisi贸n iraqu铆 de Abu Ghraib, que fueron una de las primeras veces que el tab煤 de la tortura sexual masculina en tiempos de guerra se asomaba a las televisiones y los peri贸dicos. George Bush lo ventil贸 como 鈥渓amentables casos aislados鈥. Los casos aislados, no obstante, se recogen en las cr贸nicas de demasiados conflictos. Sorprende mucho que en la literatura sobre el tema no sean pocos los expertos e investigadores que insisten en que en esa violencia entre hombres hay mucho de poder y humillaci贸n y poco de placer, como si, negando el hecho sexual, y convirti茅ndolo en burda violencia f铆sica se redujera el estigma de haber sido follado 鈥搈etaf贸rica y literalmente鈥 por el enemigo. Algo que no se hace con las mujeres, precisamente, porque de ese terror sexual se alimentan las guerras.

En el imaginario colectivo permanecen las im谩genes de brutales violaciones en pueblos devastados por la guerra, en la prisa de un jerg贸n y entre llantos y gritos de auxilio. Pero la violaci贸n como arma de guerra se despliega mucho m谩s all谩 de la narrativa de un soldado que irrumpe en el hogar y en el cuerpo de una mujer indefensa. Son las mujeres yazid铆es secuestradas durante meses dentro de un cuarto donde nunca pasa nada, los manoseos al atravesar cada d铆a los checkpoints, las ni帽as llevadas a los cuarteles y los hoteles de diplom谩ticos; las mexicanas violadas en las comisar铆as, las embarazadas en nombre de las limpiezas 茅tnicas; los compa帽eros de armas y cuartel pasados de copas; las prostitutas retenidas en los campamentos sin poder salir, las mujeres mayores que se ofrecen a ser violadas una, y otra, y otra vez por oficiales y caciques locales, para que dejen en paz a sus nietas. Son las comfort women coreanas concentradas en los campos japoneses, las bush wives de Sierra Leona, obligadas a follar y a combatir en el frente; son todas las condenadas a ser descanso del guerrero mientras dure la batalla. La verg眉enza del veterano que no contar谩 nunca pero pagar谩 a golpes en su casa. La viagra en los bolsillos de soldados libios, chechenos, o americanos. El primer ministro de Etiop铆a presumiendo, en 2019, de que cada uno de sus soldados dejaba 10 hijos en la tierra conquistada. Son, tambi茅n, las supervivientes del horror abusadas despu茅s por los misioneros internacionales.

Al hilo de esto 煤ltimo, los esc谩ndalos de Oxfam en Chad o Hait铆 o de Naciones Unidas en Rep煤blica Centroafricana y en la Rep煤blica Democr谩tica del Congo nos recuerdan que ese oportunismo sexual, individual o colectivo, casual o deliberado, tambi茅n se queda en casa. El relato colonial de las invasiones incivilizadas perpetradas por el enemigo 鈥搒ea un malvado musulm谩n, un africano salvaje o un b谩rbaro estepario鈥 se rompe cuando las v铆ctimas narran experiencias que no encajan en el relato y que se帽alan a los buenos de la historia. Una filtraci贸n de un informe interno de la ONU sobre las violaciones del ej茅rcito franc茅s a menores congole帽as suger铆a que estas pod铆an ser falsas y responder a 鈥渋ntereses financieros鈥. Tu testimonio estar谩, para siempre, ligado a la victoria o la derrota de quien te viole.

Y entre informes, reportes, cifras y resoluciones, las ucranianas 鈥搚 las malienses, y las afganas, y las palestinas, y las camerunesas鈥 han aprendido a llevar navajas y condones encima cuando salen a la calle. En otras guerras, las mujeres saben que hay que tener a mano la direcci贸n donde abortar si hiciera falta, que hay que camelarse a un soldado de confianza para no tener que acostarse con decenas, o que es mejor curarse las heridas de la penetraci贸n en casa para que no lo sepan los vecinos. Pero tambi茅n hay estrategias de resistencia y de reparaci贸n que nacen de la propia guerra. Las combatientes kurdas en Rojava tienen unidades espec铆ficas para ajusticiar violadores. Las Tigresas Tamiles de Sri Lanka se organizaron en batallones de autodefensa para evitar las violaciones y cuidar a su comunidad, como el Batall贸n de viudas del GAM en Indonesia. En ingl茅s, la expresi贸n 鈥don鈥檛 cut your nose to spite your face鈥 (algo similar al dicho de 鈥渆scupir para arriba鈥 o 鈥渢irar piedras a tu propio tejado鈥) hace referencia a la historia de Santa Ebba y sus hermanas, unas monjas medievales que mutilaron sus narices para evitar ser violadas por los vikingos invasores. Un fracaso absoluto, pues su abad铆a termin贸 ardiendo con ellas dentro, y de ah铆 el dicho.

Violar a las mujeres de los grupos conquistados ha sido un rasgo que ha sobrevivido al progreso, a la legislaci贸n, a la moral y a la 茅tica

Dec铆a Gerdar Lerner, plante谩ndose el origen del patriarcado, que violar a las mujeres de los grupos conquistados, como aconsejaba Cohen el B谩rbaro, ha sido un rasgo que ha sobrevivido al progreso, a la legislaci贸n, a la moral y a la 茅tica de siglos de Historia. Para la autora, es una pr谩ctica previa a la sociedad de clases; es la instituci贸n patriarcal en su estado m谩s puro. Pero dejando a un lado las causas, si eso fuera posible, nos queda el presente y el futuro. En ocho a帽os de guerra en Ucrania el primer y 煤nico proceso de violencia sexual durante el conflicto armado acaba de iniciarse este mes de mayo. El resto se quedar谩 en los informes que dormir谩n el sue帽o de los justos en alg煤n caj贸n o en alg煤n PDF perdido en la red. Se quedar谩 en las historias de vida y en las redes informales, en las noticias y en la batalla de la propaganda. Las supervivientes 鈥揷omo las tratadas y las traficadas que tanto preocuparon hace unos meses鈥 engrosar谩n las cifras de otra resoluci贸n internacional, y de otro informe, y otro, y otro, y esperar谩n, como en todas las guerras, las promesas de un juicio justo, o de una compensaci贸n econ贸mica, o simplemente, de que las dejen en paz, que, en una guerra, no es poco. 驴Se puede procrastinar de nuevo la justicia, la memoria y la reparaci贸n de la violencia sexual a cuando cesen los disparos? Demasiadas cosas que legar, me temo, a una posguerra interminable. 




Fuente: Ctxt.es