August 10, 2022
De parte de Grup Antimilitarista Tortuga
164 puntos de vista

Ya no es la «nueva mili» de 2018…

Hace ahora cinco años, en agosto de 2018, un fantasma recorrió los palacios de gobierno europeos: la reinstauración del servicio militar. La propuesta comenzó como una ocurrencia de campaña de Macron. Pero poco después Salvini en Italia, May -con fuego de apoyo de The Economist- en Gran Bretaña, buena parte de la prensa en Alemania y hasta el mismísimo rey de Marruecos la hicieron suya.

Se trataba, insistían, de «algo nuevo», obligatorio a partir de los 16 años tanto para hombres como para mujeres y no centrado en el entrenamiento militar.

Los jóvenes serán «mezclados» y colocados en internados con otros jóvenes de distintas clases sociales, esos internados estarán por todo el país y se les mandará con prioridad a lugares distantes de sus regiones de origen, donde recibirán formación en «valores cívicos y republicanos» y «aportarán» a trabajos sociales. Es decir, se trata de crear una experiencia interclasista que favorezca la identificación con el territorio nacional y la asociación entre estado y necesidades sociales.

El objetivo más educativo-patriótico que militar, era producto del contexto de aquel momento en toda Europa y el Magreb.

Las pequeñas burguesías en rebelión son el principal problema de «gobernanza» de una burguesía que ve venir ya una nueva recesión y teme que el ‎proletariado‎ de los países centrales se persone como sujeto político. […] Por eso la burguesía ve ahora tan perentoria la necesidad de «reformar» y «re-educar» a la ‎pequeña burguesía‎ interesándola en el «proyecto nacional».

Pasados los años, esta «nueva mili», el «Servicio Nacional Universal», sólo se desarrolló en Francia. Según cuenta L’Express:

Durante quince días los jóvenes participan primero de una estancia de cohesión, un momento de vida colectiva fuera de su departamento de origen. Luego deben comprometerse con una asociación, una administración o un organismo uniformado, para una misión de interés general de 84 horas.

Pero en realidad, hasta ahora no ha pasado de la fase piloto: 2.000 jóvenes en 2019 y 15.000 en 2021 tomaron parte en los «cursos de cohesión» durarnte el verano. Este año pretenden llegar a 50.000. El escaso desarrollo no se ha debido sólo a la pandemia. Los sindicatos de profesores de secundaria siguen oponiéndose… y los militares remolonean lo que pueden.

Pero Macron no se conforma. Este último 14 de julio volvió a la carga. En su presentación de prioriades inmediatas para el ejército, la primera era el «relanzamiento del Servicio Nacional Universal» (SNU). Quiere que sea obligatorio en 2024, es decir, que todo joven francés lo haga al cumplir los 16 años. Y quiere que vaya incoporando contenidos propios de la «formación en la defensa» como piden los generales para verle alguna utilidad militar. En realidad están pensando ya en otra cosa.

… sino la de toda la vida con mejor equipamiento y numerus clausus variable

Suecos
Reclutas del servicio militar obligatorio sueco.

Desde hace al menos dos años, la mayor parte de los ejércitos de Europa y Asia calcula su propia participación en una «guerra de alta intensidad» en algún momento entre 2027 y 2030. Hasta la guerra de Ucrania los europeos eran los que se auto-concedían más tiempo de preparación.

En enero [de 2021], el Estado Mayor [francés] creó discretamente diez grupos de trabajo para examinar la preparación del país ante una guerra de alta intensidad. Los generales franceses consideran que tienen más o menos una década para adaptarse.

Los grupos lo abarcan todo, desde la escasez de municiones hasta la resiliencia de la sociedad, incluido el hecho de si los ciudadanos están «preparados para aceptar un nivel de bajas que nunca hemos visto desde la segunda guerra mundial», dice uno de los participantes.

El espectro de la guerra de alto nivel está ya tan extendido en el pensamiento militar francés que el escenario tiene su propio acrónimo: HEM, o «hipótesis de enfrentamiento mayor».

Las fuerzas armadas francesas se preparan para una guerra de alta intensidad, La Vanguardia, 30/3/2021

Esto sucedía un año antes de estallar la guerra de Ucrania. Este año Francia aumentó su presupuesto militar en 3.000 millones de euros para acortar esos tiempos y tener a sus ejércitos preparados para una «guerra de alta intensidad» cuanto antes.

Pero una guerra «de alta intensidad» significa la movilización forzosa y masiva. Algo que puede ser fácilmente caótico y contraproducente si previamente una parte significativa de la población no ha recibido instrucción en uso de armas y comportamiento táctico. Ese es el marco en el que el servicio militar de toda la vida tiene de nuevo sentido para el estado.

En Alemania, un mes antes de que Macron ordenara resucitar el SNU, el presidente había abogado por la vuelta al servicio militar obligatorio de toda la vida, desmantelado por Merkel en 2011. No era el único. Letonia comenzó a organizarlo al poco de estallar la guerra en Ucrania. Lituania sigue sus pasos. Y Holanda, que no puede cubrir una cuarta parte de las plazas por falta de personal voluntario, lo tiene en fase de estudio.

La mayor parte de los países que lo están estudiando «seriamente» tienen los ojos puestos en el modelo de Noruega y Suecia. Allí todos los jóvenes en edad militar y sin condicionantes físicos son llamados a una serie de pruebas competitivas. Sin embargo sólo son alistados como soldados una cierta cantidad de ellos, que hasta ahora ha rondado apenas el 15% y que depende de las «necesidades previstas de defensa».

El modelo gusta a los gobiernos porque reduce gastos respecto a la milicia universal clásica y a los militares porque la parte «educativa» está supeditada a sus objetivos reales de despliegue, permitiendo además una cierta flexibilidad para aumentar rápidamente las dotaciones.

Por eso fue importante que en marzo la primera ministra sueca se dirigiera a los jóvenes para transmitirles que «debían estar preparados para el servicio militar». Las «necesidades» ya no se pueden satisfacer, al parecer, con sólo un 15% de los jóvenes de cada quinta.

La primera generación europea del siglo XXI que «irá a la guerra»

En 2019 el jefe del Estado Mayor francés compareció a puerta cerrada ante el Parlamento. Les compuso un marco de aceleración de la dimensión armada de los conflictos imperialistas muy claro.

El orden mundial, tal como lo tenemos en cuenta en nuestra visión estratégica, se reorganizará en torno al Pacífico en un gran enfrentamiento. Esto debe llevarnos a los europeos –y los franceses deben tener un papel importante en esta reflexión– a repensar nuestra posición. No podemos abandonar el campo occidental (…) la solidaridad con los Estados Unidos es extremadamente importante.

Sin embargo, no podemos, por ejemplo, permitir que los chinos se alíen con los rusos sin reaccionar, lo que sucederá mañana cuando se enfrenten cada vez más a los estadounidenses. La evolución actual se acelera constantemente, pero refleja una tendencia fundamental que sabemos que ha estado funcionando durante muchos años.

En ese marco, como había advertido apenas unas semanas antes, una guerra de alta intensidad «se estaba convirtiendo en una opción muy probable». Y en un escenario así, «la cuestión de la masa» de recursos materiales y humanos que incorporar a la matanza se convierte en crucial.

En aquel momento, el general sugirió a los parlamentarios que podría conseguirse mediante la mutualización de fuerzas armadas de los distintos países UE, el proyecto de «ejército europeo» que promovía Macron. Sin embargo, ni por esas salían los números, el ejército ya discutía abiertamente la posibilidad de reintroducir la conscripción obligatoria.

El problema era que a las leyes de la guerra industrial calcan las de la producción capitalista. Del mismo modo que en una fábrica incorporar nuevos trabajadores aporta poco a la producción si no se aumenta la dotación de máquinas, la guerra moderna se organiza en torno al equivalente armado del capital fijo: el armamento pesado.

«¿Para qué sirven los 800.000 jóvenes de una franja de edad cuando sólo tienes 200 tanques Leclerc para armar?» exclamaba el general Bouquin, exjefe de la legión, en 2020 en un informe del principal think tank militar francés sobre la próxima guerra de alta intensidad. Pero eso es lo que ha cambiado con el estallido de la guerra de Ucrania en toda la UE.

De los 100.000 millones extra en los presupuestos de defensa alemanes al súbito ansia de submarinos en Rumanía, el militarismo es, a día de hoy, la principal tendencia en común de todos los capitales nacionales europeos. Las industrias militares están poniéndose en marcha a toda velocidad desde España a Bulgaria. No va faltarles su peculiar versión del «capital fijo» a los generales.

La dimensión del empeño es inmensa tanto para el conjunto como para cada estado y capital nacional involucrado individualmente. Un salto de escala respecto q las últimas décadas que impulsa la socialización del militarismo.

El militarismo significa la intrumentalización y supeditación de la organización de la producción y los destinos de la acumulación a las necesidades materiales del conflicto imperialista armado. En sus primeros pasos se asegura la rentabilidad del sector armamentístico y se entierran en él cientos de miles de millones de euros en recursos de todo tipo.

La socialización es una consecuencia inmediata. Se modifican las carreteras, las vías de tren y hasta los cultivos de acuerdo a las necesidades militares, transformando rápidamente las bases materiales de la vida social. La ideología oficial se retuerce y los medios se aplican a fondo para convertir las «necesidades de defensa» en una «prioridad sentida por la población». Y finalmente, la población misma, y sobre todo los trabajadores deben ser encuadrados en el esfuerzo bélico en distintos grados, desde la ampliación de la base humana del ejército a la militarización de los trabajadores que vemos en Ucrania.

Es en ese marco general de desarrollo, que ya se está en marcha, el que hace predecible la vuelta del servicio militar bajo una forma u otra.

Conforme el militarismo se desarrolle aumentará inevitablemente la presión hacia su socialización: volverá el servicio militar obligatorio a algunos países y en todos abastecimientos y políticas productivas -empezando por la agricultura, la alimentación y el transporte- estarán supeditadas a la perspectiva de guerra.

El nuevo mapa imperialista de Europa es más contradictorio que nunca, 4/4/2022

No hubo que esperar mucho para ver esa tendencia en marcha. La UE está acelerando su reforma del sistema de transporte -sobre todo trenes y autopistas- para ajustarlo a las necesidades de una eventual guerra con Rusia. Mientras, la nueva presidencia checa, se ha dado como objetivo principal rediseñar la política agraria desde una perspectiva estratégica de «seguridad alimentaria». Y los sistemas de reclutamiento se están ampliando ya.

En Polonia por ejemplo, el presupuesto militar ha pasado bruscamente a suponer el 5% del PIB. Los generales polacos tienen ya más tanques que las fuerzas francesas del angustiado Bouquin. Así que han reformado rapidamente el sistema de reclutamiento voluntario para duplicar sus efectivos humanos.

Así, paso a paso, pero rápidamente, se están construyendo todas las condiciones materiales necesarias de esa guerra para la que se preparan los militares europeos en la perspectiva de 2030. La guerra en la que esperan «un nivel de bajas que nunca hemos visto desde la segunda guerra mundial».

Es decir, según los «escenarios estratégicos» que manejan los estados europeos hoy, los chicos de ambos sexos nacidos alrededor de 2012, los que ahora tienen 10 años, son los que tienen más probabilidades de ser la primera generación europea en combatir en una guerra de masas desde la segunda guerra mundial.

Europa ha dado un salto cualitativo hacia el militarismo que no tiene marcha atrás. Las consecuencias empiezan a perfilarse cada vez con más claridad bajo los perfiles característicos de una economía de guerra: concentración y centralización de capitales reforzada alrededor del estado, refuerzo de la industria militar, supeditación de las necesidades de la acumulación a las necesidades estratégicas del conflicto imperialista (recordemos el suicidio que representa el cambio acelerado de fuentes energéticas) y políticas de encuadramiento político y social reforzadas.

Frente a ellas no cabe esperar resistencias serias de ningún sector del aparato político. El estado va a avanzar como una apisonadora, los sindicatos en primera línea, sobre las condiciones de vida y las libertades de los trabajadores. Lo vestirán de avances o lo impondrán como «sacrificios». Pero no van a dejar de acelerar sobre una trayectoria que ya está fijada. Solo el desarrollo de la organización y la capacidad de plantar cara de los trabajadores a sus consecuencias inmediatas puede parar su curso.

El futuro de Europa y la guerra.

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Fuente: Grupotortuga.com